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'El editor de libros', una oda gris a favor de la mesura frente al exceso de Thomas Wolfe

Michael Grandage se estrena en la dirección con una oda a la circunspección, protagonizada por Jude Law, Colin Firth y Nicole Kidman, desganada y carente de drama

Foto: Colin Firth y Jude Law en un fotograma de 'El editor de libros'
Colin Firth y Jude Law en un fotograma de 'El editor de libros'

El 12 de agosto de 1938, algo más de un mes antes de morir, Thomas Wolfe escribió la que sería su última carta. Una despedida premonitoria. Wolfe, aquejado primero de una neumonía y más tarde de una tuberculosis que se acabaría revelando letal, había sentido una corazonada: "he visto al hombre oscuro muy de cerca, y no creo haber sentido demasiado miedo, pero gran parte de la mortalidad todavía está aferrada a mí". Esas últimos trazos escritos a lápiz no estarían dirigidos a su madre Julia Elizabeth. Ni tampoco a su antigua amante, Aline Bernstein. Wolfe, con la escasa salud que le quedaba, acotó la necesidad de despedirse a una única persona: su primer editor, Maxwell Evarts Perkins, con quien hacía tres años que no había vuelto a cruzar palabra.

Perkins, como un hada madrina, le había concedido -también a Scott Fitzgerald y a Hemingway- el regalo de vivir su sueño de trascendencia desde que decidió publicarle su primera novela, 'El ángel que nos mira' (1929), que había sido rechazada por la mayor parte de editoriales de Nueva York. Pero, junto a Wolfe, la labor de Perkins se extendió más allá de los límites de la edición editorial, sino que se desbordó hasta el mismísimo núcleo de Wolfe, a quien sirvió como guardavía para impedir el descarrilamiento y como muro de contención para encarrilar su genio.

'El editor de libros', una oda gris a favor de la mesura frente al exceso de Thomas Wolfe

Entre tanta exuberancia es complicado percibir el brillo de una figura necesaria como la Perkins, sobre todo en la concreción de un plano compartido con carácteres tan dionisíacos que se convirtieron en personajes en vida, como el de aquel que intentaba condensar la totalidad de la esencia de "América" en cada línea escrita, o aquel que diseccionó la degradación de la utopía de los locos años 20 o aquel que elevó a ideal literario y existencial la salpicadura de sangre, ya fuese vertida en una plaza de toros, en el campo de batalla o de una escopeta calibre 12 de doble cañón.

Y por eso, probablemente desde su misma concepción, 'El editor de libros' nacía ya con la tara de elevar a la categoría de protagonista a un personaje que, sin desdeñar su importancia, tiene costuras de secundario. Y si, además, tan sólo se resaltan los aspectos más flemáticos de su carácter y se subrayan con la elección de un actor tan -de nuevo- flemático como Colin Firth, la sensación que se arrastra al ver esta oda a la mesura, la razón y la prudencia es de una absoluta grisura plomiza.

En un envidiable estreno en la dirección -envidiable en cuestión de medios y nombres-, Michael Grandage retrata de forma templada la relación entre Perkins y Wolfe

En un envidiable estreno en la dirección -envidiable en cuestión de medios y nombres-, Michael Grandage retrata de una forma sorprendentemente templada la relación entre Perkins (Firth) y Wolfe (Jude Law) desde que al primero le llega el enorme manuscrito de la primera novela del escritor de Asheville hasta que el último muere arrepentido de haberse entregado al ensimismamiento, deslumbrado por la fama, el reconocimiento, y la frivolidad.

Wolfe aparece retratado desde el comienzo como un petulante -una imagen reforzada por la interpretación de Law-, más que como un amante intenso de la vida, y poco a poco va desarrollándose su faceta más egoísta, vana y liviana. Wolfe atrapa, succiona y abandona. Eso sí, sin obviar la profusión de su obra y su entrega pasional y casi enfermiza a la escritura.

Grandage recurre a una puesta en escena extremadamente clásica -la 'sutileza' de la simbología del sombrero que durante todo el film viste Firth es de la época del Hollywood más naíf- y una propuesta estética cercana al cine negro para construir una crónica del mundillo intelectual neoyorquino de los años 30 y ensalzar la labor en la sombra del editor literario, que se consagra a la gloria ajena a través del tesón, la constancia y la generosidad, sin recibir el reconocimiento del público e incluso, a veces, siquiera el de los propios autores. Sin embargo, la película parece que se olvida de la necesidad de conflicto y, hasta casi el final, se limita a describir las tareas propias de un editor comprometido con su trabajo y de un escritor superado en el día a día por su propio genio. Era difícil que Firth no acabase arrollado por el resto de personajes.

Los personajes que pululan en torno a Firth y Law, parecen salidos de un muestrario de diversas tonalidades de enajenación

Sin embargo, el director también yerra a la hora de componer el resto de personajes que pululan en torno a Firth y Law, todos como pertenecientes a un muestrario de diversas tonalidades de enajenación: Aline Bernstein (Nicole Kidman) es simple y llanamente insoportable; Louise Perkins (Laura Linney) aparece retratada como una mujer renegada y amargada; Scott Fitzgerald (Guy Pearce) como un fracasado frustrado, y Zelda Fitzgerald (Vanessa Kirby) en permanente estado de catatonia. Tan sólo se salva un fugaz Hemingway (Dominic West), el único personaje que demuestra carácter y determinación y despierta simpatías a primera vista.

Cartel de 'El editor de libros'
Cartel de 'El editor de libros'

'El editor de libros' resulta al final una película tan conservadora como su protagonista, donde la ortodoxia está premiada con el reconocimiento -aunque sea póstumo- y el calor del hogar y la heterodoxia acaba en locura, tuberculosis, soledad y, sobre todo, frustración. La aproximación a la importancia de la labor de Perkins en la historia de la literatura podría haberse hecho de miles de maneras más atractivas y sin un punto de vista tan tradicional y falto de viveza. Una oda a la confortabilidad, a los carácteres apolíneos, a la mesura, al orden frente al caos. Una película correcta, pero inequívocamente gris.

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