El país que demuestra que las vacunas no son la panacea para acabar con el covid-19
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Una segunda ola golpea Chile

El país que demuestra que las vacunas no son la panacea para acabar con el covid-19

La exitosa campaña de vacunación de Chile no ha impedido que los contagios se dispararan en el último mes hasta el punto más alto desde el inicio de la pandemia

placeholder Foto: Protestas en Valparaíso contra las reformas económicas del Gobierno de Chile para paliar la crisis económica provocada por la pandemia. (Reuters)
Protestas en Valparaíso contra las reformas económicas del Gobierno de Chile para paliar la crisis económica provocada por la pandemia. (Reuters)

El pasado mes de febrero, la exitosa campaña de vacunación de Chile sorprendía al mundo entero. En solo una semana, los sanitarios chilenos adelantaron a España en vacunaciones per cápita, a pesar de haber empezado a inmunizar casi dos meses más tarde. El ritmo era (y continúa siendo) espectacular y la comunidad internacional se deshizo en elogios. El país andino era señalado, una vez más, como una historia de éxito en la región latinoamericana, una de las más afectadas del mundo por la pandemia.

Casi tres meses después, Chile está viviendo el peor momento de su batalla contra el covid-19. A las loas y alabanzas al proceso de inmunización chileno les siguió una segunda ola devastadora que ha provocado una ocupación de cerca del 95% de las camas de cuidados intensivos en todo el país y una grave saturación hospitalaria. Para combatir esta crisis, el Gobierno chileno se ha visto forzado a imponer medidas drásticas que han afectado a la mayoría del territorio nacional, con más del 83% de la población en estricto confinamiento domiciliario, fronteras cerradas a cal y canto y unas elecciones constituyentes, municipales y regionales aplazadas hasta mediados de mayo.

¿Cómo se explica este fenómeno? Desde luego, no se debe a que el ritmo de vacunación haya descendido. Todo lo contrario: Chile es ahora el país con la tercera tasa de inmunización más alta del mundo —73,9 dosis por cada 100 habitantes, solo por debajo de Israel (120,9) y Emiratos Árabes Unidos (103,7)—, con más del 40% de la población del país vacunado con al menos una dosis. A la hora de establecer una causa para el repunte de los contagios, los expertos señalan tres factores importantes: una reducción de restricciones que coincidió con el periodo vacacional del verano austral, la propagación de las variantes, especialmente la brasileña, y los problemas derivados de la vacuna china CoronaVac, que representa el 93% de las dosis administradas en el país.

Foto: Una trabajadora sanitaria administra una dosis de la vacuna contra el covid-19 de Sinovac en Santiago de Chile. (Reuters)

Vacaciones y triunfalismo

Aunque la primera ola nunca llegó a tocar fondo, el Gobierno chileno liderado por el conservador Sebastián Piñera decidió reabrir las fronteras en noviembre de 2020 y creó un sistema de permisos en enero para permitir los desplazamientos dentro del país austral durante las vacaciones de verano. Centros comerciales, restaurantes, gimnasios e incluso casinos reabrieron con unas restricciones mínimas de distanciamiento social. Las playas se llenaron de turistas, nacionales e internacionales, que acudieron en masa a las costas de la alargada nación.

"Es posible que el país haya sido demasiado optimista después del lanzamiento de la vacuna", dijo a la revista especializada en salud 'The BMJ' Michael Touchton, del Observatorio para la Contención del Covid-19 de la Universidad de Miami. "Relajó las restricciones demasiado rápido, especialmente a los viajes internos durante las vacaciones de verano", agregó.

Esto, sumado a cierto grado de triunfalismo propio de un país que de la noche a la mañana se convirtió en un líder mundial de vacunación, llevó a que una parte importante de su población descuidara hasta las medidas más básicas de aislamiento social. “Se ha perdido la percepción del riesgo”, explica a El Confidencial Rafael Medina Silva, profesor e investigador especializado en virología molecular de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

A lo largo del último mes, el Gobierno chileno ha intentado enmendar los errores transmitiendo un mensaje de máxima precaución. “Nunca dijimos que la vacunación sería la única respuesta. Tenemos que vacunarnos, pero también tenemos que estar atentos a otras cosas como la movilidad reducida, el uso de mascarillas, lavarnos las manos y el distanciamiento social para que el virus no se difunda”, declaró recientemente el ministro de Salud de Chile, Enrique Paris. El efecto de la mayor concienciación y del estricto confinamiento está empezando a notarse, con un notable descenso de nuevos casos de covid-19 en la última semana.

Además, aunque la pronunciada curva de contagios durante la segunda ola chilena resulta alarmante, el número de muertos no ha aumentado tan bruscamente como lo hizo en la primera, que alcanzó su punto máximo en junio del año pasado. Eso se debe a que los sectores más vulnerables de la población ya han sido vacunados y a que, además, cuentan con una interacción social mucho más reducida. “Los casos más comunes suceden en el rango de edad entre 20 y 40 años. Hay muy poca gente mayor de 65 años hospitalizada”, afirma Medina, quien lamenta que conforme la edad de los chilenos que pueden optar a vacunarse desciende, la tasa de rechazos aumenta. “Muchos no están yendo a vacunarse”.

