El velo como tabú de la izquierda

Feministas contra el hiyab: "Europa está cayendo en la trampa islamista con el velo"

"Hay muchas mujeres que viven y hemos vivido obligadas a llevar el pañuelo", afirma Hakima Abdoun, fundadora del colectivo feminista Neswia contra el machismo

Foto: Ebabba Hameida. (Saâd Jebbour)
Ebabba Hameida. (Saâd Jebbour)

Algo tan aparentemente sencillo como poner en sus redes sociales una foto sin llevar el velo puede ser difícil para las mujeres de origen musulmán que viven en España. “Aunque yo viva en España y mi familia en el Sáhara, no quería decepcionar a mi madre por todo lo que la echaba de menos, pero al final me cambié la foto del perfil porque estas pequeñas batallas son importantes”, explica Ebbaba Hameida, una periodista de 26 años que trabaja en RTVE. Aunque vive en España desde hace 10, hace solo uno que en su WhatsApp se atrevió a ponerse una foto con su melena rizada al descubierto por primera vez, que es su manera habitual de salir a la calle en Madrid.

Cuando tenía cinco años, salió de los campamentos de Tinduf porque allí ser celiaca puso en riesgo su salud, y desde entonces ha vivido entre Italia, España y su tierra natal. La periodista de origen saharaui reconoce que a su familia le manda sus intervenciones en la radio, pero no las imágenes de cuando sale en televisión, porque para ellos aún supone un escándalo verla sin velo: “Mi padre, que trabaja en Argel, a veces me ve en TVE y no tiene ningún problema, pero a mis hermanos mayores no les parece bien”.

A su familia le gustaría que llevara siempre la 'melfa' (el velo saharaui): “Ten en cuenta que cualquier cosa que hace una mujer marca la reputación de una familia, por eso he tratado de ir a muchos actos públicos con el velo”, explica Hameida, que está haciendo su tesis doctoral sobre las mujeres en países de mayoría musulmana e investiga el concepto de identidad, que de algún modo ha marcado su vida. “En Madrid nunca lo llevo, pero cuando voy a verlos a los campamentos saharauis, no se me pasa por la mente no ponerme la 'melfa', por amor a mis padres, porque para ellos sería un escándalo. Allí, el concepto individual no existe y todo afecta a la familia”, explica Ebbaba, que acaba de volver de pasar unos días de vacaciones en Argel con sus pa,dres y hermanos. Y concluye: “Imagínate si cuesta quitarse el velo aquí teniendo lejos a la familia, cómo será viviendo con ella”.

Hakima Abdoun no tiene que imaginárselo. Se mudó con su familia de Marruecos a Tarragona con 15 años y aunque ya no lo lleva, desde niña sufrió en España la imposición de ponerse el velo: “Hay muchas mujeres que viven y hemos vivido obligadas a llevar el pañuelo”, afirma esta trabajadora social de 29 años y fundadora del colectivo feminista Neswia, una plataforma en Facebook desde la que busca visibilizar la lucha contra el machismo que sufren las mujeres norteafricanas, “tanto en nuestra sociedad de origen como en el país de residencia”. Abdoun no pudo salir de casa con la cabeza descubierta en España hasta que se independizó de su familia hace cinco años: “Me fui, elegí la libertad, pero antes no tenía opción, porque para eso necesitaba tener trabajo. Sin independencia económica, no hay libertad”.

Me fui, elegí la libertad, pero antes no tenía opción porque necesitaba tener trabajo. Sin independencia económica, no hay libertad

Desde que hace cuatro meses Abdoun abrió Neswia, que significa feminismo en árabe, la página ha reunido 20.000 suscriptoras. “Muchas mujeres musulmanas nos escriben desde toda España para agradecernos que visibilicemos el problema que es para ellas tener que llevar puesto el velo por obligación: algunas no pueden rebelarse por su situación económica o personal”, explica Abdoun. Y añade con la voz quebrada, reconoce que de la emoción: “Y otras muchas mujeres nos escriben para contarnos cómo están luchando y han conseguido convertirse en personas independientes con mucho sacrificio personal, aunque las persiga el repudio familiar”.

Hakima Abdoun.
Hakima Abdoun.

