'Pearl': ¿puede una culturista ser madre?
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'Pearl': ¿puede una culturista ser madre?

La ópera prima de la francesa Elsa Amiel, 'Pearl', es una puerta al fascinante mundo del culturismo de la mano de Julia Föry, profesional del 'fitness'

placeholder Foto: Julie Föry, en una imagen de la película. (Surtsey)
Julie Föry, en una imagen de la película. (Surtsey)

La ópera prima de la francesa Elsa Amiel, 'Pearl', es una puerta al fascinante mundo del culturismo. Cualquiera que haya echado un ojo a las competiciones de 'fitness' no podrá negar que existe algo hipnótico y mágico en el cartón piedra que reviste los campeonatos de una disciplina en la que los participantes se embadurnan de un bronceador evidentemente artificial, se enfundan en ropa de baño nanométrica y abultan sus músculos hasta la hipertrofia. Cuanto más exagerado, mejor. Ellas, muchas, llevan pestañas postizas y uñas de gel como una extraña reivindicación de su feminidad distraída por unos pectorales rígidos y contraídos que ocultan sus mamas. Ellos simplemente responden al estereotipo amplificado de hombre metrosexual, bien depilado, desgrasado y duro. Y Amiel aprovecha esa estética del exceso para rodar una película cálida y sencilla que sobrevive al brilli brilli, aunque, quizá, le falta pasarse un poco de frenada.

Tráiler de 'Pearl'

Para el papel de Pearl, Amiel ha sido consciente de la necesidad de un cuerpo y una cara real de quien ha trabajado intensamente el circuito. Y los encuentra en Julia Föry, culturista suiza que aporta a la protagonista una dignidad y una verdad que hubieran sido difíciles de conseguir a base de prótesis. Rodada hace más de tres años, el cuerpo de Föry no ha llegado al nivel de definición e hipertrofia del que hoy enseña en las redes sociales y que demuestra el grado de sacrificio casi masoquista necesario para moldear la carne de una manera tan extrema.

placeholder Pearl habla con su entrenador, interpretado por Peter Mullan. (Surtsey)
Pearl habla con su entrenador, interpretado por Peter Mullan. (Surtsey)

Para conseguir ese cuerpo, aparte de una dieta muy estricta a base de cócteles de proteínas y medicamentos —anabolizantes también—, muchas mujeres tienen que renunciar a su feminidad hasta el punto de perder la regla. Someten al cuerpo a tantas tensiones y controles —no pueden beber agua días antes de la competición para que la piel se encoja y el músculo quede más definido— que en algunos casos llegan a perder la regla. En un momento de una sesión de fotos profesional, a Pearl le llega repentinamente un periodo que hacía años que no tenía ni echaba de menos. Y este conflicto se materializa aún más con la aparición de Joseph (Vidal Arzoni) el hijo pequeño que abandonó a cargo de un exnovio que ahora ha vuelto para que se encargue del chaval.

Se está celebrando la final por el título Miss Heaven y Pearl y su entrenador se preparan para poner a punto la maquinaria. Trescientos gramos más de líquido se convierten en una obsesión a eliminar. La directora rueda los músculos tensándose y destensándose, cuerpos voluminosos en plena transmutación, con las venas marcadas bajo la purpurina del unto. Un culturista con piernas ortopédicas se exhibe en un patio mientras el entrenador de Pearl (Peter Mullan) sueña con ser como él. Hay pocos momentos en los que la película cae en lo grotesco, pero los hay. Tampoco es demasiado sutil a la hora de desplegar las metáforas visuales que comunican los estados de ánimo de los personajes. Pero hay una ingenuidad tanto en la actuación como en la interpretación que llevan al espectador de la mano en este universo de fantasía.

placeholder Vidal Arzoni es Joseph, el hijo de Pearl. (Surtsey)
Vidal Arzoni es Joseph, el hijo de Pearl. (Surtsey)

Amiel opta por el drama contenido y la película pide un poco más de gamberrismo, de humor negro, algún tipo de dislocación. Pero aun así, muestra de forma muy empática las tribulaciones de quienes compiten. Allí tienen sus propios códigos de belleza, actitud e incluso juventud que difieren de los de fuera. Las relaciones de poder-abuso que se crean cuando se exige un esfuerzo y una disciplina casi militar. Y de manera inteligente, la directora rueda una escena de sexo como si fuera un entrenamiento, o un entrenamiento como si fuera una escena de sexo, porque el lenguaje del cuerpo y la materia son el mismo en la cabeza de Pearl.

Un poso de tristeza y decadencia atraviesa no solo la película, sino aquello que retrata, a pesar de las luces brillantes y los colores chillones. Y la película gana cuando se centra en Pearl y en la relación con el niño que nunca quiso, pero que poco a poco hace que la mujer reconecte con una parte de sí misma que ha intentado abandonar. 'Pearl' es una ópera prima inteligente que encuentra entre mancuernas y prensas de piernas el espacio para la delicadeza y la intimidad.

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