Bernal sentencia medio Giro en unos Dolomitas que no fueron (y otros cuentos)
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Etapa 16

Bernal sentencia medio Giro en unos Dolomitas que no fueron (y otros cuentos)

Egan Bernal sentencia medio Giro en una carrera marcada por el recorte a causa de las condiciones climatológicas. El colombiano aumenta la distancia con sus rivales

placeholder Foto: Egan Bernal celebra su victoria en Los Dolomitas. (EFE)
Egan Bernal celebra su victoria en Los Dolomitas. (EFE)

Los Dolomitas. Ay, los Dolomitas, qué les voy a contar yo de los Dolomitas. Las montañas más chulas del mundo, dicen quienes conocen muchas (a mí me llevas más allá del Castro Valnera y ya me pierdo, ¿eh?... eso sí, tenemos unos hayedos preciosos). Con sus penachos calizos, sus grises rasgueados en blanco nieve, sus pinos surgiendo aquí y allá (hasta los pinos parecen más erguidos que en otros sitios, y no llevo claro si los irán moviendo para que queden mejor en las postales). Vamos, un paraíso. También un infierno, ojo. Sobre todo si vas en bici.

placeholder Egan Bernal cruza la línea de meta. (EFE)
Egan Bernal cruza la línea de meta. (EFE)

Dicen que la idea fue de Achille Starace, que era un tipo muy importante en esto del fascismo, y hasta presidente del Comité Olímpico Italiano (para escandalizarse, ¿no creen?... es como si un falangista hubiese sido presidente del Comité Olímpico Internacional... ¿cómo?, ¿qué?, esperen, que me están entrando dos o tres mensajes). Pues eso, que fue su ocurrencia. Porque en el Trentino, y en el Tirol del Sur y en todas aquellas zonas andaban los italianos un poco... bueno, un poco demasiado poco italianos. Vamos, que seguían hablando alemán, los muy protestantes, aduciendo no sé qué de que aquello era Italia solo desde la Primera Guerra Mundial, y que lo de Alto Adigio sonaba como a obertura de Puccini, y que a mí dame un buen Habsburgo, hombre, que son gente seria y de rasgos faciales bien definidos.

Más o menos, ya saben. Vamos, que si tú eres de un centralismo tirando a grandote (como le pasaba a Benito) aquello te sentaba cual patada en los mismísimos, y acababas rasgándote la camisa negra con lo de italianizar a aquellos italianos que no eran suficientemente italianos para lo italianos que somos nosotros. Mire, mire qué mentones mirando al cielo, mire que pechos más poderosos. Somos hijos de la Providencia y el futuro. Giovinneza, Giovinezza, Primavera di belleza. Aquel, el del fondo, esos agudos un poco menos agudos, qué se piensa que es esto...

Foto: Imagen del ciclista de Lasarte, Francisco Galdós Gauna

Pues eso, imaginó el bueno de Starace que el Giro era buena forma de nacionalizar a aquellos bárbaros irredentos. Para allá que se fue, a organizar el asunto. Los montañeses miraban un poco de esa manera, como con los ojos entrecerrados. Sí, excelencia, claro, excelencia. ¿Ha probado el speck? Pues oiga, delicioso... Lo tenemos curando durante meses. Sí, sí, aquí, colgados, como si fueran maleantes recién henchidos de justicia. ¿Le gusta la idea, señor Starace? Pruebe, pruebe. Es algo fuerte, pero merece la pena.

Los Dolomitas, juez del Giro

Así que... a los Dolomitas. En 1937 debutan. Rolle y Costalunga, etapa diecinueve. Gana Gino Bartali, casi seis minutos al segundo. Líder Gino Bartali, ocho minutos al segundo. Un día más tarde suben Mendola. Gana Bartali, sigue líder. La cosa es un éxito deportivo, pero va regular en lo político, porque Gino tiraba más a la Iglesia Católica, y nunca se puso una camisa demasiado oscura (eso es para los sacerdotes), y le costaba un montón levantar el brazo, y hostia, podía haber ganado un fascista en condiciones, ¿no?, que tampoco pedimos tanto, que para eso se manda aquí, joder, ya. Al año siguiente debutan Mauria y Fugazze, también Falzarego, Pordi y Sella en la inolvidable etapa de 1940, con Bartali y Coppi escapados desde la salida y Pavesi pagando cafés a cantineros afortunados. Bartali y Coppi. Un meapilas y un rojazo, joder. No tenemos suerte, camaradas, cualquier semana de estas hasta se nos travisten los balillas.

