Los monstruos bajo la cama de los sanitarios: "Me derrumbé de limpiar cadáveres con lejía"
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LAS SECUELAS PSICOLÓGICAS DEL COVID

Los monstruos bajo la cama de los sanitarios: "Me derrumbé de limpiar cadáveres con lejía"

Ahora que se han superado las semanas más duras de la pandemia, los expertos en salud mental avisan de que miles de sanitarios presentan síntomas depresivos o sufren estrés postraumático

Foto: Fotos: Carmen Castellón.
Fotos: Carmen Castellón.

Jezabel cogió la baja el 10 de mayo. Con 33 años y siendo enfermera de la UCI del Hospital 12 de Octubre, en Madrid, está acostumbrada a lidiar con fallecidos, pero el coronavirus llevó su aguante a otro nivel. "Cuando los pacientes morían, había que lavarles el cuerpo con lejía y yo les decía: 'Perdóname, perdóname, perdóname'. Sé que suena a loca...". Tras dos meses repitiendo el ritual, la ansiedad y el estrés dieron paso a un dolor en el pecho, así que llamó a su médico para pedirle ayuda: "Me recetó alprazolam, lexatín y orfidal. Un coctel molotov de ansiolíticos". Alejada de la UCI, ahora intenta recuperarse en casa para volver a primera línea.

De tanto pintarles como héroes, la salud mental de los sanitarios ha quedado por momentos en segundo plano. La adrenalina de las primeras semanas les permitió aguantar jornadas maratonianas y capear el caos, pero los expertos advierten sobre las secuelas psicológicas que están por venir: según un reciente estudio de la Universidad Complutense de Madrid, la mitad sufre síntomas compatibles con el estrés postraumático y otros tantos presentan rasgos depresivos, número que aumenta hasta el 79,5% cuando se trata de ansiedad. Ahora que los aplausos de las ocho van a menos, ese es el monstruo que se esconde bajo la camilla.

placeholder Jezabel Fernández tiene 36 años y es enfermera en la UCI del 12 de Octubre. (Foto: C. C.)
Jezabel Fernández tiene 36 años y es enfermera en la UCI del 12 de Octubre. (Foto: C. C.)

En el caso de Jezabel, el calvario se remonta al primer día que atendió a contagiados: "Se me murió un paciente a los dos minutos". De la noche a la mañana, los quirófanos se pusieron patas arriba para acoger enfermos, y cada sanitario respondió de forma distinta: "Volví a fumar como una carretera y, sinceramente, me he vuelto más creyente". La ansiedad y el estrés se fueron acumulando hasta que una mañana ya no pudo levantarse de la cama. Para entonces, el agotamiento mental había saltado al plano físico: "Tenía dolor de pecho y de brazo, como si te clavan un cuchillo y te dejan en la pared con los pies colgando". Esa semana, cogió la baja.

Laura, de 25 años, también se vio sobrepasada a finales de abril. Sin apenas experiencia en hospitales, el 6 de marzo se incorporó como enfermera a la planta de positivos del Príncipe de Asturias, en Madrid: "No estaba preparada. Ni nos lo enseñan en la carrera ni aparece en los libros". Con el hospital al borde del colapso, no había tiempo para las novatas y, mientras intentaba ponerse a la altura del resto, la carga emocional se volvió insostenible: "Veía que compañeros se contagiaban y empecé a notar al lobo en la espalda". "Salía una noticia: lloraba. Me contaban algo: lloraba. No era capaz de controlar mis emociones".

placeholder Laura Valero tiene 25 años y es enfermera en el Príncipe de Asturias. (Foto: C. C.)
Laura Valero tiene 25 años y es enfermera en el Príncipe de Asturias. (Foto: C. C.)

