González, el gigante de 2,32 por el que suspiraron NBA y WWE y murió solo a los 44
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LLEGÓ A PELEAR CONTRA THE UNDERTAKER

González, el gigante de 2,32 por el que suspiraron NBA y WWE y murió solo a los 44

Cuentan que Jorge tenía acromegalia, una enfermedad que básicamente hace al cuerpo producir hormona del crecimiento por encima de sus posibilidades. Lo que antes llamaban gigantismo

Foto: González, en su lucha contra The Undertaker. (WWE)
González, en su lucha contra The Undertaker. (WWE)

A Jorge González lo llamaron 'Gigante' desde chiquito. Y tampoco es de extrañar, oigan, porque cuando tenía 10 años parecía de 15, a los 15 miraba por encima del hombro a todos los hombres y de la que se hizo mayor (en esa edad en la que todos queremos seguir siendo niños), ya hasta oteaba la lluvia más allá de las nubes. Oye, Jorge, ¿qué tiempo hará mañana? ¿Crees que podremos salir a vender baratijas? Y Jorge enderezaba sus 230 centímetros, olisqueaba y decía sí o no, dependiendo de lo que le contasen las aves del cielo. Algo así.

De pequeño (pero él nunca fue pequeño), Jorge empezó a crecer más que los otros. Nació en 1966. Ciudad de El Colorado, muy cerquita de la frontera con Paraguay, justo a la orilla de un río que se llama Bermejo, porque los argentinos demuestran léxico hasta para no repetir topónimos. A mitad de camino entre dos océanos, para que nos entiendan, solo que él llegaba a ver ambos si se ponía de puntillas. Cuentan que Jorge tenía acromegalia, una enfermedad que básicamente hace al cuerpo producir hormona del crecimiento por encima de sus posibilidades. Lo que antes llamaban gigantismo, vaya. Solo que esas son palabras de médicos y doctores. Allá, en mitad de una miseria que a veces le hurtaba el pan de la boca, Jorge era solo grande.

placeholder Jorge pelea un rebote con Romay, de 2,13, que a su lado parece un niño. (Efe)
Jorge pelea un rebote con Romay, de 2,13, que a su lado parece un niño. (Efe)

Bueno, solo no. Mucho. Muy. El tipo medía 2,15 cuando aún era adolescente, que es talla de pívot bueno en Europa y edad de mozo trasto en la Argentina rural. Y, claro, con ese porte acabó jugando al baloncesto. Qué es esto de la pelota, cómo se mete en ese aro tan chico, quién puede divertirse con estas cosas. En su camino, se cruzan algunos de los tótems del deporte allá. Óscar Rozanovich, por ejemplo, que vio un quinceañero sin final comprando cigarrillos y le preguntó si jugaba al básket (baloncesto y básket lo vamos a usar como sinónimos... Lo aclaramos por si son ustedes centrales de alto nivel). Que no, oiga, si ni siquiera tienen zapatillas para mí. Un 56 calzo, créame. La voz que se corre y acaba llegando hasta Najdunel, seleccionador de la albiceleste. Muchos no saben que Argentina fue la primera campeona mundial de este deporte, allá por 1950. Para vengarse de lo del fútbol, seguramente. Que tercero fue Chile, cuarto Brasil, quinto Egipto y séptimo Perú, vale, pero también salieron los Estados Unidos como subcampeón y andaban por allí Francia, España o Yugoslavia. La cosa es que, tras ese fulgurante comienzo, el basquetbol había entrado en crisis por allá, y un (muy optimista) Najdunel pensó que el futuro estaba en aquel chaval grandote, de pocas palabras y humor socarrón (cuando el humor le salía).

placeholder Jorge Gónzalez, en su época como jugador de baloncesto. (Archivo)
Jorge Gónzalez, en su época como jugador de baloncesto. (Archivo)

Porque, además, sigue creciendo. Juega en Gimnasia y Esgrima, que es uno de los nombres de equipo más acojonantes que conozco. Luego va al Sport Club Cañadense (paso atrás en lo 'cool' de la denominación, sin duda). El tipo ya anda por los dos metros y 30 centímetros, que es cosa digna de tenerse en cuenta (más aún en la época), así que debuta con la albiceleste. Y se le empieza a poner pinta ochentera...

Porque se viene para España, a jugar nada menos que el Torneo de Navidad, ese organizado por el Real Madrid, algo tan tópico, tan de su época, como la Movida o la farlopa (y disculpen la reiteración). Una cosa entre la competición y lo festivo (que devenía en erótico-festivo horas más tarde) donde paseaban melenas, bigotones y, en general, pintas de chuloputas tipos como Sabonis (rompiendo moldes, y tableros) o Petrović. Publicidad de Larios, Licor 43 o Winston, nube de humo en el recinto. Cuentan que algún espectador hasta estaba sobrio...

