los toros, también a debate en francia

La Fiesta en manos del pueblo: qué puede aprender España de la tauromaquia francesa

La tauromaquia levanta tantas pasiones y fobias como en España, enfrenta los mismos desafíos económicos y generacionales que en España, pero se gestiona muy diferente a España

Foto: El torero español Juan José Padilla en la Feria de Arlés, Francia. (Reuters)
El torero español Juan José Padilla en la Feria de Arlés, Francia. (Reuters)

El 25 de noviembre de 1991, Christian Montcouquiol se suicidó en su casa de campo en Caveirac, en la región francesa del Gard. Su muerte no pasó desapercibida. El fatal desenlace convirtió a Montcouquiol, popularmente conocido como Nimeño II, en el primer mártir de la tauromaquia contemporánea. Considerado como el mejor matador francés de todos los tiempos, el diestro, incapacitado parcialmente tras sufrir una grave cogida en la feria del Arroz de Arlés en 1989, rubricó los días más gloriosos de la tauromaquia nacional. Un virtuoso de la muleta capaz de salir a hombros por la puerta grande de Las Ventas en una época en la que el talento del otro lado de los Pirineos era vilipendiado.

Ha llovido mucho desde entonces. La tauromaquia ha quedado enraizada en la cultura del país vecino y es hoy una costumbre bien afrancesada, que levanta tantas pasiones y fobias como en España, enfrenta los mismos desafíos económicos y generacionales que aquí, pero se gestiona muy diferente. Unas prácticas organizativas, jurídicas y artísticas propias que han permitido a Francia ganarse su propio espacio en el mundo de tan españolísima tradición y podrían, incluso, suscitar envidias entre la afición ibérica.

“El modelo de organización francés es muy diferente al español, es menos centralizado, dado que no se reconoce como un evento a nivel nacional. Es un fenómeno regional minoritario y esto tiene ciertas ventajas”, explica Francis Wolff, filósofo francés especializado en la tauromaquia y autor del ensayo 'Filosofía de las corrida de toros'.

En manos de los aficionados

Esta gestión independiente no sólo abre las puertas a diferentes formas de organización, también concede una posición privilegiada a la afición taurina. Sirvan como ejemplo las ciudades de Nimes o Arles, al sureste del país, donde los clubs de aficionados alquilan las plazas –que en la mayoría de los casos pertenecen a la propia localidad- o se las adjudican en concurso por un período determinado en el que ellos se encargan de organizar la temporada.

En España las corridas dependen de ciertos empresarios o de un poder centralizado, en manos principalmente de las autonomías; en Francia, las novilladas dependen principalmente de un modelo auto-organizado”, subraya el filósofo.

Los clubs más puristas apuestan por la autogestión de las ferias. Este modelo no solo permite la participación directa de los espectadores, sino también la elección de un cartel a medida de sus expectativas y gustos. Según Wolff, tal implicación demuestra que “el peso de los aficionados en Francia es mucho más fuerte que en España, existen comisiones taurinas extra-municipales formadas por aficionados y organismos independientes encargados de velar por el respeto de las normas que rigen la tauromaquia”.

"Al suroeste, región taurina por excelencia, el sistema es diferente. En Dax o en Bayona [en el departamento de Landes], la propia municipalidad organiza las corridas por lo que se benefician de una tasa de IVA reducida –precisa haciendo especial hincapié Francis Wolff-. Este tipo de modelo de gestión municipal gusta mucho en España, pero solo en Santander se ha establecido un modelo similar”.

Torero mexicano 'el Pana' en una corrida en Francia. (EFE)
Torero mexicano 'el Pana' en una corrida en Francia. (EFE)

El IVA de la discordia

En Francia, pero también al otro lado de los Pirineos, la cuestión del IVA constituye un tema especialmente sensible. Mientras las novilladas organizadas por las municipalidades, como Bayonne, Dax y Mont-de-Marsan, están exentas de cualquier gravamen; los espectáculos taurinos organizados por entidades privadas en el sureste, como Béziers, Nîmes y Arles, están sujetos a un impuesto del 20%.

