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Dinero, poder y prestigio: claves para entender a FG

El economista lucense inició una meteórica carrera en el sector bancario en los años 90. Su ambición y sus amistades le llevaron a la presidencia de un gigante internacional como BBVA

Foto: Francisco González.
Francisco González.

Francisco González nunca soñó con ser banquero. Su desempeño como agente de Cambio y Bolsa y las buenas amistades labradas en aquellos efervescentes años 80 le sirvieron para formar parte de la lista de presidenciables que elaboró el Partido Popular cuando llegó al poder en 1996. José María Aznar y Rodrigo Rato se repartieron la tarea de remodelar el mapa de empresas públicas, reclutando a fieles para dirigir Telefónica, Repsol o Tabacalera. Para el banco público Argentaria, el candidato del líder popular era Juan Manuel Urgoiti, un banquero vasco criado en la cantera del Banco Vizcaya, del que luego fue consejero delegado siendo BBV tras fusionarse con Banco Bilbao. Esa mano, sin embargo, la ganó el ministro de Economía, que dio por bueno el consejo de Manuel Pizarro para nombrar al gallego como presidente.

A partir de entonces, el economista de Chantada (1944) inició una meteórica carrera en el sector bancario, más de 20 años en primera línea de fuego, para dar forma a un gigante internacional como BBVA. Nada que él mismo pudiera imaginar cuando daba sus primeros pasos como programador en la tecnológica ITT en Alemania o como responsable comercial de Nixdorf a su regreso a España. Su gran apuesta profesional, de hecho, fue por el incipiente mercado de valores, para el que opositó como agente de Cambio y Bolsa, tras lograr antes el título de corredor de Comercio. En un país con muchas cosas por hacer, aquel incipiente sector puso en el mismo camino a muchos futuros líderes de grandes compañías cotizadas como el propio Manuel Pizarro, César Alierta, Ignacio Garralda, Pedro Guerrero o Juan Carlos Ureta.

Aunque no tenía el pedigrí político de sus colegas Pizarro (nieto de Gobernador Civil de Teruel e hijo de procurador en Cortes) o Alierta (hijo del alcalde de Zaragoza), su ambición profesional sí estaba a la altura. En 1987, González abandonó la firma Renta 4, una de las pioneras del emergente mercado de valores, para llevar a cabo su propio proyecto FG Inversiones Bursátiles, igual que sus compañeros de generación fundaron por esos años las firmas de valores Ibersecurities o Beta Capital. Primero creó un negocio que daba servicio de intermediación bursátil a viejas cajas de ahorro (algunas accionistas) y luego lo amplió al más lucrativo servicio de mercado de capitales, cometido para el que reclutó a un joven Juan Fábregas, con el tiempo futuro responsable para nuestro país del gigante francés Calyon.

Fue la época de las primeras operaciones millonarias, como la realizada con el proyecto Oildor (una red de gasolineras que no llegó a existir pero sí logró colocarse a la Corporación Banesto de Mario Conde). Aunque para pelotazo, el logrado con la propia venta de FG Valores al banco estadounidense Merrill Lynch por 3.700 millones de pesetas de la época. En ese caso, la plusvalía fue absoluta, pues él mismo compró a sus socios minoritarios, como Alfredo Lafita, antes de consumar la venta de la compañía, requisito imprescindible para aceptar la presidencia de Argentaria. Era 1996 y Francisco González daba el salto al sector público con un mandato muy claro: la privatización del banco. Era la hoja de ruta con la que Aznar y Rato habían llegaron al poder, inspirados por la ya pujante generación que lideraba el turolense Pizarro.

Emilio Ybarra, presidente del BBV, y Francisco González, presidente de Argentaria, tras acordar la fusión en 1999. (Reuters)
Emilio Ybarra, presidente del BBV, y Francisco González, presidente de Argentaria, tras acordar la fusión en 1999. (Reuters)

FG tardó dos años en cumplir con el cometido de sacarlo a bolsa y otros dos en mover ficha para fusionarse con el BBV, una reacción a la fusión que en 1999 llevaron a cabo el Banco Santander y el Banco Central-Hispano. Aquella operación se explicó en una rueda de prensa celebrada en el Palacio del Marqués de Salamanca, en el madrileño Paseo de Recoletos, propiedad de Argentaria. El reparto de poderes en la ecuación de canje era claro para la entidad vasca: dos copresidentes (Francisco González y Emilio Ybarra) y un único consejero delegado (Pedro Luis Uriarte). Por el camino, el gallego sacrificó a Francisco Gómez Roldán (ex Vizcaya), su consejero delegado en el banco público, para quien no hubo hueco en el nuevo proyecto. Quedaba en minoría, pero contaba con apoyo exterior que en el futuro resultaría determinante.

