un pueblo devastado por la riada

Barro y rabia en Sant Llorenç: viaje a la zona cero de la tormenta perfecta de Mallorca

Nadie habla de los muertos en Sant Llorenç. Es demasiado pronto. Aún tratan de entender por qué la naturaleza quiso castigarles. La ubicación y el urbanismo del pueblo fueron su trampa

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Nadie habla de los muertos en Sant Llorenç des Cardassar. Nadie quiere saber sus nombres. Y si los sabe, no quiere pronunciarlos. Todavía no. Es demasiado pronto. Los habitantes del pueblo están tan desconcertados que todavía están tratando de entender por qué la naturaleza tuvo el capricho de castigarles con tanta crueldad. La Unidad Militar de Emergencias mantenía anoche un dispositivo desplegado a lo largo del barranco maldito sobre el que recae esta población mallorquina de poco más de 8.000 habitantes para localizar posibles víctimas.

Los militares buscaban el cadáver de un niño de cinco años tras haber encontrado el de su madre, arrastrados ambos junto al coche en el que se desplazaban por el torrente de agua que sorprendió a varias localidades del noreste de la isla, pero especialmente a Sant Llorenç. La mujer pudo salvar a su hija, que iba también en el vehículo, pero se dejó la vida. Una tragedia. Este jueves los equipos de rescate recuperaron los cadáveres de un matrimonio, presumiblemente de unos turistas alemanes. Además, la Guardia Civil ha encontrado a la 16:00 una mochila con ropa del niño desaparecido.

Barro y rabia en Sant Llorenç: viaje a la zona cero de la tormenta perfecta de Mallorca

Sant Llorenç es la zona cero de la tormenta perfecta que el martes descargó más de 200 litros de agua por metro cuadrado en apenas un instante. Un hecho insólito. Hay casas arrasadas, comercios destrozados, garajes con las puertas de persiana reventadas por el agua y barro, mucho barro. Tanto, que el asfalto ha desaparecido de sus calles bajo un manto de color ocre sobre el que es imposible caminar sin quedar marcado por encima de los tobillos. Como si el pueblo hubiera retrocedido un siglo, a las travesías de polvo y tierra que enlodaban las lluvias del otoño. 'Al meu país la pluja no sap ploure: o plou poc o plou massa; si plou poc és la sequera, si plou massa és un desastre' (en mi país la lluvia no sabe llover: o llueve poco o llueve demasiado; si llueve poco es la sequía, si llueve demasiado es un desastre), cantaba el valenciano Raimon para referirse a las riadas que periódicamente anegan las costas del Mediterráneo tras los meses de calor y escasez de agua.

En Sant Llorenç no buscan culpables más allá. El torrente de Ses Planes, el canal que debía canalizar el agua procedente de las montañas y laderas circundantes, fue ampliado y mejorado hace tres décadas, cuando otra riada dio el primer aviso. Ahora se ha revelado insuficiente. La ubicación del pueblo fue su propia trampa. Podría decirse que el urbanismo de travesías estrechas, la situación orográfica de la trama urbana, justo al final del pequeño valle, pegada a la orilla del barranco, o un canal demasiado angosto están detrás de la tragedia, con 10 muertos ya contados aquí y en las localidades cercanas de s'Illot y Artà. Serán 11 cuando aparezca el pequeño. Podría buscarse el error humano. La alerta llegó tarde; falló la predicción meteorológica. Pero en Sant Llorenç miran al cielo. "El canal se amplió 16 metros en los años ochenta, más incluso de lo que recomendaban", afirma un policía local. "La gente que se acuerda sabe que la otra que hubo no fue como esta. Esta ha sido distinta. Lo que ha ocurrido es una barbaridad", dice María Antonia, como refiriéndose a algo sobrenatural. Es la rabia contra la lluvia. La pregunta es cómo es posible que un pueblo esté construido en plena rambla. Sant Llorenç des Cardassar lleva ahí más de dos siglos.

Barro y rabia en Sant Llorenç: viaje a la zona cero de la tormenta perfecta de Mallorca

Un día después de la tormenta, María Antonia y su marido, Manuel, todavía tienen que entrar a su vivienda por una puerta lateral desde la casa de sus suegros. Dos coches, uno montado encima del otro, con los parabrisas hundidos y envueltos en maleza y escombros, atrancan el acceso. Ni siquiera saben de quiénes son. "Nos han dicho que primero tienen que quitar los coches de las calles principales". Los vehículos retirados, inservibles, destrozados, magullados, se van amontonando en un descampado en la calle de acceso al pueblo y en un depósito improvisado cerca de la estación. Es como un desguace, con la diferencia de que hace apenas 24 horas todos estaban aparcados delante de las puertas de las viviendas de un pueblo del interior de la isla que vivía tranquilo de la agricultura, del comercio local y, fundamentalmente, del turismo de los hoteles de las playas, las calas y los puertos deportivos a poca distancia.

