"Te daré un consejo: el periodismo no es la profesión más antigua, pero es la mejor"
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dar noticias no es suficiente

"Te daré un consejo: el periodismo no es la profesión más antigua, pero es la mejor"

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Foto: Ilustración: EC Diseño.
Ilustración: EC Diseño.

“Te daré un consejo acerca de esta profesión”, le dice el veterano director del 'New York Day' (Humphrey Bogart) a un joven reportero que busca su primer empleo. “Sigue probando suerte, tal vez no sea la profesión más antigua, pero es la mejor”.

El 'New York Day' está a punto de echar el cierre tras la muerte de su editor, pero Bogart y su equipo, contra la opinión de los herederos, logra sacar el periódico adelante en medio de una carrera angustiosa de 48 horas con un solo argumento: dar noticias. Caiga quien caiga. En este caso, contra los intereses de un jefe mafioso bien conectado con el poder. Exactamente, el mismo argumento que daba a sus periodistas el viejo editor del 'Chicago Tribune', el legendario Josep Medill, quien al frente del periódico se convirtió en el mejor aliando de Lincoln contra el esclavismo.

Dar noticias, sin embargo, no es suficiente. Un periódico no es una red social ni un órgano de propaganda. Ni una gacetilla empresarial. Ni siquiera es una hoja en blanco que hay que rellenar cada día, y sobre la que los periodistas escupen sus exclusivas o sus noticias rutinarias. Es, sobre todo, un proyecto intelectual. Un intangible. Algo que no se puede tocar con los manos. Pero que, como el aire, se necesita 13 veces por minuto para respirar, que decía Celaya. Esa es su grandeza. O su miseria. Es de todos y no es de nadie. Es tan liviano como lo puede ser una hoja volandera que sirve para limpiar el barro de los zapatos, pero es tan sólido que puede hacer rodar gobiernos. Tanto y tan poco.

Un periódico no es una red social ni un órgano de propaganda. Ni siquiera es de los lectores o los periodistas. Es de todos y no es de nadie

Un periódico ni siquiera es de los lectores, porque eso sería lo mismo que dar carta de naturaleza a la dictadura de la audiencia. Los lectores, como decían los viejos periodistas, compran o leen a diario —ahora, a través de toda clase de dispositivos electrónicos— para discutir, para conversar, con ellos mismos. O lo que es igual, para confirmar que tienen razón. No le den más vueltas. Por eso tienen éxito las noticias falsas, porque muchos leen lo que quieren leer.

Pero tampoco un periódico es de los periodistas. Ya se sabe, esos seres depresivos, divorciados y dipsómanos que decían los viejos corresponsales de guerra, porque si eso fuera así, sería lo mismo que caer en un ejercicio diario de onanismo intelectual. Al fin y al cabo, uno siempre tiende a darse la razón. Aunque solo sea por eso, un viejo aforismo de la profesión advierte que, si tu madre te dice que te quiere, compruébalo. Nada es verdad 'a priori'. Lo diga Agamenón o su porquero.

Un periódico, sin embargo, y El Confidencial quiere seguir siéndolo, no es nada sin sus lectores ni sin sus periodistas. Sin esa masa crítica que no se ve, que no se toca, pero que se olisquea. Como sucede en el teatro.

Carlos Sánchez, en la primera redacción de El Confidencial.
Carlos Sánchez, en la primera redacción de El Confidencial.

El actor no ve al público, pero lo siente. Sabe que está ahí, tras el proscenio. Oye su respiración. Su carraspeo. Sabe, incluso, cuándo su actuación está siendo un desastre. O un éxito. Lo sabe todo sobre el público. Y si no lo hay, si nadie ha acudido a la función, da lo mismo. Es lo de menos. Los buenos actores trabajan igual para un espectador que para un millón. Para el monarca o para el mendigo. Como los buenos periodistas. Da lo mismo que te lea cada mañana un millón o una docena. Cada función, cada artículo de periódico, es su obra. Es un ejemplar único. Un incunable. No hay imitaciones. Da lo mismo que el plumilla esté sentado ante su destartalada y ruidosa Underwood que ante un silencioso tablero de ordenador. Un lector es el universo.

Sin prensa independiente, las democracias se mueren. Los tramposos, los corruptos, los que viven en medio de las cloacas se hacen fuertes

El reportero sabe que está allí. Tras la pantalla. Tras el teclado. Sabe, o cree saber, lo que piensa, lo que le interesa. Y eso le ayuda a construir una comunidad imaginaria. Incluso, por qué no decirlo, de intereses. Porque está seguro de que sin prensa independiente las democracias se mueren. Sin libertad ganan los malos. Y sin un proyecto económicamente viable, no hay nada que hacer. Los tramposos, los corruptos, los fulleros, los que viven en medio de las cloacas se hacen fuertes. Ganar o perder.

En ‘Bajo el volcán’, Malcolm Lowry hace decir a uno de sus protagonistas, en plena guerra de los sandinistas contra los Somoza: “Tal vez debimos haber matado a un periodista norteamericano hace 50 años para que en su país supieran lo que estaba pasando en Nicaragua y nos hubiéramos ahorrado tantos muertos”. Solo por eso, la prensa es necesaria. Y El Confidencial lo es.

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