LLEVAN EN ACTIVO DESDE EL SIGLO xv

Vida, muerte y dioses en las minas de Potosí: viaje a un yacimiento que se agota

La presencia cada vez menor de mineral ha llevado a las autoridades a prohibir la extracción a más de 4.000 metros, pero los trabajos mineros siguen rigiendo la vida de esta comunidad

Foto: Vista del Cerro Rico desde una calle de Potosí, en 2008. (Reuters)
Vista del Cerro Rico desde una calle de Potosí, en 2008. (Reuters)

Las minas de Potosí fueron lo más parecido a El Dorado que los conquistadores encontraron en América. El Cerro Rico, como llaman en Bolivia a su montaña explotada hasta la saciedad para extraer sobre todo plata, sigue en activo desde el siglo XV. Pero la cada vez más exigua presencia de mineral ha llevado al Gobierno Autónomo de Potosí a decretar que, en los próximos meses, los mineros que trabajan por encima de los 4.400 metros deberán abandonar la explotación para salvaguardar la estructura del coloso.

Gracias a los mineros retirados que han sobrevivido a sus galerías, como Marco Antonio, es posible conocer estos túneles donde decenas de hombres -y algún niño- trabajan sin luz ni comida, con alcohol de 96 grados como bebida y durante jornadas ocasionales de 24 horas sin descanso, mientras veneran la mina como una deidad. Ver a una mujer entre ellos es prácticamente imposible. Esta ausencia no se debe solo a la convición de muchos bolivianos de que ellas serían incapaces de picar, cargar las vagonetas o taladrar para introducir la dinamita, detonada peligrosamente sin demasiado control, sino también a otras creencias: “Si a una mujer le viene la menstruación, la veta de mineral desaparece”, explica el exminero sobre las supersticiones de estos hombres que apenas superan el metro y medio de altura.

Respecto a los niños, actualmente “apenas hay un puñado trabajando, y solo por las tardes. Por las mañanas van a la escuela”, apunta el exminero. “Esto ya no es como antes”, cuando el número de menores en la mina era similar al de los adultos.

Moisés, un joven minero de 17 años, guarda sacas de mineral en la mina de El Rosario en Cerro Rico, en enero de 2010. (Reuters)
Moisés, un joven minero de 17 años, guarda sacas de mineral en la mina de El Rosario en Cerro Rico, en enero de 2010. (Reuters)

Mientras se recorren los túneles, la relación entre los que un día fueron mineros y los que lo son hoy es palpable. “Don Humberto, ¿cuánto carga hoy?”, pregunta Marco Antonio a uno de los pocos afortunados que ven la luz. “Ocho”, responde el interpelado, refiriéndose a las toneladas de material sin valor económico que su compañero Huajironco dinamita en el interior y él carga con una pala en una carretilla, que arrastra hasta el exterior. Un pequeño error en la carga explosiva podría suponer la muerte de ambos.

Tan solo un pequeño número de los miembros de cada cuadrilla de trabajadores se dedica a mover el material extraído. En el caso de Don Humberto, solo él. El resto se dedica a taladrar para colocar la dinamita -y así eliminar más rápido la roca inservible para buscar minerales-, picar piedra y llenar las vagonetas o carretillas que posteriormente se arrojarán en el exterior o en alguna galería que haya quedado inservible.

Mina y muerte van de la mano

La esperanza de vida de estos hombres apenas alcanza los 45 años. Si sobreviven a explosiones, derrumbes y condiciones infrahumanas, la silicosis probablemente acabe matándolos. Los mineros de Potosí respiran constantemente partículas de sílice que flotan en el aire. Ni siquiera emplean mascarillas, aunque sepan a lo que se arriesgan y vayan notando el desgaste en su cuerpo.

Un minero boliviano vacía una vagoneta en el exterior de la mina Pailaviri en Cerro Rico, en 2008. (Reuters)
Un minero boliviano vacía una vagoneta en el exterior de la mina Pailaviri en Cerro Rico, en 2008. (Reuters)

Las jornadas de 24 horas a oscuras, solo con una pequeña linterna en el casco, sudando y con un gran esfuerzo físico, son bastante comunes y ayudan a que el polvo se deposite en los pulmones. 'Venticuatrear' es el término que utilizan para referirse a esa jornada de un día entero sin ver el sol ni respirar aire puro, con una gran cantidad de hojas de coca acumuladas en un carrillo.

Perderse en las galerías puede ser también causa de muerte. En el interior, todos los caminos se parecen, según reconocen los propios mineros. Para mayor dificultad, no hay ningún tipo de señalización y, por supuesto, tampoco cobertura telefónica. Un despiste en una de las bifurcaciones puede suponer el fin. Aunque muchos piensan que conocen como la palma de su mano todos los túneles, más de un hombre ha desaparecido al adentrarse en la mina: “Algunos aparecieron a las horas o hasta días”, explica el exminero que guía por las galerías; otros jamás aparecieron, la diosa mina “se los quedó”.

La mina es una deidad, forma parte de la Pachamama, la diosa de los Incas que representa a la Madre Tierra. “En la mina no se duerme ni tampoco se come”, explica el exminero sobre esta divinidad, capaz de sepultarlos y provocar sus peores pesadillas. Según la creencia popular, ingerir alimentos en las galerías, al igual que dormir, podría atraer la mala suerte, por eso mascan la coca, que segrega una sustancia estimulante que también sirve para saciar el hambre.

La estatuilla de 'El Tío', con un cigarrillo en la boca. (Reuters)
La estatuilla de 'El Tío', con un cigarrillo en la boca. (Reuters)

Especialmente, la mística es palpable en la figura de 'El Tío', una estatua de un diablo que preside la entrada de la mina de Potosí. Según la creencia popular, este ser mitológico gobierna los bajos mundos, ofreciendo a los mineros protección, pero también ruina y destrucción a quienes no le hacen ofrendas. Así que, cada viernes, los mineros se reúnen a su alrededor provistos de tabaco y alcohol de 96 grados, un alcohol que un europeo solo utilizaría para desinfectar. Los mineros colocan en la boca de la estatua diablesca un cigarrillo, que se consume como si en realidad el exigente diablo estuviese inhalando el humo. Del mismo modo, mientras beben, arrojan alcohol al suelo, como ofrenda para la Pachamama. Todo amparo es poco para quienes se dejan la vida en la inquietante oscuridad donde la Madre Tierra consiente, desde tiempo inmemorial, que sus hijos le arranquen sus riquezas.

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