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Doce meses de Casado como pato cojo: Cataluña, Feijóo y los grandes del Ibex
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El nuevo liderazgo del Partido Popular

Doce meses de Casado como pato cojo: Cataluña, Feijóo y los grandes del Ibex

El Partido Popular tenía un presidente, pero no un líder. Hubo quien tras el desastre electoral en Cataluña fue a ver a Feijóo mientras veteranos como Soria, Cañete y Guindos intentaron sin éxito asesorar a Génova

Foto: El presidente del Partido Popular, Pablo Casado (d), y el presidente del PPdeG, Alberto Núñez Feijóo. (EFE/Salvador Sas)
El presidente del Partido Popular, Pablo Casado (d), y el presidente del PPdeG, Alberto Núñez Feijóo. (EFE/Salvador Sas)
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En una década, el Partido Popular ha pasado de ser la tercera fuerza política de Cataluña a la última entre aquellas con representación parlamentaria. Un viaje sin retorno que hace justo un año, en marzo de 2021, llevó a la formación dirigida entonces por Pablo Casado a obtener sus peores resultados históricos. Tres tristes escaños, con solo 110.000 votos. Lejos de cambiar tendencias, el responsable de Génova era incapaz de contener la sangría electoral del partido a pesar del batacazo de Ciudadanos. La marca quedaba a las puertas de la marginalidad y saltaron las alarmas.

Esa cita electoral dio lugar a los primeros movimientos tectónicos en la estructura de Génova. No por parte de la dirección nacional diseñada por Casado, pero sí por esa supra estructura del PP formada por antiguos cargos de los gobiernos de Aznar y Rajoy que viven más apasionadamente su compromiso con la vida de partido. En aquellos días de tribulaciones, con Soraya Sáenz de Santamaría apartada para siempre y con María Dolores de Cospedal con un horizonte judicial nublado, el nombre que surgió entre los primeros instigadores fue el de Alberto Núñez Feijóo.

Foto: Feijóo da por zanjada la crisis interna del PP e insta a "cicatrizar" heridas.

El líder gallego, con cuatro mayorías absolutas a sus espaldas como presidente de la Xunta, volvió a estar en la cabeza de todos los preocupados con el devenir del PP bajo la batuta de Casado y Teodoro García Egea. Hubo hasta alguna visita para advertirle de la fragilidad estructural que atravesaba el partido, síntoma premonitorio del ocaso al que podría llegarse si en las próximas generales no se consiguiera derrotar a Pedro Sánchez como alternativa de gobierno. Y ante esa posibilidad, vistos los datos de Cataluña y la falta de candidatos con garantías, él debía asumir ese rol. Fue un “Alberto, calienta”.

Aunque se venda la piel de Feijóo como la de un barón sin aspiraciones nacionales, su ambición hace tiempo que trasciende Galicia. Pudo ser en 2018, en aquel congreso que enfrentó a Soraya, Cospedal y Casado, donde la tercera opción se impuso como alternativa. El gallego quería un apoyo unánime de la organización, como sí ha ocurrido ahora y que entonces se habría sustanciado con el respaldo del saliente Mariano Rajoy, pero no fue así. El expresidente estaba junto a su escudera durante los años de gobierno en la Moncloa y el delfín gallego permaneció en Santiago.

Comenzó a gestarse un libro sobre su carrera política, que vio la luz en noviembre con el premonitorio título de 'El viaje de Feijóo'

Desde ese momento, Feijóo comenzó a moverse sin moverse. Se gestó un libro por encargo editorial sobre su carrera política, que vio la luz el pasado mes de noviembre, con el premonitorio título de 'El viaje de Feijóo' y la firma del periodista en Madrid de 'La Voz de Galicia' Fran Balado. Con la excusa de su reelección como presidente del PP de Galicia, el barón sin sombra estuvo de bolos por la capital. Entrevistas y visitas institucionales, cortesía de un político con ganas de tomar el pulso al clima que se respiraba en la capital, donde fue tratado con tal generosidad (“Más alto, más fuerte y físicamente más rubio…”, arrancaron algunas crónicas) que a más de uno no le pasó inadvertido.

Sin embargo, esos planes a fuego lento que comenzaron a gestarse en el segundo trimestre de 2021 pronto se vieron alterados. Y cómo no, por fuego amigo. El verso libre encarnado por Isabel Díaz Ayuso alteró esa hoja de ruta con su convocatoria sorpresa de elecciones autonómicas en Madrid. Su acción fue una reacción al estrambote efectuado por Génova para sofocar el incendio provocado en Murcia, con la coalición entre PSOE y Ciudadanos para derrocar al presidente popular Fernando López Miras. Lo hizo por cuenta propia y sin pedir permiso, ni tampoco perdón.

El éxito de Ayuso el 4-M se interpuso en el plan B reservado por los veteranos para Feijóo

Ayuso arrasó tras capitalizar el tirón de su oposición durante la pandemia a la gestión del Gobierno. Y encima, supo lograr el apoyo de Vox pese al conflicto personal entre Pablo Casado y Santiago Abascal. Ambos se habían retirado la palabra desde que en la moción de censura presentada por la formación verde contra Sánchez, el líder de los populares se refirió en gruesos términos personales a su antiguo compañero de partido. Esa raya roja no se ha movido desde entonces, pese a los reiterados esfuerzos de amigos comunes por reconducir la relación, incluido este verano.

