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Las llaves de oro del otro Manuel Pizarro
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historia de los cinco estrellas en madrid

Las llaves de oro del otro Manuel Pizarro

Lleva 44 años trabajando en el hotel Rosewood Villa Magna, donde es su gran conserje y otras muchas más cosas.

Foto: Entrevista a Manuel Pizarro. (Isabel Blanco)
Entrevista a Manuel Pizarro. (Isabel Blanco)
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Cuando tu nombre y apellido coinciden con los de un influyente patrón del Ibex y además trabajas en uno de los epicentros del 'lobby' capitalino, los malentendidos están a la orden del día. Manuel Pizarro, el otro, lo sabe bien. Extremeño como el famoso conquistador, el 'concierge' del Rosewood Villa Magna, uno de los cinco estrellas gran lujo que hay en Madrid, aún recuerda con gracia el día que Esperanza Aguirre, la lideresa popular que llevó las riendas de la Comunidad, cruzó apresurada la puerta principal preguntando por Manolo (Pizarro). Ella no esperaba que allí, en el mítico hotel que cumple ahora 50 años, ese nombre corresponde al empleado de más antigüedad, al guardián de todos sus secretos, a la memoria viva de su medio siglo de historia, al propietario de sus llaves de oro. El gran conserje.

Manuel Pizarro lleva en la solapa de su uniforme la máxima distinción del gremio. Forma parte de Les Clefs d’Or, la prestigiosa asociación internacional de jefes de conserjería de hotel, con más de 4.000 miembros en todo el mundo. Poco imaginaba aquel chico de 16 años, vecino de adopción del castizo barrio de Huertas, que más de 40 años después luciría una distinción por su papel como gran conserje en un superlujo, al que llegó como botones en la España de la Transición sin otra ambición que la de salir adelante. Era un adolescente enganchado al fútbol, desconectado de los estudios y que, por accidente, mientras acompañaba a un cuñado con el reparto de bebidas, entró en ese cliente del Paseo de la Castellana, donde hoy enfila sus últimos años al pie del cañón enrolado en una marca global.

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Foto: I. B.

Tras unos meses en funcionamiento, el Villa Magna vive su tercera reencarnación como referente cinco estrellas. Su ubicación, en la principal arteria de la ciudad y a espaldas de la milla de oro, le confiere una posición privilegiada. No en vano, allí se levantó antes el Palacio del Duque de Anglada (1870), una joya arquitectónica que ocupaba toda una manzana, entre el Paseo de la Castellana y las calles de Marqués de Villamagna, Serrano y Ortega y Gasset, un capricho del empresario y político Juan Anglada, cuando ensanchaba la ciudad a golpe de dinero y cada gran fortuna competía por presumir de blasones. Pizarro no fue testigo de aquella maravilla, con reminiscencias de los leones de la Alhambra, pero ha vivido de todas las transformaciones en 50 años, así como los cambios en la propiedad.

Pese al discutido concepto arquitectónico como hotel, ahora revisado, las últimas ventas como activo inmobiliario marcaron precios récord, siempre entre ricos extranjeros: portugueses, turcos y mexicanos. Pizarro ha trabajado con todos y ha hibernado durante esos grandes parones por obras de año y medio en casa y con sueldo, buscando cómo estar ocupado, bien haciendo cursos, bien perfeccionado su inglés, bien confraternizando con compañeros en el Camino de Santiago. Ahora, bajo la enseña Rosewood forma parte del triunvirato del lujo junto al Mandarin (Ritz) y al Four Seasons (Canalejas), un estatus imprescindible para poder cobrar más de 700 euros por habitación la noche. Y para eso no basta con ser un cinco estrellas, esos pequeños grandes detalles que lo justifican pasan por los 'concierges'.

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Foto: I. B.

