el español se impuso por 6-2, 6-3 y 6-1

Nadal gana a Wawrinka y agranda su leyenda con el décimo título en Roland Garros

El jugador español arrasó también en la final. Se va del torneo parisino sin haber perdido un solo set y con el nivel más alto de su lustrosa carrera

Foto: Nadal levanta el trofeo de los mosqueteros. (Reuters)
Nadal levanta el trofeo de los mosqueteros. (Reuters)

Stan Wawrinka levanta los brazos en el tercer set, sonríe y le pide ánimos a la grada como si acabase de hacer algo muy importante. En realidad lo único que ha conseguido es un punto más, uno normalito, en la red. Un pequeño oasis en el desierto. Su gesto tiene un punto de ironía, él ha sido el último en sucumbir ante lo inevitable. Nadal le ha pasado por encima durante toda la final de Roland Garros y no le queda más que el humor como recurso.

Rafael Nadal es el primer hombre en ganar diez veces el mismo torneo de 'grand slam'. Ya fue el primero en conseguir el noveno y el octavo. Nadie en la historia ha dominado tanto un campeonato tan importante. Su nivel en Roland Garros es tan lejano al resto que no parece del mismo planeta. Stan Wawrinka, un jugador sólido, un triunfador, fue solo el último en darse cuenta de la más palmaria de las realidades. Con Nadal en pista, en París no hay opciones. Le arrasó por 6-2, 6-3 y 6-1. Ya son quince grandes los que tiene en su vitrina.

Gonzalo CabezaGonzalo Cabeza

Desde los primeros golpes del partido se vio claro lo que iba a suceder. Jugar contra Rafa es entrar en el mito de Sisifo. Por más veces que intentes subir por la montaña con la pesada carga la piedra terminará rodando por la ladera. Una y otra y otra vez. Y con él ni siquiera vale la paciencia, porque eso es tanto como esperar un fallo que nunca llegará, un bajón en su juego que no es posible porque es Nadal.

El festival de derechas de Rafael Nadal fue digno de las mejores tardes de tenis. El suizo siempre pegaba desequilibrado porque en frente tenía un martillo que le movía, le descolocaba y, para qué mentir, le terminaba desesperando. Tanto que en una de esas terminó reventando una raqueta. Era demasiada presión para un hombre normal, un buen tenista, no una leyenda invencible. Cuando tienes que sufrir puntos como esa tremenda derecha en carrera que le metió en el segundo set te puedes permitir un poco de rabia. Es difícil contenerse ante tan absoluto vendaval.

La estadística es apabullante, no hay un solo dato que no demuestre la superioridad de Rafa en este encuentro. Hasta consiguió más puntos directos de saque que Wawrinka (4-1) y eso que el suizo, en principio, es mejor con el saque que él. El dominio de Nadal se ve también en los errores no forzados, solo cometió 12 en todo el encuentro, que es casi lo mismo que decir que no falló. Wawrinka se fue a 29, pero el nombre de la estadística no está del todo bien puesto en este caso, esos fallos no llegaron por azar sino por ser incapaz de mantenerse en el ritmo de juego que proponía el jugador balear.

El segundo servicio

Hay una clave durante todo el torneo que en esta final volvió a suceder: un dominio tremendo del segundo servicio. El 65% de puntos conseguidos es una burrada digna de uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Cuando Nadal acierta con el saque más lento sus posibilidades de victoria se disparan. En esta temporada está siendo el mejor de todo el circuito en ese arte, y se nota. Su 2017 está siendo maravilloso, el retorno de un jugador que ha escrito las mejores páginas de su deporte.

Los tres viajes previos del suizo a una final de 'grand slam' se habían saldado con victoria, pero en la calurosa tarde parisina el guión no podía ser ese, esto era un partido diseñado para la victoria del mejor jugador que se haya visto nunca sobre la arena de París. Son diez finales para diez victorias. La décima, término que se extiende como la pólvora por la prensa internacional sin que sepan bien qué significa, en 13 participaciones. Una histórica marcha a la que tampoco se le ve un final en poco tiempo. Cuando él está en pista la discusión se detiene.

Este 2017 pasará a la historia de Rafael Nadal como el mejor de todos, también uno de los más especiales. El de 2005, por ser el primero, y este que es el primero desde que ha revivido su carrera. En este caso, además, lo ha hecho con un nivel de juego que no había tenido antes, lo cual es algo muy serio cuando se habla de un jugador que ya antes de esta temporada era el mejor de siempre en esta disciplina.

Pero este año, más Nadal aún. Se va de París sin perder un solo set, con la menor cantidad de juegos perdidos nunca por su parte en el torneo. Ningún jugador le ha hecho daño, nadie ha sido capaz de meterle más de cuatro juegos en un set. Es una exhibición propia de Bjorn Borg, un caníbal que se paseaba sin rivales por este torneo de una manera similar.

Claro, que entre el indómito sueco y Nadal hay una diferencia fundamental: el hambre. El español tiene más de eso, es una máquina bien engrasada que jamás se rinde, con el tenis siempre en la cabeza. En estos tres años en los que no ha tenido su mejor tenis no se levantó un solo día sin pensar en la victoria. Es el decimoquinto grande de su carrera.

Las lágrimas del campeón

Estos dos años en los que no ha podido ganar en París han servido para algunas cosas. Entre ellas, y no es una cuestión menor, para que los organizadores del torneo y la afición parisina se den cuenta de la dimensión de esta leyenda. No es habitual que un torneo de 'grand slam', donde siempre son algo estirados y distantes, ofrezca un reconocimiento como el que dio Roland Garros a Rafa Nadal. En la grada aparecieron lonas recordando que era el décimo título, el escenario llevaba un 10 includo. A nadie sorprendió la victoria, pero había que rendir tributo.

Tanto es así que la organización se sacó de la manga un vídeo especial para conmemorar la efeméride. En él se pudo ver al Nadal sin mangas y con piratas, al Nadal con melenón, al más delgado que es el de ahora mismo. En todo caso un bonito homenaje a un jugador que se ha hecho grande en Roland Garros, pero que también ha hecho más grande el torneo con su esfuerzo, su dedicación y sus buenas maneras.

Hasta hicieron bajar a Toni Nadal con una réplica de la copa de los mosqueteros que se quedará en propiedad Nadal y que lleva su nombre. Es, por supuesto, un gesto inédito en el torneo. Y, lo más probable es que nunca jamás se vuelva a repetir, como es casi imposible que alguien logre lo que el español ha hecho en este campeonato.

El gran campeón devolvió tanto cariño con lágrimas, algo que no es en absoluto habitual en él. El llanto llegó cuando sonó el himno español, ante sus amigos y familia y ese público que por fin le quiere a la altura de su merecimiento. Dijo un poco lo de siempre, que para él esa pista y esa ciudad son algo muy especial. París es el contexto de su grandeza, el escenario de tanta gloria.

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