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Y el Ágora de Calatrava por fin tiene inquilinos: así llega el CaixaForum a la ballena vacía
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ARQUITECTURA

Y el Ágora de Calatrava por fin tiene inquilinos: así llega el CaixaForum a la ballena vacía

El arquitecto y el director del nuevo museo explican el encaje dentro de un edificio que está a punto de revertir su reputación. Tras ser emblema de la mala arquitectura trofeo, abre la puerta a un nuevo paisaje

Foto: Vista del hall del CaixaForum de Valencia. (Cedida)
Vista del hall del CaixaForum de Valencia. (Cedida)

Cuando convocaron a Enric Ruiz Geli al concurso para dar forma al CaixaForum en Valencia, y cuando se personó en las puertas del recinto que lo albergaría —el Ágora de Calatrava—, preguntó si iba a venir alguien más: "No, estás solo. ¿Cuándo le vengo a buscar?". En cinco horas, contestó. "En las cinco horas dentro de esa ballena pude pensar mucho: me fijé en cómo la estructura de Calatrava nos protege de todo: de la lluvia, del viento… pero el espacio me daba la sensación de estar muerto, inerte, sin vida, sin órgano". El arquitecto de Figueres razona su primer contacto con el Ágora desde su oficina en Washington, por Zoom, algo ansioso ante el encuentro inminente de la ciudadanía con su obra. Ruiz Geli es autor de prodigios como el Media-TIC en el distrito 22@ de Barcelona, o de El Bulli Foundation en la Cala Monjoi, fruto de su complicidad con Ferran Adrià.

placeholder Esbozo de Enric Ruiz Geli sobre qué forma debía tener el CaixaForum de Valencia. (Cedida)
Esbozo de Enric Ruiz Geli sobre qué forma debía tener el CaixaForum de Valencia. (Cedida)

Esas cinco horas —repletas de llamadas a su equipo y de conversaciones frenéticas— fueron definitorias para que terminara ganando el concurso. El dibujo bocetado entonces mostraba las grandes líneas que seguiría su proyecto. "Allí dentro tenía dos sensaciones: la de la belleza metafísica, con la simetría, el blanco… pero también una sensación de vacío, de miedo. Como dice Peter Brook: 'Si no hay respiración entre el público y la escena, no hay teatro; si no hay público y respiración, no hay arquitectura'. Estábamos ante una gran arquitectura que no es una arquitectura".

Ruiz Geli estaba ante otra contradicción. Cómo enfrentarse al edificio haciéndolo suyo. Las cinco horas dieron paso a cinco años llamados a cambiar el destino de una construcción maldita. La historia del Ágora es el último requiebro de la fiebre de los continentes que desbordan el contenido por un simple hecho: nadie reparó en qué debían contener. Una especie de cetáceo varado en el camino hacia al mar de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia. O dos manos gigantes de 80 metros que se abrazaban, cubiertas de 'trencadís', en versión de su ideólogo, Santiago Calatrava. Para el arquitecto valenciano, el Ágora ha sido una obra que se le ha ido escurriendo hasta perder todo el control. "Espero que el edificio se lea como la pieza central de todo el conjunto", dijo, a las puertas de una apertura que en realidad no llegó nunca. En lugar de centralidad, fue arrinconándose bajo una sospecha: nadie acababa de saber bien qué hacer con 'el último elefante blanco' del calatravismo en la ciudad. Un oxímoron en sí mismo: en lugar de ser la plaza pretendida que congrega a los ciudadanos, era el ágora de nada y para nadie.

Foto: Edificio del Ágora en la Ciudad de las Ciencias de Valencia. (Efe)

Durante unos cuantos años, el Ágora y el Nuevo Mestalla han simbolizado un tiempo de artefactos vacíos e inacabados. Con cierta vergüenza reputacional a cuestas, la urgencia se hizo conveniencia y llevó al ticket entre la Generalitat Valenciana y la Fundación La Caixa a encajar intereses. Una cena entre Isidre Fainé y Ximo Puig resolvió la ecuación: el CaixaForum era la respuesta. Venía a resolver otra deuda pendiente: la inclusión de Valencia en la órbita cultural de la entidad, después de unos cuantos intentos fallidos (antes de la llegada a Sevilla, Bilbao y Valencia estuvieron en la terna). "Elegir el Ágora fue sorpresivo", reconoce el director de la nueva sede valenciana, Álvaro Borrás. "Era un espacio vacío, infrautilizado, después de tanto tiempo vacío… y a la vez monumental y catedralicio". "Se han alineado los astros", explica. "La entidad está con músculo suficiente y hubo entendimiento público-privado".

En los primeros compases del acuerdo, el hoy 'superconseller' de la Generalitat catalana, Jaume Giró —por entonces director general de la Fundación— definía el Ágora como "una gran ballena vacía". Para rellenar sus entrañas, el concurso arquitectónico planteó una necesidad: estar en el interior del edificio de Calatrava sin alterar su piel; una especie de contorsionismo edificatorio. "El proyecto que más aprovechaba el Ágora fue el de Ruiz Geli —continúa Borrás— porque hace que el edificio de Calatrava sea parte, sin tocar las costillas. Nuestro derecho de superficie es de piel para dentro".

