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La carrera contrarreloj de las bodegas por salvar sus tierras y sus viñedos del cambio climático
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La carrera contrarreloj de las bodegas por salvar sus tierras y sus viñedos del cambio climático

La uva es especialmente susceptible a los cambios, por mínimos que sean, de la temperatura. Esto y el empobrecimiento de los suelos suponen los mayores retos a que se debe enfrentar el vino español

Foto: Viñedo Terras Gauda.
Viñedo Terras Gauda.

Con más de un millón de hectáreas, España cuenta con la mayor superficie de cultivo de vid del mundo. En la actualidad, son más de 6000 las bodegas registradas en nuestro país y muchas de ellas, operando también en territorio exterior, convirtiéndonos en el segundo exportador mundial de vino. Una situación que va en consonancia con el propio consumo: desde marzo de 2021, este ha aumentado mes a mes hasta llegar a superar la barrera de los 10,5 millones de hectolitros.

El sector vinícola es una industria clave en nuestro país desde que se conoce su existencia, no solo desde el punto de vista económico – en la actualidad ingresa unos 7.000 millones de euros anuales-, sino también desde el social y cultural. Somos tierra de viñedos y muchas economías familiares siguen dependiendo del cultivo de los mismos. Pero como pasa con todas las plantaciones, el cambio climático se encuentra al acecho y pasa, inevitablemente, gran factura. Las bodegas y pequeños viticultores se han puesto manos a la obra para ir paliando una situación que preocupa a todos, incluidos los grandes grupos, que cuentan con planes de sostenibilidad acordes a sus propias necesidades y características.

"Los suelos de los viñedos tienen cada vez menos materia orgánica y con el uso herbicidas… son lo más parecido a un desierto que te puedes imaginar"

Afirman muchos expertos que el viñedo puede ser uno de los cultivos más afectados por el cambio climático. “Todos los cultivos son susceptibles, y en las próximas décadas vamos a observar que las variedades de cultivos extensivos, hortícolas, frutales… van a ir cambiando, o que su cultivo se va a ir desplazando hacía zonas más aptas para el cultivo. La vid tiene el problema de que es un cultivo muy anclado al territorio por las Denominaciones de Origen, que no sólo determinan las zonas geográficas de cultivo, sino también las variedades, generalmente tradicionales. Si el clima cambia en una D.O, puede que las variedades tradicionales de esa región no sean totalmente aptas para el cultivo en esa zona geográfica”, nos aclara José Miguel Martínez Zapater, del Instituto de Ciencias de la Vid y el Vino (ICVV).

El traslado de las zonas de cultivo hacía otras más altas y frescas, la recuperación de variedades autóctonas o el cambio de los métodos agrícolas son algunas de las soluciones que ponen en práctica las bodegas ante el aumento de las temperaturas, o incluso el riesgo de sequía en ciertas zonas del territorio. Y es que, según la Universidad de Adelaida -Australia-, en el mundo se cultivan más de 1500 variedades de uva. Solo en España, el catálogo de variedades del MAPA registraba este pasado mes de enero 221 variedades de vino y 107 de mesa. Aunque, como bien apunta Jose Miguel, “es difícil dar un numero exacto porque se dan casos de sinonimias y de creación de nuevas variedades por mejora genética”.

placeholder Viñedos de Finca Parera, donde se deja crecer la hierba.
Viñedos de Finca Parera, donde se deja crecer la hierba.

Precisamente, Bodegas Arizcuren nace de esta necesidad. Javier Arizcuren proviene de una familia de viticultores de Quel, en Rioja Oriental. Allí, la temperatura media ha aumentado en los últimos 30 años entre 0.9 y 1,6 grados, lo que obliga al viticultor a un nuevo planteamiento sobre los métodos de trabajo en al viña. Arizcuren lo tuvo claro: había que volver a las raíces y elaborar los vinos con las variedades minoritarias de La Rioja: “Si la Mazuelo y la Garnacha han sido las mayoritarias durante siglos, debe ser que están bastante adaptadas al suelo y al clima de esta zona. Funcionan muy bien contra la sequía y además son históricas, por lo que es una pena que se pierdan”, relata a Planeta A.

