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'El hombre que mató a Don Quijote': un Gilliam desatado a las puertas de la locura

Después de dos décadas intentando sacar adelante su proyecto maldito, el director no ha conseguido su 'opus magna' buscada, pero sí una comedia surrealista, divertida y disfrutable

Foto: Adam Driver y Jonathan Pryce, en 'El hombre que mató a Don Quijote'. (Warner)
Adam Driver y Jonathan Pryce, en 'El hombre que mató a Don Quijote'. (Warner)

Nunca, jamás de los jamases, ni aunque se ponga a huevo, te acuestes con tu ídolo. La revolución de mayo del 68 sobrevive gracias a su fracaso. 'La traviesa molinera' (1934), de Harry Abbadie D'Arrast, es una de las mejores películas de la historia del cine español —era la favorita de Chaplin— precisamente porque no hay nadie vivo que la haya visto. Y tu ídolo tiene opciones de seguir siendo tu ídolo en tanto en cuanto no acabes con él/ella en la cama. Las materializaciones son odiosas: pocas veces cumplen las expectativas.

Después de casi 30 años dándole vueltas al proyecto, a Terry Gilliam le tocaba asumir que ni el Quijote de sus sueños iba a ser Jean Rochefort —murió en octubre del año pasado tras meses ingresado— ni Johnny Depp su Sancho posmoderno, y al público zafarse de la mística que ha precedido a una película de la que se esperaba que fuese la última Coca-Cola del desierto. El principal inconveniente de la crítica contemporánea es la incapacidad de abstraerse de 'teasers', tráileres, adelantos, previas, de una primera oleada de opiniones enfervorecidas a favor o en contra seguida de otra oleada de opiniones igualmente enfervorecidas en contra o a favor. Y a propósito de la última película de Gilliam, todo multiplicado por más de 20 años de espera. Con la subjetividad y las circunstancias yendo por delante, 'El hombre que mató al Don Quijote' no es una obra maestra, pero sí es un filme personalísimo, libérrimo, heterodoxo, desconcertante, divertido, caótico y desafiante. Es Cervantes y es Gilliam. Es arte y es entretenimiento.

Explica Alain Bergala que el cine primero llega a la víscera y luego al cerebro, y 'El hombre que mató a Don Quijote' es un filme extremadamente visceral: un torrente exagerado, hiperbólico y aberrante. Un relato líquido y lisérgico que toma algunos pasajes del 'Quijote' como exigua médula espinal y que se desparrama en busca, más que de una historia, de una sensación: la de entregarse a los brazos de la locura y el éxtasis frente a la ortodoxia de lo cotidiano. Tres décadas después, Gilliam ha cambiado su Barón de Münchausen por el Caballero de la Triste Figura, quizá más comedido al inicio, embarcado en un viaje por el secarral manchego en el que fantasía y realidad se entrelazan desordenados y en el que entran y salen personajes grotescos y extravagantes.

La película se desparrama en busca, más que de una historia, de una sensación: la de entregarse a los brazos de la locura y el éxtasis

En su versión definitiva —que desecha ideas previas, como el viaje en el tiempo—, 'El hombre que mató a Don Quijote' parte de un viaje de Toby (Adam Driver), un realizador de publicidad, de vuelta a Castilla-La Mancha para grabar un encargo. Gilliam muestra su desdén por el mundo de la publicidad y de los 'blockbusters' retratando una industria codiciosa, ruin e infiel, un compendio de los pecados capitales —avaricia, gula, lujuria, soberbia— interesado solo en lo material, en la propiedad. En una primera epifanía —más bien una huida hacia delante—, Toby repara en que cerca de allí —en un pueblo con un nombre muy onírico— rodó su trabajo final de carrera, basado en el antihéroe de Cervantes, cuando todavía era un joven idealista.

Adam Driver y Jonathan Pryce, en 'El hombre que mató a Don Quijote'. (Warner)
Adam Driver y Jonathan Pryce, en 'El hombre que mató a Don Quijote'. (Warner)

Allí vuelve a encontrarse con algunos de quienes participaron en su ópera prima: Angélica, la joven posadera de la que se prendó y a la que insufló aspiraciones de estrella; el zapatero Javier (Jonathan Pryce), al que sacó de su zapatería para ofrecerle el papel protagonista, y algunos de los lugareños, que vivieron aquel rodaje como el espejismo de una fiesta sin fin. Y a su regreso, Toby se da cuenta de cómo su pequeña película trastocó la vida de todos ellos y, en particular, la de Javier, que ahora se cree el verdadero Don Quijote, y que confunde al publicista con su fiel escudero Sancho.

Javier, que ahora se cree el verdadero Don Quijote, al ver a Toby lo confunde con su fiel escudero Sancho

Entre la culpa y la curiosidad, Toby decide seguirle la corriente y acompañarlo en su delirio, un pretexto que Gilliam utiliza para entrar y salir del libro de Cervantes en un juego referencial. Gilliam tira abajo hasta las convenciones idiomáticas, planteando unas reglas de juego despegadas de la norma y de lo verosímil a través de un movimiento metacinematográfico: el personaje de Adam Driver, ante la imposibilidad de comunicarse en castellano y de que los campesinos manchegos hablen un inglés del British College, mira a cámara y empuja con la mano los subtítulos. A partir de aquí, con el narrador explicitándose, el relato carece de límites.

¿Son gigantes o son molinos? (Warner)
¿Son gigantes o son molinos? (Warner)

Gilliam, como no podía ser de otra manera, explota el humor y el absurdo, y la vis cómica del venerable Pryce es incuestionable: su Quijote es hilarante, amanerado, esperpéntico e incluso tierno. Impagable el histrionismo de Pryce cuando, ya metido en su armadura de hidalgo Don Quijote, le lee sus propias aventuras a Toby, a quien trata como analfabeto y lelo. Driver, aunque más apagado por exigencias de su personaje, no se queda atrás. Además, el director ha confeccionado una serie de secundarios a cada cual más desfasado, como si de un circo ambulante se tratara.

El ex Monty Python remoza algunos de los arquetipos castizos y cervantinos

Además, el ex Monty Python remoza algunos de los arquetipos castizos y cervantinos: el morisco se convierte en un terrorista del ISIS, y la autoridad queda representada por una pareja de guardiaciviles, mientras que el dueño del castillo no es un duque ni un conde ni un rey, sino un oligarca ruso dueño de una marca de vodka. Gillian aprovecha la distancia para hacer chanza del folclore y los tópicos españoles: la superstición, la religiosidad y la capacidad de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, entre otros.

Cartel de 'El hombre que mató a Don Quijote'
Cartel de 'El hombre que mató a Don Quijote'

'El hombre que mató a Don Quijote' aúna la ambigüedad carnavalesca de lo divertido y lo perturbadoramente dionisíaco: bajo toda la fanfarria se esconden la amargura y el 'pathos'. En la película, está la dicotomía del personaje y del arma de doble filo que son las ilusiones. Esta es, quizá, la película más Gilliam de todas las que ha hecho su director: un filme que conecta con la dualidad placer-sufrimiento inherente a las personalidades soñadoras, la frustración que conlleva perseguir ideales elevados y la inadaptación a la realidad más pragmática. Y, sobre todo, lo contagioso de la locura. Aunque, viendo el panorama de la actualidad, ¿quién tiene el cuajo de decidir quiénes son los locos y quiénes los cuerdos?

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