El desafío de la variante brasileña

Aunque todavía se desconoce con exactitud hasta qué punto se encuentra extendida por el territorio chileno, muchos expertos apuntan a la variante brasileña denominada P1 —más contagiosa y vinculada a un mayor riesgo de reinfección— como uno de los factores clave de la nueva crisis chilena. Esta mutación emergió en diciembre en la ciudad de Manaos, capital del estado brasileño de Amazonas, y fue identificada como tal el pasado mes de enero en Japón. La gravedad de esta cepa que demanda más anticuerpos para resistir al virus ha quedado demostrada a lo largo del último mes en Brasil, que se convirtió temporalmente en el epicentro mundial de la pandemia.

La reacción del Gobierno de Piñera llegó demasiado tarde: cuando los aeropuertos chilenos cerraron sus puertas el pasado 4 de abril a los extranjeros no residentes, el Ministerio de Salud ya había confirmado que se habían detectado en el país variantes procedentes de Brasil, Reino Unido, Nigeria y California. “Chile podría haber cerrado desde el principio los viajes a y desde Brasil. Eso es una decisión política dura, dada la cantidad de gente que viaja entre ambos países en verano. Eso podría haber mitigado la situación”, indica Medina.

Foto: Voluntarios desinfectan las calles de la favela de Santa Marta, en Río de Janeiro. (Reuters)

El impacto real de las variantes es todavía un misterio. Y en esta incógnita reside precisamente otro de los principales problemas de la lucha contra el covid-19 en la nación: “Chile todavía no ha podido lograr generar una vigilancia genómica a la altura de lo que necesitamos”, explica Medina. El investigador señaló el ejemplo de la reciente detección en Reino Unido de la variante procedente de India. Esta rápida identificación de la mutación ha permitido a las autoridades sanitarias del país europeo el despliegue de un mecanismo de detección y contención para impedir que se propague. En comparación, “el manejo de la trazabilidad en Chile ha sido muy pobre”, lamenta.

Una vacuna rodeada de polémica

Otro problema es que la mayoría de los chilenos vacunados han recibido una sola inyección y que “la primera dosis de la vacuna [de CoronaVac] no es muy eficiente”, como reconoce Medina. Un estudio publicado por investigadores de la Universidad de Chile el 6 de abril concluyó que la vacuna china contaba con un 56,5% de efectividad en la prevención de la infección de covid-19 dos semanas después de una segunda dosis, pero que una sola dosis apenas ofrecía protección alguna, con un mísero 3% de efectividad.

El experto chileno, no obstante, rechaza dar alas a cualquier tipo de escepticismo hacia el preparado chino, el cual también ha demostrado ser extremadamente efectivo a la hora de prevenir casos graves que requieren hospitalización o cuidados intensivos. “Nosotros no tenemos acceso a otras vacunas”, recuerda Medina. “De Pfizer, solo han llegado dosis para 100.000 personas. A través del programa Covax [de la OMS] deberían llegar algunas de AstraZeneca. Moderna no va a llegar a Chile”, agrega.

Foto: Viales de vacunas en Israel. (Reuters)

CoronaVac, la vacuna de la farmacéutica china Sinovac Biotech, es usada ampliamente en Latinoamérica, así como sus compatriotas Sinopharm y CanSino. Además de por los estudios recientes de efectividad, su reputación se ha visto dañada por las confusas declaraciones del director del Centro Chino para el Control y la Prevención de Enfermedades, Gao Fu, quien afirmó en una rueda de prensa que existía un “problema de baja eficacia” en las vacunas chinas, algo que más adelante describió como un “malentendido”. Por otra parte, el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, en línea con su enemistad hacia Pekín, llevó a cabo durante 2020 una campaña de desprestigio contra el preparado de CoronaVac, prometiendo que Brasil nunca la compraría (algo que acabó haciendo) y burlándose de su eficacia.

Las dudas respecto a la vacuna china preocupan a Medina, quien teme un resurgir del escepticismo en el momento en que Chile menos lo necesita. “No estamos en una etapa de elegir o ponernos demasiado exquisitos sobre nuestra decisión de ponernos tal o cual vacuna”, sentencia.

El problema no es que las vacunas (sean chinas o estadounidenses) no funcionen, sino que, hasta alcanzar la llamada protección de rebaño, las precauciones como el uso de mascarillas, las restricciones a la movilidad y la distancia social continúan siendo tan vitales como siempre. Por sí sola, la vacuna no es la panacea. Como Carissa Etienne, directora de la Organización Panamericana de la Salud, recalcó recientemente: "No puedo enfatizar esto lo suficiente: en la mayoría de los países, las vacunas no van a detener esta ola de la pandemia". Desde el inicio de la campaña de vacunación chilena, el Gobierno apostó todo a la bala de plata de la inmunización, descuidando en el camino otras medidas importantes como las pruebas, el rastreo de contactos y la prevención. Una lección chilena que el resto del mundo puede aprender.

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