Entre 2011 y 2014, la empresa Simon Casas Production, administradora de las tres principales plazas del sureste, decidió aplicar unilateralmente una tasa reducida del 5,5% considerando la corrida como un espectáculo cultural, al igual que el circo o el teatro. Pero el pasado mes de mayo, el Consejo de Estado rechazó tal fundamento al estimar que la corrida no constituye "ni un espectáculo circense, ni de variedades". Una estocada económica para la industria de la tauromaquia.

“La decisión del Consejo de Estado es especialmente importante: estima que la corrida no constituye un evento cultural, y pone entre las cuerdas a una industria cada vez más frágil a nivel económico”, analiza Claire Starozinski, fundadora y presidenta de la Alianza Anticorrida.

Sin relevo generacional

Los datos son claros. En 2015, la ciudad de Nîmes vendió 95.032 entradas para dos festivales taurinos; en 2018, la cifra se redujo a 75.122, una reducción del 20%. Peor fue la recaudación. Mientras el balance financiero de 2015 fue un saldo positivo de 109.645 euros, tres años después los beneficios se desplomaron más de un 70% y no llegaron a 32.000 euros, según las cifras de la municipalidad.

El público taurino envejece –contextualiza la activista antitaurina Starozinski-, cada vez menos jóvenes se interesan por la tauromaquia. Han entendido lo que es la corrida y, evidentemente, no quieren saber nada de este festejo”.

La fragilidad económica del sector tiene eco también en España. Entre 2012 y 2018, el número de festejos taurinos ha descendido un 24%, celebrándose 1.521 corridas el último año. Ante la tendencia decreciente, el Gobierno del Partido Popular (PP) decidió reducir el IVA que grava los espectáculos taurinos en España en 2017, pasando del 21% al 10%. Un balón de oxígeno para tratar de revivir las finanzas de la tradición ibérica.

Entre 1980 y 1990, las corridas de toros eran un fenómeno de masas y una atracción turística. Un evento lleno de 'glamour' como Roland-Garros, el festival de cine de Cannes o el Gran Premio de Mónaco. Pero esos días quedaron en el pasado.

"Quien diga lo contrario solo trata de desmerecer la situación actual de la fiesta taurina”, asegura Wolff.

Otra concepción artística

Las diferencias entre la tauromaquia española y francesa no se reducen a sus modelos de gestión, ni a su carga fiscal. También valoran concepciones artísticas muy diferentes. “Aunque pueda parecer un tópico, la afición francesa tiene la reputación, desde hace décadas, de ver la corrida de una manera más racional, de ser más objetiva sobre los criterios destinados a valorar al toro, al torero, a la faena”, estima Wolff.

Lejos del ambiente popular en los ruedos españoles, repletos de pasos dobles y bullangas, el público taurino francés es especialmente sosegado, constituido hoy eminentemente por un público influyente y selecto. Tan templado que pareciera observar un ritual más que un espectáculo festivo. Esta actitud hierática tiene su explicación.

En las plazas de toros francesas el público va hecho un pincel, aquí no hay diferencia entre sol y sombra

“En Francia, la corrida siempre ha sido un fenómeno minoritario. La tradición necesitaba ser explicada como si se tratase de algo ‘extranjero’, ‘importado’, durante una, dos, tres generaciones… Por este motivo, la lidia y el torero se valoran de una manera más conceptual: la vida versus la muerte… La afición francesa es menos espontánea, más atenta a la estética. Se asemeja al público selecto de Las Ventas de Madrid”, asevera Wolff.

Esto es evidente para el observador habituado, que notará en seguida un ambiente disímil a la heterogeneidad que caracteriza a las plazas españolas. “En las plazas de toros francesas el público va hecho un pincel, es un público homogéneo, poco importa el número del tendido, aquí no hay diferencias entre sol y sombra”, describe Jokin Bedia, un aficionado a la Fiesta.

