TRAS LA CITA DE VERSALLES

La UE a Veintisiete muestra sus primeras grietas incluso antes del Brexit

La propuesta de los cuatro grandes de avanzar a varias velocidades divide la UE

Foto: Donald Tusk (d), reelegido como presidente del Consejo Europeo, junto a Jean-Claude Juncker (izq). (EFE)
Donald Tusk (d), reelegido como presidente del Consejo Europeo, junto a Jean-Claude Juncker (izq). (EFE)

No ha comenzado el Brexit y los Veintisiete que quedarán en la Unión Europea (UE) ya muestran su división sobre el futuro al que se encaminan. Las declaraciones de los líderes europeos dejan clara la división entre los que apuestan por que el bloque siga avanzando “a varias velocidades” —es decir, dejando que los países que así lo deseen avancen sin aquellos que no se quieran subir al carro— y los que piden que prime la “unidad”, el progreso en bloque. El debate está servido.

Sin que las posiciones sean firmes, y con varios países moviéndose aún en una zona gris, las primeras reacciones de las capitales dejan entrever una fisura entre los socios del Este de Europa y el resto del continente. Pero no se trata tanto de una cuestión geográfica sino de cómo ha ido evolucionando la idea de Europa en aquellos países que se unieron al proyecto a más tardar en los noventa y los que lo hicieron en el siglo XXI.

El dilema lo ha resumido este jueves el polémico presidente de Hungría, Viktor Orban: ”No es fácil ser un buen europeo cuando eres al mismo tiempo centroeuropeo. Porque la Europa central tiene una historia diferente, diferentes tradiciones y diferentes valores tradicionales”.

Llamadas a mantener la unidad

La apuesta por avanzar hacia una Unión Europea a varias velocidades ha puesto en guardia a varios países, que interpretan en este camino una estrategia para dejarlos atrás. “Me gustaría recalcar de manera enérgica que la posición de Bulgaria es respaldar con firmeza los principios fundamentales europeos de unidad y solidaridad, y oponernos de manera explícita a la Europa de varias velocidades”, ha declarado tajante el primer ministro búlgaro, Rumen Radev, a su llegada a la cumbre del jueves.

También se decanta por la “unidad frente a la integración” el polaco Donald Tusk, una línea que pretende promover desde la presidencia del Consejo Europeo, la institución que aglutina a los jefes de Estado y de Gobierno. Se trata de defender que la igualdad, la solidaridad entre los Estados miembros es la base de la esencia comunitaria, aunque esto ralentice el avance de la integración.

En los pasillos de Bruselas, se interpreta el rechazo de los países de Visegrado —Eslovaquia, Polonia, Hungría y República Checa— a la Europa de las múltiples velocidades como una señal de que creen que la propuesta es un mensaje político para ellos. Y fuentes diplomáticas apuntan a que no les falta del todo razón. Mientras que otro alto funcionario comunitario indica que la defensa por parte de Francia y Alemania, principalmente, de romper el tabú de las velocidades diferenciadas es una llamada de atención a los países más euroescépticos e inmovilistas. Pero lo cierto es que los socios más ambiciosos también lamentan que la Unión Europea avance siempre con lentitud, para acomodarse al ritmo de los rezagados que, en ocasiones, no solo no quieren moverse sino que preferirían retroceder.

Varias velocidades

La reacción del Este llega después de que la idea de avanzar a diferentes ritmos fuera defendida con entusiasmo por François Hollande y Angela Merkel el pasado lunes durante la cumbre de Versalles, en sintonía con el italiano Paolo Gentiloni y ante un Mariano Rajoy que mostró unas ambiciones más federalistas. Se trata de permitir que un grupo avance más rápido que el resto, en materias tan delicadas como las políticas de defensa y seguridad, migración o fiscalidad.

Y es uno de los cinco escenarios planteados por la Comisión Europea en su libro blanco sobre el futuro de la UE, que ha dado el pistoletazo de salida a unas discusiones que deberían cristalizarse de algún modo en la cumbre que los Veintisiete celebrarán en Roma el 25 de febrero. Este encuentro, convocado por el 60º aniversario de los tratados fundacionales de la Unión, pretende convertirse en un símbolo del renacimiento de un proyecto duramente golpeado por el Brexit.

La paradoja es que la polémica Europa a varias velocidades en realidad ya existe. Como mínimo, desde que se creó el euro en 1999 y, por tanto, una zona monetaria con instituciones y normas que solo afectaban a parte de los Estados miembros, 19 de 28 a día de hoy. La moneda única es el precedente de las que a partir del Tratado de Lisboa en 2007 se conoce como “cooperaciones reforzadas”, una figura que permite a un grupo de al menos nueve países ponerse de acuerdo para aplicar una política conjunta al margen del resto de sus socios. La patente europea, la cadavérica tasa a las transacciones europeas o la proyectada Fiscalía Europea son algunos de los ejemplos de estas iniciativas. Y de su poca efectividad. Como un ejemplo, basta decir que los 17 países que quieren poner en marcha esta última institución han necesitado tres años de deliberaciones solo para decidirse a dar un primer paso hacia su creación.

Juntos y revueltos

Al conocer la victoria del Brexit el pasado 23 de junio, la primera reacción desde Bruselas fue una llamada a la unidad. “Esta es una situación sin precedentes, pero estamos unidos en nuestra respuesta”, afirmaron los presidentes de las principales instituciones comunitarias: Jean-Claude Juncker, en nombre de la Comisión Europea; Donald Tusk, por el Consejo, y Martin Schulz, entonces al frente del Parlamento Europeo. Pero no iba mal encaminada la canciller alemana cuando, en una de sus medidas declaraciones, advirtió del riesgo de que las reacciones “precipitadas” al referéndum británico “dividieran más a Europa”.

Ahora, queda por ver si los Veintisiete son capaces de superar sus diferencias. Pese a las diferentes sensibilidades, aspiraciones e intereses. Pese a las cicatrices que han dejado la crisis económica y financiera, la crisis de refugiados o los procesos abiertos contra Hungría y Polonia desde Bruselas por poner en riesgo el Estado de derecho con políticas de control de los medios o del sistema judicial, por citar dos ejemplos. Y pese al serio desplante protagonizado por el Gobierno de Varsovia este jueves, al tratar de boicotear la reelección de su compatriota y rival político, Donald Tusk, como presidente del Consejo Europeo.

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