HABLAMOS CON VÍCTIMAS DE LA dictadura militar

"Estoy a favor de la tortura y lo sabes": Jaír Bolsonaro reabre las heridas de la dictadura

"Estoy a favor de la tortura y lo sabes. Y el pueblo también es favorable”. La frase es de Jair Bolsonaro, favorito a la presidencia de Brasil. Su enaltecimiento de la dictadura militar abre las viejas heridas

Foto: Seguidores del candidato Jair Bolsonaro se manifiestan contra el PT en Río de Janeiro. (Reuters)
Seguidores del candidato Jair Bolsonaro se manifiestan contra el PT en Río de Janeiro. (Reuters)

Sus repetitivos discursos de enaltecimiento de la dictadura y de apología de la tortura no le hacen mella. Al contrario. Jair Bolsonaro, candidato por la extrema derecha del Partido Social Liberal (PSL), se sitúa como favorito a la presidencia de Brasil para las elecciones del próximo domingo, con un 59% de intención de votos frente a su oponente Fernando Haddad, por el Partido de los Trabajadores, PT, a la izquierda, con 41%, según los sondeos. Bolsonaro ha sido apodado como “el mito” por sus seguidores, que confían en una propuesta de gobierno que camina entre el liberalismo, la fé evangélica y la legalización de armas.

“Por la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el pavor de Dilma Rousseff, declaró Bolsonaro cuando era diputado y votó a favor del 'impeachment' de la expresidenta frente a todo el Congreso, en abril de 2016. Ustra fue líder del sistema de torturas que sufrió tanto a Rousseff como al resto de víctimas de la dictadura militar, que duró desde el golpe de Estado del 1964 hasta la victoria del Movimiento Democrático Brasileño en 1985. Ustra llegó a ser reconocido como torturador por la Justicia en 2008, pero se libró de la pena porque la Ley de Amnistía del 1979 absolvió también a los militares. Tras la redemocratización del país, Ustra escribió el libro 'La verdad ahogada. La historia que la izquierda no quiere que Brasil conozca', una versión de los militares sobre la dictadura que llegó a agotarse en su 14ª edición después de que Bolsonaro dijise que es su libro de referencia.

Su candidato a vicepresidente declaró que ante la hipótesis de “anarquía generalizada” podría justificarse un “autogolpe” comandado por Bolsonaro

Cuando la obra de Ustra fue publicada por primera vez en 2006, Ana Miranda Batista, presa política de la dictadura durante cuatro años, descubrió que su nombre figuraba como terrorista en una lista elaborada por los militares. “Me acusaban de haber matado a una persona pero yo misma demostré que estaba viva. Denuncié, pero Ustra murió en 2015 antes de que hubiese una resolución sobre tal lista”, explica Miranda para El Confidencial.

"Torturaron a toda mi familia para localizarme"

Hija de judíos polacos que se exiliaron en Brasil en los años 30 antes de la Segunda Guerra Mundial, Miranda comenzó su activismo cuando entró en la Facultad de Farmacia en 1967, dos años más tarde pasó a integrar el grupo guerrillero Acción Libertadora Nacional y en 1970 fue presa. “Cuando todavía estaba en la clandestinidad, arrestaron a toda mi familia, los torturaron para intentar localizarme”, explica esta antigua guerrillera, que cuenta que su hermana pequeña tenía 14 años en aquel momento y, hasta el día de hoy, no ha conseguido contar los detalles de lo vivido en prisión.

“Nos pegaban en los riñones, porque no deja marca visible pero te destroza por dentro”, detalla en referencia a las torturas que le provocaron la pérdida de uno de los riñones después de diversas intervenciones. Miranda fue liberada en régimen condicional en el 1974, pero continúo siendo perseguida durante mucho tiempo. “Fue muy difícil reconstruir mi vida, no podía contarle a las personas lo que yo había visto, sufrido, ni hablar de las personas que vi desaparecer. Había un silencio impuesto, una censura hasta en las palabras”.

Miranda cuenta su historia con ímpetu en la voz y expresión afable en el rostro. Asegura que ha revivido el sentimiento de aquella época al percibir el ambiente de hostilidad e intolerancia en el que se encuentra Brasil de cara a las elecciones. “No podemos descartar un posible cierre político y una censura. Si la extrema derecha cumple sus propuestas, se podría dar un tipo de semi-dictadura, aunque diferente de la anterior”, opina esta antigua guerrillera, que considera que Brasil caminó durante algunos años en dirección democrática pero que nunca llegó a tener una democracia social consolidada.

