una relación con altibajos

Socios y adversarios: 40 años de visitas de presidentes españoles a Cuba

Pedro Sánchez visita Cuba. Será la primera de un jefe de gobierno español a la isla desde el viaje del también socialista Felipe González en 1986, con el mismo objetivo: estrechar relaciones

Foto: Fidel y Raúl Castro reciben a Adolfo Suárez en La Habana en 1978. (EFE)
Fidel y Raúl Castro reciben a Adolfo Suárez en La Habana en 1978. (EFE)

Este 22 y 23 de noviembre Pedro Sánchez realizará una visita oficial a Cuba. Será la primera de un jefe de gobierno español desde 1986, cuando el también socialista Felipe González aterrizó en La Habana para acordar con Fidel Castro las nuevas reglas que regirían la cooperación entre ambas naciones. Corrían tiempos de Perestroika en la Unión Soviética y de “Rectificación de Errores” en Cuba; España, en tanto, apostaba todas sus cartas a la integración europea y la OTAN.

Treinta y dos años más tarde, ya sin Fidel Castro ni el Kremlin formando parte de la ecuación, Miguel Díaz-Canel, el primer mandatario surgido de la llamada “generación intermedia”, se apresta a recibir a su homólogo hispano luego de haber cumplido una extensa gira por Rusia y las repúblicas formalmente socialistas de Asia. El mensaje está claro: para el nuevo inquilino del Palacio de la Revolución la prioridad es afianzar relaciones con los aliados estratégicos, reducido grupo en el que España ocupa –por derecho propio– un lugar preeminente.

1978, la apertura al mundo occidental

El sábado 9 de septiembre de 1978 amaneció en La Habana como otro día cualquiera. Solo el observador atento podía percatarse de la reforzada presencia de los equipos de seguridad o del continuo trasiego de vehículos oficiales hacia el aeropuerto José Martí. Lejos de la mirada del ciudadano común, en los hoteles de lujo heredados del capitalismo, decenas de reporteros se preparaban para trasladarse también hacia la principal terminal aeroportuaria del país.

La mayoría había llegado a Cuba pocos días antes, motivados por la primera visita de un presidente de gobierno occidental -nada menos que Adolfo Suárez- al “Primer Territorio Libre de América”. La importancia de la jornada se pondría de manifiesto en la propia pista del aeródromo, donde se darían cita Fidel y Raúl Castro. Fue una de las raras ocasiones en que ambos compartieron escena. Siguiendo las enseñanzas de sus mentores soviéticos, la Seguridad del Estado cubana mantenía como norma que “El 1” (Fidel Castro) y “El 2” (Raúl Castro) no debían coincidir salvo en circunstancias excepcionales, y en caso de que así fuera, resultaban preferibles los espacios cerrados. Violando ese principio, el General de Ejército se mantuvo junto a su hermano y el presidente Suárez durante los dos días que duró la visita.

Nada había de casual en tanta deferencia. “A pesar del bloqueo internacional impuesto por Estados Unidos, en 1975 el comercio con España representaba el 6.5% del total comercial cubano”, apunta un artículo de la politóloga María Hernández. Dicha cifra alcanza su verdadera connotación si se recuerda que por entonces el 85% del intercambio exterior de la isla se concentraba en los países del llamado campo socialista. “Siempre quedaban tecnologías, productos o clientes a los que no podíamos acceder (…) ese fue un proceso en el que resultó vital poder operar a través de España, e incluso contar con los créditos de sus instituciones financieras”, contó a El Confidencial, en 2016, un exfuncionario del Ministerio de Comercio Exterior isleño.

La lista de interesados en mantener y profundizar relaciones incluía en la Península Ibérica a empresas automotrices y del sector naval, a importadores de artículos de otras naciones europeas, y a los dueños de las propiedades confiscadas por el Gobierno Revolucionario a comienzos de la década de 1960. Sobre la mesa estaban cuatro temas concretos: la renovación del acuerdo de comercio bilateral (que caducaba al cierre de ese año), la implementación de un programa de retorno para los españoles establecidos en la isla, el inicio de un diálogo sobre las indemnizaciones que habrían de pagarse a los afectados por el ciclo expropiatorio, y la coordinación de una posible visita de Estado por parte del Rey Juan Carlos, tan pronto como en el cercano 1979.

