Dos gobiernos, decenas de milicias y tribus

Cómo el caos convirtió a Libia en el 'puerto pirata' de la migración en el Mediterráneo

La Unión Europea dedica millones de euros intentar controlar la inmigración desde Libia a Italia por el Mediterráneo, pero el caos y la violencia en el país impiden cerrar la ruta

Foto: Fotografía tomada en Bengazi, Libia, en julio de 2019. (Reuters)
Fotografía tomada en Bengazi, Libia, en julio de 2019. (Reuters)

La Unión Europea dedica millones de euros para que los países de la orilla sur controlen los flujos migratorios. Marruecos, Egipto o Turquía se han demostrado buenas inversiones para evitar que inmigrantes y refugiados lleguen en grandes números a las costas europeas, pero hay un agujero en la red: Libia. Un país sin gobierno efectivo donde pululan mafias y milicias, cuyo caos y porosas fronteras lo convierten en el principal puerto de salida en la ruta migratoria por el Mediterráneo central, pero también en la más peligrosa y letal.

Solo dentro del programa "EU Emergency Trust Fund for Africa" (EUTF), la Unión ha destinado al menos 286 millones de euros (cifras actualizadas en 2018) a la "mejora del control de la inmigración" en Libia, a los que se añaden otros 20 millones en asistencia bilateral para temas migratorios. La UE, en colaboración con la agencia de la ONU antitráfico de drogas y crimen transnacional (UNODC), acaba de aprobar otros 15 millones de euros para desmantelar las redes de tráfico de personas en el Norte de África, con Libia como uno de los principales países receptores. No son los únicos programas, a los que hay que añadir las partidas de países concretos, especialmente Italia.

Sin embargo, la falta de un interlocutor único con el que acordar medidas concretas, así como la convivencia de al menos dos gobiernos, un ejército semiprofesional, decenas de milicias y tribus, ha dificultado tanto cerrar los flujos de inmigrantes y refugiados desde las costas libias a Italia como pacificar el país.

En este escenario trabajan las mafias del tráfico de personas, cada vez más profesionalizadas. La mayoría de los migrantes vienen de África subsahariana y cruzan la porosa frontera del sur del país desde Níger o Chad, aunque también se han detectado flujos a través de Sudán y Egipto (este). El paso por Libia suele ser traumático: según testimonios de inmigrantes recogidos por este diario, además de denuncias de diversas oenegés y agencias de la ONU como Unicef, OIM o Acnur, la mayoría de ellos sufren violaciones, encierro, torturas, extorsión o incluso son vendidos en "modernos mercados de esclavos".

"No hay otra salida para los jóvenes, ahora en Libia no pueden hacer otra cosa. O se meten en las milicias o se dedican al tráfico", explica por teléfono a este diario Hebda, una mujer de mediana edad residente en Sebha, en el centro-sur del país y centro de paso del flujo de migrantes rumbo a los puertos del norte del país. Allí, la falta de seguridad ciudadana y la omnipresencia de milicias irregulares dificulta impedir el trabajo de las mafias.

Para controlar la ruta del Mediterráneo Central, la UE ha estado financiando, entrenando y ofreciendo apoyo logístico a la conocida como Guardia Costera Libia (GCL), cuyo personal en muchas ocasiones son antiguos miembros de milicias. De hecho, un informe clasificado de la Misión de Asistencia Fronteriza de la UE en Libia (EUBAM) en 2018 indicó que el personal de LCG incluye un "número desconocido" de excombatientes revolucionarios que lucharon para derrocar a Gaddafi en 2011 y que se incorporaron al LCG después de 2012, según recoge una denuncia de HRW.

El caos después de Gadafi

Casi diez años después de que la chispa de la primavera árabe incendiara Libia, llevándose por delante al dictador Muamar Al Gadafi, y cinco años después del comienzo de la guerra civil entre facciones locales en 2014, el conflicto libio se ha enquistado y el país norteafricano se ha convertido en escenario de nuevas guerras 'proxy' que ha enfangado potencias extranjeras como Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Francia e Italia, Turquía o Qatar. "La interferencia extranjera ha ayudado a fortalecer algunos actores libios ofreciéndoles medios de financiación, militares y políticos. Sin embargo, las fuerzas internacionales son casi siempre incapaces de dictar las acciones de las facciones a las que apoyan", afirma el investigador Jalel Harchaoui en un estudio para el 'Proxy Wars Project'.

La voz cantante sobre el tablero libio la lleva desde principios de 2019 el mariscal Jalifa Haftar, que tras una breve tregua con motivo de la Fiesta del Cordero, festividad sagrada para los musulmanes, ha continuado esta semana con su ofensiva sobre Trípoli, sede del conocido como Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) auspiciado por las Naciones Unidas pero que, pese a la legitimidad que le otorga este apoyo, carece de control significativo en el país más allá de la ciudad y parte de la costa noroccidental del país.

Miembros del Ejército Nacional Libio (LNA) en su avance hacia Bengasi. (Reuters)
Miembros del Ejército Nacional Libio (LNA) en su avance hacia Bengasi. (Reuters)

Sobre el papel, las potencias europeas apoyan al GNA y a su primer ministro, Fayez Al Serraj, que en un audaz movimiento en 2016 consiguió trasladar su sede de Túnez a Trípoli, hasta entonces bajo control de milicias islamistas, y poco después, a finales del mismo año, arrebató la ciudad costera de Sirte a los yihadistas del Estado Islámico (Daesh) con apoyo aéreo tanto de Estados Unidos como logístico de países como Reino Unido o Francia.