Intervenir sin rozar la corteza, evitando que saltaran las alarmas como en un juego confrontativo que el ganador, Ruiz Geli, muestra así: "Debía haber diálogo: mi escuela es la escuela de Barcelona y la genética de mi educación nace del diálogo con el contexto. Vengo del mundo de El Bulli, de Ferran Adrià, y sé que el diálogo no quiere decir blanco-blanco. El diálogo es curva-recta, el diálogo es simetría-no simetría, blanco-negro. El edificio de Calatrava es para siempre, nuestra intervención es efímera. El edificio es metafísico, nuestra propuesta es química. La de él es 'trencadís', la nuestra es molecular. Todo el tiempo combinas ese diálogo y es importante que produzca tensión. La biodiversidad no es una naturaleza idílica, es tensión: hay muerte, hay polinización".

placeholder Detalle del CaixaForum de Valencia. (Cedida)
Detalle del CaixaForum de Valencia. (Cedida)

Borrás, pone un ejemplo gráfico: "Con la maqueta del Ágora probamos a ver si nos cabía dentro el CaixaForum de Zaragoza". Fue el primer test de estrés sobre una idea que podría haber dado paso a cierto efecto 'matrioska', aunque el proyecto elegido, más bien, se decantó por definir la escena del edificio sin levantar uno nuevo. Ruiz Geli supo desde el primer momento que debía evitar construir sobre lo construido: "Ya hay un edificio, pensamos, por tanto, no haremos otro edificio. Con lo cual, la idea más importante es que debíamos hacer un paisaje: de células, organismos, escenográfico, natural, orgánico (...) Tener un edificio y no utilizar sus recursos propios (la estructura, el clima, la protección, la estratificación…) iba contra cualquier principio de sostenibilidad. Hemos convertido la cúpula en una máquina de mover aire y partículas de calor y frío con un sistema de gestión. Lo peor que le podríamos haber hecho a Calatrava hubiera sido ser una pseudo arquitectura blanca a su estilo, porque para esto que lo hubiera hecho él. En lugar de insultar a la arquitectura existente, era mejor esta tensión dramática, a la vez simbiosis entre el exterior y el interior. Esa es la intención, pero será la ciudadanía quien lo interprete, son los propietarios del edificio".

El arquitecto de Figueres pone insistencia en sus referencias a la ciudadanía, asumiendo la carga pesada de un icono que fue ajeno a su contexto. Quizá por eso, el nuevo molde arquitectónico incide en su propia responsabilidad: "Para mí es muy importante darle un valor añadido a cada proyecto que se hace en una ciudad. El dinero tiene que servir para ser punta de lanza de un modelo nuevo de arquitectura. Este museo, respecto a los museos de arte contemporáneo, consumirá un 72% menos que cualquier otro. La ciudad es de todos, por tanto, el valor añadido es la ciudad".

placeholder Dos operarios limpian el Ágora de Calatrava para su inauguración. (EFE/Ana Escobar)
Dos operarios limpian el Ágora de Calatrava para su inauguración. (EFE/Ana Escobar)

Siente cierto nerviosismo ante la respuesta de la ciudadanía frente a una inauguración que será doble: la del CaixaForum, pero también la del Ágora, en un nuevo rumbo reputacional que estuvo presente durante el desarrollo de la obra: "Era importante que todos entendiésemos que es un proyecto público, en un espacio público, en un terreno público, una obra de dinero público, con una fundación para dar un servicio público. Los trabajadores me decían: 'Tú lo que dices es que estamos pintando nuestra casa, ¿no?'. Eso es, es que todo esto está pagado con dinero de los ciudadanos, con lo cual un cachito de este edificio es tuyo".

Con Santiago Calatrava, cuya relación con Valencia sigue oscilando entre el tabú y el mutualismo, no hubo diálogo alguno entre arquitectos. "Ya hablaba el edificio. Calatrava tenía contrato con CACSA (Ciudad de las Artes y las Ciencias) y yo con la Fundación (La Caixa), con lo cual el diálogo ha sido entre organismos".

Foto: Calatrava, visitando una de sus obras en 2008. (EFE)

Desde el próximo 21 de junio, la ballena vacía abrirá sus puertas, esta vez repleta de un ecosistema que, al menos, pone las condiciones para que fluya la vida. Contendrá la programación "melliza" —en palabras de Borrás— que recorre los distintos centros en España. Esta ubicación tendrá un aliciente extra: el propio edificio reúne un discurso en sí mismo, como representación cruda de una lucha entre épocas. Cinco horas en el Ágora servirán de recordatorio al respecto de cómo la arquitectura puede ser un eficaz utensilio para el populismo urbano, pero también una fina herramienta terapéutica. "Estamos construyendo la escena, ahora debe verse la respiración. Si me dicen que hay vida en el CaixaForum, es que lo habremos conseguido", cierra Ruiz Geli.

Cuando convocaron a Enric Ruiz Geli al concurso para dar forma al CaixaForum en Valencia, y cuando se personó en las puertas del recinto que lo albergaría —el Ágora de Calatrava—, preguntó si iba a venir alguien más: "No, estás solo. ¿Cuándo le vengo a buscar?". En cinco horas, contestó. "En las cinco horas dentro de esa ballena pude pensar mucho: me fijé en cómo la estructura de Calatrava nos protege de todo: de la lluvia, del viento… pero el espacio me daba la sensación de estar muerto, inerte, sin vida, sin órgano". El arquitecto de Figueres razona su primer contacto con el Ágora desde su oficina en Washington, por Zoom, algo ansioso ante el encuentro inminente de la ciudadanía con su obra. Ruiz Geli es autor de prodigios como el Media-TIC en el distrito 22@ de Barcelona, o de El Bulli Foundation en la Cala Monjoi, fruto de su complicidad con Ferran Adrià.

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