De todos los pendientes, solo el último quedó por cumplirse. Aunque en 1999 los Reyes llegaron a La Habana para participar en la Cumbre Iberoamericana, el Comandante no tuvo la oportunidad de recibirlos en una visita de máximo nivel. El presidente de Gobierno de la época, José María Aznar, firme defensor de la Posición Común, se había encargado de impedir que el viaje tuviera ese estatus protocolar. Molesto, Castro, dejó “claro que aquello no era lo que él quería”, según contó en 2016 el columnista Luis Ayllón. “Caminando junto a dos o tres periodistas que asistíamos al recorrido, Don Juan Carlos no tuvo reparos en comentarnos la pena que le daba que aquellas preciosas calles [del centro histórico de La Habana] estuvieran sin gente. Fidel había prohibido que quienes no vivían allí acudieran a recibir a los Reyes”.

Felipe González visita Cuba en 1986. (EFE)
Felipe González visita Cuba en 1986. (EFE)

1986: un excarcelamiento y una indemnización

Los 80 perduran en la memoria de millones de cubanos como una época feliz, en la que su socialismo parecía por fin haber encontrado la fórmula del éxito. En lo personal, Fidel Castro tenía motivos para sentirse satisfecho. Con sesenta años recién cumplidos y el respaldo firme de Moscú, el Comandante podía enorgullecerse de una amplia popularidad entre sus conciudadanos, y una influencia apreciable en el Tercer Mundo y en amplios sectores de las naciones industrializadas.

Pero su astucia de superviviente también le permitía avizorar las tempestades que acechaban en el horizonte. La más peligrosa de todas comenzaba a formarse en el Kremlin, al impulso de un reformador –o traidor, según se mire– surgido del corazón mismo del Politburó. A la preocupación por el futuro se uniría en 1985 la crisis de liquidez derivada de numerosos créditos solicitados a lo largo del decenio anterior. Sin posibilidad de influir en los acontecimientos que estremecían Europa y con la mayoría de las líneas de “financiación capitalistas” cerradas, el Comandante decidió jugar nuevamente la carta de España.

Cuando el 13 de noviembre de 1986 Felipe González desembarcó en La Habana solo estaba produciéndose un capítulo más en la larga historia de coincidencias protagonizada por ambos líderes políticos. Treinta años más tarde, incluso después de infinitos de desencuentros y descalificaciones mutuas, Felipe González se apresuraría a cablegrafiar a Raúl Castro un mensaje de condolencias por el fallecimiento de su hermano y mentor.

En 1986, tres días bastaron para que el entonces inquilino de La Moncloa fuera condecorado con la Orden José Martí (la más alta distinción del Estado cubano), firmara el acuerdo definitivo de indemnizaciones para los cerca de 3 mil españoles que habían perdido sus propiedades a comienzos de la Revolución, y consiguiera la liberación del excomandante guerrillero Eloy Gutiérrez Menoyo, español de nacimiento y preso desde 1965 a causa de sus vínculos con la CIA. Todo ello en alrededor de veinticuatro horas, pues buena parte de la visita transcurrió en “una casa de descanso” a la que los mandatarios y sus colaboradores más cercanos se retiraron a poco del comienzo del programa oficial.

La buena sintonía en las conversaciones tenía como telón de fondo un no menos favorable contexto económico. “En 1985, la isla fue el destino de más del 20% de las exportaciones españolas a Latinoamérica, y España se convirtió en el mejor cliente de Cuba en el mundo capitalista”, recuerda en la investigación mencionada la politóloga María Hernández. “La ventaja comparativa para España llegó a ser escandalosa: solamente el 2.66% de las importaciones procedentes de América Latina eran productos cubanos, de tal manera que aunque la relación con América Latina en su conjunto descendía, Cuba mantenía sus posiciones”.