En sus viñedos, llevan a cabo una viticultura regenerativa “para desandar lo andado en lo últimos 40 años”, tal y como confirma Arizcuren. Para ello, ponen en práctica uno de los métodos más usados en la actualidad por las bodegas que realmente quieren iniciar el camino de la sostenibilidad: la cubierta vegetal. “Dejamos que crezca la hierba, solo cuando se convierte en competencia de la viña es cuando la quitamos, y dejamos que la 'mala hierba' conviva con el viñedo. Además de evitar tantos pases de tractor, que suponen emisiones a la atmósfera y consumo de recursos, esto permite una biodiversidad más rica, y empieza a haber más vida en el viñedo”. Un método por el que también apuestan en Finca Parera (Cataluña): “Necesitamos poner en práctica una agricultura más orientada al CO2. Si todos hiciéramos cubierta vegetal en la agricultura, tendríamos un manto verde que enviaría el carbono de la atmosfera”, relata a Planeta A Rubén Parera, ingeniero técnico agrícola y enólogo de la finca.

placeholder Viñedos de Mar de Frades.
Viñedos de Mar de Frades.

En Arizcuren, además, para mantener y conservar este método, han puesto en práctica el proyecto ‘Ovino’: “En vez de segar con el tractor, lo hemos hecho con ovejas, es decir, hemos dejado vivir a las ovejas en el viñedo durante un tiempo, y hemos conseguido dos cosas: beneficiarnos como viticultores, y por otro lado, que el pastor tenga la oportunidad de que sus ovejas coman hierba, evitando gastar en piensos artificiales o en pastos”.

El protagonista del viñedo: el suelo

Todas estas medidas tienen un objetivo común: el cuidado de los suelos. Parece por un lado evidente, pero por otro, no somos conscientes de hasta qué punto éstos han sufrido verdaderas atrocidades por culpa de la mano del hombre en los últimos años. El uso de fertilizantes y herbicidas han hecho que los campos estén repletos de suelos pobres. “Llevamos 40 años preocupándonos por lo que pasa en la capa superficial del suelo. Se aplican tratamientos, se quitan las hierbas, se observan… y nos hemos olvidado de lo que pasa en los suelos, que han ido empobreciéndose. Cada vez tienen menos materia orgánica y con el uso herbicidas… son lo más parecido a un desierto que te puedes imaginar”, lamenta Javier Arizcuren.

Como ser vivo, el campo de la vid debe tener ciertos ‘anticuerpos’ para ser resiliente ante todos los cambios externos a los que se encuentra expuesto y, claro está, para que influya en los sabores y matices de la copa de vino, tal y como nos explica Raquel Campos de ICVV: “La biota del suelo es la que va a permitir tener ciertos efectos beneficiosos, como la fijación del nitrógeno, el control de ciertas plagas y enfermedades, e incluso alertar a la planta para que se ponga en un mecanismo de defensa. Por lo tanto, un suelo que tenga biodiversidad, que no esté alterado, va a poder tener más herramientas para enfrentarse a dichos cambios”.

Foto: Campo de trigo. (Reuters)

Como decíamos, en este sentido, la cubierta vegetal es una de las principales medidas de actuación, donde el viticultor se centra en las raíces del propio suelo. Según nos explica Rubén Parera, con la cubierta vegetal “obligas a las raíces de la viña a ir hacia la profundidad. Todas las plantas quieren agua, por lo que tienden a ir hacia la superficie en busca de nutrientes, pero si usas este método, las raíces bajarán a las profundidades porque arriba hay demasiada competencia de cubierta autóctona. Además, si hay variabilidad de lluvia, la raíz será más constante y no dependerá tanto de la climatología adversa”.

Se trata, efectivamente, de volver a poner el foco en la tierra y no en los intereses de producción, aunque cuando se trata de un negocio como el del vino, se vuelve complicado. En España, el consumo agrícola de fertilizantes químicos ha crecido de manera paulatina durante los últimos años, situándose en, aproximadamente, cinco millones de toneladas métricas en 2018. Existen diferentes alternativas para las bodegas, como el uso de fertilizantes de origen ovino como en Ramón Bilbao, pero con la necesidad de llegar a los objetivos de Desarrollo Sostenible y con el fin de evolucionar hacia una agricultura más respetuosa, Europa ha impuesto serias restricciones sobre su uso generalizado para este 2022. “La agricultura es la mano del hombre, que transforma el hábitat natural y a veces, incluso, lo rompe. Lo que tiene que hacer el agricultor es evitar hacer estos cambios de ciclos tróficos demasiado fuertes. Un ejemplo básico de esto son los bosques, allí no he visto nunca un ataque o un desequilibrio fuerte, están equilibrados de hace siglos porque el hombre no ha llegado”, aporta Rubén Parera.

