Por los tiempos que son y los que serán
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El virus lo ha cambiado todo

Por los tiempos que son y los que serán

Los periodistas también creemos que la tierra es para quien la trabaja y que el gratis total es un animal mitológico. Por los tiempos inciertos que son y serán, te necesitamos. Únete a los lectores influyentes. Suscríbete a El Confidencial

Foto: Ilustración: Diseño EC.
Ilustración: Diseño EC.

Otra vez el sonido del despertador. Otra vez menos horas dormidas de las que recomienda el médico. Cuesta encontrar las gafas en esa mesilla tan pequeña y con tantas cosas. Los libros, la lámpara, el móvil, la botella de agua, una horquilla de pelo, un pañuelo de papel…

En la cocina le espera el café. A veces lo toma de pie por culpa de las prisas. A veces no le da tiempo ni a hacerse una tostada. Mientras el microondas hace su trabajo, enciende el teléfono. Un repaso ligero a los mensajes y otro a los titulares del periódico. Y la radio. Escucha voces que llevan despiertas muchas más horas que usted y que le recuerdan que, como el día anterior, un montón de personas importantes, normalmente políticos, no han hecho las cosas como debieran. Porque ya sabe que la decepción es el estado permanente del periodista.

Después de la ducha, la ropa y el perfume, puede que le toque llevar los niños al colegio. O a lo mejor son mayorcitos y viven fuera de casa. También puede que usted nunca haya querido tener hijos porque, entre otros motivos, Herodes siempre le pareció un tipo valiente al que la Historia le ha reservado un papel profundamente injusto.

Hoy tiene que trabajar. En un sitio en el que pasa demasiadas horas y en el que le pagan demasiado poco. Al menos hay días en que lo suyo le gusta. Como le gusta esa serie facilona gracias a la cual acaba llorando de risa cuando nadie le ve. Como le gusta un segundo café en el bar de siempre, con el camarero de siempre y las conversaciones de siempre. El fútbol, el tiempo y qué mal el Gobierno. Porque la decepción también es el estado permanente del parroquiano de barra de bar.

Los periodistas también creemos que la tierra es para quien la trabaja y que el gratis total es, en estos tiempos, un animal mitológico.

Hoy está de mejor humor que ayer. Ayer se enteró de la enfermedad de un conocido, de que alguien de su familia no pasa por su mejor momento. Ayer escuchó una canción que le trae recuerdos de un tiempo bueno que se fue. Ayer volvió a dejar cosas importantes por hacer. En cambio hoy, se repite al acabar su jornada laboral, no ha estado nada mal. Sale triunfante aunque no hay un motivo concreto por el que sentirse ganador.

Así que antes de volver a casa, sigue paso a paso el ritual de los autohomenajes que instauró hace tiempo. Para en una buena charcutería porque hoy no tiene el cuerpo de ofertas. Hoy es día de jamón de bellota, de vino bueno del que no te deja cefalea de regalo al día siguiente.

Llega a la misma casa de la que salió esta mañana. Puede que comparta el jamón y el vino con alguien o decida que la tierra para quien la trabaja. Se sienta en el sofá y vuelve a repasar los mensajes por si tiene que contestar alguno. Repasa la portada del periódico. No se parece en nada a lo que leyó esta mañana, mientras el café le calentaba el esófago.

Todo esto era así antes de la pandemia. Ahora, el virus lo ha cambiado todo.

Los confinados en familia añoramos el silencio, los que están solos añoran la conversación. Todo nos pesa. Todo nos pasa.

Antes, sus días y los nuestros se parecían. Porque los periodistas también somos miopes, de bares, vamos por la vida a trompicones y tenemos casas menos ordenadas de lo que quisiéramos. También tenemos nuestro crítico de cabecera en los asuntos de cine y música, también tenemos esos columnistas de colmillo retorcido que no nos perdemos. También creemos que la tierra es para quien la trabaja y que el gratis total es, en estos tiempos, un animal mitológico.

Ahora nuestras vidas son aún más similares. Conocemos de memoria nuestras paredes y nuestras pelusas, hace tiempo que no distinguimos laborables de festivos y tenemos sueños raros. Raros como nuestro estado de ánimo, un sube y baja constante. Los confinados en familia añoramos el silencio, los que están solos añoran la conversación. Todo nos pesa. Todo nos pasa.

Por eso, por los tiempos inciertos que son y serán, le necesitamos. Para seguir contando mientras calienta el café. Ahora y cuando todo pase. Cuando volvamos al jamón y al vino como homenaje. Suscríbase a El Confidencial.

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