Y LO QUE DICE DEL FUTURO

Así se pierde el Eurogrupo: la fractura norte-sur y la fiscalidad condenaron a Calviño

La vicepresidenta del Gobierno perdió la elección frente al irlandés Paschal Donohoe, nuevo presidente del Eurogrupo. Dos claves marcaron la derrota

Foto: La vicepresidenta del Gobierno, Nadia Calviño, en Galicia. (EFE)
La vicepresidenta del Gobierno, Nadia Calviño, en Galicia. (EFE)
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Estuvo cerca. El de Nadia Calviño era, claramente, el mejor currículo que había sobre la mesa. Pero la vicepresidenta del Gobierno perdió la elección de la presidencia del Eurogrupo este jueves frente al irlandés Paschal Donohoe, que a partir del próximo 13 de julio sustituirá al portugués Mário Centeno, que ocupó el cargo en enero de 2018.

Si bien la española era la favorita sobre el papel, en los últimos días sus opciones se habían ido reduciendo. Donohoe aparecía ya en cabeza gracias a los votos de una serie de países pequeños y a la fidelidad de los ministros miembros del Partido Popular Europeo (PPE). El luxemburgués Pierre Gramegna acumulaba unos cuantos votos, pero la conexión entre ambas candidaturas parecía ya dibujada desde hacía semanas.

Así se pierde el Eurogrupo: la fractura norte-sur y la fiscalidad condenaron a Calviño

Aunque Moncloa era algo más optimista, con el presidente, Pedro Sánchez, llamando a las capitales para reforzar la campaña de Calviño y defendiendo que la vicepresidenta seguía teniendo muchas opciones, tanto en el Ministerio de Economía como en Bruselas sabían que la cosa se había puesto cuesta arriba. Los números no sonreían a Calviño y se acababa el tiempo para darle la vuelta a la situación. La mejor muestra de cómo llegaba la vicepresidenta española al día D se vio cuando Francia desveló a media mañana que apoyaba su candidatura: ese punto no sirvió para decantar la balanza hacia Calviño, sirvió solo para mantenerla en el partido. Un no francés la habría sacado de la carrera.

En la primera ronda de votaciones, Calviño contó con nueve votos de los 10 necesarios para hacerse con la presidencia del Eurogrupo. Pero después la española fue incapaz de lograr ni un solo apoyo de los países que habían votado por el candidato de Luxemburgo, lo que muestra hasta qué punto había una conexión y coordinación entre las campañas de los otros dos nombres sobre la mesa. Aunque Moncloa y el ministerio se habían movilizado mucho, hasta el punto de rozar la cifra mágica, la estrategia de los nórdicos y de los países pequeños acabó por imponerse.

La conexión Luxemburgo-Dublín

Hubo dos claves que acabaron por condenar la candidatura de la vicepresidenta del Gobierno. Y ambas desembocan en la conexión existente entre la campaña de Donohoe y la del ministro luxemburgués Pierre Gramegna. La primera tiene que ver con una profunda división norte-sur y pequeños-grandes sobre la profundización de la eurozona, con los nórdicos negándose en redondo a una profundización de la zona euro. La segunda es la agenda compartida en asuntos fiscales, algo que no solo conecta a Luxemburgo y Dublín, sino que afecta a otros países cuyos votos eran clave.

El irlandés Paschal Donohoe. (Reuters)
El irlandés Paschal Donohoe. (Reuters)

Esa conexión de intereses entre ambas candidaturas ha resultado fundamental. Cuando, tras una primera ronda de votos, Gramegna decidió retirarse, los votos se trasladaron a la candidatura de Donohoe. En bloque, sin que ni un solo ministro rompiera las líneas. Desde hacía semanas, los nórdicos contrarios a Calviño tenían una consigna: “Cualquiera antes que Calviño”. Y sabían que tenían dos opciones antes de tener que ceder ante el nombre de la vicepresidenta. La animadversión se enquistó con un desliz diplomático de Calviño al poco de tomar la cartera económica española en 2018, cuando se refirió a los países del norte de Europa como “países muy pequeños y con muy poco peso”.

La rebelión de los pequeños

Calviño contaba con votos importantes: tenía el respaldo público de la canciller Angela Merkel y el apoyo de Francia e Italia. Tal vez por eso es tan dramática la derrota. Pocas veces, cuando no ninguna, un candidato con el respaldo político —público y privado— de las grandes potencias de la UE ha perdido una batalla diplomática como la de ayer. Entre los países que la votaban, sumaban más del 80% de la población de la zona euro. Pero una rebelión de pequeños y contrarios a una mayor integración de la eurozona ha sido capaz de derribar una candidatura apoyada sobre unos pilares fuertes, y en la que tanto Calviño como Sánchez habían invertido capital político.

Es una muestra de la profunda división que existe en el grupo y que ha hecho imposible durante los últimos dos años y medio avanzar en dosieres que resultaban clave para la arquitectura de la moneda única. El resultado muestra que esa coalición de países dispuestos a frenar la agenda es sólida, y que durante los próximos años seguirá marcando el ritmo. Un voto por Calviño era un voto por inyectar ambición a la reforma de la zona euro. Un voto por Donohoe, lo contrario.

El resultado muestra que esa coalición dispuesta a frenar la agenda es sólida, y que durante los próximos años seguirá marcando el ritmo

Muestra también hasta qué punto es limitado el efecto de un acuerdo franco-alemán, o incluso un frente con las cuatro principales economías de la zona euro. Ya su palabra no se escribe en piedra. Los pequeños están mucho mejor organizados, tienen estrategias más claras y saben defenderse en Bruselas. Con el voto por el Brexit en 2016, los nórdicos y bálticos se organizaron en la llamada Nueva Liga Hanseática, que buscaba frenar la ambición de las reformas de la eurozona y que había permanecido dormida durante los últimos meses, aunque ha resultado clave de nuevo en esta elección.

La derrota de Calviño representa, también, algo más que el simple hecho de que España haya perdido un puesto europeo. Muestra las limitaciones de los acuerdos entre París y Berlín, justo cuando el Gobierno alemán comienza a implicarse más con algunos elementos clave para la supervivencia de la eurozona. Y, más allá de las tendencias subterráneas y de largo alcance, muestra algo tan simple y prosaico como importate: que los países nórdicos y pequeños saben moverse y defender de manera muy asertiva su agenda y sus intereses.

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