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El escándalo Carlsen-Niemann: ¿cómo se le hacen trampas al mayor genio del ajedrez?
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muchas dudas, pocas certezas

El escándalo Carlsen-Niemann: ¿cómo se le hacen trampas al mayor genio del ajedrez?

El campeón del mundo ha acusado directamente al estadounidense de hacer trampas, pero no ha aportado pruebas. ¿Es realmente posible hacer trampas en un torneo en vivo de ajedrez?

Foto:  Magnus Carlsen. (EFE/EPA/Ali Haider)
Magnus Carlsen. (EFE/EPA/Ali Haider)

Hace apenas unos meses, Hans Moke Niemann era solo un jugador más de ajedrez. Se movía entre el puesto 80 y el 40 del mundo, suficiente para vivir cómodamente de su juego, pero muy lejos de una élite que domina con puño de hierro los torneos más importantes. Pero eso era hace unos meses. Hoy, Niemann es el jugador de ajedrez más famoso del mundo.

Y no ha alcanzado ese estatus por su talento sobre el tablero, precisamente. Su nombre está bajo todos los focos después de que Magnus Carlsen, cinco veces campeón del mundo y mejor ajedrecista de la historia, le haya acusado directamente de hacer trampas. "Creo que Niemann ha hecho trampas —y más recientemente— de lo que ha admitido", dice el noruego en un comunicado, recordando que el estadounidense admitió haber engañado cuando tenía 12 y 16 años en partidas por internet.

Foto: Magnus Carlsen durante un torneo en Países Bajos. (EFE/Olaf Kraak)

Carlsen no ha aportado evidencias sólidas del engaño y solo ha afirmado que "estoy muy limitado en lo que puedo decir sin el permiso explícito de Niemann para hablar con libertad". Desliza así que tiene pruebas y pone la pelota en el tejado del acusado.

El caso, en el que han entrado también otros miembros del exclusivo club que es la superélite del ajedrez, tiene muchas dudas, pocas certezas y ninguna prueba. Cabe incluso hacerse una pregunta más que razonable: ¿cómo se le hacen trampas al mayor genio de la historia del ajedrez en uno de los torneos más importantes del año?

¿Por qué Carlsen cree que le han hecho trampas?

El inicio de esta historia hay que situarlo en el 24 de agosto. Fue entonces cuando Richard Rapport anunciaba que no podría viajar a San Luis para jugar la Sinquefield Cup al haber dado positivo por covid. Su lugar en el torneo de partidas clásicas lo iba a ocupar el local Hans Niemann, número 51 del mundo. Ahí saltaron todas las alarmas. Carlsen estuvo a punto de retirarse, mientras que otros como el subcampeón del mundo, el ruso Ian Nepomniachtchi, pidieron a la organización que aumentara los controles antitrampas.

El club de San Luis no se debió tomar demasiado en serio la amenaza a la limpieza de las partidas y continuó con su idea de emitir el torneo en 'streaming'. Las partidas se podían seguir al segundo. En la cuarta ronda, Niemann se enfrentaba a Carlsen con la desventaja de iniciativa que supone dirigir las piezas negras. La partida empezó con normalidad hasta el cuarto movimiento: el noruego desplazó su peón de la columna G hasta la tercera fila, una variante en absoluto habitual.

Tras dos movimientos normales más por lado, Niemann se toma ocho minutos para pensar. Jugadas después, en la novena, Carlsen enroca y aquí viene el primer movimiento que hizo enarcar la ceja al campeón del mundo. Niemann capturó el peón de la columna D y Magnus tomó con la dama entrando en lo que se considera una novedad. Es decir, nunca se había registrado una partida con esta distribución de piezas.

Lo normal en ese momento es que el estadounidense se pusiera a pensar durante largo tiempo. El tablero presenta una posición jamás vista en la historia del ajedrez, por lo que la preparación para jugarla es, en teoría, inexistente, y eso exige tiempo para los cálculos de cara a no cometer una imprecisión. Sin embargo, Niemann ejecutó sus tres siguientes movimientos en seis segundos o menos.

El cerebro de Carlsen debió implosionar. Su preparación para una novedad saltaba por los aires, le estaban respondiendo todo con máxima precisión y en apenas segundos. La única explicación es que Niemann estuviera totalmente preparado para contrarrestar una posición que ni Carlsen ni ningún otro jugador de la historia habían jugado nunca.

La pregunta del millón es, por tanto, cómo sabía Niemann que se iba a jugar esa posición. Es comprensible que Carlsen empezara a pensar, y más si ya tenía sospechas previas y conocía los antecedentes del rival, que le estaban ayudando o que alguien había entrado en su ordenador y había robado su preparación.

Foto: Magnus Carlsen.

