DEBUTÓ CON 19 AÑOS, HACE MÁS DE TRES DÉCADAS

Mike Thackwell, el talento precoz que dejaría 'pequeño' hasta a Max Verstappen

En una época sin las estructuras actuales, el talento natural de Mike Thackwell le llevó a la Fórmula 1 en tiempo récord, pero un accidente cambió su vida

Foto: Mike Thackwell. (imago sportfoto)
Mike Thackwell. (imago sportfoto)

¿Es Max Verstappen un caso singular al debutar el próximo domingo en el Gran Premio de Japón con 17 años recién cumplidos? Podría ser, pero Mike Thackwell, al debutar con 19 años en 1980, protagonizó un caso de precocidad que duró trés décadas al frente de la tabla de récords de la Fórmula 1. En el contexto de sus diferentes épocas, quizás el neozelandés dejará pequeño al piloto de Red Bull.

Porque cuando Thackwell debutó eran otros tiempos y otra Fórmula 1. No se empezaba a correr a los cuatro años, como Verstappen, no existían 'escaleras de talento', ni simuladores, managers o ‘Red Bull Junior Team’ y 'Gravity' que guiaran tus pasos con todo tipo de medios y expertos a tu disposición. Era el punto talento el que te hacía destacar.

La edad media para llegar a la Fórmula 1 estaba por encima de los veinticinco años. Ayrton Senna lo hizo con 24. Hasta que Jaime Alguersuari debutó en 2009, Thackwell fue la referencia de precocidad, y una ‘rara avis’ del automovilísmo. Hoy es una figura de culto para los entendidos de la Fórmula 1.

"La velocidad salía tan fácilmente..."

Mike Thackwell. (imago sportfoto)
Mike Thackwell. (imago sportfoto)

El neozelandés quizás haya sido de los mayores genios naturales en la historia de la Fórmula 1, y debía ser así para alcanzarla en tres temporadas y con semejante edad en una época donde el automovilismo deportivo no estaba tan estructurado como en el presente. Voló a velocidad de vértigo desde la Fórmula Ford a la Fórmula 1.

Con 16 años ya había emigrado desde su Nueva Zelanda natal a Australia, y luego a Gran Bretaña, donde empezó a competir con esa edad en la Fórmula Ford. “Para mí era tan fácil, desde el comienzo en las motos y karts en Australia, no quiero parecer arrogante, pero la velocidad salía tan fácilmente, que era todo alucinante, y muy divertido, no tenía miedo, y nada era difícil para mí”, explicaba en su última y rara entrevista, en la revista Motorsport ¿Talento natural, dicen?

Helmut Marko se hubiera vuelto loco con aquel chaval. Con su casco rojo y la T blanca en el frontal, llamó pronto la atención allá donde competía. “El Ayrton Senna de la época”, decía de él su rival y amigo, el también piloto James Weaver. En 1979, su segundo año en monoplazas, compitió en la Fórmula 3 Vandervell británica, batiendo entre otros a unos pilotos llamados Alain Prost y Nigel Mansell. Al año siguiente ya estaba en la Fórmula 2. Una categoría por año. Aunque la mecánica le dejaba tirado frecuentemente no pasó desapercibido y dos equipos diferentes, Ensing y Arrows le hicieron propuestas para la Fórmula 1. A la primera se negó, pero sí aceptó la segunda.

No podía con el cuello

Le subieron directamente al Arrows en Holanda, un ‘wing car’ de la época con una dureza de pilotaje desconocida para los pilotos actuales. Su cabeza bailaba como la de una marioneta. No se clasificó por muy poco, pero algo vió el gran Ken Tyrrell cuando le fichó inmediatamente para las dos últimas carreras de la temporada. En el Gran Premio de Canadá se clasificó “dos líneas por detrás de Villeneuve, mi héroe”.

Fue entonces cuando recibió la primera lección de lo que era la Fórmula 1. Se produjo un accidente múltiple en la parrilla. Thackwell salió de ella bien situado y podía dar la campanada. Pero la carrera se interrumpió. Los dos Tyrrell de Jarier y Daly quedaron dañados y el neozelandés tuvo que dejar su monoplaza a uno de los pilotos ante la presión del propio Ken Tyrrell para contentar a los patrocinadores. También corrió en Estados Unidos, pero pronto tuvo que abandonar.

"Otros aspectos de la vida cobraron más importancia"

Volvió a la Fórmula 2 en 1981, donde arrasaba hasta que un exceso de confianza en su brutal superioridad le provocó un grave accidente en el circuito de Thruxton. Golpeó con su casco el volante. No se rompió la cabeza, pero sí la abrió a una nueva perspectiva en la vida tras meses de recuperación. Ya no fue el mismo.

Nunca había mostrado la actitud monacal, obsesiva y de absoluta dedicación de las generaciones actuales. Más bien al contrario. “Cambié, nada que ver con la seguridad, pero necesitaba crecer, y otros aspectos de la vida comenzaron a tener más importancia, vivía en una burbuja, y el accidente me cambió”. Volvió en 1983 y, al año siguiente arrasó a pesar de su distanciamiento de la competición. Siete victorias en once carreras. También ganaba en la Fórmula 3000, en 1985.

Buscador de oro con su padre

Tyrrell y Ram le llamaron para la Fórmula 1, pero se había desilusionado con su vertiente corporativa y política. Porque el joven neozelandés no corría por ambición, sino por diversión, y su experiencia previa no le había convencido. “Cuando la vi por dentro, no me gustó, no estaba interesado en el dinero, la política, los patrocinadores o las campañas de seguridad, quizás era demasiado joven…” Corrió algunas carreras en prototipos durante un par de temporadas, pero ya no tenía el alma en las carreras. Lo dejó para volar helicópteros en las plataformas petrolíferas del Mar del Norte, y volvió con su padre a Australia para ayudarle a buscar oro, literalmente.

El neozelandés fue y sigue siendo una personalidad singular. Ni siquiera tiene coche en el presente, se mueve en bicicleta. Se dedica a leer, una de sus pasiones, ha dado clases de surf en el sur de Gran Bretaña, donde vive, y también a niños con discapacidades. Mantiene una pinta de lobo de mar salido de una película de Hollywood y todavía esa melena y ojos azules que rompían corazones allá en los ochenta. Pero lleva una vida anónima y la Fórmula 1 es un vago y lejano recuerdo. De hecho, cuando hace dos años fue localizado por la revista Motorsport, se negaba en principio a cualquier tipo de entrevista.

“Las cosas que vi en la Fórmula 1, la gente…no era para mí”. Para muchos, es el epítome del inmenso talento natural mal canalizado por su enorme precocidad incluso para los cánones del presente. Reconoce que sigue recibiendo fotografías de aficionados que le piden su autógrafo. Lo dicho, todavía hoy, Mike Thackwell es objeto de culto en la Fórmula 1.

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