Miranda cita indignada el Decreto 9527, aprobado por el actual presidente Michel Temer el 15 de octubre, en el que se establece la creación de un “frente de inteligencia contra el crimen organizado” que tendrá como objetivo “analizar, compartir datos y elaborar informes de inteligencia para enfrentarse a organizaciones criminales que amenacen al Estado brasileño y a sus instituciones”. El texto no define qué sería considerado como organización criminal y esto inquieta a movimientos sociales y a poblaciones tradicionales que luchan por el derecho a la tierra. A Miranda le da miedo la imprecisión de muchas propuestas de Bolsonaro, “¿quién es el ‘buen ciudadano’ que él defiende? ¿el que tiene dinero, el blanco, el heterosexual? Tal vez el dueño de una propiedad sea considerado ‘buen ciudadano’, pero ¿el peón de ese patrón también estará entre los ‘buenos ciudadanos’?”.

Con sospechas de que, en este todavía hipotético escenario, pueda perseguirse a activistas y haber ciertos estigmas sobre los que se opusieron a la antigua dictadura, Miranda asegura que algunas personas ya mencionan que irán preparando el pasaporte. Ella, que preferiría no tener que abandonar el país, opta por guardar la calma.

Bolsonaro: “Estoy a favor de la tortura y lo sabes”

Sí, soy favorable a una dictadura, un régimen de excepción”, declaró Bolsonaro en los años noventa en un discurso en el Congreso de los Diputados. En una entrevista en mayo de 1999 al programa Camera Aberta afirmó “estoy a favor de la tortura y tú lo sabes. Y el pueblo también es favorable”. Añadió que, si fuese presidente, cerraría el Congreso y “daría un golpe ese mismo día” porque “a través del voto no se va a cambiar nada en este país, ¡absolutamente nada! Solo va a haber cambio, infelizmente, cuando un día emprendamos una guerra civil aquí dentro y hagamos el trabajo que el régimen militar no hizo. Matando unos 30.000 (...). Si van a morir algunos inocentes, no pasa nada, en todas las guerras mueren inocentes”.

Aunque Bolsonaro ya no toca con tanto fervor esas ideas en su actual campaña a la presidencia, tampoco las condena. Al igual que no condena la violencia de las últimas semanas ejercida principalmente, contra personas LGBTI, y que se ha cobrado tres vidas, Moa do Katendê, mestro de Capoeira de Salvador que afirmó su apoyo al partido de izquierdas; Priscila, una travesti en São Paulo, y Laysa Fortuna, transexual de Sergipe, los tres apuñalados por seguidores del candidato de extrema derecha. “Si alguien con una camiseta mía comete un exceso, ¿qué tengo yo que ver? Yo lo lamento, pero no tengo control sobre los millones de personas que me apoyan”, declaró Bolsonaro.

Su candidato a vicepresidente, el general Hamilton Mourão, declaró en una entrevista el pasado mes de septiembre que ante la hipótesis de “anarquía generalizada” -no especificó cuál sería tal situación- podría justificarse un “autogolpe” comandado por Bolsonaro con ayuda de las Fuerzas Armadas.

Manifestación contra Jair Bolsonaro y la dictadura militar en Río de Janeiro. (Reuters)
Manifestación contra Jair Bolsonaro y la dictadura militar en Río de Janeiro. (Reuters)

Existe una extraña nostalgia del autoritarismo, hay personas que defienden que en el período militar el país estaba mejor, pero ¿para quién estaba mejor?, declara a El Confidencial Eduardo Prestes Massena, profesor de música de una escuela pública de la periferia de Río de Janeiro y nacido durante el exilio de sus padres en la Unión Soviética . “Algunos dicen que en aquella época la escuela pública era mejor, pero era una educación para pocos, la población periférica se quedaba fuera”, añade el nieto de uno de los principales líderes del movimiento comunista del siglo XX, Luis Carlos Prestes, perseguido por la dictadura, y de João Massena, antiguo dirigente del Partido Comunista Brasileño desaparecido en 1974 durante la Operación Radar, una de las últimas grandes matanzas para acabar con los líderes más antiguos de la resistencia.

“Es muy grave el desconocimiento que hay de nuestra propia historia”, dice Prestes, que indica que los altos índices de violencia y la desigualdad son también determinantes para que haya una parcela tan grande de la población votando por Bolsonaro. “Incluso personas pobres, que se pueden ver afectadas por un posbile gobierno de extrema derecha, están confiando en este discurso simplista que promete resolver estos problemas del día a la mañana con armas”.