La tarde del desastre, con el cielo encapotado y anunciando vientos, Manuel decidió desplazarse a la costa, a poco más de cinco kilómetros, para asegurarse de que su barca estaba bien amarrada. Temía perderla por el temporal. Su mujer y su hijo pequeño se quedaron en casa. La tormenta le cogió de camino. Con las carreteras colapsadas, tuvo que abandonar su vehículo y volver andando. "Llegué a las dos de la mañana. Subí por una vía verde que hay por aquí. La suerte que tuve es que va en altura". Se libró de ser engullido por la corriente. Sin conexión teléfonica, sin luz, en casa con su hijo, María Antonia vivió encerrada la riada, la misma que golpeó los dos coches contra su puerta. "Yo creo que gracias a eso entró menos agua", dice. Aún puede sentirse el miedo en sus ojos.

"Estamos vivas"

Es el mismo miedo que desprende Cristina. No puede reprimir las lágrimas mientras saca barro y agua a la calle desde el rellano de su casa, a pocos metros del barranco de Ses Planes. "Pasó y ya está. Estamos vivas", se resigna. Ella y sus dos hijas subieron al tejado por temor a que el torrente de agua, que se elevó por encima del metro de altura, las arrastrase. Cristina aún no sabe quién pagará los daños de su vivienda. "No me he parado todavía a pensarlo. Supongo que el Consorcio de Compensación de Seguros". Otro vecino lo pone en duda: "Si lo declaran zona castatrófica, los seguros no pagarán nada. Tendremos que buscar todos los papeles que podamos para poder recibir ayudas".

El Peugeot rojo arrastrado contra la puerta de María Antonia y Manuel. No saben de quién es. (EFE)
El Peugeot rojo arrastrado contra la puerta de María Antonia y Manuel. No saben de quién es. (EFE)

Los que no han buscado refugio en los polideportivos habilitados en Manacor duermen con sus familiares, bien en casas menos afectadas y con plantas altas o en las poblaciones de alrededor, que han enviado a sus vecinos a ayudar en las tareas de limpieza y desescombro. Son Cervera, Manacor, Son Carrió… Sufrieron las lluvias torrenciales, pero sin tanto castigo. Familiares, amigos y vecinos siguen trabajando incluso cuando ha caído la luz, con los focos de las máquinas. El tenista Rafael Nadal también se acercó a coger la pala. Ha cedido sus instalaciones deportivas en Manacor para dar refugio a quienes no podían dormir en sus casas. Los coches de los voluntarios se agolpan en una rotonda de la parte alta, antes de entrar en el casco urbano y el puesto de mando avanzado donde la UME, la Guardia Civil, Protección Civil o el Govern balear tratan de coordinar el dispositivo entre un enjambre de cámaras, periodistas y unidades móviles de televisión.

Si lo declaran zona castatrófica, los seguros no pagarán nada. Tendremos que buscar todos los papeles que podamos para poder recibir ayudas

Un teniente coronel llegado desde la base de Bétera (Valencia), Javier Moreno, coordina el dispositivo de la parte militar, con 150 efectivos buscando desaparecidos y colaborando en la extracción de lodo de las viviendas y en la limpieza de viales. "Hay casas con la marca de agua por encima de los dos metros", señala a El Confidencial tras destacar la solidaridad mostrada por los vecinos, que también están ayudando. "Hay siete kilometros de torrente hasta el mar y todavía hay zonas que tienen agua. Vamos a colaborar con la Guardia Civil, que va a hacer inmersiones", dice refiriéndose al niño que no logran localizar.

Barro y rabia en Sant Llorenç: viaje a la zona cero de la tormenta perfecta de Mallorca

Sant Llorenç es un trasiego de máquinas trabajando, tractores y volquetes amontonando escombros y muebles ya inútiles y gente achicando agua y barro de sus casas. Los grupos electrógenos de gasóleo trabajan a todo trapo. Aquí y en otras partes de la isla afectadas por las lluvias. En el Aeropuerto de Palma, en Son Sant Joan, los viajeros tienen que esperar para bajar de los aviones porque parte de los grupos eléctricos que usan los servicios de 'handling' han sido prestados para labores en las zonas afectadas.

Una mujer explica en una calle embarrada a un corresponsal de la BBC desplazado a la zona desde Bruselas que su vecino ha perdido su negocio de cristalería por los daños del agua en el local. La propietaria la mira y responde con calma mallorquina: "Se ha perdido, pero volverá a abrir". Hasta la próxima riada. Quizá dentro de otros 30 años.

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