A raíz de la fusión, BBV puso en conocimiento de Argentaria la existencia de una sociedad en el paraíso fiscal de Jersey con plusvalías atesoradas tras la liquidación de acciones del banco no registradas en la contabilidad. Esa operativa de autocartera se remontaba a la recompra del 10% que la kuwaití KIO llegó a tener del Banco Vizcaya. Aquella operación hostil ejecutada por Javier de la Rosa se deshizo a golpe de corneta tras consultas a Carlos Solchaga, entonces todopoderoso ministro de Economía y antiguo empleado del banco afectado, presidido por el carismático Pedro Toledo. Era finales de los 80, y ese entramado para resolver el entuerto de los petrodólares no fue obstáculo que el Banco de España gobernado por Mariano Rubio bendijera la fusión que se realizó poco después (1989) con el vecino y rival Banco Bilbao.

Aquel remanente millonario aparcado en Jersey fue utilizado por FG para defenderse del conato de rebelión enarbolado por los accionistas díscolos de Neguri. Pese a estar en minoría, aquella información abrió una crisis de gobernanza a ojos del regulador, además de un tumultuoso caso judicial en manos del juez Baltasar Garzón. Para fortuna de González, el gobernador del Banco de España era desde el año 2000 nada menos que Jaime Caruana, exdirector general del Tesoro en el primer mandato del PP, a donde llegó procedente de Renta 4 avalado por Pizarro y Ureta. La trascendencia del caso hizo desfilar a todo el consejo de administración con pasado ‘bebeuve’, quedando todo el poder en manos del gallego. A partir de entonces, ya pudo medirse de tú a tú con Emilio Botín, a quien durante años superó como banquero mejor pagado del país.

No fue la única vez que Caruana resultó capital para la suerte de FG al frente de BBVA. La otra tuvo que ver con el intento de asalto al banco tras la llegada al poder del PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero en la primavera de 2004. La operación tuvo como punta de lanza al empresario Luis del Rivero, propietario de la constructora Sacyr, y contó con el respaldo de su socio Juan Abelló, millonario afín al PP pero ajeno al clan de Pizarro, Alierta y González; el amparo de Miguel Sebastián desde la Oficina Económica de Moncloa (antes había sido despedido por el propio FG como director de Estudios del BBVA); y el combustible de algunos enemigos acérrimos del banquero, como Pepe Domingo Ampuero, exvicepresidente del banco hasta el caso Jersey. Pero con solo el 3% del capital y el Banco de España en frente, no hubo asalto posible.

Francisco González en un momento de la Junta General de Accionistas celebrada en Bilbao en marzo. (Reuters)
Francisco González en un momento de la Junta General de Accionistas celebrada en Bilbao en marzo. (Reuters)

Casualidades de la vida, pensarán algunos, casi 15 años después, el exgobernador ha vuelto a cruzarse en el camino de BBVA para formar parte de su consejo de administración desde el verano de 2018, meses antes de que FG formalizara su salida de la entidad el 31 de diciembre. El ahora presidente de honor del banco ponía punto y final a su carrera con personas de su máxima confianza al frente de su obra, como puede ejemplificar el nombramiento como presidente de Carlos Torres (también discípulo profesional de Pizarro), tras diez años de carrera en el banco como director general y consejero delegado. Por el camino, el de Chantada ha devorado varios CEO, como José Ignacio Goirigolzarri (BBV) o Ángel Cano (Argentaria), y ha marcado distancias con todo aquello ajeno al núcleo original de finales de los 80 y principios de los 90.

Francisco González ha llegado muy lejos con pocos amigos. Él mismo es consciente de su poca simpatía y, como las escuchas del comisario Villarejo demuestran, ha sido una persona desconfiada hasta límites insospechados, incluso de las personas de su entorno más próximo. Lo hizo para defenderse de los enemigos, pero también para controlar a los fieles. Muy a su pesar, parte de esos recursos empleados para ocupar y defender tanto poder durante más de dos décadas han quedado al descubierto, mostrando la cara b que solo unos pocos sabían y otros tantos intuían. Un final muy distinto al soñado desde el despacho de la fastuosa ciudad financiera de Las Tablas, pues cuando el dinero es un factor secundario (ha cobrado una pensión de 80 millones) lo único que de verdad queda es el prestigio. Y aunque solo sea para jugar al golf, importa que no te señalen al pasar.

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