Prestes, que está realizando un doctorado en pedagogía, afirma que su principal miedo es “no poder decir o escribir lo que pienso”. Algunos de sus compañeros temen por la transformación de la escuela e, inclusive, por la inhabilitación de sus puestos si se instala un sistema político de extrema derecha que tiene como uno de sus principales estandartes el proyecto “escuela sin partido”, para prohibir el abordaje de asuntos políticos en las escuelas por considerarlos una amenaza de adoctrinación. “Aunque ese proyecto todavía no haya sido aprobado, ya está influyendo en la actuación de algunos profesores que, por miedo, condicionan su forma de dar clase”, explica Prestes. No obstante, este hijo de exiliados considera que la lucha ahora pasa por confiar en la democracia y por estar presente en los movimientos sociales, porque “cuando no podamos movilizarnos, se habrá acabado la democracia”.

La memoria histórica se debilita

Brasil nunca saldó las cuentas con la dictadura, considera Prestes. “No hubo justicia, se amnistiaron torturadores y asesinos, y no se construyó casi ningún espacio de memoria para las víctimas del régimen militar”, declara. La Ley de Amnistía del 79 se aplicó a todos los que cometieron crímenes políticos entre 1961 y 1979, es decir, se aministió tanto a los presos políticos como a los militares que participaron en la dictadura.

El candidato Jair Bolsonaro saluda a simpatizantes mientras habla con los medios, en Río de Janeiro. (Reuters)
El candidato Jair Bolsonaro saluda a simpatizantes mientras habla con los medios, en Río de Janeiro. (Reuters)

Diez años después del Gobierno militar, casi nada se había investigado. “Poco antes de que se crease (en 1995) la Comisión especial sobre muertos y desaparecidos políticos, Brasil fue denunciado ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) por crímenes de la dictadura”, explica João Costa, periodista perseguido por la dictadura y actual integrante del grupo Tortura Nunca Más. La sentencia de la CIDH tardó 15 años en salir y el resultado fue cuestionar la aplicación de la Ley de Amnistía del 79, justo dos meses después de que la Justicia brasileña anulase cualquier revisión posible de dicha ley. Las víctimas y familiares, junto con los organismo de defensa de los derechos humanos, continuaron insistiendo en la creación de una comisión de investigación de los delitos.

Luiz Inácio Lula da Silva (en sus funciones como presidente) intentó crear la Comisión Nacional de la Verdad (CNV) en 2011 pero se deparó con la oposición de las Fuerzas Armadas”, afirma Costa. No fue hasta 2012 y con algunas modificaciones, que el gobierno de Dilma Rousseff consiguió inaugurar la CNV. Tras la conclusión de las investigaciones en 2014, el informe final cifró en 434 las personas asesinadas durante la dictadura -entre ellos unos 8.000 indígenas y unos 1.000 campesinos muertos en resistencia por sus derechos laborales o acceso a la tierra -, además de 377 agentes del Estado acusados de crímenes contra los derechos humanos para quienes se pedía un castigo fuera de la Ley de Amnistía del 79.

No obstante, Costa considera que “el informe final de la CNV es insuficiente ya que se apoya, casi exclusivamente, en los testimonios de las víctimas porque los archivos de la dictadura aún están bajo sigilo”. Para el periodista, los poderes militares nunca se desligaron completamente del Estado y cita algunas de las medidas de militarización puestas en marcha en los dos últimos años de Gobierno de Michel Temer. En 2017, Temer convocó al ejército para controlar las manifestaciones en Brasilia y en 2018 nombró al general Joaquim Silva como ministro de Defensa -el primer militar a asumir este cargo desde la redemocratización- y decretó la intervención militar de la seguridad en el estado de Río de Janeiro bajo el mando del general del Ejército Walter Souza Braga Netto.

En las actuales elecciones, seis militares del ejército ya han sido elegidos diputados por el partido de extrema derecha para entrar en el Congreso, y los sondeos apuntan como favorito al capitán Bolsonaro, que tiene al general Mourão como vicepresidente y al general Oswaldo Ferreira como responsable de campaña para temas de infraestructura y medio ambiente, pudiendo ocupar el ministerio de Transportes en una eventual victoria. Frente a la presencia militar, Costa afirma sentirse angustiado. “En este momento hay ocupaciones militares contra el crimen organizado en varios barrios de Río de Janeiro. En nombre de una ‘higienización de la sociedad’, varias vidas ya están siendo destruidas. ¿Dónde? En las favelas”, afirma Costa.

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