Foto: Fausto Coppi, leyenda del ciclismo italiano. (Archivo)

Desde ahí... la leyenda. Cada año (casi cada año) los Dolomitas son juez del Giro. Muchas veces deciden ganador final, siempre dejan estampas de esas que te tiras minutos y minutos mirándolas por la tele, como atontado, qué bonito todo, qué carreteras más chulas, mira cuánto tornanti, un día tengo que conocer esos puertos. Y luego miras tus piernas, y un poco también a eso que hay entre el pecho y el vientre, y decides que no, que no jodas, que mañana San Cipriano y a ritmo, no vayamos a cansarnos...

Antes se llegó a Gorizia, en etapa sin demasiada historia que iba a un sitio con demasiada historia. Curiosete. Vamos, que Gorizia es uno y trino, porque tenemos Gorizia, Novo Gorica y la vida de ambos. Una división complicada tras la Segunda Guerra Mundial, porque al Telón de acero le dio por caer justo allí y a alguno casi le pilla las manucas. Un poco como lo de Trieste, solo que en pequeño, claro. Al final... pues eso, división, un nuevo pueblo que nace en el país de Tito y Gorizia se queda con sus colegas italianos. Gente curiosa, los de Gorizia. Carlo Rubbia, que es Premio Nobel de Física (un Premio Nobel, querido lector es como ganar Giro y Tour el mismo año), por lo que debe ser tipo listísimo (más que Lefevere, incluso). O Isabel de Carintia, que fue soberana de Sicilia, aquel reino tan de peli, con sus vikingos ya normandizados, sus musulmanes, sus ruinas griegas, su solecito en primavera, sus torradas en verano. Otro día hablamos de eso...

placeholder Campenaerts se impuso en Gorizia. (EFE)
Campenaerts se impuso en Gorizia. (EFE)

Así que... Gorizia. Un montón de historia, dijimos. Muy poca historia en la etapa, debemos añadir. Lo siento mucho, no es cosa mía, son los recorridos, y las piernas, y la fatiga, ¿eh?, la fatiga, qué duro es este deporte. Todo unido. Vamos, que nada. Casi nada. Tanto para tan poco. Victoria de Campenaerts. Otra vez que llegan los muchachos de la fuga. Diferencias grandes. Enormes. Inmensas. De bochorno. Empezamos a tener la mosca zumbando aquí, detrás de al orejilla. Igual... no sé, no es cosa de volverte osado con afirmaciones fuertes, pero igual... a lo mejor todas estas etapas se están corriendo a ritmillos un poco así como... fáciles, ¿no? Vamos, que el Giro se lo están fumando como usted aquel examen de Derecho Administrativo que tenía un sábado por la mañana (ya es mala leche poner esa hora, también te comento). Poca épica (en aquel examen no, en aquel examen hubo épica a borbotones). Ah, se cayó Buchmann y abandonó, cuando aun no se llevaban ni diez kilómetros. Parecía ir progresando. Sin despertar hordas de fans, pero lo parecía. En fin. Gorizia.

Y después... los Dolomitas. Ya era hora. Ciclismo del bueno, del de verdad. Historia y competición. Este año, menú de los gordos. De los clásicos, también. La Crosetta de salida (tachuelilla, apenas doce kilómetros al siete por ciento, ya saben), luego Fedaia, Pordoi, Giau. Vuelvan a leerlo. Fedaia, Pordoi, Giau. La Malga Ciapela, Bugno muriéndose y siendo más elegante que usted el día de su boda, Olano pillando a Tonkov (lo juro), a Roche que le escupen y él saluda sonriente, Lejarreta hundiéndose año tras año. Qué de risas. Qué de miedos.

