ganó djokovic por 6-4, 3-6, 7-6, 3-6 y 10-8

Djokovic se impone a Nadal en un partido épico y jugará la final de Wimbledon

La semifinal, que tenía aroma de final anticipada, fue un partido largo y disputado en la que dos de los mejores tenistas de todos los tiempos demostraron su extrema calidad deportiva

Foto: Djokovic y Nadal, al terminar. (Reuters)
Djokovic y Nadal, al terminar. (Reuters)

El más nimio detalle marcó la diferencia entra Nadal y Djokovic. Estrechísima ventaja para el serbio. Suficiente para ser finalista de Wimbledon. Él también ha resucitado, como antes lo hicieron Nadal y Federer. Tres historias complejas de éxito rotundo, pero con bajones importantes de los que tuvieron que recuperarse en algún momento. Los tres parecieron muertos y demostraron, con el tiempo, que nunca se debe enterrar a las leyendas. En Londres se ha visto al mejor Djokovic y también al mejor Nadal. La diferencia de talento entre ambos es casi inapreciable, por lo que cuando juegan los dos a su máximo nivel el resultado es como tirar una moneda al aire. Merecieron ganar los dos, pero la normativa no lo permite.

El último set de este partido puede pasar a la historia de este deporte, dos colosos a raquetazos hasta la victoria final. Cada uno con sus armas, que son diferentes. Y sublimes. El resto de Djokovic, por ejemplo, puede ser uno de los más eficientes de todos los tiempos. Abre las piernas como un compas, coloca su raqueta perpendicular a la línea de fondo y mira con agresividad. Responde en una fracción de segundo, porque en cuanto el servicio sale de la raqueta de su rival él ya ha intuido a dónde tiene que ir para contragolpear.

Es un poco como la mítica movilidad de Nadal, quenunca parece lo suficientemente lejos de la bola como para no intentarlo. Su resistencia física y su velocidad han sido siempre aliadas para hacer de él un jugador tremendo. Los golpes también están ahí, la derecha de Nadal es potentísima y puede tirarla con precisión a cualquier sitio. Como el revés de Djokovic, en el que es capaz de imponer toda la fuerza que da su cuerpo. Se monta en la bola y castiga al rival.

Djokovic, hace unos pocos meses hundido, ha vuelto con fama en Londres. Le queda un escollo final, Kevin Anderson, pero viendo este partido de la central era imposible no pensar que lo que allí ocurría era una final anticipada. La grada, llena de leyendas del tenis femenino a la espera de la enésima final de Serena Williams, agradeció que en Londres se haya vuelto a ver la mejor versión de dos de los mejores tenistas de la historia.

Ese 10-8 en el último fue pura poesía. La diferencia con el día anterior, en el que la otra semifinal se fue a más de 50 juegos en el último set, era fácil de ver. Anderson e Isner peleaban por sobrevivir, Nadal y Djokovic lo hacían por ganar. No había un tiro sin intención ni una pelota que no fuesen a disputar con ahínco. Nadal buscaba líneas, Djokovic respondía siempre. Los problemas se quedaron ya en el pasado, cuando juega bien el serbio es una máquina de manufacturar tenis.

La moral de Djokovic

Del mismo modo que Nadal siempre le tuvo la moral comida a Federer, desde hace unos años pierde el duelo mental con Djokovic. El serbio es resistente como solo él sabe serlo, y aunque en ocasiones parece que se va del partido en algún lamento por un fallo, la realidad es que cuando se reinicia el juego siempre está ahí, atacando, colocándose en el centro de la pista y dominando desde el fondo. Los golpes de la raqueta con sus pies, por ejemplo, son más pose que otra cosa, es perfectamente capaz de fallar y parecer enojado tan solo para darle la vuelta instantes después.

Rafa no tiene nada que envidiarle en el aspecto mental. Es capaz de levantar pelotas de rotura en contra, 'breaks' y lo que le echen. Es un genio de la concentración, siempre parece preparado para retornar lo que quiera que su rival manda. Así fue durante buena parte del partido contra Nole, un partido extraño por el hecho de jugarse techado y en dos días. La suspensión lo hace un poco más anticlimático, pero no está bien engañarse, lo que vio la central del All England Tennis fue uno de los grandes partidos de todos los tiempos.

Uno que en una biografía lógica de ambos no debería de haberse dado, pero que ahí estaba. Como dato, decir que Nadal ganó más juegos en todo el partido, uno más concretamente. Las diferencias entre ambos fueron ligeros matices casi imperceptibles. A veces el tenis, en un partido de más de cinco horas, puede resolverse por unos centímetros, los que faltan para pasar una red o para caer en la línea y no fuera.

Nadal, que ha demostrado en este torneo que vuelve a saber jugar en tierra, tiene pocos motivos para el lamento. La derrota siempre duele, pero debería doler menos en estos casos, cuando se da todo lo que se tiene y se merece el cielo. A veces, muy pocas, pero a veces, ni siquiera la perfección es suficiente para ganar un partido. Djokovic, que es un enorme campeón, jugará la final de Wimbledon. Hace unos meses parecía imposible. Denle el crédito que se merece, jugadores como él hay uno por generación. Lo extraño de verdad es que en esta haya habido tres así.

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