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Los niños de la guerra que viven bajo tierra: "Antes pedían y pedían. Ahora prefieren dar"
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Una infancia en el subsuelo

Los niños de la guerra que viven bajo tierra: "Antes pedían y pedían. Ahora prefieren dar"

Esta guerra, como todas, está siendo especialmente cruel con la infancia. Al menos dos tercios de los 7,5 millones de menores ucranianos son oficialmente refugiados. Algunos viven desde hace dos meses en las estaciones de metro

Foto: Niños en el metro. (Chris McGrath/Getty Images)
Niños en el metro. (Chris McGrath/Getty Images)

Pocos se atreverían a llamar museo al 'Museo de los Niños' de Valerii Leyco. Por fortuna para los niños. Situado en la última planta de una academia privada de artes e idiomas en Járkov, este espacio abuhardillado de unos 200 metros cuadrados es más una colección amateur que una galería al uso. Esta improbable amalgama de objetos, donde se mezclan juguetes y reliquias arqueológicas sin orden ni concierto, haría enloquecer a cualquier comisario de exposición. Colgados del techo, guardados en cajones y maletas, o apilados por todo el espacio, se pueden ver cientos de muñecos y cachivaches expuestos junto a antiguallas de todo pelaje: vasijas fenicias, monedas imperiales, huellas fosilizadas. Pero en realidad no estamos aquí por lo que se ve, sino por lo que no se ve. ¿Dónde están los niños?

Nickname, el centro educativo de Valerii, está ubicado en la calle Poltavskiy Shlyakh de Járkov, la segunda ciudad más grande del país, frente a una pequeña plaza donde se conmemora a 'los tres filósofos' —el ucraniano Grigory Skovoroda, el azerbayano Mirza Fatali y el kazajo Abay Kunanbayev— con una moderna escultura. Pero la zona, como en la mayor parte de esta urbe de 1,4 millones de habitantes, está prácticamente desierta. Aunque el ejército ucraniano contuvo y expulsó a los invasores del centro en la primera semana de guerra, los bombardeos continúan en las afueras hasta el día de hoy, sin ritmo ni pausa.

Casi un 15% de los edificios de la ciudad se han visto afectados por el fuego enemigo, especialmente en el populoso barrio residencial de Saltivka, y las tropas ocupantes siguen apostadas al acecho apenas a dos kilómetros al noreste del enclave. El intercambio de fuego de artillería es constante y las notificaciones de alarmas antiaéreas se repiten varias veces al día. La otrora vibrante ciudad universitaria, apenas a 40 kilómetros de la frontera rusa, es hoy una casa de espejos distorsionados, con sus pantagruélicas plazas soviéticas absurdamente vacías y los elegantes edificios oficiales mordidos por los obuses. Apenas hay negocios o tiendas abiertos, muy poca gente en la calle y todos los colegios y universidades están cerrados. Pero volvamos a Valerii.

placeholder El 'museo' de los niños de Jarkov, de Valerii Leyco. (KAP)
El 'museo' de los niños de Jarkov, de Valerii Leyco. (KAP)

Con su chaqueta verde estilo aviador y su pelo entrecano en retirada, este historiador y educador ucraniano de 57 años es una gota de aceite esencial en el agua turbia de la guerra. La densidad de su optimismo repele la ponzoña de la tristeza y el desánimo. No dejará de sonreír un momento mientras muestra con entusiasmo todas sus alhajas. Viejos cómics en ruso, un vinilo original del 'Thriller' de Michael Jackson, soldaditos de plomo napoleónicos junto a unas tortugas ninjas articuladas. En una maleta acumula docenas de modelos de pistolas de juguete, incluyendo copias soviéticas de los bláster de Star Wars; en un cántaro centenario reconstruido guarda un montón de espadas de plástico. Aquí, todo se puede tocar y con todo se puede jugar. No es un 'museo' para ver, sino para disfrutar y aprender.

Allí, tiene un mural donde muestra la antigüedad de la historia ucraniana y cómo está imbricada en la historia del continente —"Ucrania es parte de Europa", insiste— y un mapa mundi donde identifica la procedencia de las cartas que le mandan sus alumnos que viven en el extranjero; misivas llenas de agradecimiento y cariño. Por eso se hace tan extraño ver el espacio vacío, con los pasillos despejados de carreras, sin niños toqueteándolo todo y las aulas de música, pintura e idiomas en absoluto silencio. Todo congelado en el tiempo, en ese 23 de febrero, víspera de la invasión. "Vacaciones extraordinarias", anunció el Gobierno de Volodímir Zelenski mientras las tropas rusas reventaban las fronteras del país.

placeholder Valerii recibido por los niños en el metro. (KAP)
Valerii recibido por los niños en el metro. (KAP)

Tu infancia en el metro

Esta guerra, como todas, está siendo especialmente cruel con la infancia. Al menos dos tercios de los 7,5 millones de menores ucranianos son ya oficialmente refugiados dentro (2,8 millones) o fuera (2 millones) del país, según cifras de la ONU. De los que quedan, más de tres millones tendría problemas para conseguir comida y agua. Mientras, la cuenta oficial de fallecidos se acerca a los 300. Las autoridades saben que son muchos más, en lugares como la arrasada ciudad portuaria de Mariúpol —ahora bajo control ruso—, donde no se sabe si alguna vez se llegará a saber con certeza cuántos murieron.