Entra a trabajar sobre las 7 de la mañana, aunque arranca mucho antes en Móstoles, la ciudad dormitorio donde vive. Coordina un equipo de más de 20 personas, donde cuenta un segundo, conserjes, porteros, maleteros, ayudantes... a los que machaca con la 'cholina' de que el servicio es innegociable. Esa es la clave del superlujo. Es lo que buscan y pagan sus clientes. Trajina durante ocho horas, aunque siempre se extiende más de la cuenta. Carga con dos móviles, uno personal y otro para clientes, a los que por discreción agenda con nombres clave. La mayoría son internacionales, con abundancia de Estados Unidos o México, y algunos sucumben a placeres tan corrientes como leer un periódico al sol, sentados en un banco de la acera de en frente, sin descubrirse como ricos de la lista Forbes.

Aunque la pandemia coincidió con la última reforma, el hotel aún no carbura al 100%. Sin embargo, el conserje extremeño es optimista. Rebosa satisfacción con el acabado del nuevo Villa Magna. Presume de calidades y conceptos como si hubiera sido el director de la obra. Su testimonio sirve para confirmar el arreón que Madrid viene pegando desde hace años como nueva referencia entre los clientes internacionales, esos que no venían hasta aquí por falta de marcas de gran lujo. La base de clientes se ha ampliado, algunos hasta son referenciados por colegas de otros hoteles, y los usos y costumbres han ido evolucionando, pasando de las cartas certificadas para reservar a los wasaps de urgencia un día antes, pero sigue intacta la esencia de su trabajo. Es decir, servicio, servicio y servicio.

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Foto: I. B.

Acaba de pasar sus días más estresantes del año: el fin de semana de San Valentín. Casi todos los clientes requieren por esa fecha detalles especiales y cada uno puede salir por peteneras. Para cumplir siempre, Pizarro hay cosas que tiene previstas, como mantener línea directa con los mejores restaurantes de Madrid. En uno de ellos, prefiere no desvelar cuál, tiene reservadas dos mesas para todos los días del año, porque aunque pueda fallar alguna cita le compensa. Y, a partir de ahí, gestiones mil para hacer más fácil la vida a sus clientes: coches, museos, estadios, compras… Aunque nada como la boda de Felipe VI, con toda la realeza europea alojada en sus 150 habitaciones y más servicios de seguridad por metro cuadrado que en una cumbre del G-20, aunque para el común de los mortales el foco era Letizia Ortiz.

Si hace memoria, el gran conserje recuerda las oportunidades que tuvo para hacer carrera profesional, tanto en Londres como en Marbella. Pero al final, le pudo la comodidad de seguir en su Madrid y convertirse en una institución. Porque de alguna manera, casi con medio siglo a sus espaldas, Manuel Pizarro es el Villa Magna. Atesora un saco infinito de episodios, con celebraciones y sucesos luctuosos, cumbres políticas y citas de negocios millonarias, citas clandestinas y estrellas de todo color y condición, que daría para un culebrón de nuevo cuño en cualquiera de las plataformas audiovisuales. Solo hay un detalle que despista: durante toda su carrera, solo ha dormido una noche en el hotel, pese a tener derecho a disfrutar de un fin de semana al año. Tenerlo tan a mano hace del lujo algo normal.

Cuando tu nombre y apellido coinciden con los de un influyente patrón del Ibex y además trabajas en uno de los epicentros del 'lobby' capitalino, los malentendidos están a la orden del día. Manuel Pizarro, el otro, lo sabe bien. Extremeño como el famoso conquistador, el 'concierge' del Rosewood Villa Magna, uno de los cinco estrellas gran lujo que hay en Madrid, aún recuerda con gracia el día que Esperanza Aguirre, la lideresa popular que llevó las riendas de la Comunidad, cruzó apresurada la puerta principal preguntando por Manolo (Pizarro). Ella no esperaba que allí, en el mítico hotel que cumple ahora 50 años, ese nombre corresponde al empleado de más antigüedad, al guardián de todos sus secretos, a la memoria viva de su medio siglo de historia, al propietario de sus llaves de oro. El gran conserje.

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