¿Por qué España fue más feliz el año del covid? El truco de los 'rankings' de felicidad
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LA TRASTIENDA DE LOS DATOS

¿Por qué España fue más feliz el año del covid? El truco de los 'rankings' de felicidad

Los resultados del último índice elaborado por la ONU contrastan con los datos de salud mental que conocemos. Analizamos la ciencia de la felicidad con alguno de sus expertos

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Foto: Reuters.

“No sé hasta qué punto el valor que ha salido es real, nosotros esperábamos uno bajísimo, que es lo que habían dado otras encuestas, y mira”. Alejandro Cencerrado es físico y albaceteño, dos características que no llevarían a nadie a pensar que trabaja en el Happiness Research Institute, un 'think tank' independiente danés. Su trabajo en Copenhague es “averiguar con mis bases de datos qué personas son más felices, cuáles menos y por qué”.

El valor al que se refiere Cencerrado es el que ha obtenido España en la última edición del Índice Global de la Felicidad, el informe que publica la ONU desde 2012 a partir de una encuesta realizada por Gallup, el más prestigioso e influyente de su estirpe. El año del covid-19, sus autores han tenido que enfrentarse a posibles distorsiones estadísticas que, entre otras conclusiones —Finlandia sigue en el número uno por cuarto año consecutivo, los chinos y los taiwaneses son mucho más felices y los británicos más infelices—, destaca que España fue más feliz en 2020 que en 2019.

"No es fiable porque la muestra es muy pequeña y las entrevistas no son cara a cara"

Una puntuación de 6.502 puntos que nos lleva al puesto 24 en 2020 y al 27 en la media ponderada de los últimos tres años (6.491), un puesto por encima en esta competición de la felicidad, superando a Uruguay. Una conclusión que contrasta con la última encuesta sobre salud mental del CIS, que señalaba que un 35,1% de españoles ha llorado a causa del covid y un 15% ha sufrido ataques de ansiedad. No hemos sido los únicos. Como afirma sorprendido el profesor de la Universidad de la Columbia Británica John Helliwell, principal responsable del informe, “no ha habido un descenso en la evaluación del propio bienestar”.

PREGUNTA. ¿Cómo es posible este dato?

ALEJANDRO CENCERRADO. Mi opinión personal, y lo explica el informe, es que la muestra es pequeña. Al final, son 1.000 personas que hacen media con los dos años anteriores y te dan una muestra de 3.000. Sinceramente, no es fiable porque la muestra es pequeña y, como explican, las entrevistas no se han hecho cara a cara. No es lo mismo decirle a un encuestador que tienes delante que te sientes mal que por teléfono o de forma ‘online’. Pero, de ser cierto, es revelador. Igual nos hemos enfocado solo en la parte negativa del coronavirus y un porcentaje pequeño de la población ha sufrido mucho y otro se ha beneficiado de trabajar desde casa o pasar más tiempo con su familia.

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Alejandro Cencerrado. (Foto cedida)

P. La pregunta del millón de dólares: ¿cómo se mide la felicidad?

R. Es menos mágico de lo que cabría esperar, al final son encuestas. ¿Qué es lo que hacemos todas las instituciones que medimos la felicidad? Un grupo de preguntas, una de ellas, la utilizada en el informe de la ONU, sobre la satisfacción subjetiva con la vida, que se debe valorar de 0 a 10. Parece una pregunta muy simple de la que no se puede sacar ninguna conclusión, pero cuando se la haces a miles de personas te das cuenta de que personas en circunstancias similares contestan de la misma forma. Por eso siempre se ve a los países nórdicos en lo más alto. También preguntamos sobre si se sintieron estresadas, culpables, solas… La felicidad es un puzle, no puedes basarte solo en una medida.

¿Por qué son felices las personas felices?

Una de las claves en esta aparente distorsión se encuentra en los diferentes factores que componen cada definición de “felicidad”. La encuesta de la ONU se desarrolla a través de la escalera de Cantril, que debe su nombre a Hadley Cantril, investigador estadounidense de opinión pública. Una medida que se correlaciona con otros seis factores que componen el aliño de la receta (renta per cápita, esperanza de vida, generosidad, apoyo social, libertad y corrupción), y que sirven para explicar las diferencias.

