Compromiso europeo

Y sin embargo, acuerdo: los bloqueos europeos son (en parte) una buena noticia

Los líderes europeos han pasado los últimos cuatro días encerrados en Bruselas en una cumbre criticada por mostrar la ineficiencia de la UE. Y lo cierto es que muestra el valor del proyecto europeo

Foto: El primer ministro de Grecia, el presidente de España, el primer ministro de Portugal, el presidente rumano y la canciller de Alemania en el Consejo Europeo. (EFE)
El primer ministro de Grecia, el presidente de España, el primer ministro de Portugal, el presidente rumano y la canciller de Alemania en el Consejo Europeo. (EFE)

Los jefes de Estado y de Gobierno se quedaron solo a unos minutos de romper el récord de duración de una cumbre europea, que se considera que fue la de Niza en el año 2000. Desde el pasado viernes a las diez de la mañana hasta las cinco y media de este martes los líderes europeos mantuvieron un duro pulso que, como resultado, ha dejado unos presupuesto plurianuales para el periodo 2021–2027 de 1.074 billones de euros y un acuerdo histórico para la creación de un Fondo de Recuperación de 750.000 millones de euros, que serán obtenidos en los mercados a través de una emisión conjunta de deuda.

El bloqueo y las cumbres interminables suelen ser objetivo de críticas fuera de Bruselas. Una demostración de que la Unión Europea no funciona bien y necesita cambios profundos. Que no puede ser que un grupo pequeño de países bloquee un proceso en el que todos los demás están fundamentalmente de acuerdo. Que es inexplicable que un puñado de Estados miembros frenen la ambición de toda la Unión. La viva imagen de la maraña burocrática europea.

Lo cierto es que no es raro que un proceso en el que veintisiete países deben ponerse de acuerdo respecto a una masiva emisión de deuda conjunta (como es el Fondo de Recuperación) cueste días y días de conversaciones. Es un paso que jamás se había dado hasta ahora, entre otras cosas porque no hay nada tan serio como compartir deuda. Tampoco es fácil alcanzar un acuerdo cuando el asunto sobre la mesa es la migración o las relaciones con China. La UE puede parecer un gigante lento y torpe, porque en parte lo es, pero no hay que olvidar las dimensiones y la complejidad del proyecto.

Por otro lado, lejos de ser un ejemplo de fracaso, el bloqueo y la negociación maratoniana son una muestra del nivel de compromiso que existe a nivel europeo. Durante los últimos días se ha señalado a los llamados frugales, un grupo compuesto por Países Bajos, Dinamarca, Suecia, Austria y Finlandia, y se les ha acusado de no querer un acuerdo. No ha sido así.

¿El eslabón débil?

La noticia para Europa es que, por muy diferentes que sean las prioridades y por mucho que choquen las visiones de La Haya con las de Madrid o Roma, Mark Rutte, el primer ministro holandés convertido en enemigo público del sur, también quería alcanzar un acuerdo. En otros términos, magnitudes y condiciones, pero quería un pacto. Ya sea porque genuinamente creían que era necesario o porque saben que tienen una responsabilidad como miembros de la Unión Europea, los frugales no se levantaron de la mesa y se marcharon, algo que podrían haber hecho. Porque la UE es un club de países amigos, y el hecho de que se haya alcanzado un pacto, aunque haya sido difícil de lograr, muestra hasta qué punto los vínculos son fuertes.

Es cierto que el Consejo Europeo sigue el “eslabón débil” de la integración europea. Y aquí es donde esa idea de una Europa “burocrática e ineficiente” yerra del todo: son las instituciones más burocratizadas y federales, como la Comisión Europea o el Banco Central Europeo (BCE) las que han estado a la altura de la crisis. El Consejo, la casa de los Estados miembros, es donde la mayoría de las propuestas son desprovistas de gran parte de su ambición, son descafeinadas y deformadas de manera que todo el mundo quede más o menos igual de insatisfecho y poder así alcanzar un pacto.

Las instituciones más burocratizadas y federales, como la Comisión Europea o el BCE son las que han estado a la altura de la crisis

En ocasiones, directamente, se guardan en un cajón. La todavía necesaria reforma de la Eurozona, que sigue siendo clave para el futuro, duerme el sueño de los justos en el Consejo. En esta negociación los líderes también han sacrificado importantes objetivos con el fin de alcanzar un acuerdo sobre el Fondo, aunque en esta ocasión los jefes de Estado y de Gobierno han salvado los muebles, al menos en lo que se refiere a los elementos centrales del paquete.

Pero siendo cierto que el Consejo es el punto en el que normalmente las cosas se estropean, el bloqueo es una muestra de que, con todo en contra, sigue habiendo voluntad de salir con un acuerdo. En lo que seguramente sea la mejor noticia que sale del Edificio Europa en el que los jefes de Estado y de Gobierno se reúnen, los bloqueos muestran en parte la cristalización de la responsabilidad europea. Los líderes llegan a la cumbre y ya no son solo responsables ante su electorado nacional, donde, por ejemplo, Rutte o el canciller austriaco Sebastian Kurz salen ganando si insisten todavía más en la mano dura contra los supuestos derrochadores sureños. También tienen un compromiso con la idea más amplia de la ciudadanía europea.

El primer ministro Mark Rutte, el presidente del Consejo Europeo Charles Michel, el presidente francés Emmanuel Macron y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen (EFE)
El primer ministro Mark Rutte, el presidente del Consejo Europeo Charles Michel, el presidente francés Emmanuel Macron y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen (EFE)

Nadie quiere ser el responsable del fracaso, y eso es siempre una buena noticia para la Unión Europea. Rutte y Kurz pueden utilizar la cumbre como munición para la política nacional, pero aunque les dé igual ser percibidos como los “policías malos” en el sur, no quieren hacer naufragar el acuerdo. Pueden querer que sea menos ambicioso, pueden querer más condiciones o incluso pueden defender principios dañinos para el acuerdo, que podrían hacer que el Fondo fuera ineficiente, pero no quieren matarlo.

En Bruselas, cuando una cumbre comienza a ser maratoniana todo el mundo huele el acuerdo. Un encuentro largo, de horas y días, es señal de que hay un compromiso claro: en la medida de lo posible no salir por esa puerta sin un acuerdo bajo el brazo. El hecho de que la extensión en el tiempo de una cumbre sea sinónimo de que se está alcanzando un acuerdo, aunque este pueda incluir sacrificios importantes o cesiones peligrosas, muestra que, a pesar de todo, existe un compromiso por lograr pactos europeos.

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