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El cementerio de Al Zarqawi: por qué la caída del Califato no supone el final del ISIS

La muerte en 2006 del líder del fundador de Al Qaeda en Irak no supuso el final de la organización, que resurgió virulentamente años después bajo otras siglas. Su historia sirve de ejemplo

Foto: Captura de pantalla de un raro video en el que se ve a Abu Musab Al Zarqawi disparando una ametralladora. (Reuters)
Captura de pantalla de un raro video en el que se ve a Abu Musab Al Zarqawi disparando una ametralladora. (Reuters)

La capital del Estado Islámico ha caído: la bandera de las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), la milicia kurdo-árabe apoyada por EEUU, ondea ya en Raqqa, donde los últimos conatos de resistencia yihadista se van apagando poco a poco. En julio, el ejército iraquí y las milicias chiíes reconquistaron Mosul, la otra gran urbe en manos del ISIS. El sueño de un Califato que superase las antiguas fronteras coloniales de Sykes-Picot ha quedado reducido a escombros. Pero muchos expertos piden cautela: la organización, bajo otras siglas, ya ha sido destruida anteriormente para resurgir después con más fuerza que nunca, porque, al fin y al cabo, no se puede matar una idea. Y en el panteón yihadista, los militantes recuerdan bien a sus mártires. Sobre todo a aquellos que le dieron a esa idea su forma actual.

La raíz de la violencia más extrema, allí donde se cultivó la semilla que ha sembrado el caos en buena parte del planeta, se sitúa hace unos 40 años en un cementerio de la ciudad industrial de Zarqa, a unos 30 kilómetros al noreste de Ammán. Es allí, entre muertos, donde un joven violento llamado Ahmed Fadhil al-Khalayleh –más tarde conocido como Abu Musab Al Zarqawi- iba a pasar el tiempo libre y donde conocería a muchas de sus amistades. Todavía era pronto para prever que, años después, un Zarqawi corpulento y aún más combativo llegaría a ser el líder de Al Qaeda en Irak, por el que Estados Unidos ofrecería 25 millones de dólares a quien consiguiera localizarlo.

En las vísperas de la invasión de Irak, los servicios de inteligencia estadounidenses comenzaron a buscar posibles vínculos entre Saddam Hussein y Al Qaeda. Así, Zarqawi llegó a ser uno de los más poderosos mitos de la ‘guerra contra el terror’ proclamada por el entonces presidente norteamericano George W. Bush, aunque muchos de los detalles de su vida siguen siendo una incógnita. Además de ser considerado el cerebro de numerosos atentados en Irak, especialmente contra chiíes, también se le atribuye el ataque de 2005 en Ammán, que mató a 67 personas e hirió a 300 más.

A día de hoy, el cementerio de su barrio ha alcanzado su capacidad máxima. Junto a una tumba, tirada en el suelo, se encuentra una botella de alcohol que ha dejado alguno de esos jóvenes que por la noche, cuando nadie mira, se dedica a hacer el gamberro. En las calles de Zarqa, el vandalismo juvenil y la pobreza persisten en el tiempo en esta ciudad industrial. “El otro día, unos niños estaban golpeando con unos barrotes de madera unos coches y nadie los paraba”, se queja el taxista que nos lleva por las áreas conservadoras donde se crió Zarqawi. “Donde hay pobres puedes encontrar todos los problemas”, lamenta un vecino. En el barrio de Ramzi donde se crió, mencionar su nombre puede encender el radar de los servicios de inteligencia jordanos, lo que nos hace desplazarnos con cautela.

Nacido en 1966, la corta e intensa vida de Zarqawi sigue rodeada de interrogantes. De adolescente, abandona pronto la escuela y pronto es arrestado por posesión de drogas y acoso sexual. En 1989, a los 23 años de edad, sale de Jordania por primera vez para luchar junto a miles de muyahidines contra la ocupación soviética en Afganistán. Con el enemigo en declive, se traslada a Pakistán. Posteriormente, de vuelta a Jordania hacia 1992, crea un grupo junto a Abu Muhammad al-Maqdisi –uno de los teóricos salafistas de la yihad más influyentes- para reunir a combatientes con el objetivo de derribar la monarquía jordana o, con una mirada más global, para la renovación de la ‘causa islámica’. El sueño quedará interrumpido un año más tarde, cuando el gobierno jordano los encarcela por poner en riesgo la estabilidad del Reino Hachemita.