Al menos 869 instalaciones educativas, en torno a un 6% de todas las del país, han sido dañadas y 83 completamente destruidas, según el recuento más reciente del Gobierno ucraniano. Aquellos que pudieron huir al oeste o al extranjero con sus madres —la mayoría de los hombres tienen prohibido salir del país mientras dure la guerra— a veces atienden al sistema de clases virtuales que lanzó recientemente el Ministerio de Educación y Ciencia de Ucrania con ayuda del programa de la ONU (la Educación No Puede Esperar) al que se han presentado, con más o menos frecuencia, hasta tres millones de estudiantes.

placeholder Vecinos refugiados en las estaciones de metro de Járkov. (KAP)
Vecinos refugiados en las estaciones de metro de Járkov. (KAP)

Además, se han publicado preocupantes informes sobre cientos de menores, muchos huérfanos, cuyo destino se desconoce. Se teme que hayan acabado en redes de traficantes de personas. Ucrania tiene una de las tasas más elevadas de Europa de niños bajo tutela estatal y en torno a 100.000 menores (un 1,3% del total) viven en orfanatos o instituciones, según UNICEF. Las autoridades ucranianas también denuncian abducciones masivas de menores para ser dados en adopción en Rusia. La comisaria europea de Asuntos Internos, Ylva Johansson, expresó hace semanas su preocupación por este fenómeno: "Tenemos informes de criminales llevándose huérfanos de los orfanatos de Ucrania y cruzando la frontera, haciéndose pasar por familiares del menor y luego utilizándolos para propósitos de tráfico", aseguró entonces.

Para los que se quedaron atrás hay gente anónima, como Valerii; parte de esa sorprendente resistencia civil ucraniana que está defendiendo con uñas y dientes su país. Y en Járkov quedan todavía muchos niños. Son difíciles de ver, pero ahí están. A veces se los puede observar echando una mano a sus padres o hermanos en el negocio familiar —haciendo pizzas o cafés en centros comerciales donde apenas quedan tres o cuatro comercios abiertos— o paseando un rato por alguno de los patios ajardinados que hay detrás de algunos complejos residenciales de construcción soviética. Otros se han refugiado con sus familias en el metro, diseñado originalmente también como un refugio nuclear, como en la estación de Metrobudivnikiv, en el sur de la ciudad.

placeholder La vida en el metro de Metrobudivnikiv. (KAP)
La vida en el metro de Metrobudivnikiv. (KAP)

Allí, a decenas de metros bajo tierra, encontramos una improvisada ciudad de vecinos instalados en los vagones del subterráneo y en tiendas de campaña levantadas sobre el andén. Sus viviendas fuera no son seguras y cada vez que sonaba la alerta antiaérea debían correr hasta aquí. Así que decidieron instalarse directamente en la estación, donde algunos llevan refugiados más de dos meses. Ahora, los niños pasan la mayor parte del día bajo tierra, ante el incesante estruendo de la artillería rusa en la distancia, correspondida por el fuego ucraniano. Algunos están separados de sus padres, que están en el frente o trabajando. Juegan videojuegos, leen o ven películas. A veces, tienen miedo. Pero sobre todo, se aburren.

Una metáfora explosiva

Según vamos bajando las escaleras, se comienzan a escuchar los gritos de los niños que acuden a recibir a su improvisado tutor. "¡Valerii!", exclaman emocionados al verlo llegar con sus juegos bajo el brazo. Un grupo de voluntarios ha comprado pizzas para merendar, pero él es la atracción principal. Sobre una gran mesa se apiñan una docena de niños y niñas que van de los 5 a los 13 años. El profesor saca un gran mantel con el mapa del mundo y un libro clasificador con billetes de decenas de países. Los niños eligen una página al azar y, a través de la divisa, comentarán al personaje que lo ilustra, ubicarán su nacionalidad en el mapa y repasarán algunos datos curiosos sobre el país.

placeholder Valerii da clases y juega con los niños que viven en la estación de metro. (KAP)
Valerii da clases y juega con los niños que viven en la estación de metro. (KAP)

Mientras juegan, irán devorando las pizzas que les va sirviendo una de las madres. Al terminar de comer, Valerii coge un puñado de monedas mientras pone a todos los niños en fila, preparados para la carrera. Tras una pequeña cuenta atrás, lanza los cobres por toda la estación y empiezan las carreras y las risas de la chavalería buscando esos pequeños tesoros. Pero ya es hora de regresar antes de que se acerque el estricto toque de queda. Se oyen quejas y apagadas protestas. Valerii volverá mañana.