La llegada de especies invasoras

Pero lo cierto es que, a pesar de la importancia que tiene el suelo en el desarrollo del cultivo, no es la única expresión de la ecuación. La subida de las temperaturas, además de acelerar los procesos vegetativos y reproductivos de las plantas, o hacer que sufran mucho más ante la sequía, -lo que induce a las bodegas que se planteen mover sus viñedos hacia latitudes más altas y frescas, como es el caso de Ramón Bilbao o Beronia- también provoca que estas se encuentren con la llegada de nuevas o resurgentes especies invasoras.

Raquel Campos nos pone de ejemplo el caso de la polilla de la vid: “Tiene varias generaciones a lo largo del ciclo, normalmente tres, y cada una de las generaciones va a tener un impacto en la viña. La primera y la segunda generación van a hacer daño en los botones de la flor, y la última es la más dañina, pues afecta a la viña cuando está en su punto de maduración, lo que produce la entrada de botritis. Por el hecho de que se incrementen las temperaturas por el cambio climático, se ha visto que puede haber una cuarta generación que si no se controla, su crecimiento es exponencial”.

placeholder El vino se enfrenta a grandes retos. (iStock)
El vino se enfrenta a grandes retos. (iStock)

Y como se trata de un circulo vicioso, es para paliar este tipo de enfermedades e invasiones cuando el agricultor de la viña se plantea un aumento del uso de herbicidas y fertilizantes. “Si tenemos un mayor número de generaciones, puede que las feromonas ya no sea eficientes, por lo que hay que seguir investigando. Y si no, buscar alternativas a ese control, que es donde nos centramos en nuestro laboratorio: buscar alternativas no químicas de síntesis para el control de estas plagas y enfermedades”. Sin embargo, Parera sigue insistiendo: “La araña roja no va a llegar si ha habido diversidad en el suelo, no va a convertirse en una plaga si hay otro que se lo coma”. Entonces, si el cuidado de la biota es tan importante, ¿por qué no se invierte tanto en él?

Todos coinciden en lo mismo: porque hay que invertir, no solo en dinero, sino en tiempo. Observar, analizar y probar pero no para una previsión cercana en el tiempo, sino incluso para los próximos 40 años. Además, Arizcuren también hace referencia al desfase del modelo tradicional de dominio del viñedo: “Aquí hay una línea muy artificial que separa al viticultor y a la bodega, es decir, el propietario es uno y el que elabora el vino, es otro. Hay que romper esa línea, porque el agricultor no se siente involucrado con el hecho de que el vino que llega al consumidor sea de la máxima calidad posible, y lo que pasa después de las uvas, ya no es asunto suyo. Y por otro lado, la bodega tampoco tiene control de influenciar al viticultor para que trabaje de determinada manera”.

Coste económico vs calidad del vino

Como pasa en todas las industrias, una mayor inversión en investigación y desarrollo, supone un mayor coste económico de todos los procesos para el empresario y, por ende, para el consumidor que adquiere el producto final. EL quid de la cuestión suele ser la elección: calidad o costes. En Finca Parera ponen en marcha todos los procesos que hemos nombrado a través de los preceptos de la agricultura biodinámica y la viticultura regenerativa. Rubén forma parte de la cuarta generación de agricultores de la familia, que decidieron lanzarse al mundo del vino hace poco más de 20 años, por lo que sus procesos no son industriales, jugando a favor de su propia elaboración. “Estos procesos no son asumibles si, por ejemplo, vendes una botella de cava a dos euros. Es el motivo por el que las grandes industrias no pueden hacer esta agricultura. En cambio, los artesanos podemos valorar a ocho euros la botella, y esto hará que podamos asumir los costes laborales que implican la parte agrícola, independientemente de lo que cuesten los materiales” .

placeholder La cosecha en Galicia batió récords en 2021. (iStock)
La cosecha en Galicia batió récords en 2021. (iStock)

Arizcuren se mueve en la misma línea: “Esta forma de trabajar se traduce en unos rendimientos algo más bajos, no estás sobrestimando a la planta, no la estás hormonando, no la estás llevando al gimnasio, entonces la planta se equilibra con lo que ella quiere producir. En una lógica productivista, tiene un coste porque produces menos kilos, pero el valor de tu producto final, en mi caso que comercializo mis propios vinos, corrige ese descenso”.