"En España hay poca confianza, aquí si te pones malo se lo dices a tu jefe y ya está"

P. ¿Cómo sale España en estos 'rankings'?

R. Estamos en el puesto 27, que no está mal. Esas seis variables llegan a explicar el 75% de la diferencia entre países. En lo que peor estamos es en la corrupción, en la percepción de las organizaciones gubernamentales y empresas, y esto afecta a un viejo conocido de la ciencia de la felicidad, la confianza. Tenemos poca en España. Aquí en Copenhague, si te pones malo, se lo dices a tu jefe y ya está. En España, por lo que me cuentan, no es así, te piden un justificante, desconfían… y con el coronavirus se ha visto más. La gente tiende también a pagar menos impuestos… Una sociedad sin confianza funciona peor.

P. El informe de la ONU es muy influyente.

R. Es influyente, pero el problema de todo resultado científico es que tienes que intentar hacerlo lo más simple posible para que la gente lo absorba, pero la realidad no es tan simple, no vale solo con una media. Este es un buen referente para que la población empiece a entender que, si nos hacemos llamar Estado de bienestar, tenemos que saber cómo de bien estamos, y si no tenemos medidas subjetivas, no lo podemos saber.

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Foto: Reuters.

P. ¿Es una ciencia en pañales?

R. Yo que me dedico a esto, creo que es más robusto de lo que parece y que lo utilizamos menos de lo que deberíamos. En nuestros estudios sobre qué enfermedad afecta más a la felicidad, hemos visto que es la salud mental, mucho más que el párkinson, el alzhéimer o el cáncer. Cuando lo haces en distintos países y te sale lo mismo, algo de verdad debe de haber.

¿Por qué son felices los escandinavos si se suicidan?

Durante los últimos años, algunos libros han puesto en tela de juicio uno de los principios inamovibles de estas clasificaciones: que los escandinavos son los más felices del mundo, algo que entra en contradicción con las altas tasas de suicidios o depresión. En 'Gente casi perfecta', Michael Booth desmontaba el mito de la utopía nórdica, y otros autores como Anne Kundsen han sugerido que se trata de una cuestión cultural. La ficticia ley de Jante apunta que para los escandinavos es indigno y egoísta pensar en la realización individual. Si en Dinamarca es una vergüenza decir que eres infeliz, ¿cómo no van a ser los más felices si les preguntan en una encuesta?

"En teoría los daneses son más felices, pero yo veo más contentos a los españoles"

P. ¿Cómo funcionan esta clase de sesgos culturales?

R. En un estudio se preguntaba a los daneses cómo de satisfechos se sentían con la vida ellos y una persona a la que describían con unas características concretas (mayor, jubilado, con una enfermedad, etc). Hicieron lo mismo en Italia y descubrieron que Dinamarca tiende a dar una nota mayor a esa persona. Es decir, no entienden la escala igual. Hay problemas con las medidas subjetivas, y es que te pueden engañar. Si hay menos tendencia a explicar que estás mal en una cultura concreta, va a tener valores diferentes. Pero cuando lo comparas con un factor objetivo como la renta per cápita, ves relaciones que no estarían tan claras si todos mintiesen o no entendiesen la escala.

P. Tú que vives en Copenhague, ¿son más felices que en Albacete?

R. Es un tema bastante extraño para mí, porque, por un lado, tengo que salir diciendo en las entrevistas que los daneses son más felices que los españoles, pero lo que yo veo es que no soy más feliz que cuando estaba en España, y mis compañeros no son más felices que mis compañeros en España. De lo que sí me he dado cuenta es de que en España tenemos un montón de desempleados que están sufriendo. En Dinamarca no. Los nórdicos son buenos como sociedad reduciendo bolsas de sufrimiento, pero un danés en tus mismas circunstancias no va a ser más feliz.

placeholder Copenhague en pandemia. (EFE)
Copenhague en pandemia. (EFE)

P. Supongo que esto te lo han preguntado mucho: ¿qué sabe un físico de felicidad?

R. Llevo desde los 18 años apuntando mi propia felicidad diaria, en una escala del 0 al 10. Cuando salió el puesto en el instituto hace tres años, me presenté, les conté lo que hacía y me cogieron.