Niemann se excusó alegando que Carlsen ya había jugado una apertura similar. Y sí, los primeros movimientos se habían dado en una partida del noruego... de hace 16 años y solo en las primeras cinco jugadas. Algo no le cuadraba a Carlsen, que en la jugada 19 se pasó una hora pensando, mientras su rival nunca pasó más de 12 minutos calculando un movimiento.

La partida acabó con la victoria con negras del estadounidense, que rompía la racha de 53 partidas de clásicas invicto del noruego, que revalidó sus dos últimos títulos de campeón del mundo sin perder ninguno de los encuentros. Al día siguiente, Carlsen anunció que se retiraba del torneo y desató la tormenta en la que ahora nos encontramos.

¿Es realmente posible hacer trampas en directo?

La respuesta más rápida es que sí. Pero, claro, hay matices. Los organizadores de torneos han mejorado sustancialmente los controles para evitar los engaños, pero siempre hay que contar con que el infractor suele ir un paso por delante.

Lo habitual a la hora de hacer trampas es que el jugador se comunique con alguien del exterior que le canta las jugadas perfectas gracias a un ordenador. El infractor suele mezclar movimientos muy precisos con algunos que no lo son tanto para tratar de despistar, pero a la postre ganará la partida, pues cualquier teléfono móvil es capaz de vencer al mejor ajedrecista humano sin dificultad.

placeholder Magnus Carlsen durante la pasada Olimpiada de ajedrez. (Reuters)
Magnus Carlsen durante la pasada Olimpiada de ajedrez. (Reuters)

Niemann, como todos sus rivales, entró a la sala de juego sin dispositivos electrónicos y después de atravesar un arco que detecta cualquier pulso electromagnético. Eso, claro, no asegura fiabilidad absoluta. Como medida de seguridad, la organización colocó un 'delay' de 15 minutos en la emisión en directo del torneo tras la partida entre Niemann y Carlsen. Casualmente, el estadounidense, que venía invicto en las tres primeras rondas, no volvió a ganar ninguna partida en el torneo y firmó cuatro empates y dos derrotas.

La práctica más extendida a la hora de hacer trampas es la colocación de un dispositivo adhesivo, por ejemplo en el interior del zapato o en el tobillo, a través del que mandar vibraciones que faciliten la comunicación en morse o un código previamente establecido con el infractor. De nuevo, parece difícil que se pudiera llevar a cabo, pero no es ni mucho menos imposible.

Otra opción es que se produjera un hackeo en el ordenador de Carlsen. Niemann tendría así los movimientos y solo tendría que aprendérselos de memoria con la respuesta correspondiente, algo muy sencillo para cualquier ajedrecista de cierto nivel. El noruego ha apuntado con indirectas al equipo de Niemann, cuyo entrenador, Maxim Dlugy, fue sancionado por hacer trampas en 2017.

No valen los antecedentes

Mirar al pasado para tratar de hallar algún indicio de cómo Niemann puede haber hecho trampas sería un ejercicio inútil. Los sistemas de prevención han avanzado, del mismo modo que lo han hecho las tácticas de los infractores.

Lejos quedan aquellas teorías de Victor Korchnoi, que durante una partida por el campeonato del mundo de 1978 en Filipinas acusó a Anatoli Karpov de comunicarse con sus asesores a través de un código de colores según la bebida que le traían. Poco después decidió jugar las partidas con gafas de sol alegando que Karpov había contratado a un hipnotizador y le había colocado en primera fila.

placeholder Anatali Karpov en una imagen de archivo. (EFE)
Anatali Karpov en una imagen de archivo. (EFE)

Los últimos escándalos de trampas en directo no están tan lejanos. En 2010, el francés Sebastien Feller fue sancionado tres años por comunicarse con dos personas que le pasaban los movimientos durante una partida en directo, mientras que el georgiano Gaioz Nigalidze decidió utilizar la táctica de esconder un móvil en la cisterna del baño y pedir repetidamente ir a hacer sus necesidades. Le pillaron, claro.

Cualquier estrategia para hacer trampas es difícil de entender. Primero, y menos importante, por el compromiso de respeto al ajedrez. Y segundo, y obviamente mucho más importante, por el hecho de que los jugadores de altísimo nivel tienen unos ingresos muy importantes que les permiten tener un alto nivel de vida. ¿Tiene sentido arriesgarlo todo por ganarle una partida al mayor genio de la historia del ajedrez?

Hace apenas unos meses, Hans Moke Niemann era solo un jugador más de ajedrez. Se movía entre el puesto 80 y el 40 del mundo, suficiente para vivir cómodamente de su juego, pero muy lejos de una élite que domina con puño de hierro los torneos más importantes. Pero eso era hace unos meses. Hoy, Niemann es el jugador de ajedrez más famoso del mundo.

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