“Como espectador extranjero, siempre me ha llamado la atención el ambiente de las corridas de toros en España […] Si uno presta atención puede distinguir los diferentes estratos de la sociedad: el júbilo del público más popular en plena solana con el bocadillo entre las manos y la mesura del tendido de sombra, tan similar a la actitud de la afición que conocemos en Francia”, explica Bedia, nacido en la ciudad de Bayona en el seno de una familia protaurina.

¿Patrimonio cultural de Francia?

En 1852, la ciudad Bayona acogió la primera corrida de toros en la historia de Francia. Desde entonces, las regiones de tradición taurina batallaron para conseguir el reconocimiento oficial de la tradición hasta que en 2011, Francia se convirtió en el primer Estado en declarar la tauromaquia Patrimonio Cultural Inmaterial.

Tal reconocimiento fue el resultado de un prolongado ejercicio de asimilación y aprobación realizado por la afición francesa para convertir la tauromaquia en una tradición propia. Y, al mismo, levantó la liebre en España al cuestionar, indirectamente, “cómo es concebida y protegida la corrida”, apunta Francis Wolff.

Si bien, tal reconocimiento, no exento de polémica y críticas, se volatilizó en 2016. “El inventario desapareció simplemente de la página web del Ministerio de Cultura. Jamás ha sido retirado como tal, desapareció de la web por miedo a las críticas de los antitaurinos”, estima el filósofo. A esta misteriosa "desaparición" le sucedió una batalla judicial que acabó con una sentencia del Tribunal Administrativo de Apelación de París contra el festejo: la inscripción de las corridas como patrimonio inmaterial debe “considerarse derogada”.

"Se trata de una verdadera victoria para el movimiento anticorrida y para las asociaciones de protección animal –asegura Claire Starozinski- Efectivamente el listado desapareció, pero la justicia rechazó, negro sobre blanco, el reconocimiento de la corrida como patrimonio cultural”.

Protesta antitaurina en Nimes, Francia. (EFE)
Protesta antitaurina en Nimes, Francia. (EFE)

¿El fin?

Pero pese a las dificultades financieras y los varapalos de la justicia, pocos creen que esto pueda suponer el fin de la tauromaquia en Francia. El país cuenta con 50 ganaderías de toros bravos con enorme capacidad de presión en la economía de la industria para frenar los reclamos del movimiento anticorrida.

“Lamentablemente no. La influencia del 'lobby' de los ganaderos es más importante de lo que mucha gente podría pensar”, denuncia la presidenta de la Alianza Anticorrida.

Otras medidas, como prohibir la entrada a los menores de 14 años a los espectáculos taurinos o cerrar las escuelas de tauromaquia, fueron llevadas hasta la Asamblea Nacional y rechazadas una a una por la falta de consenso. “El propio Emmanuel Macron, lo sé por mis fuentes, apoya la corrida, la situación no cambiará bajo su presidencia”, abunda Starozinski.

El propio Emmanuel Macron apoya la corrida, la situación no cambiará bajo su presidencia

Mientras el debate sobre la protección o la abolición de la corrida se cuece a fuego lento en las esferas políticas, las pasiones se desbordan en las calles en plena temporada de festividades taurinas. El martes de esta misma semana, aficionados y anticorridas se enfrentaron en un tenso cara a cara en la plaza del Ayuntamiento de Béziers, fiel ejemplo de las pasiones y odios que levanta la Fiesta al otro lado de los Pirineos. Mientras los defensores de los toros esgrimen la tradición y la cultura como argumentos a favor de considerar la corrida un arte, los detractores insisten en que los ruedos están desfasados en pleno siglo XXI.

"En 2019, ya conocemos la inteligencia emocional de los animales, sabemos muy bien qué siente el toro. Siente el miedo, siente el estrés, siente el dolor", denunciaba ante las cámaras de televisión una activista antitaurina. "¿Puede la tradición justificar un acto de crueldad como este?".

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