Sin embargo, desde entonces el GNA ha sido incapaz de cumplir las esperanzas de pacificación del país y depende cada vez más de milicias locales como las de la vecina ciudad-estado de Misrata (a unos 200km de Trípoli), que tradicionalmente habían recibido el apoyo de Italia, y otros grupos de tendencia islamista. Con el comienzo de la ofensiva de Haftar del pasado abril, Estados Unidos y otras potencias occidentales no han renovado su apoyo al GNA de manera tan inequívoca.

Frente al GNA y Trípoli se encuentra el segundo foco de poder político del país, la Asamblea de Representantes en Tobruk (HoR), en el este del país salida de unas cuestionadas elecciones en 2014 y que abandonó la capital después de que el entonces Gobierno islamista asentado en Trípoli se negara a reconocer el resultado electoral. Aunque desde entonces debería haberse disuelto y aprobado los acuerdos de paz que dieron a luz al GNA, la Cámara se ha mantenido en sus trece, entre amenazas a diputados díscolos. La mayoría de los grupos armados y milicias que se multiplican sobre el país gravitan en torno a estos dos polos de poder.

Un "hombre fuerte"

En 2016, la asamblea nombró al general Jalifa Haftar como "mariscal", aupándolo aún más en el poder y haciéndolo pieza fundamental en el futuro político del país. Haftar y Serraj han mantenido esporádicos contactos diplomáticos, pero el mariscal se cansó de esperar a una posible solución política que lo apartaría del poder y en abril de este año comenzó una nueva ofensiva contra Trípoli. Pese a los escasos avances en términos territoriales, la ofensiva se ha cobrado las vidas de más de 1.100 personas, la mayoría milicianos, y ha desplazado más de 100.000 civiles, según cifras de ACNUR.

Haftar está al mando del Ejército Nacional Libio (LNA), una mezcla de antiguos militares de los ejércitos de Gadafi y una coalición de diferentes milicias tribales, milicianos locales surgidos tras la revolución e incluso salafistas (ultraconservadores islámicos).

Un hombre muestra una foto de Jalifa Haftar. (Reuters)
Un hombre muestra una foto de Jalifa Haftar. (Reuters)

A principios de agosto, más de 40 personas murieron en un ataque aéreo mientras asistían a una boda en Murzuq (suroeste). Testigos de la masacre culparon a un ataque aéreo del LNA, que sin embargo apenas tiene fuerza aérea propia. Sus principales valedores en términos militares son Emiratos Árabes Unidos y Egipto, pero también Rusia. La retórica de Haftar de abanderar la lucha contra "el islam político en cualquiera de sus formas", más allá de grupos claramente terroristas como Al Qaida (con alguna presencia en el país), como por ejemplo los Hermanos Musulmanes le ha granjeado el apoyo de su poderoso vecino Egipto, inmerso en su propia cruzada contra la Hermandad musulmana.

La figura de Haftar, un antiguo militar próximo a Gadafi hasta que cayó en desgracia y se exilió a Estados Unidos, donde colaboró con la CIA y que no regresó a Libia hasta 2014, es muy divisiva en el país. "Sus partidarios lo ven como un militar que acabará con el caos y violencia que asola Libia desde la revolución, alguien capaz de devolverles la estabilidad de la era de Gadafi. Incluso si ven sus intenciones (de hacerse con el poder), creen que es lo menos malo", explica a El Confidencial el analista local Tarek Megerisi. "Los que lo critican suelen venir de tres grupos: islamistas que lo temen, ya que la retórica de Haftar se ha apoyado mucho en la persecución de este tipo de grupos, revolucionarios que ven a Haftar como una reedición de Gadafi y la dictadura, y los que no creen que sea capaz de estabilizar el país. El LNA es sólo otra colección de milicias, exmilitares y tribus que está promulgando un gobierno estilo militar en las áreas bajo su control y que es totalmente dependiente del apoyo extranjero", explica.

Algunas potencias occidentales, como Estados Unidos o incluso Francia, se están inclinando por la opción de Haftar como un "hombre fuerte" que logre ejercer el control sobre el país. La llegada del presidente Emmanuel Macron al Elíseo fue decisiva, y una de sus primeras decisiones en política exterior fue promover una reunión entre Serraj y Haftar, convirtiendo de facto al mariscal en un interlocutor político válido. Italia, con una continuada historia de implicación en el conflicto libio (a poco más de 500 kilómetros de sus costas), no se lo tomó bien, generando ciertas tensiones entre ambos países europeos.

El subsecretario del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia, Manlio Di Stefano, del populista Movimiento 5 Estrellas, afeó a Francia su apoyo al LNA frente al Gobierno de Acuerdo Nacional en declaraciones esta misma semana a la revista emiratí 'The National': "Hemos descubierto movimientos franceses en el país que no estaban alineados con la agenda general y la estrategia común".

A mediados de abril, el presidente Donald Trump telefoneó a Haftar para, según ha trascendido, trasmitirle sus elogios y su "visión compartida" para Libia.

Pese a todo, el control de Haftar está lejos todavía de ser total. Aunque además de gran parte del territorio (este, parte del sur y centro, y cercando a la zona de Trípoli en el oeste) controla también los pozos petrolíferos de la "Media Luna libia del petróleo", su estabilidad depende de las alianzas con fluctuantes milicias, especialmente en el sur, donde entra en juego el componente tribal.

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