Una precisión metodológica

A lo largo de los años, distintos investigadores han intentado proponer modelos alternativos. La fallecida investigadora Helena Marques de la Universidad de las Islas Baleares, por ejemplo, recordaba que quizá era mejor medir la felicidad en un país atendiendo a su porcentaje de emigrados. Así, resulta que 19 de los países “felices” eran países emisores de emigrantes, y 23 de los infelices, receptores de inmigración, a pesar de lo que decía el 'ranking'.

"Los criterios suelen ser enormemente anglosajones e individualistas"

Otra alternativa es la que plantea Christopher Tofallis, profesor de la Universidad de Hertfordshire, en un trabajo recientemente publicado. Su crítica, explica a El Confidencial, se basa en que este 'ranking' tiende a añadir factores como si funcionasen de forma independiente. “Mi trabajo intenta explicar las diferencias en la felicidad nacional multiplicando estos factores en lugar de añadirlos”, señala. “Este modelo supera las debilidades anteriormente citadas. Las implicaciones del modelo multiplicativo son que, para mejorar la felicidad de un país, hay que centrarse en los factores relativamente bajos para ese país, y que no tienen por qué ser necesariamente los factores más fáciles de incrementar. Se trata de sacar a la gente de la miseria”.

El estadístico realiza otra precisión para aquellos que están tentados de pensar que España es más feliz que el año pasado. “Hay que tener en cuenta la incertidumbre del dato, porque solo se entrevistó a un porcentaje”, explica. “En la página 18 del informe podemos ver que el dato estimado era de 6.502, pero realísticamente se encontraba en el rango de 6.357 a 6.647, y durante los tres años anteriores era de 6.401, pero realísticamente se encontraba entre 6.318 y 6.484”. En conclusión: “Esos rangos se superponen, así que no podemos concluir que haya habido un incremento estadísticamente significativo en la felicidad”.

¿Para qué sirven de verdad?

Otro factor repetido es la escasa consistencia entre unos 'rankings' y otros. Según el Global Happiness Index de Ipsos, España es el país más infeliz de los consultados, solo superado por Argentina. Los primeros puestos eran para Australia, Canadá y China. El Índice de Esperanza Global ‘Final de Año’ de Gallup y Sigma Dos concluía que Europa es el continente más pesimista y España, el país más optimista. La encuesta de Pew Research sobre los buenos días arroja resultados completamente diferentes.

Edgar Cabanas es investigador y profesor en Psicología y el autor, junto a la filósofa Eva Illouz, de 'Happycracia: cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas', y tiene fuertes opiniones sobre estos 'rankings', desde de su metodología hasta de su utilidad.

'Las claves para entender la felicidad' de Edgar Cabanas.

PREGUNTA. ¿Por qué esos resultados?

EDGAR CABANAS. Son criterios enormemente anglosajones, que fomentan la comparación entre individuos, el yo frente a los demás, y que tienden a funcionar mucho peor en países no anglosajones. Cuanto más se aleja de ese mundo, menos representativo parece. En Japón, un país que suele salir mal en los 'rankings', han elaborado el IHS, un índice interdependiente de felicidad, que hace preguntas bajo una perspectiva más social, y que representa mejor la cultura asiática, a los países del Medio Este y a los africanos. Por eso hay tanta variabilidad.

P. ¿Qué pasa este año?

R. Lo que ocurre en ocasiones es que aunque las condiciones vayan peor, la gente puntúa de forma general un poco más alto por una cuestión de autoprotección. Ocurre mucho en países donde claramente hay marcadores económicos muy desfavorables y tienden a verse más felices de lo que realmente son. Este sesgo de protección aparece cuando las condiciones son adversas.

P. ¿Qué países salen más alto?

R. En el libro contamos que muchos estudios muestran que los países más felices son los que puntúan más alto en individualismo frente a colectivismo, porque, en realidad, lo que hacen es confundir ese individualismo o libertad con la felicidad. En realidad, con una muestra de 4.000 o 5.000 personas te puede salir casi lo que quieras.

"¿Para qué quiere España saber que está en el puesto 27? ¿Qué medidas va a tomar?"

P. ¿Estos 'rankings' no maquillan las condiciones materiales?

R. Eso quedó bastante claro durante la crisis de 2008, cuando se popularizaron esta clase de mediciones más subjetivas, frente a otras más frías y económicas.

