Las estrategias de los partidos ante las elecciones del 21-D

El antecedente del fracaso del frente antinacionalista de Mayor Oreja

La acción electoral conjunta de PP y socialistas movilizó y agrupó el voto de nacionalistas e independentistas en 2001 y dio paso a un Gobierno en minoría del PNV

Foto: Miquel Iceta, el pasado domingo rodeado de dirigentes del PP. (EFE)
Miquel Iceta, el pasado domingo rodeado de dirigentes del PP. (EFE)

En las campañas electorales se juega con el equilibrio entre simpatías y rechazos. Tan malo es no lograr simpatías entre tus posibles votantes, como provocar tanto rechazo entre los contrarios que los movilices y agrupes en tu contra, provocando una acumulación de fuerzas en el otro lado que desequilibre el resultado y te derrote. Y, sobre todo, es fundamental identificar el electorado al que se dirige el mensaje, para no provocar rechazo con una propuesta que pueda ser vista como agresiva.

Ese es el riesgo del frentismo que moviliza al adversario y es la ventaja de la centralidad para que se vea una opción como posible salida a esa polarización y esa confrontación. Por eso el PSC va a huir estos días del frentismo y pretende la centralidad, en disputa del espacio con la rama catalana de Podemos, para presentarse como única solución tras el 21-D. Y por eso Pablo Iglesias quiere una campaña en la que su opción en Cataluña pueda actuar también como alternativa transversal entre independentistas y no independentistas.

Hay precedentes de fracaso del frentismo en las elecciones vascas de 2001 y precedentes evidentes de éxito de la centralidad en esa misma comunidad en las elecciones posteriores que acabaron con la elección del socialista Patxi López como lehendakari, siempre con las salvedades del contexto diferente por el terrorismo.

En las primeras, el PP que encabezaba Jaime Mayor Oreja y el PSE de Nicolás Redondo Terreros fueron con candidaturas formalmente separadas, pero con tal unidad de objetivos frente al nacionalismo, en plena vuelta del terrorismo de ETA, que hasta protagonizaron actos electorales juntos. De esas elecciones puede sacarse también la enseñanza de una campaña respaldada con entusiasmo desde los grandes medios de comunicación del Estado y con ministros y dirigentes nacionales volcados frente al nacionalismo del PNV. Ese despliegue de ministros en campaña electoral terminó con un fracaso de las encuestas y una victoria del PNV, coaligado con EA.

El frente antinacionalista, empujado desde fuera de Euskadi, agrupó el voto nacionalista e independentista en torno al PNV para evitar la victoria de PP y PSE y opciones más radicales como las de la izquierda abertzale lograron su peor resultado histórico. Las encuestas que auguraban la derrota del nacionalismo actuaron como en la física cuántica, en la que el acto mismo de medir cambia el estado del objeto medido. Es decir, el miedo a ese resultado que mostraban las encuestas movilizó en favor del PNV hasta a quien normalmente no apoyaba esa opción.

Hubo una participación récord del 79% y las elecciones dieron paso a un nuevo tripartito (PNV-EA-EB) en minoría, con 36 escaños sobre 75. El PP logró sus mejores resultados en el País Vasco, pero los datos del PSE no acompañaron, porque parte de sus votantes huyó de esa identificación con Mayor Oreja.

Uno de los socialistas que participó en aquella campaña recuerda ahora lo que fue una especie de movilización general en toda España que generó un movimiento contrario en Euskadi que entonces no se tuvo en cuenta previamente y que obedecía a un sentimiento de invasión desde fuera del País Vasco y cómo el error fue no detectarlo y no tener en cuenta a quién iba dirigido el mensaje electoral. El “vienen a por nosotros” fue finalmente muy contraproducente, según admite ahora.

El PP quiere ahora esa imagen de frente, para beneficiarse de la polarización y para lograr el voto de simpatizantes de Ciudadanos y hasta del PSC, con la idea de que vale más el original que la copia y más aún si es quien tiene el poder.

Su problema es que si los demás partidos no acompañan el frente no vale para nada y puede ocurrirle como a Mayor Oreja, que quedó tocado políticamente de ese fracaso y nunca se recuperó hasta su retiro.

Otros ejemplos, aunque no tan evidentes, fueron las generales de 2000 en las que el acercamiento entre el PSOE de Joaquín Almunia y la Izquierda Unida de Francisco Frutos empujaron a votantes tibios a los brazos del PP de José María Aznar, hasta llegar a una apabullante mayoría absoluta. O, incluso, la expectativa de sorpaso de Podemos movilizó en 2016 hacia el PP voto de indecisos o de molestos con la política de Mariano Rajoy.

Por eso, cuando se forma una coalición casi nunca el resultado es la suma de las expectativas previas de cada partido por separado, porque sus nuevas opciones pueden, al tiempo, movilizar a los adversarios más de lo previsto.

El riesgo de los frentes puede valer también, con algunas salvedades, para la estrategia electoral de los soberanistas, independentistas y nacionalistas el 21-D. Una improbable coalición que les agrupara a todos tendría la contraindicación de movilizar aún más a los votantes del otro bloque y, en este caso, empujar hacia otras opciones a electores próximos al independentismo, pero críticos con la forma en que se ha llevado el proces o alarmados con consecuencias como la salida de empresas. Por eso, el interés de convertir las elecciones en un plebiscito presenta muchos riesgos para el independentismo, según los antecedentes y volverse en su contra.

La centralidad la buscó Patxi López en 2009 cuando fue elegido lehendakari como culminación de un proyecto que se definía como «progresista, autonomista y vasquista» y alejado del PP, aunque luego tuviera sus votos en la investidura. La izquierda abertzale había sido ilegalizada, pero la campaña del PSE buscaba no agrupar ese voto en el PNV.

Esa campaña y ese mensaje de López es el que ahora pretende utilizar Miquel Iceta, líder del PSC, según fuentes de su entorno. La intención es huir de un frente como el que intentó Nicolás Redondo Terreros con evidente fracaso.

Su mensaje de campaña será el de una especie de presentarse como una especie de “lampista”, término muy utilizado en Cataluña que se asigna a las personas que arreglan cualquier cosa, como electricidad, fontanería, albañilería…

Patxi López y Miquel Iceta en una imagen de archivo. (EFE)
Patxi López y Miquel Iceta en una imagen de archivo. (EFE)

A imagen de Patxi López, Iceta apelará al catalanismo moderado, en busca de recuperar el voto tradicional del PSC, el de los desilusionados del PDeCAT y de Catalunya si que es pot y el también moderado de exvotantes de Ciudadanos. Especialmente, los socialistas pretenden arrebatar votos a la candidatura de Inés Arrimadas, con la idea de que son la opción alternativa al soberanismo, la única que resuelve.

Nada de unidad de acción, ni de fotos juntos. Por eso, a muchos dirigentes socialistas les horrorizó la foto de Miquel Iceta el pasado domingo en la manifestación de Barcelona con líderes del PP y Ciudadanos.

Esas fuentes explican que se tratará de ofrecer salidas al bloqueo eterno, del que no se puede salir ni con Inés Arrimadas, ni mucho menos con Xavier García Albiol. Romper el muro y los bloques con una propuesta de centralidad.

Pablo Iglesias ya ha dejado entrever una estrategia similar de transversalidad. La diferencia entre PSC y “comunes” estará, básicamente, en el instrumento: los socialistas apostarán por reforma constitucional y los de Iglesias y sus aliados apostarán por la consulta pactada.

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