Y es que, evidentemente, todo lo que ellos hagan en el campo se va notar en la manzana que compramos en el supermercado finalmente, o en la copa de vino, en este caso, que nos bebemos en casa o en un restaurante, por lo que Javier aboga por un mayor apoyo hacia las bodegas que ponen en práctica este tipo de procesos: “Ahí está la clave, en el mercado de la uva debería haber una valoración de estos métodos. Si trabajas de esta forma, tendrás una recompensa. Hay bodegas que lo hacen, pero la inmensa mayoría, no. Creo que hay trabajo por hacer para diferenciarlo, si produces una uva de calidad media, tu precio será medio, y si tu uva es de calidad excepcional, tu precio será excepcional”.

Rías Baixas: 44 millones de kilos de vendimia

Aunque todas las denominaciones de origen han aumentado su producción en la última vendimia respecto a la media de la última década, Rías Baixas se lleva el récord: 44 millones de kilos de uva recogida, la segunda mayor vendimia de Galicia que ha supuesto un aumento del 27% desde 2020.

Lo dicen los datos, Rías Baixas está de moda: según el Consejo Regulador, las exportaciones de vino gallego superan por primera vez el 33%. Pero como en todo, el cambio climático puede hacer peligrar este merecido éxito y, como venimos relatando, el aumento de las temperaturas y la sequía son claves. A pesar de que Galicia se encuentra en una de las zonas más frescas de España, por altitud y cercanía del mar, las cosechas se han enfrentado a inviernos templados con un aumento de 1.3 grados de temperatura, y a unos veranos más calurosos, con 1,84 grados más de temperatura respecto a los últimos 10 años. El aceleramiento de los procesos del que nos hablaba José Miguel de CIVV, ha provocado que enólogos y viticultores de la zona también se planteen operar en otras zonas aun más altas. “Las climatologías frescas están pasando a ser cálidas, lo que aporta un perfil aromático de fruta compotada, macerada, que nosotros no buscamos en nuestro Albariño”, explica a Planeta A Paula Fandiño, enóloga de Mar de Frades, donde ya han echado el ojo a los suelos de Ulla, una subzona más fresca que su actual, El Valle del Salnés.

placeholder La Ribeira Sacra en Galicia. (iStock)
La Ribeira Sacra en Galicia. (iStock)

Las cosechas son volubles y en Galicia ya se sabe que todo depende: puede o no llover. “Debemos contar con que tenemos una climatología atlántica, en esta última cosecha récord tuvimos una muy buena floración pero el verano, sin embargo, no fue tan caluroso como esperábamos y fue bastante frio. Eso provocó una maduración muy tardía, lo que recuerda a las cosechas de antaño”.

Según nos cuenta Fandiño, en la actualidad hay 4.150 hectáreas de plantaciones de vid en Rías Baixas. El estudio de los suelos está siendo clave para continuar con su expansión, pero a las cuestiones climáticas se le une la densidad de población alta a la que se enfrentan, por lo que está siendo complicado para las bodegas encontrar nuevas latitudes. Hay que buscar otras soluciones.

Foto: Foto: Unsplash/@zburival.

En Terras Gauda han llevado a cabo, en colaboración con la Misión Biológica de Galicia-CSIC, una selección clonal de uva Albariño, una de las variedades más caras del mercado en la actualidad. Los resultados les han permitido patentar una levadura ecotípica exclusiva, extraída del propio viñedo. Además, en esta bodega apuestan por la economía circular aplicada a la viña, usando el bagazo como biofertilizante y bioplaguicida.

En este sentido, desde Mar de Frades han injertado en una de sus plantaciones otras variedades de uva de la D.O, como el Godello, Caiño Blanco y Loureira, para analizar su evolución y evaluar si también les pueden dar “una expresión atlántica de nuestros suelos”, tal como nos confirma su enóloga. Favorecer la biodiversidad en el viñedo, el uso de cubiertas vegetales, el riego inteligente o el cambio de algunos de los materiales de su botella, son otras de las iniciativas sostenibles que están llevando a cabo.

Con más de un millón de hectáreas, España cuenta con la mayor superficie de cultivo de vid del mundo. En la actualidad, son más de 6000 las bodegas registradas en nuestro país y muchas de ellas, operando también en territorio exterior, convirtiéndonos en el segundo exportador mundial de vino. Una situación que va en consonancia con el propio consumo: desde marzo de 2021, este ha aumentado mes a mes hasta llegar a superar la barrera de los 10,5 millones de hectolitros.

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