Logró 17 concejales de 27 posibles

El milagro político de Abel Caballero

El alcalde de Vigo, que fue ministro de Felipe González y rival fallido de Manuel Fraga, renace como gestor local y logra una mayoría impepinable para un PSOE herido en las corporaciones locales

Foto: Pedro Sánchez (c),en un mitin en Vigo junto al alcalde, Abel Caballero (2i), y el líder de la formación en Galicia, José Ramón Gómez (d). (Efe)
Pedro Sánchez (c),en un mitin en Vigo junto al alcalde, Abel Caballero (2i), y el líder de la formación en Galicia, José Ramón Gómez (d). (Efe)

La noche electoral del 24M fue el desfile de la victoria para Abel Caballero. Si Vigo fuese una plaza de toros, su alcalde habría salido a hombros. A sus 69 años, y después de ocho mandando en la ciudad más grande de Galicia con el viguismo como única bandera, Caballero se aupó como uno de los regidores más votados de España (51,8%). Una isla para la tormenta que azota al PSOE y que, curiosamente, viene de la mano de un hombre de la vieja guardia del socialismo felipista con un pasado político de altibajos, con sonoras derrotas que ha sabido sacudirse para renacer.

Su triunfo impepinable también sirve para camuflar los malos resultados del PSOE gallego (PSdeG), desplazado por las Mareas y que sólo remonta medio punto, y con el que paradójicamente, Caballero no se entiende nada bien aunque milite en sus filas donde va por libre como el verso suelto que es. Logró 17 concejales de 27 posibles. Fueron seis más de los que ya tenía para una mayoría absoluta tan aplastante -le bastaba con tres- que no tenía eco en ningún pronóstico electoral.

Le votaron 73.074 vigueses (99,5% escrutado), más de la mitad de los que pasaron por las urnas el pasado domingo en una ciudad industrial y obrera al sur de Galicia que fabrica coches (Citröen) y barcos y ha superado antiguos complejos para crear conciencia de ciudad y reivindicarse como motor real de la economía gallega frente al eje norte A Coruña-Santiago.

Caballero es único en su especie. Genera pasiones y odios a partes iguales. Sus defensores lo entronizan. Sus detractores lo tachan de populista y despótico

La cara B del pelotazo electoral de Caballero es el fracaso del PP en Vigo, al que casi triplicó en votos anulando por completo a la candidata de Alberto Núñez Feijóo, la ex conselleira Elena Muñoz, a la que el presidente popular -censado en Vigo- envió a los leones a última hora con pocas opciones de nada (y peor resultado del esperado). También borra de la corporación al BNG, sus antiguos socios de Gobierno, que se diluyen por el ascenso de la Marea viguesa, que sin hacer muchos méritos logró tres asientos.

Abel Ramón Caballero Álvarez (Ponteareas, Pontevedra, 1946) es único en su especie. Genera pasiones y odios, a partes iguales. Sus defensores, lo entronizan. Sus detractores lo tachan de populista y despótico. Economista y catedrático, militó en el Partido Comunista en sus años mozos y fue ministro de Transportes, Turismo y Comunicaciones de Felipe González antes de cumplir los cuarenta. Entre la prensa gallega corre el chascarrillo de que le gusta presentarse con un '¿sabías que a tu edad era ministro?', en un alarde de prepotencia que lo retrata, como el tono negro de su cabello delata su coquetería en la barrera de los setenta.

Caballero, en una rueda de prensa. (Efe)
Caballero, en una rueda de prensa. (Efe)

Llevó la cartera ministerial hasta el 88, siguió como Diputado en el Congreso hasta el 1997 y le plantó cara a Manuel Fraga por la presidencia de la Xunta en un duelo del que el socialista salió escaldado. Tanto que se retiró de la primera línea de fuego y guardó discreto silencio en la oposición autonómica en lo que parecía la recta final de su estrella política. En 2005, asumió la presidencia del Puerto de Vigo y resucitó con la ciudad como epicentro y obsesión. Dos años después, con el respaldo de los nacionalistas, se hacía con la Alcaldía al primer intento y desbancaba a Corina Porro, que se fue a refugiar, precisamente, a la Autoridad Portuaria, al asiento que Caballero había dejado libre para asaltar el consistorio.

En la legislatura de 2011, el regidor socialista repitió mandato ampliando su ventaja y empezó a marcar distancias con el Bloque para imponer el caballerismo en el Gobierno local. Pactó, incluso con los populares, en una alianza inédita PSOE-PP para sacar adelante los presupuestos en 2014.

Su relación con Feijóo es a cara de perro pero tampoco parece tenerla muy buena con su propio secretario general, José Ramón Gómez Besteiro (PSdeG), que pasó de puntillas por la campaña de Vigo donde las siglas del PSOE pesaron menos que la marca Caballero. Se dejo ver, eso sí, con Pedro Sánchez en el cierre de campaña para que este pudiera fiscalizar una de las pocas victorias que preveía con claridad.

Mariano Rajoy (c), la ministra de Fomento, Ana Pastor (i), el presidente del PPdeG, Alberto Núñez Feijóo (2i), y la candidata en Vigo, Elena Muñoz (d). (Efe)
Mariano Rajoy (c), la ministra de Fomento, Ana Pastor (i), el presidente del PPdeG, Alberto Núñez Feijóo (2i), y la candidata en Vigo, Elena Muñoz (d). (Efe)

Caballero, aunque no le gusta la comparación, recuerda el formato de alcaldismo absoluto que practicó Francisco Vázquez en A Coruña. Defiende lo suyo y a lo suyos contra cualquier agravio, real o aparente, venga de quien venga. Así ocurrió con la fusión de las cajas gallegas, cuando sacó a la calle a unas 300.000 personas en defensa de Caixanova, que se acabó fusionando a la fuerza con Caixagalicia para el descalabro masivo de la banca gallega, la punta del iceberg de la gran estafa que ambas tapaban. También denuncia con insistencia la discriminación que sufre el aeropuerto de Peinador (Vigo) frente a las líneas subvencionadas que aterrizan en Lavacolla (Santiago) y Alvedro (A Coruña).

Su modelo ha funcionado y ha convertido los ataques en su contra en una reivindicación del orgullo vigués que ha calado hondo entre sus votantes

Se ha pateado la ciudad, humanizando las calles y plazas limpias, renovando redes de suministro y dejando su impronta en cada barrio, y los votos que cosecha son el producto de ese trabajo. Colocó escaleras mecánicas en una ciudad repleta de cuestas e inició la reforma del vetusto Balaídos, para mayor grandeza del Celta. Tutela a la prensa local con la que contrarresta los arreones mediáticos que recibe desde la Xunta y dedica horas a programas de televisión y radio donde escucha a los vecinos y anota sus quejas para darles pronta respuesta.

Su modelo ha funcionado y ha convertido los ataques en su contra en una reivindicación del orgullo vigués que ha calado hondo entre sus votantes. Ni siquiera la controvertida instalación de un barco en una rotonda en Coia, un movimiento que se hizo de noche para esquivar la oposición vecinal, le ha restado empaque a su victoria. Caballero insiste en que le costaba más a la arcas locales aguantar el barco en el agua que moverlo a tierra como adorno de tráfico. Ser uno de los alcaldes más votado en las grandes ciudades españolas es, ahora, su recompensa, como podría serlo la presidencia de la Federación Española de Municipios y Provincias.

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