Foto: El ciclista Marino Lejarreta

¿Miedos? ¿Dijimos miedos? Demasiado. Confusión, porque nadie quiere responsabilizarse de algo tan aberrante. ¿En pocas palabras? Los organizadores se cepillan Fedaia y Pordoi, porque hace frío allá arriba y estos sanos muchachos pueden quedarse pajarines. Así que mutilación a lo grande, Giau como único puerto a distancia “normal” y una sensación bien gorda de que el Giro está entre Moser y Saronni, ustedes me entienden. Cómo será el asunto que hasta los ciclistas dicen que por ellos bien, que ellos quieren correr, pero que la UCI y el Giro les obligan a no hacerlo. La culpa es tuya. No, tuya. No, del de más allá. Entre medias... se nos muere el ciclismo.

Una etapa muy cómoda

Bien, vamos a hablar desde el sillón de mi casa, por si alguno duda. Es decir, que me adelanto a las quejas de “es que calentito en tu hogar es muy fácil”, “es que nunca has hecho doscientos kilómetros bajo la lluvia”, “es que los periodistas no corréis en bici, porque estáis gordos, y sois viejos, y qué sabréis de estas cosas”. Todo eso lo pueden decir, porque es verdad, y me importa bastante poco. Planteado el asunto... una vergüenza. Tenemos videos (porque hoy en día hay videos de todo) grabados en Fedaia y Pordoi.

¿Hay nieve? Hay nieve. ¿Está la carretera limpia? Está la carretera limpia. Frío hace, claro, porque a dos mil metros suele hacer frío. Pero ni siquiera anda la temperatura por debajo de los cero grados. Y estos tipos tienen la mejor ropa térmica a su alcance. Y los frenos de disco frenan acojonantemente en mojado, hasta un punto tal que es como descender sobre buena carretera bien sequita. Y además hay medio centenar de coches siguiendo la prueba, así que nadie corre peligro de quedarse perdido en la montaña a merced de tigres blancos. Y que se podía haber hecho todo perfectamente, cojones, ya, que esto es ciclismo en ruta, que para no mojarnos tenemos los velódromos. Ni es el Gavia, ni es Stelvio´65, ni es el Bondone. Cuando los protagonistas quieren correr y argumentan que la propia organización no les deja... raro.

placeholder Egan Bernal y Peter Sagan charlan antes de iniciar la etapa. (EFE)
Egan Bernal y Peter Sagan charlan antes de iniciar la etapa. (EFE)

Dos apreciaciones. Aquí no queremos circos romanos, porque circos tenemos de sobra en la tele. No se busca la agonía por la agonía, pero sí mantener ciertos elementos clásicos que han dibujado a este bendito deporte hasta lo que ahora es (o fue). Yo no disfrutaré nunca viendo a un tipo tiritando en la cuneta mientras intenta ponerse el chubasquero, pero es que hablamos de otra cosa. Si convertimos esto en una serie de salidas a veinte grados y con solecito acabará pareciéndose demasiado a mi calendario de entrenamiento. Y, oiga, nadie paga por verme entrenar. Bueno, igual sí (debe ser bastante grotesco) pero es otra cosa diferente al ciclismo pro.

La segunda es plantearnos si realmente queremos metamorfosear el asunto. O, dicho de otra forma, si se anhela cambiar para siempre lo de la bici en ruta. En tal caso... sean ustedes honestos, y díganlo. Los ciclistas que hacen huelgas de piernas caídas de vez en cuando, los directores que levantan la voz contra etapas largas, los organizadores que aplican protocolos meteorológicos cuando el día pinta regular pero no dramático... Si buscan meter mano a los cimientos y transformar las carreras de bici en otra cosa (menos kilómetros, más dinamismo, más colorines, más estética vendible en youtube) me lo dicen, lo discutimos y ya está. Pero de frente... nada de ciscarse en lo que siempre fue, en lo que siempre pensábamos que iba a ser. Si creen que es mejor para todos jugar al scalextric antes que correr el París-Dakar... bueno, no lo comparto, pero podemos entrar a debatir. Ahora, no me cambien una cosa por otra sin justificarse. O, dicho de otra forma, si me llevan a ver Macbeth luego que no llegue allí y los protagonistas sean El Rubius y Belén Esteban...

