ucrania NO CUMPLE SU AMENAZA Y NEGOCIA

Once plantas de inflamación prorrusa en Donétsk: dentro del cuartel separatista

Kiev se arriesga a que la muerte de prorrusos desencadene una invasión rusa. Y la policía del Este tiene fama de simpatizar con la causa prorrusa

Foto: Un manifestante prorruso vigila las inmediaciones del edificio de la administración regional ocupado en Lugansk (Efe).
Un manifestante prorruso vigila las inmediaciones del edificio de la administración regional ocupado en Lugansk (Efe).

Kiev no ha cumplido su amenaza de expulsar a los militantes prorrusos de Donétsk y Lugánsk, donde ocupan, respectivamente, la sede del Gobierno regional y la de los servicios secretos. Al contrario: el primer ministro interino, Arseny Yatseniuk, ha visitado la región para prometer más poder local y una reforma de la ley de referéndum. Junto a Yatseniuk estaba el magnate Rinat Ajmétov, el hombre más rico de Ucrania y dueño de medio Donbás cuyas palabras caen como bombas.

En realidad, pocos esperaban el uso de la fuerza, por dos razones. Primero: Kiev se arriesga a que la muerte de prorrusos desencadene una invasión rusa (cuyas tropas siguen a 30 kilómetros de la frontera). Segundo: la policía del Este tiene fama de simpatizar con la causa prorrusa. Tanto en Donétsk como en Lugánsk la presencia policial cerca de los edificios es mínima, y en Járkov el Gobierno tuvo que traer fuerzas de Poltava y Vinitsa para desalojar a los ocupantes.

Yuri se golpea el pecho cada vez que dice Rusia. Mide metro noventa y asegura pesar 120 kilos. Sin que le pregunte, dice que todos los manifestantes son locales y que nadie les paga. Es el mantra más común junto al de que los periodistas europeos mientenUna persona presente en la primera toma del edificio gubernamental el pasado 1 de marzo aseguró a El Confidencial que la policía no ofreció ninguna resistencia a los separatistas. Este pasado domingo los forcejeos fueron contados; en Donétsk no hubo heridos y circulan vídeos de la pasividad policial. En uno de ellos, varios agentes rodeados por manifestantes aseguran “estar con el pueblo”.

Antón, un activista proMaidán bregado en manifestaciones y que ahora disimula su identidad en el vestir, cuenta a este diario que ya no se expresa en la calle porque la policía no le protegería. “Para este sábado se está preparando una cadena humana proucraniana, pero la organizan desde Kiev. No creo que conozcan bien la realidad de aquí; es muy peligroso manifestarse ahora”, explica.

Dos prorrusos tras la barricada que protege el edificio tomado en Donétsk (Reuters).
Dos prorrusos tras la barricada que protege el edificio tomado en Donétsk (Reuters).
El río de dinero de Ajmétov

Hay una tercera razón: que, quizás, la última palabra en lo que está ocurriendo no la tenga ni Kiev, ni Moscú, ni los separatistas, sino Rinat Ajmétov. Según el diario ruso Sled, durante los últimos años un buen número de jefes policiales del Donbás ha disfrutado suculentos salarios en la seguridad privada del imperio Ajmétov, para luego volver a la policía.

¿A quién obedecen, entonces? Una teoría dice que Ajmétov jugaría a dos bandas para preservar sus propiedades: de un lado no desea engrosar las filas de millonarios exiliados si Rusia se come el Donbás, pero tampoco permitirá que Kiev le reste poder con sus nuevas reglas. La inestabilidad le daría tiempo para negociar la protección de sus intereses y de paso hacerse un perfil de patriota moderado. Ajmétov, cuyas 100 empresas emplean a más de 300.000 trabajadores, ha vuelto a decir que “el Donbás es Ucrania”.

Los separatistas prorrusos también han bajado el tono. Ya no se autoproclaman “gobierno provisional”, sino “consejo revolucionario”, y dicen que la República de Donétsk, declarada este lunes, no existe hasta que no se decida en referéndum el próximo 11 de mayo.

Sin embargo, los nervios permanecen.

Cada activista lleva su película en la cabeza. En el primero de los controles alguien aprecia el pasaporte español (es decir, el fútbol): ¿Ispaniya? Davai. Hay barbas tolstoianas, uniformes y obreros del metal dispuestos a dejar hasta la última gota de sangre en un posible conflictoYuri se golpea el pecho cada vez que dice “Rusia”. Mide metro noventa y asegura pesar 120 kilos, suficiente “para tumbar a Vitaly Klischkó” (líder proeuropeo, antiguo campeón mundial de los pesos pesados) en un combate. Sin que le pregunte, dice que todos los manifestantes son locales y que nadie les paga. Es el mantra más común junto al de que “los periodistas europeos mienten”.

Los activistas prorrusos de Donétsk viven estos días un pico emocional. Fuera del edificio ocupado se forman remolinos alrededor de oradores y periodistas extranjeros. Las bábushki son las primeras en percibir una presencia extraña; te rodean coloradas para hablarte in crescendo, hasta chillar, y echar fuera un discurso que les quema el pecho. En los últimos días se han registrado pequeñas agresiones a periodistas: dos cámaras rotas, un teléfono robado, pinganillos arrancados. “¡Los periodistas europeos mienten!”.

La ocupación prorrusa es una burbuja

El epicentro emocional está más allá de las tres filas de barricadas, dentro del edificio ocupado. La República de Donétsk mide exactamente once pisos, que subimos respirando con dificultad. Las ventanas y los ascensores permanecen bloqueados; la abundancia humana llena el aire. Cada minuto suben y bajan enmascarados como si fuesen al frente. De vez en cuando alguien nos da una orden: “Parad, ¡identificación!”. Luego contraorden: “Vamos, ¡no paréis!”.

Dos prorrusos no identificados en el interior del edificio tomado en Lugánsk (Efe).
Dos prorrusos no identificados en el interior del edificio tomado en Lugánsk (Efe).

Cada activista lleva su película en la cabeza. En el primero de los controles alguien aprecia el pasaporte español (es decir, el fútbol): ¿Ispaniya? Davai. La sala de prensa corona el edificio. En ella, los soldados se arremangan el pasamontañas hasta la frente para escuchar a sus líderes (siete ministros y 81 diputados), que sudan frente al micrófono. Hay barbas tolstoianas, uniformes y obreros del metal dispuestos a dejar hasta la última gota de sangre en un posible conflicto.

A la salida de la sala de prensa, en el vestíbulo, nos espera un círculo de enmascarados con bates y tuberías de metal. No dicen nada; no hace falta. Ya nos lo gritaron a la entrada: “¡Contarás la verdad, nada de mentiras!”. 

Esta tendencia se materializó con claridad en Járkov. Hace tres días, 50 enmascarados irrumpieron en los estudios de la televisión ATN para amenazar a los periodistas y destrozar sus equipos. Poco antes de escribir estas líneas, en la rueda de prensa dentro del edificio tomado, los miembros del comité revolucionario advirtieron a los periodistas, especialmente a los ucranianos, que dejasen de difundir mentiras.

Pese a la inflamación concentrada en aquel edificio, en las banderas y los rezos, en los himnos militares, los cánticos y los discursos encendidos que retumban desde altavoces grandes como árboles, la ocupación prorrusa es una burbuja. Si nos alejamos 300 metros de las barricadas (que han crecido con neumáticos pintados, alambradas e incluso parachoques de coche), la rutina de Donétsk se desarrolla con aparente fluidez. Los inmensos bares de por aquí siguen llenos y las conversaciones no parecen reflejar estridencias políticas.  

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