Un hombre lee sobre la muerte de Zarqawi en un diario paquistaní en Peshawar, el 9 de junio de 2006. (Reuters)
Un hombre lee sobre la muerte de Zarqawi en un diario paquistaní en Peshawar, el 9 de junio de 2006. (Reuters)

Es en prisión donde Zarqawi consolidará su personalidad de luchador, una etapa más relevante aún que el primer viaje a Afganistán. Es frecuentemente torturado. En el tiempo libre suele estudiar el Corán y, cuando se le reintroduce con los otros prisioneros, les visita a menudo para motivarlos a unirse a su organización. En 1999, Zarqawi y Maqdisi se benefician de una amnistía general y son excarcelados, tras lo que renuevan su sueño yihadista. Tras unos pocos meses en su ciudad natal, Zarqawi viaja de nuevo a Pakistán y luego a Afganistán, donde establece un campo de entrenamiento para formar un grupo de militantes que pudiese desplegar después en cualquier parte del mundo, conocido como Al Tawhid w'al Yihad (Monoteísmo y Yihad).

Pero en el contexto de la invasión estadounidense en Afganistán, Zarqawi y su grupo entienden que tienen que huir del país. Según explica el periodista jordano Fouad Hussein en el libro ‘Al Zarqawi: La Segunda Generación de Al Qaeda’ (publicado en 2005), Pakistán ya no era seguro porque se había aliado con Estados Unidos en la guerra en Afganistán y, además, Zarqawi había sido arrestado y deportado por violar el permiso de residencia. Por otra parte, tampoco podía volver a Jordania porque había sido sentenciado a muerte ‘in absentia’. Así pues, Zarqawi y su grupo viajan a Irán y luego a Turquía para finalmente establecerse en el norte de Irak, gracias a sus contactos con un líder kurdo del grupo Ansar al-Islam, que les da apoyo logístico hasta que puedan sostenerse por ellos mismos, según asegura Hussein en su crónica.

El periodista había coincidido con el militante incipiente en la prisión jordana de Suwaqah. Corría el verano del año 1996 cuando un artículo crítico contra el primer ministro jordano Abdul Karim al-Kabariti en medio de una situación de descontento social puso entre rejas al reportero. Las cárceles de Jordania rebosaban tanto de marxistas como de islamistas; entre ellos este joven de personalidad tranquila y reservada, que se ganaría el apodo de Al Gharib ("El Extraño"). “De joven, Zarqawi era líder en su barrio. Por ejemplo, si alguien te atacaba, recurrías a él para que te ayudase. Nunca, ni siquiera cuando lo conocí en prisión, pensé que se acabaría convirtiendo en líder de un grupo armado”, explica Hussein en el tranquilo vestíbulo de un hotel de las afueras de Ammán.

“Cuando abrieron la celda, enfrente tenía a un amigo que era miembro del Parlamento. Me dijo: ‘Fouad, en prisión hay seis o siete mil personas. Puedes ir a todas partes menos a esa habitación, porque allí se encuentran Zarqawi y Abu Muhammad al-Maqdisi’”. Tras la advertencia, Hussein no tardó ni una hora en plantarse delante de la celda de los dos islamistas.

“As salam wa alaikoum [que la paz sea con vosotros], soy Fouad Hussein, soy periodista, no soy islámico. He leído sobre vuestro caso en la prensa gubernamental. Me gustaría escuchar vuestra versión de los hechos”, les dijo. Zarqawi respondió: “’Vale, ven y siéntate’. Me senté y Zarqawi me preparó una taza de té. Le hice muchas preguntas y me respondió a todas, pero yo no le gustaba porque no soy islámico, o sea, no como en su mente”.

Un video muestra a tres rehenes en manos del grupo de Zarqawi, en junio de 2004. (Reuters)
Un video muestra a tres rehenes en manos del grupo de Zarqawi, en junio de 2004. (Reuters)

Justo después de aquel primer encuentro, Zarqawi tuvo una discusión con la policía carcelaria y fue puesto en régimen de aislamiento. “Maqdisi me pidió que hiciera de portavoz en una protesta contra la administración de la prisión para liberar a su compañero Zarqawi, a quien había conocido en 1989 en Pakistán, después de luchar contra la invasión soviética de Afganistán”. En pocas horas, el joven de Zarqa fue devuelto a su habitación.

Después de aquello, “Zarqawi me empezó a sonreír, se comportaba diferente que en el primer encuentro porque sentía que lo había ayudado. Pero no le ayudé por sus ideas, sino porque dentro de la prisión tenemos que cooperar entre todos”, se justifica Hussein. “Durante los próximos 70 días lo discutimos todo juntos. Todos los días nos encontrábamos. Bebíamos café o té, jugábamos a ping-pong, a fútbol… Es muy aburrido estar en prisión, tienes que encontrar cosas para pasar el tiempo”.