Para ella, el punto de inflexión se produjo a mediados de abril: "Una noche, no pude dormir con la luz apagada porque tenía miedo y me daban ataques de pánico". A la mañana siguiente, decidió que había llegado el momento de pedir ayuda: primero se puso en contacto con una línea de apoyo psicológico que encontró en redes sociales y, a la vista de que los consejos que le daban no eran suficientes, decidió recurrir a un psicólogo a través de su seguro privado. Ahora habla con él una vez a la semana por teléfono: "Intento hacer los ejercicios que me dice, buscar cápsulas de felicidad para motivarme... Ya empiezo a reconocerme otra vez".

Historias como las de Jezabel y Laura se repiten por todos los hospitales. En el 12 de Octubre, unos 50 trabajadores han necesitado apoyo psicológico durante la pandemia. "Después del estado de alarma, pusimos a disposición de los profesionales unas consultas y el número de solicitudes ha ido en aumento. En las últimas semanas, el goteo es más continuo", explica Gabriel Rubio, jefe del Servicio de Psiquiatría. Su despacho se encuentra en la tercera planta del Centro de Actividades Ambulatorias y, mientras habla, en el ordenador tiene puesta una lista con 48 versiones distintas del 'Canon' de Johann Pachelbel: "Tengo dos listas de música clásica que pongo al llegar".

placeholder Gabriel Rubio, jefe del área de Psiquiatría del Hospital 12 de Octubre. (Foto: C.C.)
Gabriel Rubio, jefe del área de Psiquiatría del Hospital 12 de Octubre. (Foto: C.C.)

Ahora que el ritmo de trabajo va bajando, cada vez son más los sanitarios que tocan la puerta de Rubio: "El primer grupo son las auxiliares de enfermería, el segundo enfermería, casi igualado con los médicos, y el tercero es una miscelánea: desde celadores hasta un pinche de cocina". Sobre por qué las auxiliares encabezan el listado, Rubio apunta a que en ocasiones no se les ha prestado tanta atención como a médicos o enfermeros: "Sabían que tenían que hacer cosas, pero a veces tenían menos información que el resto". Por sexos, también han recibido más mujeres que hombres porque "se dan cuenta antes de que lo están pasando mal y piden ayuda".

Pero las secuelas psicológicas van más allá de los hospitales. Susana, médica de familia de 46 años en el Centro de Salud Jazmín, en Madrid, lo sabe bien. En las primeras semanas, sin apenas material de protección, vieron cómo personas que conocen desde hace años iban cayendo: "Mis pacientes son muy míos. Sabes quién es su mujer, su hijo...". De un día para otro, el 90% de las consultas pasó a ser por posible contagio, y Susana terminó por perder la cuenta de los que derivaba a los hospitales: "Todavía no sé cuántos de ellos han fallecido". A finales de marzo, entre tanto caso sospechoso, ella misma contrajo el coronavirus.

placeholder Susana Merino tiene 46 años y es médica de familia en el Centro de Salud Jazmín. (Foto: C. C.)
Susana Merino tiene 46 años y es médica de familia en el Centro de Salud Jazmín. (Foto: C. C.)

"Después de 13 días con fiebre, fui al hospital y me ingresaron por una neumonía bilateral". Los primeros días temió acabar en la UCI, pero lo peor parte llegó al recibir el alta: "La primera noche en casa fue horrible. Estaba convencida de que el virus se reactivaba. Tenía taquicardias y no controlaba las emociones". Tras acudir al hospital al día siguiente y comprobar que estaba bien, se dio cuenta de que sufría estrés postraumático y recurrió a un psicólogo: "Hice ocho sesiones por Skype y estuve 12 días tomando un ansiolítico, reduciendo la dosis". Desde el 7 de mayo, está de vuelta en el trabajo: "De momento, lo voy llevando bien y me encuentro fuerte".