Dicho esto (abierto el paraguas para las críticas de los pelotas, los del seguidismo absoluto, y los “aplaude-famosos”) vamos a la etapa. A lo que fue la etapa, lo que debió haber sido ya dijimos más arriba. ¿Saben qué? Olviden todo eso de Coppi, y de Bartali, olviden a Bugno, a Tonkov. Solo les sirve para deprimir su ánimo. O no. Disfruten el pasado, pero bajo su estricta responsabilidad.

Una carrera sin grandes sobresaltos

¿La carrera? Bien gracias. Poca historia. Porque encima ni se vio, no se lo pierdan. Digamos que subiendo Giau pone ritmillo Education First, porque Carthy es uno de los que más elevó sus quejas cuando todo eso del recorte. Para entonces ya no estaba en el primer grupo Evenepoel, que parece totalmente fuera de sitio y seguramente ni salga el miércoles. Toca reflexionar sobre las expectativas excesivas que había sobre el chaval (error de todos, y ahí me incluyo) y sobre la extravagante preparación que se ha traído hasta la Corsa Rosa (y eso ya es solo culpa de Deceuninck). En fin, al menos es joven, otros ni eso.

A lo nuestro. Que tira Bettiol, tira Van Garderen (recién vuelto de sus vacaciones en la ignota Kadath), tira Simon Carr. Para nada. Quedan unos kilómetros hasta la cima y ataca la maglia rosa. Solo que Bernal no va de rosa, sino de negro, porque lleva puesto el chubasquero. Se lo quitará cuando falten unos cientos de metros a meta, perdiendo segundos a puñados pero dejando una foto bonita para colgar en casa. Los unos le sobran, de las otras cada vez tiene más.

Foto: Remco Evenepoel celebra una victoria en Polonia. (EFE)

Atacó Bernal, decimos y... nada. La señal a tomar por saco, imágenes fijas, repeticiones que confunden a comentaristas poco atentos, referencias congeladas como mamuts en permafrost. Unas risas. Qué bonitos estos Giros de los ochenta (solo que entonces corrieron el Gavia y Corvara y las Tres Cimas). Dicen que hay osos polares atacando ciclistas durante el descenso, Viserion lanza llamaradas azules más allá del Muro, Brandon el Constructor tallando dos o tres morrillos y pingüinos de esos graciosetes que cruzan la carretera a la salida de cada curva. O algo así. Lo contrario (no nieve, no niebla, no Dante) sería algo bastante chapucero, ¿verdad?

En fin, que nos vamos a Cortina d´Ampezzo. A ver a la gente. Muy majos todos. Cada vez que los enfocaban, mascarilla abajo para salir guapos en la tele. Tiene buenas tiendas, Cortina. Mira qué chulo el empedrado, en Cortina. Vaya pedazo de campanario, el campanario de Cortina. Así veinte kilómetros.

Y oigan, que todo más o menos como pensábamos. Bernal gana y sentencia. No por tiempos, quizá, pero sí en cuanto a sensaciones. El más fuerte, en el mejor equipo y ante el terreno más favorable. Tiene pinta que con el recorrido inicialmente previsto la hostia hubiese sido aun mayor. Salvo desgracia, es suyo. Por detrás Bardet (que baja muy bien y parece ir entonando) y Caruso, que un día se pone el maillot de Mazzoleni, otro el de Bruseghin y al tercero sale vestido de Pellizotti o Giupponi, seguro que me entienden. Carthy quiere pero no puede, Ciccone llega hasta donde llega. Vlásov en goteo creciente. A Simon Yates le tocaba un día “no”. El resto, comparsas. Se queda Bernal con el segundo a dos minutos, el tercero a tres, el cuarto a cuatro. Todo muy ordenado. Como las seis maglias rosas que tiene ya pedidas, talla escalador moderno.

Fue la (única) cara amable de un día enfurruñado desde el principio.

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