EL ESPAÑOL YA ESTÁ EN SEMIFINALES

La debacle de Federer en Wimbledon o cuando parte del deseo de Nadal se cumple

Kevin Anderson se impuso en cinco sets a Roger Federer en los cuartos de final del tercer grande del año, al igual que Rafa Nadal hizo lo propio con Juan Martín del Potro

Foto: Federer en Wimbledon.  (ReuterS)
Federer en Wimbledon. (ReuterS)

El silencio se apoderó de Wimbledon. Roger Federer se jugaba su corona y, extraño para él, no lo hacía en la pista central del torneo. Los organizadores decidieron el día previo que no le correspondía el foco, que los partidos de Djokovic y Nadal eran mejores y, por lo tanto, merecían el mejor escenario. En el resto de grandes torneos los cuatro partidos de esta ronda se hubiesen jugado en la central, pero en el All England Tennis tienen que cuidar las pistas, la hierba no admite tanto pisoteo. Lo mandaron a la segunda pensando que sería un trámite, que los partidos picantes serían los otros. Tampoco se equivocaron del todo, no al menos con Nadal, que jugó y venció un partido de mil revoluciones y cinco sets contra Del Potro (7-5, 6-7, 4-6, 6-4 y 6-4). "No soy estúpido, prefiero a otro en la final", comentó esta semana Nadal cuando le decían en la sala de prensa de rememorar la legendaria final Nadal-Federer de 2008... parte de ese deseo, con la derrota del suizo, se ha cumplido. Ahora falta cumplir su parte y llegar a ella, antes tendrá que eliminar a Djokovic.

Este miércoles, en la segunda pista de Wimbledon se iba a escribir la historia. Kevin Anderson está entre los diez mejores del mundo, el año pasado llegó a la final del US Open, pero no tiene el carisma que se espera de otros. Por eso, más que por su juego, esperaban que lo de Federer fuese un trámite. Tantas veces antes ha ocurrido... y así lo pareció en los dos primeros sets, que Federer pasó con mano firme, anunciando un partido corto para no quemarse demasiado. Jugó como sabe Federer, el jugador que mejor se mueve en una pista de tenis, que más parece que flota a que pisa. Le duró un rato, hasta el tercer parcial cuando un giro inesperado de la situación cambió para siempre el partido.

Está siendo un Wimbledon extraño, porque es Londres y no llueve. Las lonas para tapar el verde, tan comunes en otros años, están guardadas en los sótanos del recinto. Hace calor, mucho calor, como si la capital inglesa fuera de repente Benalmádena. La hierba se ha ido secando y está cortante, la pelota no vuela como en otras ocasiones. No se recuerda algo así, en el cielo brilla el sol. Tan raro es todo en estas semanas que la selección del país, a la que daban por muerta, llegó a la semifinal del Mundial. Una ronda más que Roger Federer, como mínimo.

Volvió al partido y hay que aplaudir a Kevin Anderson, que podría haber puesto a su cabeza a viajar, porque como todos los allí presentes suponía que el desenlace más probable era la derrota. No lo hizo, el sudafricano ha tenido altibajos en su carrera, pero lleva dos años a su mejor nivel. Tiene la edad de Nadal, juntos compitieron como infantiles, pero a Anderson le ha costado bastante más componer un juego que pueda ganar a cualquiera. Esto vale como literal, porque ganar a Federer en Wimbledon es casi como ganar al malo final de un videojuego.

La consistencia de Anderson

Tan raro es este Wimbledon, que Federer no va vestido de Nike sino de Uniqlo, y así será durante los próximos diez años. Volvamos en todo caso al partido, que lo merece. Federer tenía la confianza lógica de quien se sabe casi ganador, pero poco a poco se dio cuenta de que aquello era más que un trámite, no valía con poner dos sellos a un formulario. Anderson se agarró a la pista y compuso lo que estaba por venir alrededor de su saque, uno de los mejores del circuito.