Blanca también trabaja en un centro de salud. A sus 32 años, es enfermera en el de La Ventilla, en Madrid, y las visitas a los domicilios de los primeras días se le han quedado grabadas: "Recuerdo tener que decirle a una mujer que íbamos a sedar a su marido y ella nos decía: 'Bueno, entonces va a venir la ambulancia y esto es para que se cure'. Y nosotros: 'No, señora, esto es para que no respire de esta forma'. Ellos no lo entendían. No entraba en su cabeza". "Tampoco se me olvida el hijo de un paciente que venía desolado porque llevaba horas esperando a que recogieran el cuerpo de su padre...".

placeholder Blanca Jiménez tiene 32 años y es enfermera en el Centro de Salud La Ventilla. (Foto: C. C.)
Blanca Jiménez tiene 32 años y es enfermera en el Centro de Salud La Ventilla. (Foto: C. C.)

La impotencia llegó a tal punto que Blanca abandonó el centro de salud. "Nos dijeron que a pacientes de determinada edad no se les iba a atender en los hospitales y no me sentía bien... Mi cerebro hizo clic y tenía que salir de ahí". Tras hablar con sus jefes, saltó al hospital de Ifema, donde atendió las cuatro camas de cuidados intensivos hasta que cerraron. En ese tiempo, también se mudó a un piso vacío por miedo a contagiar a su madre, y la impotencia dio paso a la soledad y la apatía. "Tenía pesadillas todos los días, daba malas contestaciones...". "Hubo momentos en los que pensaba que así no quería ser enfermera".

Ante la oleada de sanitarios que necesitaban apoyo psicológico, el Ministerio de Sanidad puso en marcha dos servicios de asistencia telemáticos: uno con el Consejo General de Colegios Oficiales de Psicólogos, que ha atendido más de 13.000 llamadas (alrededor de un 9% de sanitarios), y otro a través de la la Fundación La Caixa y la Fundación Galatea, institución que pone el foco en los profesionales de la salud. Iniciativas similares se han producido a nivel autonómico o desde los sindicatos sanitarios y, por mucho que el pico de la pandemia haya pasado, los expertos avisan de que es necesario mantener estos servicios:

Ángel Luis Rodríguez, responsable del servicio de salud mental del sindicato Amyts: "Ha habido como dos fases. En la primera, era sobre todo un aumento del sistema nervioso con adrenalina en sangre, y ahí veíamos ansiedad, estrés, pánico, irritabilidad, insomnio... Ahora, los síntomas son más de corte depresivo: ideas de culpa, miedo de traer el virus a casa, de no poder hacer más por los compañeros, pensar en abandonar la profesión... Estamos viendo esas secuelas en forma de síndrome de estrés postraumático, que puede aparecer al cabo de un tiempo con anestesia emocional, pesadillas, no relacionarte bien, revivir situaciones...".

Foto: El personal sanitario del Hospital 12 de Octubre de Madrid regresa a sus labores tras el aplauso recibido como cada día a las 20:00. (EFE)

Toni Calvo, director de la Fundación Galatea: "La mayoría de estudios que vienen de China y de otras zonas del mundo que sufrieron la pandemia antes que nosotros ponen en evidencia la afectación a la salud mental y emocional de los sanitarios. ¿Cuál va a ser el alcance? Habrá que ir viendo. Hay aspectos que tienen que ver con los recursos y capacidad de cada uno, porque algunos ya arrastraban una carga emocional previa. Nuestros estudios muestran que la percepción que tienen los sanitarios sobre su salud mental es peor que la de la población: tienen un nivel de responsabilidad y autoexigencia altísimo, así que hay que ver cómo lo manejan".

Jesús García Ramos, adjunto a salud laboral en el sindicato Satse: "En el momento más álgido, en la escalada, la presión fue tan bestial que la gente no tenía ni tiempo para echarlo fuera. Ahora que viene la calma, lo que vemos es que aparecen las secuelas psicológicas de esta situación de crisis y afloran el estrés postraumático y síndromes depresivos: tristeza, angustia, preguntarse si podrías haber hecho algo más o pensar en qué hubiera pasado si llegas a contagiar a un familiar... Las secuelas más duraderas y las que más daño pueden hacer realmente vienen ahora".

placeholder Lara tiene 26 años y es enfermera en el Hospital de Móstoles. (Foto: C. C.)
Lara tiene 26 años y es enfermera en el Hospital de Móstoles. (Foto: C. C.)

