EL LARGO DESENCUENTRO ENTRE TURQUÍA Y LA UE

Un cuento de autoritarismo y zanahorias: por qué Turquía nunca entrará en la UE

Tres décadas después de solicitar la adhesión a la Unión Europea, Turquía nunca ha estado más lejos de Bruselas

Foto: Un hombre ondea una bandera turca en Estambul. (Reuters)
Un hombre ondea una bandera turca en Estambul. (Reuters)

Tres décadas después de solicitar la adhesión a la Unión Europea -y casi 15 años desde que comenzaron las conversaciones-, Turquía nunca estuvo más lejos de Bruselas. Si el proceso ya se antojaba complicado desde un inicio, ahora se da por muerto.

“Turquía no puede convertirse en un Estado miembro de la UE”, zanjó el pasado marzo el candidato del Partido Popular Europeo para presidir la Comisión Europea, el alemán Manfred Weber. El propio Parlamento Europeo pidió este año suspender las negociaciones tras congelar fondos destinados al país por considerar que no estaba cumpliendo con las condiciones. Antes, la canciller Ángela Merkel en 2017, el francés Emmanuel Macron en 2018 y su homólogo austríaco Sebastian Kurz ese mismo año pedían el fin de un proceso que desde hace tiempo había quedado en modo zombie.

La deriva autoritaria del presidente Recep Tayyip Erdogan ha zanjado el debate que a comienzos de siglo dividió a la UE entre los que veían a Turquía como una incorporación estratégica para el bloque y los que temían que la membresía plena de un país musulmán, muy poblado y con algunas de las fronteras más calientes del planeta alteraría peligrosamente la balanza de poder.

“Es imposible, rotundamente”, afirma Eduardo Saldaña, director de la plataforma especializada El Orden Mundial citando el cóctel de autoritarismo turco y desinterés europeo.

Necesidad mutua

Sin embargo, y pese a los desplantes del propio Erdogan, la relación no termina de descarriar. Para poner fin al proceso de adhesión se necesitaría el voto unánime de todos los estados miembro de la UE y todavía algunos países -como Grecia, Bulgaria y Chipre- apoyan las aspiraciones europeístas turcas.

Ankara también sigue coqueteando con la idea y pide a los europeos reconsiderar las consecuencias geopolíticas de esa decisión, desde la migración irregular a las amenazas de la seguridad pasando por el envejecimiento de la población.

“Pongamos otra vez en marcha la adhesión de Turquía a la UE. Bruselas necesita a Ankara tanto como Ankara necesita a Bruselas (...) No esperemos otros 30 años”, escribió el ministro de Exteriores turco, Mevlüt Çavuşoglu, en una carta publicada en Politico el mes pasado.

¿Falló la zanahoria?

Turquía levantó la mano para pertenecer al club europeo ya en 1963, cuando se convirtió en estado asociado a la entonces Comunidad Económica Europea. En 1987, un año después del ingreso de España en la UE, Ankara solicitó formalmente la adhesión plena y Bruselas decidió sentarse a la mesa con ellos en 2005. “Que vienen los turcos”, titulaba The Economist en esos años de análisis sobre los pros y contras del movimiento. La cosa parecía avanzar.

Un manifestante devuelve gas lacrimógeno lanzado por la Policía en una protesta derivada de Gezi. (EFE)
Un manifestante devuelve gas lacrimógeno lanzado por la Policía en una protesta derivada de Gezi. (EFE)

“En 2005, la UE pedía las reformas y Turquía las cumplía. No sabíamos si se llegaría a la membresía, pero el proceso funcionaba mejor que ahora. Ahora nada está funcionando. Entonces había voluntad y ya no existe en ninguna parte”, explica la experta del Real Instituto Elcano Ilke Toygur.

Pero los problemas comenzaron pronto y el proceso empezó a torcerse tras el bloqueo europeo en 2007 de algunos elementos clave para la entrada de Turquía. “[La adhesión] Es una zanahoria al final del camino hacia la que los países avanzan, pero si quitas la zanahoria y nunca das un incentivo...”, comenta Toygur a El Confidencial.

El giro autocrático

En 2013, la faceta más autoritaria de Erdogan comenzó a manifestarse con crisis como la represión gubernamental de unas protestas ecologistas. En el verano de 2016, se produjo el controvertido intento de golpe de Estado contra el mandatario, al que siguió un estado de excepción que permitió la purga de funcionarios, militares, jueces y periodistas.