“Creo que Zarqawi se radicalizó con lo que encontró en prisión. Muchas cosas malas le pasaron en la cárcel. A él, no a todo el mundo”, asegura el periodista. Entre ellas, hay un hecho que más de 20 años después Fouad Hussein recuerda estremecido: “Cuando estábamos juntos en prisión, un día Zarqawi me preguntó: ‘¿Qué te hicieron los servicios de inteligencia antes de ingresar en la cárcel?’. Le dije que nada, porque soy periodista y cuando me liberen voy a escribir todo lo que me han hecho. Y le pregunté: ‘¿Y a ti?’ Me enseñó sus dedos y no tenía uñas”, relata Hussein. Zarqawi acababa de pasar 8 meses y medio en régimen de aislamiento y siendo torturado. “Si te pasa a ti, ¿cuál sería tu reacción?”, pregunta el reportero.

Progresivamente Zarqawi, un chico “tranquilo y carismático” adquiriría en prisión una actitud más reaccionaria respecto a las fuerzas del orden: “En su opinión, policías, jueces y miembros del gobierno eran defensores de los regímenes, que creía que eran taghuts –poderes políticos ilegítimos- y tenían que ser combatidos”, apunta Hussein. “La detención de Zarqawi y sus compañeros disciplinó su carácter, refinó sus habilidades e incrementó sus conocimientos”. En prisión, Zarqawi “pasaba el tiempo libre aprendiendo el Corán de memoria y otros textos religiosos. También practicaba ejercicios de fitness para reforzar su fortaleza física.

El mentor espiritual y compañero de prisión de Zarqawi, Abu Muhammad al-Maqdisi, valoraba su paso por la cárcel en un documento que escribió en septiembre de 2004: “Pensaron que la prisión socavaría nuestra ideología. Eran demasiado estúpidos para saber que la cárcel y el sufrimiento intensificarían nuestra llamada. Dios hizo la prisión uno de los escenarios durante el cual aprendimos y al mismo tiempo educamos a los otros”, clamaba Maqdisi.

Rueda de prensa informando sobre la muerte de Zarqawi en la Zona Verde de Bagdad, el 8 de junio de 2006. (Reuters)
Rueda de prensa informando sobre la muerte de Zarqawi en la Zona Verde de Bagdad, el 8 de junio de 2006. (Reuters)

Así, por la mañana Zarqawi solía visitar a los prisioneros que estaban encerrados por cargos criminales”, con el objetivo de “reforzar sus relaciones personales con ellos para que se unieran a su organización”. Fouad Hussein reconoce que “tuvo un éxito tremendo. Se hizo popular entre cientos de detenidos que tenían antecedentes criminales. Muchos se volvieron ultra-religiosos y fueron aniquilados en las batallas de Afganistán o Irak”, explica Hussein en su libro, vaticinando lo que pasaría después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y hasta el año 2020. El estallido de las primaveras árabes, el foco en Siria o la proclamación del Califato son los principales hitos que Al Qaeda se marcaba hace dos décadas y que han acabado cumpliéndose.

En 1999, al llegar al trono tras la muerte de su padre, el rey Abdallah decretó una amnistía general de presos, por lo que las autoridades dan a escoger a Zarqawi entre permanecer en prisión o salir de Jordania. Tras pocos meses en su ciudad natal, Zarqawi, “que estaba hecho para la acción”, viajó de nuevo a Pakistán y luego a Afganistán para crear un campo de entrenamiento para militantes dedicados a la causa. Irak sería el terreno donde los conocimientos se pondrían en práctica poco tiempo después.

Zarqawi, contra la opinión de Osama Bin Laden y su núcleo cercano, populariza la filmación de las decapitaciones de rehenes y los ataques contra miembros de la minoría chií, que ayudan a transformar el conflicto iraquí en una guerra abiertamente sectaria. Al Qaeda en Irak se erige como la rama más sanguinaria de la organización, y Zarqawi se convierte en una prioridad absoluta para la inteligencia estadounidense. El 7 de junio de 2006, un bombardeo norteamericano cerca de Baquba -a 65 kilómetros al norte de Bagdad- acaba con el líder terrorista.

Por desgracia, eso no supone el final de la violencia de este grupo: AQI se transforma en el Estado Islámico de Irak (ISI), cuyo extremismo subleva a la población local, que acaba volviéndose en su contra. Derrotado pero no acabado, el ISI aguarda pacientemente su momento, que llegará con el estallido de la guerra de Siria y las revueltas suníes en Mosul contra el gobierno chií de Bagdad. Siguiendo el sueño de Zarqawi, el núcleo militante fundado como Monoteísmo y Yihad ha ido evolucionando hasta convertirse en el germen del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIL o ISIS), y, posteriormente, en el Estado Islámico a secas.

Hoy, los militantes supervivientes tratan de ponerse a salvo entre las ruinas. Muchos, hastiados, han visto su causa convertida en cenizas y solo ansían descansar. Pero otros, muy conscientes de su pasado, saben que la historia puede volver a repetirse, y se preparan para la larga espera.

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