Para esta trabajadora social, una parte importantísima del problema que está impulsando el uso del velo entre las mujeres de origen norteafricano en Europa es, paradójicamente, el rechazo a lo musulmán: “Muchas mujeres inmigrantes sufren fuera de casa el racismo de la sociedad y el machismo dentro de la familia. Y buscando una salida, encuentran el refugio en los símbolos religiosos para reafirmar su identidad. Eso no quiere decir que sean realmente libres si su familia las ha chantajeado emocionalmente desde pequeñas para que lo lleven”.

El velo como tabú de la izquierda

En las redes sociales, Abdoun recibe a menudo críticas de personas que la acusan de racista. “Criticar el velo sigue siendo tabú para muchas feministas en Europa, sobre todo en la izquierda, porque temen que las tachen de colonialistas y racistas”, advierte desde Tarragona. “No entiendo que se relativice que se trata de un elemento machista con el que la religión quiere controlar nuestro cuerpo. Debería ser un deber de los colectivos feministas posicionarnos en contra del velo. Muchas mujeres sufren en todo el mundo represalias por no llevarlo. En muchos países, es obligatorio por ley y las mujeres que se atreven a quitárselo son asesinadas o encarceladas. Una prenda así nunca puede ser símbolo del feminismo”.

Esta activista también critica la imagen del velo islámico como una prenda voluntaria y meramente estética que a veces se muestra en los medios españoles: “Está de moda últimamente invitar a mujeres españolas que han adoptado el islam y presumen de lo voluntario que es llevarlo para ellas. Y eso distorsiona la realidad de los millones de mujeres y niñas que tienen que vestirlo por obligación. A quienes hemos tenido que llevarlo a la fuerza desde niñas nadie tiene que explicarnos lo que significa el velo”. Y añade Abdoun con perplejidad: “¿Cómo pueden acusarme en España de dar mala imagen sobre mi cultura por denunciar el machismo? Eso no tiene sentido. Yo estoy orgullosa de mi origen maroquí, pero ni mi cultura ni mi país se definen ni por el velo ni por la religión islámica, es un país muy diverso. Lo que da mala imagen de Marruecos no somos las feministas que luchamos por nuestros derechos, es el machismo que obliga a las mujeres a vestir de una determinada manera. Es como si por criticar el machismo en la Iglesia católica te acusaran de odiar tu cultura. La cultura no es lo que diga un imán ni lo que diga un obispo”.

“Antes de reivindicar la diversidad, hay que reivindicar la libertad”, coincide Hameida. “Yo soy una mujer racializada, que ha crecido siendo diferente a la mayoría, como muchas personas, sufrí en el colegio racismo y acoso. Pero no por eso no voy a reivindicar mi libertad antes de reivindicar la diversidad. Primero quiero ser una mujer libre, y por supuesto pelearé por que se respete la diferencia aquí y allí. Pero para ser tolerantes no hay que legitimar símbolos machistas”.

Antes de reivindicar la diversidad, hay que reivindicar la libertad. Pero para ser tolerantes no hay que legitimar símbolos machistas

También la escritora catalana de origen marroquí Najat El Hachmi, que acaba de publicar ‘Siempre han hablado por nosotras’ (Destino, 2019), explica en este ensayo cuánto le desconcierta que por argumentar que feminismo e islam son incompatibles la acusen de racista. Afincada en Vic con su familia marroquí desde los ocho años, esta novelista que ahora tiene 40 reivindica en su último libro que el feminismo ha de ser laico. Alerta también del peligro de caer en la trampa de la diversidad para legitimar el pañuelo.

“El islamismo cuenta con instrumentos muy poderosos para difundirse”, escribe El Hachimi. “Uno de los cuales consiste en explotar el sentimiento de culpabilidad de la izquierda con respecto al racismo, para ir esparciendo oratorios musulmanes en las instancias del poder y discursos machistas disfrazados de feminismo”. Y añade en su manifiesto: “¿A esto hemos llegado? ¿A convertir el espacio público de debate en una teocracia cuando se trata de musulmanes? ¿A fomentar el uso del pañuelo para vernos más guapos en el espejo, más integradores, más tolerantes, más guay que nadie? Porque de eso se trata, de sentirnos superiores por el simple hecho de tolerar lo que la derecha ataca sistemáticamente por puro racismo”, ironiza.