Pocas cosas dan más confianza que tener un saque potente, lo cual habla todavía más de la carrera de Nadal. En el servicio solo dependes de ti mismo, no necesitas leer por dónde te viene la bola, solamente respetar tu mecánica. Anderson está siendo el mejor del torneo en ese ámbito, y contra Federer, cuando todo parecía perdido, decidió seguir por esa línea. Fue ganando todos sus servicios, llevó a Federer al 'tie brak' en el tercero y lo ganó; rompió en el cuarto, lo ganó también. Y llegó el quinto.

Ahí el ambiente se enrareció todavía más, porquue lo que hasta el momento estaba siendo un partido volcado para el lado de Federer de repente era un cúmulo de incertidumbres ¿podía pasar? Anderson estaba jugando de cine, desplegando la mejor versión que se le conoce. Federer no. En absoluto. Pareció tener miedo, como si todos estos meses de adecuación para llegar aquí tuviesen fisuras. No es que se desmoronase completamente, porque no fue eso, pero se le notó menos agresivo que en otras ocasiones. Trataba más de sobrevivir que de ganar, como si el león estuviese jugando a ser gacela.

Lo que dice la historia

Y en hierba eso no funciona, que es algo que Federer sabe casi desde que nació. Su intento por mantener la bola en la pista más que por saltar a la yugular de su rival le servía para ir sacando sus servicios, pero Anderson no sufría en demasía cuando era su torno. El partido se eternizó, como tantas otras veces en Londres, ese lugar en el que romper el saque del rival es siempre un examen de reválida. No se hacían mucho daño hasta el 11 iguales. Ahí dudó Federer. Sí, dudó Federer, esas cosas son posibles más allá de la teoría. Y Anderson, con su piel pálida y su mirada perdida, entendió que se tenía que subir a ese tren si quería hacer historia.

Rompió y luego decidió con su saque para hacer historia en Wimbledon. Federer ha ganado este torneo en ocho ocasiones, los últimos cuatro años llegó al menos a semifinales... el historial lo saben todos. su control sobre la hierba parecía absoluto, pero por lo que se ve la derrota es una opción. Y eso, en el histórico relato que cruza a Nadal y a Federer, con sus carreras y sus hitos, es importante. Porque el español, en tierra, no pierde. En Roland Garros, no pierde. Federer es el mejor en lo suyo, pero no es intocable en lo suyo. Es una cuestión de matices, pero cuando la guerra es por ser el mejor de siempre, los matices son importantes.

La victoria de Nadal contra Del Potro le deja en una posición dulce. Dos partidos más y puede ganar su tercer torneo de Wimbledon, un torneo que al inicio de su carrera muchos creían que no sería propicio para su juego. La jornada fue redonda, por la trabajadísima victoria y también por cumplir un deseo en el partido de Federer. "No soy estúpido, prefiero a otro en la final". Que el suizo de miedo forma parte de la lógica más pura, al fin y al cabo es un coloso de este deporte. En la siguiente ronda se encuentra otro escollo enorme, Djokovic, que además se está mostrando muy suelto por Londres. En el otro lado del cuadro habrá duelo de bombarderos, pues Anderson se cruzará con Isner.

Hay otro detalle, este propio del suizo, que tiene que ver con su planificación. Cuando el año pasó Wimbledon todo fueron aplausos por su decisión de evitar la tierra batida. Tenía, y aún tiene, mucha lógica sacrificar un tercio del calendario a cambio de llegar a Londres en las mejores condiciones. Con los 37 que cumplirá en unos días ya no hay espacio para demasiada fiesta y enfocar en sus mejores momentos es sabio. Ahora, cuando no funciona el dolor es mayor, porque todas las oportunidades obviadas son opciones perdidas.

Wimbledon busca rey. En estos días extraños, de fútbol y calor, Roger Federer ha perdido su primacía. Esto no estaba en el guión.

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