A la NBA con los Atlanta Hawks

Pues bien, por allí que aparece Jorge González. Año 1986. Y destaca, claro. No por bueno (el tipo era lento y torpón), pero es que... oigan. Alto como un madroño. Entre ese escaparate (en Navidad hay un montón de cámaras y normalmente pocas noticias) y el Torneo de las Américas de 1988, algunos ojos se posan en él. Ojos de los buenos, de los yanquis. Madre mía, allí sí que hay plata. Y él parece en disposición de zambullirse en ella. Atlanta Hawks lo escoge en el 'draft'. Primer argentino de la historia. El puesto no luce demasiado (cuarto de la tercera ronda, puesto 54 total, justo por detrás de Anthony Mason), pero aun así... Vas a ser famoso, Jorge. Vas a serlo. Acuérdate de tus amigos.

Si al muchacho hasta una vez lo tuvieron que pesar en una báscula para camiones

Solo que... En fin, que a veces no. González se va para Atlanta y le dicen que, oiga, a ver, cómo explicarle sin que se ofenda... está usted fondón, amigo. Fondón. No sé si me entiende. Vale que mida 230 centímetros (llegó hasta los 232, pero ya a estas alturas qué importan unos dedos arriba o abajo), pero es que los kilos... Por 180 que anda, nada menos, y así no hay manera. Que aquí corremos, y ninguna rodilla aguanta eso. Si hasta cojea al andar, buen hombre, cuando le pille por banda Laimbeer posiblemente lo mande al hospital. Un poco cabrón, Laimbeer, no sé si lo conoce. En fin, me pierdo... que adelgace. Baje... no sé, ¿30 kilos?, y luego ya hablamos. ¿Le parece? Vale, tome, este es mi teléfono. Y recuerde, nada de fritos, donuts y similares, que van directos a las caderas, jajaja. Si es que soy la monda.

Nada, batalla perdida. Si al muchacho hasta una vez lo tuvieron que pesar en una báscula para camiones. O eso nos cuenta la leyenda. No me digan que no es pintoresco. Nunca debutó con los Hawks. Pero igual en Estados Unidos podría hacer carrera de otra forma... Es que, mírenme. No querrán que me ponga en una oficina a teclear, ¿no? Si con un dedo pico cinco letras, amigos. No, tiene que haber algo. Algo más. A ver... sí, quizás en TNT.

Reclutado para el 'pressing catch'

TNT es el acrónimo de Turner Networking Television. La tele de Ted Turner, vaya, que estos yanquis son muy de ponerle su nombre a los nombres. Allí emitían cada semana una cosa que se llamaba WCW (World Championship Wrestling) y que consistía en... bueno, a ver cómo se lo explico... era algo de tipos grandotes con disfraces llamativos pegándose pero en plan mentirijillas. Aquí en España lo empezó a emitir Telecinco con el nombre de 'pressing catch', porque nunca se está suficientemente ebrio a la hora de escoger títulos, y porque “señores en calzoncillos, pasados de esteroides, sudando mucho y abrazándose” quedaba demasiado largo, supongo. Vamos, que al Gigante González lo reclutaron a través de Richard Kane (mismo ojeador que se lo había llevado a Atlanta) para esa típica lucha libre estadounidense que iba de ciudad en ciudad proporcionando circo, teatro y algunas cabriolas. Oh, sí...

Evidentemente, sus labores no iban a ser los saltos, ni los movimientos arriesgados ni la velocidad. No, la principal característica de González era ser grandote (ya ven, los hay que solo son guapos y nadie les dice nada), así que lo llamaron 'Giant' y lo metieron allí a repartirse hostias flojas con Ric Flair, Sting y Lex Luger. Leyendas de esto, amigos, sea esto lo que sea. Entrenó un año para prepararse y luego estuvo otros tres en la empresa de Turner, que ya de aquellas saludaba desde el palco junto a Jane Fonda. Firmó contrato para tres temporadas, en total, unos 600.000 dólares. Jamás soñó con ganar tanto...