Lara, de 26 años, convivió con el rechazo a su profesión durante semanas: "Libraba un par de días y cuando me tocaba volver, se me venía el mundo encima". Nada más decretarse el estado de alarma, se incorporó como enfermera a la UCI del Hospital Universitario de Móstoles, en Madrid. "Al segundo día, fue llegar y, como quien dice, preguntarse mis compañeros: '¿Qué es lo mejor que hay? Un paciente intubado. Pues eso para ti y apáñate cómo puedas, que no te podemos dar nada mejor". Pero atender a los pacientes graves iba más allá del aspecto sanitario: "Nos metíamos en el box a darles la mano mientras la familia esperaba fuera llorando en una silla".

Ante el miedo de llevar el virus a casa, Lara dejó a su hija de tres años con sus suegros: "Me decía: 'Si estás en casa, ¿por qué no puedo ir?'. Yo le decía que era porque se podía poner malita". Ella ya había acudido al psicólogo antes de la pandemia y empezaba a espaciar las sesiones, pero el coronavirus trastocó sus planes: "Hemos pasado de hablar de mi vida fuera del trabajo a hablar de mi trabajo completamente". Por el momento, se ve incapaz de gestionar la situación sola y, según explica, necesita ese apoyo para hacer frente a su trabajo: "Si a día de hoy me dijeran 'no tienes que volver', sería feliz".

placeholder Virginia Ruiz tiene 49 años y es enfermera en Urgencias del Hospital Severo Ochoa. (Foto: C. C.)
Virginia Ruiz tiene 49 años y es enfermera en Urgencias del Hospital Severo Ochoa. (Foto: C. C.)

Virginia, de 49 años, también tuvo miedo de contagiar a su familia. Como enfermera de Urgencias en el Hospital Universitario Severo Ochoa, en Madrid, dejó de dormir con su marido durante tres semanas y redujo al mínimo el contacto con sus hijos. "He sentido que los he tenido un poco abandonados". Recluida en una habitación, su hija, de 18 años, le daba ánimos por WhatsApp, y su hijo, de 21, le dejó una nota en el bolso a escondidas. El mensaje no se lo encontró hasta que llegó al hospital y fue a coger las llaves de su taquilla: "Ten mucho cuidado, mamá. Te quiero mucho'".

En el hospital de Virginia, los sanitarios han montado grupos de apoyo para hablar sobre los últimos meses, pero ella no está segura de querer sumarse. Ahora que la carga de trabajo baja, lo peor es el sentimiento de culpa: "Ayer estaba cuidando el jardín y de repente me vino a la cabeza cuando se murió mi compañero. Yo estoy aquí, preparando mi verano, ¿y él? Él ya no está". La llamada nueva normalidad no es fácil, y los días que está contenta, no puede evitar sentirse egoísta. Por mucho que la curva se haya aplanado, ella sigue atrapada en la misma idea: "Si volviera atrás, desde luego que cambiaba eso: me quedaría más tiempo con los pacientes".

Jezabel cogió la baja el 10 de mayo. Con 33 años y siendo enfermera de la UCI del Hospital 12 de Octubre, en Madrid, está acostumbrada a lidiar con fallecidos, pero el coronavirus llevó su aguante a otro nivel. "Cuando los pacientes morían, había que lavarles el cuerpo con lejía y yo les decía: 'Perdóname, perdóname, perdóname'. Sé que suena a loca...". Tras dos meses repitiendo el ritual, la ansiedad y el estrés dieron paso a un dolor en el pecho, así que llamó a su médico para pedirle ayuda: "Me recetó alprazolam, lexatín y orfidal. Un coctel molotov de ansiolíticos". Alejada de la UCI, ahora intenta recuperarse en casa para volver a primera línea.

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