Haciendo un salto en el tiempo –y pese a la crisis financiera de comienzos de este siglo, la persistencia de la Posición Común y la alternancia en el gobierno de Socialistas y Populares– entre 2004 y 2014 la tendencia no solo se mantuvo, sino que se afianzó. En ese período la balanza comercial entre ambos países acumuló un saldo favorable a España superior a los 5.200 millones de euros. De hecho, durante el conflictivo mandato de Aznar las autoridades cubanas otorgaron más licencias de inversión a las empresas hispanas que en todos los años de gobierno de Felipe González.

Castro recibe a los Reyes en La Habana en 1999. (Reuters)
Castro recibe a los Reyes en La Habana en 1999. (Reuters)

Conflictividad y reconciliaciones

Hacia mediados de la década de 1980 las deudas cubanas con Madrid ascendían a poco de 360 millones de dólares; en 2015, cuando ambos estados llegaron a un acuerdo de condonación que implicó al Club de París, el monto de esas obligaciones había escalado hasta superar los 2.500 millones de euros.

Apostando por una estrategia a largo plazo La Moncloa impulsó entonces la creación del llamado Fondo de Contravalor, un ente financiero de 415 millones de euros que La Habana se comprometió a sufragar como pago por sus deudas. Tal acontecimiento se unió a la derogación de la Posición Común (en 2016) y al crecimiento acusado del comercio bilateral (que en 2017 volvió a superar los mil millones de euros y registró un saldo favorable a la Península por 728 millones). En paralelo, más de cien mil isleños adquirieron la ciudadanía española al amparo de la Ley de Memoria Histórica y un número similar emprendió trámites para agenciársela en el futuro cercano.

Urgido por la crisis de 2008, los problemas internos que afrontaban otros de sus aliados y un pragmatismo que superó incluso los más optimistas pronósticos, Raúl Castro aprovechó cuanta coyuntura se le puso a mano para relanzar las relaciones con España. No fue un proceso fácil. En primer lugar para él, que en marzo de 2009 se vio obligado a sacrificar al más prometedor de los “cuadros jóvenes” del Gobierno tras descubrirse que estaba implicado en una oscura trama presuntamente tejida por el Centro Nacional de Inteligencia español. Prácticamente ningún analista pone en duda que aquel día, en el Consejo de Estado, se decidió el escenario actual de Cuba. Carlos Lage, el gran candidato a ocupar la presidencia en sustitución de la “generación histórica”, había cometido la imperdonable falta de manifestar sus ambiciones de poder y –peor aun– revelar informaciones sensibles acerca de la salud de Fidel Castro, y los programas energéticos y de colaboración con Venezuela, China y Rusia.

Siete años antes, Roberto Robaina, el otro “delfín” del sistema, había caído en desgracia por pecados de sus tiempos de canciller. Entre todos, ninguno superó el que cometiera durante una conversación telefónica con el ministro de Asuntos Exteriores de la era Aznar, Abel Matutes. Una frase de este último terminó convirtiéndose en la piedra colgada al cuello del cubano: “Mi candidato siempre has sido tú”.

A punto de estallar por la ira, Raúl Castro le increparía casi a gritos durante la reunión del Comité Central recogida en un video que se proyectó a los militantes del Partido Comunista: “¿De qué carajo candidaturas estás hablando, Robaina? No voy a permitir que gente como tú jodan esta revolución tres meses después de que desaparezcamos los viejos”.

En aquellos tiempos Miguel Díaz-Canel era todavía un eficiente pero poco conocido secretario del Partido en provincias. Fueron las desapariciones de escena de Robaina, Lage y otros “competidores” de su generación las que le despejaron el camino hacia la primera magistratura. Pero haber llegado hasta allí podría ser más un castigo que un premio, si no consigue que la economía cubana enrumbe hacia derroteros más prósperos. Por eso, ha pasado buena parte del mes de noviembre ocupado en tender puentes con aliados históricos; por eso, apostará hasta sus últimas fichas en hacerle sentir a Pedro Sánchez que Cuba es el mejor sitio posible para las inversiones españolas en el exterior.

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