Emergemos a la amplia avenida Derzhavinska, cerca del estadio del Metalista, el equipo de fútbol local, para un último show. Unos cuantos afortunados tendrán un paseo en el coche del maestro, un elegante VOLGA soviético de color blanco. Recostado sobre la tapicería de cuero color crema, el pequeño Ivan, de apenas seis años, abre mucho los ojos cuando el auto acelera por la vía. Su rostro, emocionado e ingenuo, es un paréntesis en esta guerra.

Ya antes de la invasión era difícil ser niño en Ucrania. La pobreza afectaba a un 35% de los hogares, especialmente a aquellos con hijos pequeños a su cargo; y en torno a un 8% de los menores trabajan, pese a estar prohibido por ley. Varias ONG locales e internacionales han denunciado elevadas cifras de violencia contra los menores en el país, tanto en la familia como en la escuela u otras instituciones, como las fuerzas de seguridad. Ahora, pónganle a esto una guerra por encima.

placeholder Los niños en el metro merendando pizza. (KAP)
Los niños en el metro merendando pizza. (KAP)

La magnitud y brutalidad de los desplazamientos marcará a esta generación de por vida, avisan los expertos, sin que haya un rincón de su existencia que no vaya a estar salpicado por el conflicto. Las heridas, el trauma, los miedos, la incertidumbre, el estrés, el desarraigo, la violencia. No hay catástrofe que no quepa en estas líneas. Pero Valerii se resiste a caer en el derrotismo. Él, que trabaja de cerca con los niños y los entiende de otra manera, rescata un fenómeno inesperado que ha observado estas semanas visitando todos los días a los niños sepultados por la guerra.

"Cuando llegaron aquí, las primeras semanas, solo pedían y pedían", narra después de que un niño le regala una pequeña flor amarilla que ha arrancado de los jardines de césped que rodean la estación. "Pero con el paso del tiempo he observado que ahora les gusta más dar. Son más generosos. Más sensibles al otro", explica. Valerii y sus artilugios desaparecen de escena en el elegante auto con el emblema del ciervo astado en el capó.

placeholder Impacto de mortero en el parque Gorki. KAP
Impacto de mortero en el parque Gorki. KAP

Paseamos ahora por el inmenso parque Maxim Gorki, más de 130 hectáreas de idílicas avenidas arboladas, cuidados jardines y atracciones para todas las edades a tiro de piedra del centro de la ciudad. Es viernes, cerca del medio día, y el sitio está completamente vacío. Por aquí y por allá, se pueden ver los impactos de los misiles que cayeron en las primeras semanas de la invasión sobre el césped, los senderos o algún puesto de comida reventado por la artillería. Cuando caminas, todavía suena el tintineo metálico de la metralla dispersa por la tierra. La noria y el carrusel paralizados con la banda sonora de la alarma aérea le dan al sitio un aire posapocalíptico.

placeholder Estatua de los niños leyendo en el parque Gorki. (KAP)
Estatua de los niños leyendo en el parque Gorki. (KAP)

Repartidas por todo el recinto, hay esculturas que celebran la infancia en su máximo esplendor; jugando, cuidando animales o explorando el mundo. Una de ellas representa a un niño y una niña sosteniendo juntos un libro. A pocos metros, un agujero de dos palmos donde impactó uno de los morteros rusos. Las esquirlas de la deflagración laceran ahora el rostro de bronce de los niños, sus brazos y espaldas. Acribillados, pero incólumes, siguen leyendo su libro. La metáfora se redondea sola.

Pocos se atreverían a llamar museo al 'Museo de los Niños' de Valerii Leyco. Por fortuna para los niños. Situado en la última planta de una academia privada de artes e idiomas en Járkov, este espacio abuhardillado de unos 200 metros cuadrados es más una colección amateur que una galería al uso. Esta improbable amalgama de objetos, donde se mezclan juguetes y reliquias arqueológicas sin orden ni concierto, haría enloquecer a cualquier comisario de exposición. Colgados del techo, guardados en cajones y maletas, o apilados por todo el espacio, se pueden ver cientos de muñecos y cachivaches expuestos junto a antiguallas de todo pelaje: vasijas fenicias, monedas imperiales, huellas fosilizadas. Pero en realidad no estamos aquí por lo que se ve, sino por lo que no se ve. ¿Dónde están los niños?

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