Licenciada en Filología Árabe y autora de novelas como 'El último patriarca' (Premio Ramon Llull 2008), El Hachmi relata con naturalidad que desde niña ha sufrido el racismo en su país de acogida y no obvia la discriminación que sufren mujeres musulmanas por el simple hecho de llevar un pañuelo en la cabeza. Pero en su opinión, la izquierda juega con fuego con la noción de ciudadanía si defiende la separación entre Estado y religión solo “para los autóctonos”.

Y critica así el buenismo: “Los de izquierdas somos mejores, no discriminamos por motivos de origen, raza ni religión. Pero, claro, si al otro no se le nota la diferencia, si no lleva ‘puesta’ su religión, ¿cómo demostraremos al público nuestra superioridad moral? Si no puedo sacarme una foto al lado de una chica con pañuelo, ¿cómo sabrá la derecha que soy inclusivo?”, ironiza en su texto la escritora catalana, cuyas novelas han sido traducidas a una decena de lenguas. Y añade mordaz: “Hoy en día, si quieres parecer inclusivo, pon un pañuelo en tu cartel electoral”.

La izquierda no es ni mucho menos el único blanco de sus críticas. “Lo digo plenamente consciente de que la extrema derecha puede instrumentalizar mi feminismo en mi contra”, explica al tiempo que recuerda cómo sigue teniendo que aguantar que cada dos por tres le digan que se vaya a su país, pese a vivir en este desde hace más de 30 años. Por eso advierte contra lo que llama los racistas disfrazados de feministas: “El racismo solo saca a colación la discriminación de las mujeres para legitimar sus posturas, no para luchar a favor de sus derechos. De hecho, la solución que proponen siempre es la misma: la expulsión en masa, la restricción de nuestro acceso a ayudas públicas y confirmarnos en ese prejuicio según el cual nuestra sangre es incompatible con las sociedades occidentales avanzadas”.

"El debate del velo está muy desenfocado en los medios", coincide Pilar Pardo, abogada y autora del libro 'El feminismo en 100 preguntas'

“El debate del velo está muy desenfocado en los medios”, coincide Pilar Pardo, abogada y autora del libro ‘El feminismo en 100 preguntas’ (editorial Nowtilus). “Deberíamos evitar la simplificación de polémicas como la del burkini en las piscinas y hablar más de las mujeres musulmanas que quieren salir sin velo en Europa y no lo tienen fácil. Algunas sí que lo llevan libremente y eso es muy respetable, pero son minoría. El problema esencial para el feminismo no es tanto el de quien quiere llevar el burkini en la playa, sino la que si no se lo pone su familia no le deja bañarse”, explica esta asesora jurídica de centros educativos. Y añade: “Debe haber una mayor vigilancia, sobre todo con las menores de edad. Si hay niñas a las que no les dejan estudiar o si llevan el velo porque les obligan a ello, tiene que haber más mecanismos que las protejan. Y cuanto más ayudemos a esas niñas a estar rodeadas de mujeres libres, antes reaccionarán para reivindicar su derecho a quitárselo”.

Simplificando mucho, podrían resumirse en dos grandes corrientes sobre este tema las que hay dentro del feminismo actual. Una es el feminismo de la igualdad, heredero de la Ilustración, partidario de acabar con todo símbolo de discriminación con las mujeres, incluido el velo. Y el otro es el que reivindica el feminismo de la diferencia, más centrado en la identidad, que no es partidario de eliminar las diferencias por ley. “¿Cómo hacer que las medidas contra la discriminación sean eficaces?”, se pregunta Yanna Franco, profesora de Economía de la Universidad Complutense y miembro del Instituto de Investigaciones Feministas. “¿Si se prohibiera el velo en la esfera pública ayudaríamos a estas mujeres o las relegaríamos a no poder salir de casa? ¿Y el derecho a llevarlo de las que lo eligen libremente? Es un debate complejo dentro del feminismo”.

“Lo difícil no es ponérselo aquí. Es quitárselo allí”, resume en referencia al velo islámico la filósofa Amelia Valcárcel, catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED y una de las voces de referencia del feminismo en España. Colgaba en Twitter esta frase para denunciar la condena a 55 años de cárcel de las tres feministas iraníes Monireh Arabshahi, Yasaman Aryani y Mojgan Kesharvarz. La ONU y Amnistía Internacional han pedido la liberación de estas activistas por los derechos de las mujeres, que fueron encarceladas por repartir flores en el metro de Teherán el 8 de marzo con la cabeza descubierta reivindicando el derecho de las iraníes a no llevar velo. Para Valcárcel, no hay duda de que “el feminismo es internacional, lo ha sido siempre, y no es relativista”.

