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'Judy': los tormentosos últimos días de la protagonista de 'El mago de Oz'

Renée Zellweger lo da todo en esta encarnación de una Judy Garland que vivió su decadencia con la misma intensidad que el resto de su vida

Foto: Renée Zellwegger se pone en la piel de Judy Garland. (Vértice)
Renée Zellwegger se pone en la piel de Judy Garland. (Vértice)

Una buena dosis de anfetaminas para aguantar las jornadas maratonianas de rodaje. Otra de barbitúricos para poder dormir y levantarse de nuevo con suficiente fuerza y seguir trabando. Más pastillas para atajar el hambre y mantener el tipo... Hace décadas que son conocidos los abusos a los que la industria de Hollywood sometía a sus estrellas infantiles, sobre todo a Judy Garland y Mickey Rooney, la joven pareja de la Metro Goldwyn Mayer que se convirtió en una de las favoritas del público entre los años treinta y cuarenta. Un trato de explotación laboral y presión psicológica que hizo especial mella en Garland. La actriz y cantante arrastró toda su vida un rosario de adicciones y una inseguridad generada por unos productores que reconocían su talento y la calidad de su voz pero menospreciaban su físico, fuera de los cánones. 'Judy' se centra en la última etapa de la vida de la protagonista de 'El mago de Oz', cuando pocos meses antes de morir Garland decide aceptar la oferta de un teatro de Londres para ofrecer allí una serie larga de conciertos.

El filme arranca mostrando cómo en Estados Unidos su fama de 'problemática' le ha cerrado ya la mayoría de puertas del mundo del espectáculo. Sin un duro, acaban desahuciándola del hotel donde residía con sus dos hijos pequeños por impago. En el Reino Unido, en cambio, su estatus de estrella de culto permanece intacto. Así que la actriz deja a su pesar los niños con su padre y tercer exmarido, Sidney Luft (Rufus Sewell), y aterriza en la capital británica. Antes ha flirteado en una fiesta con quien se convertirá en su cuarto esposo, Mickey Deans (Finn Wittrock), y ha mantenido un breve intercambio con su hija mayor, Liza Minnelli (Gemma-Leah Devereux), cuya escasa presencia en el filme no deja de llamar la atención.

La película de Rupert Goold adapta la obra de teatro 'End of the Rainbow', de Peter Quilter, un homenaje a una de las grandes divas de Hollywood que glosa la intensidad tanto de su fama como de su decadencia. El filme aprovecha para bien en dos aspectos su origen teatral. Buena parte de la acción sucede sobre un escenario y entre sus bambalinas, el hábitat natural de una figura como Judy Garland, allí donde daba lo mejor de sí misma y, por momentos, también dejaba ver lo peor. El aire artificioso propio de una puesta en escena cerrada cobra sentido sobre todo en esos 'flashbacks' que recogen las experiencias traumáticas de la Garland adolescente en Hollywood, como forma de explicar desde el pasado las causas de algunos de los problemas de su presente. En estas analepsis, Goold presenta una industria del cine que elimina la separación entre la estrella del estudio y la muchacha con una vida propia. A Judy Garland no se la considera otra cosa que un producto más creado por la Fox que queda a merced de los intereses de los productores.

La elección de Renée Zellweger cuadra con esta idea de Judy Garland como una actriz atrapada en su propio personaje y a la vez una diva cuya aura “más grande que la vida” se nutría de lo melodramático de su esfera privada. La protagonista de la saga de 'Bridget Jones' también ha sufrido en los últimos años una relación tormentosa con la industria del espectáculo, que la lanzó como una de las grandes estrellas del cine de finales de los noventa y principios de los dos mil. Pero que no supo qué hacer con ella cuando ya no encajaba en los roles de protagonista de comedia romántica. La confusión, una vez más, entre actriz y personaje le sienta bien a 'Judy', pero también otorga un plus de incomodidad a una interpretación, la de Zellweger, que se mueve entre la entrega total a la intensidad del personaje y ese repertorio de mohínes habitual en ella que exacerban el efecto de personificación y desconcentran al espectador.

Zellweger se mueve entre la entrega total a la intensidad del personaje y su repertorio de mohínes habitual que desconcentran al espectador

La película se recrea en los momentos más bajos de Garland (su adicción a todo tipo de pastillas, bien conocida por sus hijos pequeños, los 'shows' que derivaron en un espectáculo patético...), pero también en su increíble capacidad de resistencia para seguir adelante. 'Judy' encuentra uno de sus mejores momentos al imaginarla lejos de todas estas turbulencias. En una hermosa secuencia, la cantante se va a cenar de forma improvisada con dos de sus más ardientes admiradores. Una pareja de hombres con quienes comparte una velada casera, cálida y espontánea que acaba desvelando el impacto del legado de la estrella en la vida de tantos homosexuales que vieron en ella un icono en el que proyectar esa misma capacidad para sufrir, emocionarse y resistir en un entorno que les era hostil. 'Judy' certifica así cómo fue en buena parte la cultura gay quien mantuvo vivo el culto a la intérprete también en su etapa más decadente.

Cartel de 'Judy'.
Cartel de 'Judy'.

La nominación al Oscar de Renée Zellweger confirma que pocas cosas gustan más a los profesionales de Hollywood que un buen 'biopic' melodramático sobre los altibajos de una de sus integrantes legendarias, con el lado oscuro del sistema de estudios como telón de fondo. Todavía más si la película se convierte en el vehículo para regresar por la puerta grande de una actriz contemporánea igualmente maltratada. Zellweger incluso se atreve a poner voz ella misma a las muchas canciones popularizadas por Garland que desgrana a lo largo del filme. La comparación no siempre sale a favor, claro, aunque se defiende con éxito. Pero de lo que se trata es de que ella también disponga de su propio clímax emotivo más allá del arco iris.

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