P. ¿Algo que añadir?

R. ¿Para qué quieren saber esto? Cuando mides alguna cuestión, es porque vas a tomar alguna medida. ¿Para qué quiere España saber que está en el puesto 27? ¿Qué medida va a tomar? ¿Va a hacer algo? ¿Qué se supone que tienes que hacer? No queda claro, es como si lo dejaran ahí para que cada cual haga lo que quiera. ¿Está para dar trabajo a la gente que lo hace? Para ser la ONU tampoco es un esfuerzo impresionante, son muestras pequeñas, a veces da la impresión de que es un 'paper' más.

El paradigmático caso de Bután

El origen de estos ‘rankings’ suele situarse en Bután, a principios de los años 70. Fue entonces cuando el rey butanés, Jigme Singye Wangchuk, se sacó de la manga el término “felicidad nacional bruta”, en respuesta a las críticas sobre la pobreza en su país. El razonamiento del Rey Dragón era que la FNB era más importante que el PIB: sus súbditos eran pobres, pero felices. O, mejor dicho, tenían un desarrollo socioeconómico sostenible e igualitario, preservaban sus valores culturales y protegían el medio ambiente.

placeholder 'La felicidad nacional bruta es más importante que el producto nacional bruto': mensaje en un colegio butanés. (CC/Mario Biondi)
'La felicidad nacional bruta es más importante que el producto nacional bruto': mensaje en un colegio butanés. (CC/Mario Biondi)

Un marco que ha terminado trascendiendo en las instituciones internacionales. El año pasado, un trabajo publicado en la revista ‘International Affairs’ mostraba cómo incluso pequeños países como Bután podían influir en la gobernanza internacional a través de propuestas innovadoras como esta. Su gran victoria, que la Asamblea General de las Naciones Unidas reconociese el 19 de julio de 2011 la resolución 65/309, promovida por Bután y que apuesta por “un acercamiento holístico al desarrollo”.

Sin embargo, Bután no suele aparecer particularmente bien parada en los ‘rankings’. Este año ni siquiera figura, pero en anteriores ediciones se encontraba en el puesto número 95. Como titulaba con acierto 'NPR', "el país donde nació el FNB se está volviendo un poco cínico". "Bután es inconmensurable, ya no con nuestros países, sino con los de Asia: es muy pequeño [menos de 800.000 habitantes], una religión y unas creencias propias, un monarca que lo controla todo, no es una democracia…", valora Cabanas.

¿Y si Bután olvidó las medidas materiales por un afán de centrarse en la felicidad?

"Salen bien Finlandia y los países nórdicos, por una razón bastante obvia, porque son países enormemente bien nutridos en lo que se llama Estado de bienestar, con poca desigualdad y una cantidad abrumadora de recursos sociales", añade. En 2018, la revista 'Social Indicators Research' publicó otro artículo en el que los autores se preguntaban si la priorización del incremento de la felicidad del Gobierno butanés no había desplazado otros objetivos más "tradicionales (económicos)". La respuesta era afirmativa, y concluían que la búsqueda de la felicidad había relegado otras medidas más materiales relacionadas con el bienestar.

La importancia de la salud mental

Como recuerda Cencerrado, el HRI tiene como objetivo mejorar las condiciones de vida de la población o de los trabajadores de una empresa. Por eso, lo más importante son sus hallazgos sobre salud mental y la soledad. “El resultado más robusto que hemos encontrado es que las personas que se sienten solas son mucho más infelices que el resto de la población, incluso que personas que sufren enfermedades muy graves”, explica.

Lo mismo ocurre con la salud mental que, como recuerda, afecta en un mayor grado a la población activa, lo que supone “una pérdida enorme de recursos”. “Hay estudios que dicen que por cada euro que se invierte en salud mental, la sociedad recupera cuatro”. ¿Cómo está España a la hora de enfrentarse a este problema? “Muy, muy mal, en España tenemos seis psicólogos por cada 100.000 habitantes, en Finlandia, 70”. El físico recuerda que programas como el Improving Access to Psychology impulsado en Reino Unido por Richard Layard, otro de los autores del índice, y que se basa en terapia cognitivo-conductual, son una alternativa interesante. “Llevamos tiempo diciendo lo importante que es invertir en más psicólogos en la sanidad pública, y parece que nos estamos empezando a dar cuenta ahora”, concluye Cencerrado.

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