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Una mañana en el juzgado de las cláusulas suelo: entre el colapso y la desidia

Inaugurado en 2017, a los tres meses el juzgado ya estaba colapsado. Centenares de casos se agolpaban con apenas un puñado de funcionarios para resolverlos

Foto: Número 12 de la Gran Vía madrileña. (Roberto Gómez)
Número 12 de la Gran Vía madrileña. (Roberto Gómez)

En el cuarto piso del número 12 de la Gran Vía madrileña está el Hostal Delfina. La página web del establecimiento, acabada en .net, dice que “las habitaciones estilosas cuentan con una vista al parque” (¿?), que tiene wifi y permite mascotas. Dos pisos más abajo, los huéspedes y trabajadores del hostal conviven con el juzgado 101 bis, que aglutina todas las causas relativas a las cláusulas suelo y otras lindezas del sector bancario. Y al lado, el Museo Chicote, con su pegatina de publicidad de la serie ‘Arde Madrid’ en uno de los ventanales. Toma eclecticismo.

Inaugurado en 2017, a los tres meses el juzgado ya estaba colapsado. Centenares de casos se agolpaban con apenas un puñado de funcionarios para resolverlos. Con un historial patrio tan plagado de querencia por el ladrillo en propiedad y con un sector financiero poderoso y tachado de supervillano, una esperaba otro tipo de instalaciones. Más pimpantes, digamos. Más recursos, digamos.

A las once de la mañana nos espera el abogado Luis Fernández, que dice que ese colapso se mantiene en la actualidad. Y las decisiones judiciales de los últimos tiempos no han ayudado precisamente a aligerar el ritmo de trabajo. “Tengo causas sin resolver que presenté hace dos años. Es un resultado tan pobre y lejano en el tiempo que no produce efecto llamada. La gente acaba desistiendo”, explica.

Sólo él tiene más de 600 causas pendientes en este segundo piso de la Gran Vía. Ahora están empezando a responderle, que no a dictar sentencia, los que presentó en 2017. A pesar de las reiteradas ocasiones en las que se ha solicitado, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid no ha facilitado en qué punto están las demandas de este juzgado.

"Tengo causas sin resolver que presenté hace dos años. Es un resultado tan pobre que no produce efecto llamada. La gente acaba desistiendo"

Hoy las instrucciones son precisas. 16 de julio. Día del Carmen. Subiremos los dos pisos y yo debo jugar a que soy abogada. Pero también 'voyeur'. Ni móviles ni libretas. Todo lo que vea y escuche podrá ser utilizado en este artículo.

Número 12 de la Gran Vía madrileña. (Roberto Gómez)
Número 12 de la Gran Vía madrileña. (Roberto Gómez)

Al entrar, un joven abogado con barba descansa sentado y apoyado en la máquina del 'vending'. Ni siquiera la toga minimiza la cara de cansancio y hastío de lo que puede que sea su rutina profesional diaria. La sala de espera es anodina, insulsa, homeopática. Solo destaca un armario, decorado con el logo del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, que guarda un puñado de perchas y de togas. Los días con mucha actividad son un poema, dice Fernández, y describe un escenario en el que esas togas pasan de mano en mano como en una carrera de relevos.

En las puertas hay folios pegados con celo. Es la lista de juicios del día. Cada cinco minutos hay uno. Hay médicos de cabecera con más tiempo para cualquier diagnóstico. Apenas una docena de personas (abogados, procuradores, clientes y el guardia de seguridad) esperan pacientes que llegue el turno. Todo apunta a que puede que hayamos escogido un día como la sala de espera. Anodino, insulso, homeopático.

Acudimos a la zona en la que se sientan las funcionarias. Porque todas las que hay en esta mañana de julio son mujeres. Algunas de ellas tienen las mismas ganas de atendernos que yo de que me claven un tenedor en la rótula.

Mi acompañante pregunta por sus asuntos. Un "qué hay de lo mío" pero en lenguaje jurídico. Las compañeras tienen edad y actitud de haber sobrevivido a varios gobiernos democráticos. Una especie de “a ver ahora qué quiere este pesado, con la de plancha que tengo”. Es información, no prejuicios. Quién no tiene cinco minutos al día con esta misma forma de ver la vida.

Fernández pregunta por una de sus causas pendientes. Una de las muchas, escogida al azar. La señora que nos escucha le pide un dato. No parece que lo tenga. Sudores fríos, calientes y templados recorren mi cuerpo. La buena señora lo encuentra y le da un número. Ante nuestra inactividad, espeta: “¿Qué pasa, que no lo apuntas?”. Suena su móvil y lo coge. Que es una manera tan abrupta como cualquier otra de dar por finalizada la conversación. Responde melosa: “¡Corazóoonnnn!”. Ha hecho la carrera inversa de Inés Arrimadas. De chunga a ser celestial.

Número 12 de la Gran Vía madrileña. (Roberto Gómez)
Número 12 de la Gran Vía madrileña. (Roberto Gómez)

Es hora de salir de una sala en la que todo está archivado en papel y escrito a mano. Un cortocircuito podría llevar al traste con, insistamos, el juzgado que aglutina todas las causas de cláusulas abusivas bancarias de la Comunidad de Madrid.

Y al salir, el milagro. En un par de minutos empieza un juicio. Uno como Dios manda, de hipoteca multidivisa. Con sus testigos, sus abogados de las partes, su cuadro de Felipe VI con barba presidiendo la sala, su bandera de España y de la Comunidad de Madrid. Sus más de cinco minutos de duración.

Mientras esperamos para entrar, compruebo que las togas solo las llevan mujeres. Abogadas jovencísimas, residentes en código postal con posibles, probablemente muy felices con el cambio en el ayuntamiento de la capital. Una de las acompañantes, que luego se sentará conmigo en el banquillo, lleva una pulsera del festival de música Mad Cool. Una tesis doctoral de las pijas madrileñas está por hacer.

Número 12 de la Gran Vía madrileña. (Roberto Gómez)
Número 12 de la Gran Vía madrileña. (Roberto Gómez)

Las abogadas de las partes, entidad bancaria y demandantes, son tan parecidas que podrían ser intercambiables. Una nació con cara de opositora. La otra luce manicura semipermanente que va necesitando renovación, y defiende con algo de desgana al banco que le paga la nómina. Habla de transparencia en todo momento, de un proceso tan limpio como la ejecución de un buen cirujano con el bisturí.

El que firmó hace años esa hipoteca multidivisa permanece de pie ante un micrófono sujeto con una goma, de esas que agrupan papeles en cualquier gestoría de este país. Suda y su camisa le delata. Recuerda poco de aquella época. Solo que un conocido les habló de ese tipo de hipoteca, pero que nunca imaginó que cobrando en euros como informático fuera a acabar pagando en yenes. Ay, los conocidos. Ay, el desconocimiento, que nos hace ser tan vulnerables, tan pardillos.

La jueza comunica más con los gestos que con las palabras. Imposible contención. Convierte a Marchena en un angelote de Murillo. A veces pienso que si pudiera nos daría collejas a todos, a mí la primera por haberme colado en su cortijo. Regaña a las abogadas, les afea lo capcioso de algunas de sus preguntas. Entra la testigo por parte del banco. No se acuerda de nada. “La jueza ya sabe cuál es la sentencia”, susurra Luis Fernández, al que lo visto en ese segundo piso de la Gran Vía madrileña le parece puro paripé.

A ver si lo van a ser también las habitaciones estilosas del Hostal Delfina.

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