Se movía con dificultad, como golpes estrella presentaba cabezazos y palmadas en pecho ajeno

Digamos que ver a González no era algo demasiado divertido (y estamos siendo suaves). Se movía con dificultad, como golpes estrella presentaba cabezazos y palmadas en pecho ajeno (que suenan como un látigo restallando, chas, pero seguramente son de poca efectividad en una pelea entre quinquis de barrio) y, en general, se caía poco, torpe y mal. Pero joder, es que era tan grande... Tanto que Vince McMahon puso sus ojos en él y se lo llevó para la WWF, que es la empresa que todos ustedes conocen, porque allí salían el Último Guerrero, y Hulk Hogan, y Los Sacamantecas, y éramos jóvenes, y los sábados por la mañana no había resacas y la vida era un lugar mejor... Seguro que saben a qué me refiero.

En fin, allí debuta el Gigante, porque un tipo de tal tamaño siempre hace falta en este negocio, y de esas acababa de fallecer André Roussimof después de pasarse los últimos años bebiendo cerveza en papeleras y recordando cuando Samuel Beckett le llevaba en coche, y luego La Princesa Prometida, qué bueno aquello de “me llamo Íñigo Montoya” etcétera, joder, qué gran frase. En fin, hacía falta un Maciste (o un Mazinger) para oponerse a los pequeñajos, y nuestro protagonista encajaba a la perfección. Que, oigan, con lo que le costaba encajar en sitios, tampoco es plan de ponerse exquisito.

Llegó a luchar en Wrestlemania (que es como los Juegos Olímpicos de este tinglado), nada menos que frente al Enterrador

Es una estrella, además. En la WWF le ponen, posiblemente, el traje más feo de toda la historia en la televisión mundial, una especie de buzo que semejaba desnudez (pero sin gónadas, por si acaso) y tenía pelos en hombros y espalda, porque se supone que si eres alto tiendes al hirsutismo, supongo. Llegó a luchar en Wrestlemania (que es como los Juegos Olímpicos de este tinglado), nada menos que frente al Enterrador. Y si usted no sabe quién es el Enterrador le felicito, porque es un 'posmillennial', y tiene los mejores años de su vida por delante, y no peina canas en el flequillo, y, la verdad, no sé qué hace leyendo esto con la de cosas interesantes que tiene en la calle para hacer. En serio. 'Carpe diem'. Pues eso, que perdió contra Undertaker (porque todo el mundo perdía contra el Undertaker, ojo, salvo Tito Santana, que sacó el brazo de una bolsa para cadáveres, lo juro, y todos nos los creímos, y, oye, ahora entiendo muchas cosas), y su carrera iba para arriba. Una estrella.

En lo suyo, pero una estrella. Cameos en las series. 'Los vigilantes de la playa', por ejemplo, que es mal sitio para aspirar al Oscar, pero luce bastante a la hora de hacerse fotos. Muñequitos con su figura (con idéntico tamaño a los otros, lo que era a todas luces un timo). Lujo, entrenamiento, trabajo. También mujeres y excesos, claro. Los tiempos felices, recuerda después.

placeholder Así salía al ring Jorge González. (WWE)
Así salía al ring Jorge González. (WWE)

Perdió todo por estar con la familia

"Se murió mi mamá", le dirá años más tarde a la periodista Leila Guerriero. "Se murió mi mamá, y yo me vine a la Argentina, tardé tanto en llegar que no pude asistir al funeral, y luego pasé aquí un tiempo, porque no podía dejar sola a la familia. Ellos, los americanos, no lo entendieron, y ahí perdí todo. Me echaron. Ya nunca más sería el Gigante luchador, solo Gigante, a secas. Seguí un poco en Japón, que hay mucha afición por estas cosas, pero no era lo mismo. Menos dinero, más dureza. Terminé regresando. No más mallas ridículas, no más poner cara de malo. Para qué...".

Tenía, además, problemas de salud. El peso, como siempre, que alcanzó los 200 kilos. Una diabetes, efecto secundario de su acromegalia. Cuentan que se llegó a desmayar en su último combate japonés. Lipotimia. ¿Las rodillas? Destrozadas. Cada vez más dolor. Qué sentido tiene. Solo que la vida le fue injusta. Él, que tanto había ganado, pronto empezó a ver que todo se le fue perdiendo. Poco a poco. Con el éxito, brotaron amigos por cada esquina; cuando empezó a marchitarse, se dio cuenta de que cada vez quedaban menos. A veces salía en la tele, o en viejos reportajes que recordaban sus años de gloria. Pero nada más. Apenas podía sostenerse en pie. Muletas, primero, incluso una silla de ruedas más tarde. Vivía casi en la pobreza. Qué lejos quedaban las playas de Malibú, Pamela Anderson y las otras chicas.

Al final, en 2010, murió Jorge González. Estaba en un centro asistencial de San Martín. Tenía solo 44 años, mil problemas de salud y tantos centímetros como historias para contar. Algunas sobre deporte. Otras, las buenas, vaya usted a saber de qué...

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