En 2017, Erdogan confirmó su alejamiento definitivo de los estándares europeos con una reforma constitucional para dotarse de amplios poderes ejecutivos, legislativos y judiciales. Su apuesta para convertir a Turquía en un régimen presidencialista, que el país aprobó por la mínima en referéndum, provocó el rechazo del Comité de Exteriores del Parlamento Europeo.

Ankara ha ido un paso más allá en los últimas semanas al no aceptar los resultados de las elecciones municipales en Estambul, donde ganó la oposición. La creciente cercanía de Erdogan con Putin ha puesto en alerta a la OTAN, mientras el presidente turco ha mantenido una línea permanente de ataques contra la UE.

Turquía se ha distanciado de las normas y estándares de la UE

"Hemos llegado ya al límite de no aceptar que la oposición gane electoralmente. Aquí entramos en un régimen que no es de 'democracia efectiva' como hasta ahora y se imposibilita la alternancia en el poder”, afirma Carmen Rodríguez, profesora de Estudios Árabes e Islámicos y Estudios Orientales de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM).

El divorcio que no llega

El distanciamiento de Turquía del espíritu y estándares europeos, un requisito fundamental para ser aceptado en la UE, deja al país emergente en un limbo geoestratégico. El país que se ufana por tener un pie en Europa y otro en Asia, se va alejando cada vez más del oeste, algo que reconoce Barçın Yinanç, jefa de Opinión del influyente diario turco 'Hurriyet', a El Confidencial.

"Sabemos que Turquía está en fase de transición, pero no sabemos hacia donde”, incide la analista Toygur, que critica la falta de interés de la UE para tratar de frenar el viraje de Erdogan. “La mejor política exterior de la UE, su mejor fuerza, es la adhesión, pero siempre se basa en la promesa de que vas a ser miembro al final del día”.

Y entonces, por qué no se ha terminado la relación de una vez por todas. En primer lugar, por la necesidad de unanimidad para cerrar el capítulo de adhesión turco. Y en segundo, porque los intereses políticos y económicos de ambas partes están demasiado entrelazados para ignorarlos. Europa es el principal socio comercial de Turquía y Turquía es la puerta de acceso para algunas de las rutas migratorias terrestres clave en la región.

“Ambas partes tienen un altísimo grado de frustración. Pero a la UE no le interesa que a Turquía le vayan mal las cosas por mucho que Erdogan se pase el día diciéndolo. A la UE le interesa una Turquía estable. Ambas partes saben lo mucho que hay en juego en cooperación e inversiones”, apunta Eduard Soler, del grupo de análisis barcelonés CIDOB, que pone el acento en la debilidad económica turca como un garante de que los puentes no se romperán del todo.

Erdogan y Putin. (EFE)
Erdogan y Putin. (EFE)

En este impás, en el que la ruptura no llega y el cumplimiento de las negociaciones no se ve en el horizonte, ni siquiera en los días más claros, los expertos se inclinan por alternativas creativas. Y aquí es donde el resultado del Brexit podría dibujar un nuevo panorama para Erdogan y la UE.

¿Relación abierta?

“Yo creo que el Brexit puede abrir la puerta a otro tipo de relación”, reflexiona Toygur, del Real Instituto Elcano. “El Brexit, si ocurriera, podría abrir el camino a un nuevo modelo. Podría incluir comercio, organización de espacio económico, fronterizo, etc. Podría crear un modelo, no exactamente aplicable a Turquía, pero podría abrir el camino”.

La experta tiene claro que este nuevo estatus “se inventará” tarde o temprano, no tanto por Turquía, sino por la propia dinámica del proyecto europeo. "La UE está en sus límites de ampliación y ampliar unos países pequeños en los Balcanes quizá no le costaría mucho, pero a países más grandes no será tan fácil”, argumenta.

No luce sencillo. Además de las cuestiones más prácticas y esenciales, también existe un elemento ideológico. Mientras para la UE sería una salida elegante al nudo turco, para Ankara podría convertirse en un elemento más de rencor.

"Si no lo piden ellos (Turquía), sería un problema de frustración y de orgullo de ser tratados como un socio de segunda"

“Si no lo piden ellos (Turquía), sería un problema de frustración y de orgullo de ser tratados como un socio de segunda”, asevera Soler, del CIDOB, quien considera fundamental presentar cualquier eventual solución como una vía paralela -y no una sustitución- al objetivo de la adhesión plena. En definitiva, un espacio en el que Turquía tuviera voz y foto, pero no voto.

Puede que Turquía no sea ahora mismo la prioridad de una UE que lidia con la salida de uno de sus principales socios mientras se multiplican las voces euroescépticas por toda la región. Pero no mirar el problema no lo resolverá.

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