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La última batalla de Hortaleza: una operación urbanística enfrenta a monjas y vecinos
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La última batalla de Hortaleza: una operación urbanística enfrenta a monjas y vecinos

La asociación La Noria impulsa una campaña para proteger la finca de Los Almendros. Ya han recogido 4.000 firmas. El abogado de las religiosas y propietarias de parte de los terrenos cuestiona el valor histórico de la parcela

Foto: Vecinos de Hortaleza señalando la Huerta de Mena. (C.V.)
Vecinos de Hortaleza señalando la Huerta de Mena. (C.V.)

La Huerta de Mena está cerrada, pero desde un montículo se puede ver un interior verde donde los conejos corretean libremente. Desde fuera, un grupo de vecinos del barrio de Hortaleza miran los jardines y las construcciones que se ven a lo lejos. Algunos pertenecen a la asociación La Noria, que lleva 4.545 firmas recogidas para impedir que se construyan unas oficinas que devoren la fauna.

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Uno de los integrantes de la agrupación, Luis Gómez (Madrid, 67 años), explica que su objetivo es que permuten el terreno público y privado, que pertenece a la ordenación de Las Adoratrices. Se movilizan porque con ese cambio podrían disfrutar por las zonas con más riqueza natural y mayor valor patrimonial. “La cantidad de cosas que se podrían hacer: un lugar para los críos, una biblioteca, un centro cultural”, propone Gómez, quien lleva 25 años viviendo en un distrito con gran implicación de sus vecinos; quienes de un día para otro y de manera improvisada se han reunido en una decena para contar sus opiniones en defensa del espacio.

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Un pilar de su queja es la importancia histórica de la también conocida como finca de Los Almendros. Su creación se remonta finales del siglo XVIII o principios del XIX, según cuenta la doctora y arquitecta Concha Díez, quien plantea que su valor reside es una combinación “urbanística, cultural e histórica”. “Una huerta es más informal y más popular que una quinta. Tiene un valor fundamental para la evolución de las ciudades, sin ellas los habitantes se habrían muerto de hambre”, precisa sobre el primer punto.

Los otros aspectos aluden a su carácter inspiracional. Fue un lugar de ocio para grandes figuras como el político y periodista Rafael Gasset Chinchilla, e incluso integrantes de las generaciones del 25 y del 27. De todos ellos, Díez se centró en investigar la obra del arquitecto Carlos Arniches, hijo del dramaturgo homónimo, quien fue dueño de la finca entre 1920 y 1930, y disfrutaba de esa naturaleza en largas temporadas de verano y Semana Santa.

placeholder Vecinos de Hortaleza. (C.V.)
Vecinos de Hortaleza. (C.V.)

“Este escritor quiso mucho al pueblo y lo reflejaba en su obra”, describe, y lo ejemplifica con una de sus creaciones basada en un vecino: ‘El Padre Pitillo’. Joseba Arniches, bisnieto del autor alicantino asevera que el personaje literario fue una persona de carne y hueso: “Era una inspiración del párroco Francisco Campos Martínez”. Se sirve de ese detalle para pedir que no se derribe el recinto; propone que el Ayuntamiento lo emplee para hacer una recopilación de la obra de su bisabuelo y de los otros artistas que disfrutaron del entorno: “Si no, probablemente, la historia desaparecerá”. La arquitecta también aboga por mantenerlo y aprender que hay sitios “que no deben destruirse”. “Sería una pena que fuera un edificio de oficinas gris y anodino”.

Vasconcellos leyó una historia sobre que Rafael Alberti estuvo paseando por esos campos

El cambio de dueños y el trajín de esos 80.000 metros cuadrados también despertó admiración en el vecino Carlos Vasconcellos (Madrid, 45 años), quien elaboró un trabajo de investigación. Se topó con esta cronología hace unos 10 años, cuando leyó una historia sobre que Rafael Alberti estuvo paseando por esos campos y, tras conocer a Victoria Amado, acabó por plasmar el estanque de la huerta en 'Sobre Los Ángeles'. De hecho, el poeta lo retrata en unos versos: “Tú. Yo. (Luna). Al estanque./ Brazos verdes y sombras/ Te apretaban el talle”. Durante la pandemia, el interés de Vasconcellos creció, y no pudo evitar indagar a través de los escritos y del propio espacio.

Decidido y movido por la biografía del terreno, en sus primeros paseos de la desescalada se adentró en la vegetación salvaje de la huerta. Sin saberlo, llegó a los intereses enfrentados: la venta de la finca y las ganas de preservarla como bien cultural. En esa línea y tras meses de implicación, ha llegado a la conclusión de que el Parque de la Quinta de los Molinos es el ejemplo que deben seguir. “Queremos espacios abiertos para promover la cultura”, pide.

Una isla en medio de la M-40

Para que este cambio sea posible se tiene que modificar el Plan General de Ordenación Urbana de Madrid, algo complicado de conseguir. Aunque no imposible, según animan desde la asociación. En cambio, la otra cara, la del abogado Ignacio Lovelle, asesor de Las Adoratrices, recela de la viabilidad del intento de los vecinos: “Sería muy extraordinario”.

Durante años, esas monjas han utilizado las instalaciones para cuidar madres con problemas de adicción, “hasta que perdieron el convenio con la Comunidad”, describe Lovelle en una llamada de teléfono. “Las monjas tienen un 40% del suelo, el resto es municipal”, añade, e incide tratarlas con “el derecho consolidado que tiene cualquier propietario”.

placeholder Una vecina frente a la entrada de la Huerta. (C.V.)
Una vecina frente a la entrada de la Huerta. (C.V.)

La idea de hacer unas oficinas es aún una conversación; lo que está claro es que las religiosas quieren vender “porque al estar vacío tiene riesgo de ocupación” y para poder invertir ese dinero en otras causas. “Ellas lo repartirán entre proyectos para atender a la mujer”, explica el abogado. Para él, el conflicto nace por la opinión de algunos vecinos con mucha presencia frente a la imposición urbanística. “Lo que piden es algo que no ha salido adelante en la Junta de Distrito”, afirma.

El valor histórico al que se agarra la asociación es, para el abogado, insuficiente: “Si salváramos los inmuebles veraniegos de cada escritor, se tendría que hacer con la mitad de España”. Según sostiene, por su parte, encargaron informes técnicos que “diferían” de esa protección.

Para llegar a la puerta de entrada a la Huerta de Mena hay que apartarse de la zona residencial. “Es una especie de isla al lado de la M-40”, describe el abogado para justificar que esa zona no es de tránsito habitual. En la entrada, los vecinos convocados por la asociación charlan en un camino entre dos hileras de coches. “Son de los trabajadores de las oficinas de enfrente”, apunta uno mientras señala el gran edificio de ING Direct.

Los presentes mencionan lo complicado que es acceder por transporte público, y que quizás ese es el motivo de que esa “isla” esté más aislada. Una de ellos es Carmen Salvan, quien lleva 39 años de residencia en Hortaleza y no duda en sumarse por las causas que considera relevantes para la sociedad. Después de pasar más de la mitad de sus 69 años allí, le indigna verse apartada de la toma de decisiones; su miedo es que un día aparezcan unas máquinas que destrocen la finca.“Nos queda resistir y resistir”, zanja.

La Huerta de Mena está cerrada, pero desde un montículo se puede ver un interior verde donde los conejos corretean libremente. Desde fuera, un grupo de vecinos del barrio de Hortaleza miran los jardines y las construcciones que se ven a lo lejos. Algunos pertenecen a la asociación La Noria, que lleva 4.545 firmas recogidas para impedir que se construyan unas oficinas que devoren la fauna.

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