No es feminista

“No se han definido bien los conceptos”, apunta Ebbaba Hameida, que reconoce tener a la filósofa Valcárcel entre sus referentes del feminismo. “Es muy importante entender que el velo no es un símbolo identitario. Es un símbolo religioso. Las mujeres que no llevan el velo en Argel son tan argelinas como las que lo llevan. Y las que lo llevan lo hacen porque su religión así se lo dice. En Europa, estamos cayendo en la trampa islamista”, sentencia. “Si desde los países de mayoría musulmana reivindicas no llevarlo, los guardianes de la moral te recriminan que estás occidentalizada e imitando otra cultura. Y ahora si criticamos el velo desde aquí, se nos tacha de islamofobia. Esto no es así”.

La periodista Hameida no es partidaria de que se prohíba por ley llevar el velo en espacios públicos: “Mi madre lo lleva en el Sáhara y no me gustaría que si viene a verme a España, nadie la obligara a quitárselo. Pero también me gustaría que las mujeres que no pueden quitárselo en España se sintieran más libres de hacerlo. Cuando no entendemos que el velo no es algo cultural sino religioso, caemos en la trampa de llamarlo libre elección, y de ahí el engaño, de confundir religión, identidad y cultura. No se puede simplificar este debate en si estás a favor o en contra del hiyab, obviamente, contra lo que estamos es contra su imposición. Yo respeto a toda mujer que lo lleve, pero lo que no puede ser el hiyab bajo ningún concepto es un símbolo feminista, cuando representa la represión de tantas mujeres que lo llevan por obligación”.

No se puede simplificar este debate en si estás a favor o en contra del hiyab, obviamente, contra lo que estamos es contra su imposición

La escritora El Hachim también critica que se hable de “feminismo islámico”. La autora lo califica en su ensayo de una “engañifa”. Aunque reconoce que es positivo que las mujeres que profesan una religión “busquen la manera de hacer compatible su feminismo con sus creencias”, es tajante en su crítica: “Que el islam sea feminista es una mentira como una catedral que defienden expertas en la materia que no han nacido ni vivido en un mundo musulmán”.

Hameida también considera contradictoria la idea de feminismo islámico: “En Túnez, en Irán, en Argelia, lo que reclaman las feministas de estos países es que defendamos el feminismo laico. Si no hablamos de feminismo católico, ¿por qué vamos a hablar de feminismo islámico? ¿Vamos a permitir que una religión defina los roles de lo que significa ser mujer y de un país entero?”, se pregunta la saharaui. “Es incompatible con el feminismo una religión que te dice cómo tienes que vestir”. Pero apunta, insistiendo en la complejidad del tema: “También puedes ser feminista y llevar el velo, sobre todo si no puedes elegir no llevarlo, porque no se nos puede pedir a las mujeres que seamos heroínas”. Sin embargo, es optimista y cree que están cambiando más cosas que su simple foto del WhatsApp.

“Las mujeres estamos cada vez más empoderadas, tanto aquí como allí”. Y lo ilustra recordando el último día de vacaciones en Argel con su familia. Cuando estaba con toda la familia en la playa, la joven echó a correr para meterse en el agua sin ponerse el pañuelo. “Yo llevaba puesto solo el vestido y mi hermana pequeña estaba ya en el agua con el burkini”, recuerda. “Al verme correr hacia el mar, mi madre me gritaba ‘ponte el pañuelo’; y yo veía a mis hermanos pequeños felices porque querían bañarse conmigo. Para los demás era un escándalo verme entrar en el agua con la melena al viento. Pero mi padre, que ya estaba en el agua, cuando me vio llegar, me dio un beso. Que él aprobara de ese modo lo que yo había hecho fue importante. Hay que dar esos pequeños pasos para ir ganando libertad”. Y concluye: “A lo que yo aspiro es a que, cuando viaje a países de mayoría musulmana, pueda ir sin velo. Lo más difícil es quitárnosnoslo allí, pero no olvidemos que aquí tampoco es fácil”.

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