Y aunque en política dos años sean como un siglo, lo cierto es que el auge de Ayuso como activo electoral del PP se había interpuesto en el plan B reservado por algunos veteranos para Feijóo. Y había motivos para dudar, como demostraba el pulso abierto que la presidenta autonómica mantenía con Génova para controlar el partido en la Comunidad de Madrid. En el fondo, Egea quería eliminar potenciales riesgos contestatarios por si, en caso de derrota en las generales, la nueva lideresa contaba con estructura orgánica propia para convertirse en alternativa a Casado.

Foto: El futuro presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. (EFE/Brais Lorenzo)

Ante este escenario, Feijóo prefirió mantener una actitud prudente desde Galicia. Como aconseja el manual de Rajoy, mejor sentarse y esperar al desenlace de los acontecimientos. Sin embargo, el movimiento de placas era tan obvio que muchos de los principales actores del Ibex estaban al corriente de la debilidad de Casado. Algunas habían sido trasladadas por interlocutores de máximo nivel, como Luis de Guindos, José Manuel Soria o Miguel Arias Cañete, que habían tratado de asesorar sin éxito al equipo comandado por el cuestionado secretario general murciano.

Otras muchas las habían comprobado de primera mano, en encuentros directos, tanto por los asuntos domésticos de partido, “se le veía irritado en cuanto salía a colación el tema”, como por asuntos en clave de país. Tanto, que llegó a considerarse irresponsable el tono y el fondo de la crítica que Casado hacía de Sánchez cuando estaba (y está) en juego el diseño y ejecución de 140.000 millones de fondos europeos para apuntalar la recuperación del país, uno de los más afectados por la pandemia. Como se ha visto, Feijóo ha tomado nota: “No vengo a insultar a Sánchez”.

Mejor alcanzar consensos, ante lo mucho en juego, que posiciones frentistas… aunque Génova fuera por libre

Ese pulso desmedido contra el Gobierno tuvo uno de sus momentos cumbre con la oposición a la reforma laboral. Por más que en algún foro empresarial (Instituto de Empresa Familiar) se alimentó el ánimo opositor de Casado para el arranque del nuevo curso, los grandes (Santander, Telefónica, Inditex, Caixa…) habían optado ya por una vía más suave, como se pudo ver en las jornadas del Círculo de Economía celebradas en Barcelona antes del verano. Mejor alcanzar consensos, ante lo mucho en juego, que posiciones frentistas… aunque Génova fuera por libre.

Bajo esa premisa, Antonio Garamendi, presidente de CEOE, tuvo claro que no haría de ariete genovés desde la patronal, por más que lo deseara Egea, con su padrino Vicente Martínez Pujalte enredando en las cañerías de la organización. El dirigente vasco, que tiene a la exministra Fátima Báñez en su puente de mando, candidata para repetir galones con Feijóo, hizo suya la filosofía de los grandes: mejor un mal acuerdo que no formar parte de la reforma. Y a partir de ahí, pese a dar la espalda a pesos pesados internos como Josep Sánchez Llibre (Foment), la historia es conocida.

Ni antes de la pandemia ni después, el líder del PP tuvo equipo de peso para interceder ante el mundo empresarial, ni fue capaz de armarlo

Ese pulso ante Génova solo se entiende en clave Ibex. Y en los principales despachos corporativos del país, Casado era un pato cojo desde hacía meses. Ana Botín lo dejó claro al referirse a la reforma laboral, cuyo trabajo consensuado entre patronal y sindicatos avaló por ser “la manera de hacer las cosas”. Ni antes de la pandemia ni después, el líder del PP tuvo equipo de peso para interceder ante el mundo empresarial, ni fue capaz de armarlo. El nombre de corte fue el economista Daniel Lacalle, sin peso en el partido, lo que obligó a Elvira Rodríguez a posponer su jubilación.

En ese contexto, cocinado a fuego lento durante casi 12 meses, la refriega guerracivilista entre Casado y Ayuso no ha hecho más que adelantar en el tiempo lo que parte de la supra estructura del PP veía como probable en las próximas generales. Sin la alternativa de Ciudadanos y con más de uno hechizado por el vigor de Abascal, el perfil de Casado estaba en tierra de nadie, sin persuadir ni convencer, por más que su cordialidad en privado le pareciera suficiente. El PP tenía un presidente, pero no un líder. Mejor probar con Feijóo, aunque solo se sepa de él que gana elecciones.

En una década, el Partido Popular ha pasado de ser la tercera fuerza política de Cataluña a la última entre aquellas con representación parlamentaria. Un viaje sin retorno que hace justo un año, en marzo de 2021, llevó a la formación dirigida entonces por Pablo Casado a obtener sus peores resultados históricos. Tres tristes escaños, con solo 110.000 votos. Lejos de cambiar tendencias, el responsable de Génova era incapaz de contener la sangría electoral del partido a pesar del batacazo de Ciudadanos. La marca quedaba a las puertas de la marginalidad y saltaron las alarmas.

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