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'España invertebrada' de Ortega y Gasset a los 100: un proyecto sugestivo de vida en común
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'España invertebrada' de Ortega y Gasset a los 100: un proyecto sugestivo de vida en común

En el centenario de la publicación de la obra más célebre del filósofo español recordamos las circunstancias en las que la escribió y sus enseñanzas perdurables en la actualidad

Foto: José Ortega y Gasset
José Ortega y Gasset

Con esta famosa frase definía el filósofo José Ortega y Gasset lo que para él era uno de los aspectos principales de toda nación: “un proyecto sugestivo de vida en común”. Lo hacía en uno de sus libros más famosos, 'España invertebrada', del que justo en este mes de mayo se cumple su centenario. Era un momento convulso de la historia, tanto a nivel nacional como internacional. La Primera Guerra Mundial había removido los pilares de la política y de los valores sociales; en Rusia, habían triunfado los soviets en 1917; y pronto, a finales de octubre de 1922, marcharían sobre Roma los fascistas de Mussolini. La democracia liberal, aparentemente triunfante en el Tratado de Versalles, se tambaleaba en toda Europa. En España, el régimen de la Restauración atravesaba una profunda crisis desde el verano de 1917, con constantes revueltas sociales, una enorme inestabilidad política y un ejército que quería asumir una función directora que no le correspondía en el sistema constitucional.

Ante este panorama, Ortega se preguntó cuáles eran los problemas del presente en su país y llegó a la conclusión de que España estaba invertebrada porque cada grupo social y cada institución, empezando por la Monarquía y la Iglesia, se comportaban como "compartimentos estancos". Predominaba el "particularismo", que llevaba a cada uno de estos grupos e instituciones a preocuparse sólo de sus propios intereses y no pensaban en el bien común. El sentimiento "apartista" de algunos movimientos políticos catalanes y vascos no era, para Ortega, sino una expresión más de la descomposición política y social que sufría España.

placeholder Primera edición de 'España invertebrada'
Primera edición de 'España invertebrada'

Para que España saliese de esa situación, Ortega pensaba que hacían falta “minorías” bien formadas que fuesen capaces de idear ese proyecto sugestivo de vida en común que pusiese freno al “imperio de las masas” y al “particularismo”. Hacía falta que las distintas fuerzas políticas y los diversos grupos sociales entablasen un diálogo que permitiera consensuar lo que ya desde unos años antes llamaba un “programa mínimo de gobierno”, que se sustentaba sobre tres pilares: reforma constitucional para conformar una verdadera democracia, políticas sociales que diesen respuesta a las justas exigencias de las clases más desfavorecidas, y descentralización política y administrativa de la organización territorial del Estado que otorgase autonomía a las regiones.

Nuevos horizontes

En el prólogo que Ortega puso a la segunda edición de España invertebrada, ese mismo año de 1922, explicaba que los problemas que sufría la sociedad española eran similares a los que atravesaba la Europa de la postguerra, a la que se le había secado la fontana de desear y era incapaz de proponer nuevos ideales, nuevos horizontes. Si en 1910, en la famosa conferencia 'La pedagogía social como programa político', el entonces joven filósofo había dicho que su generación se había dado cuenta de que “si España era el problema, Europa era la solución”, ahora afirmaba que España no podía mirarse en Europa y tenía que inventar un nuevo programa por sí misma. Los problemas de España y Europa eran similares, estaban bajo lo que pronto denominó 'La rebelión de las masas', la cual podía desembocar en la destrucción de los valores de la democracia liberal y traería el triunfo de los totalitarismos. Como freno a los mismos y como nuevo proyecto ilusionante, Ortega proponía constituir los Estados Unidos de Europa, aunque temía que las naciones europeas no fuesen conscientes de esta necesidad hasta que vieran inminente "la coleta de un chino que asome por los Urales o bien una sacudida del gran magma islámico", como escribió en el 'Prólogo para franceses' de su más conocida y traducida obra.

Los problemas de la sociedad española eran similares a los de la Europa de la postguerra: se había secado la fontana de desear

Cuando Ortega se convenció unos años después, pasada la ruinosa experiencia de la dictadura del general Primo de Rivera, que ese programa de mínimos que había propuesto desde el diario El Sol no se podría cumplir con un régimen monárquico, apostó por la República y puso muchas ilusiones en ella, aunque enseguida se desilusionó del radicalismo de muchas fuerzas políticas de derechas y de izquierdas y se vio obligado a dar “un aldabonazo” para decir: “¡No es esto, no es esto! La República es una cosa, el radicalismo es otra. Si no, al tiempo”.

La guerra civil y la dictadura de Franco impidieron que aquel orteguiano proyecto sugestivo de vida en común se llevase a cabo. En la Transición, muchas de las ideas orteguianas encontraron acomodo en los programas de partidos de derechas y de izquierdas, que habían abandonado los radicalismos de los años treinta. Incluso algunas de ellas quedaron expresas en la Constitución de 1978, como el Estado autonómico extendido a todas las ahora llamadas Comunidades Autónomas. El famoso "café para todos" que tan mal sigue sentando a los nacionalistas y a muchos federalistas que defienden una asimetría a priori difícilmente compatible con el propio principio federal. La asimetría cabe mejor en el Estado autonómico.

En la Transición, muchas ideas orteguianas hallaron acomodo en los programas de partidos de derechas y de izquierdas

Ortega se equivocó al pensar que un proyecto sugestivo de vida en común podría poner fin a los afanes de los movimientos independentistas por romper la soberanía nacional del pueblo español, aunque él mismo supo ver que el "apartismo" era en gran medida un problema sentimental y no tenía solución fácil: había que conllevarlo. Se ha insistido mucho en que Azaña llevaba razón cuando en las Cortes Constituyentes de la República defendió que el problema político catalán podía resolverse en breve, frente a Ortega que pensaba que sólo podía conllevarse, porque en una buena parte del catalanismo era un sentimiento de querer vivir aparte del resto, de sentirse nación diferente. Ha pasado casi un siglo y seguimos a vueltas con él. ¿Llevaba razón Azaña u Ortega? Muchos, aún insistirán que Azaña.

El programa político que proponía Ortega en aquella crisis histórica de la democracia liberal sigue teniendo algún interés hoy porque sus principios fundamentales continúan siendo los pilares necesarios para sostener nuestra sociedad y nuestra democracia, en el marco de una Europa que también necesita vertebrarse. La nueva situación bélica, que se suma a la primera gran crisis económica de la globalización y a la pandemia, nos ha hecho ver de forma más clara no sólo la necesaria vertebración de España sino también de Europa para poder hacer frente a los retos del presente que son, en buena medida, globales. Ortega se equivocó en algunos de sus diagnósticos y algunas interpretaciones históricas que hace en España invertebrada son muy discutibles (su visión castellanista de la historia de España, su idea sobre la mala influencia de los godos y la falta de feudalismo), pero su palabra aún puede darnos luz para otear nuevos horizontes más vertebrados.

*Javier Zamora Bonilla es profesor de Historia del pensamiento político en el Departamento de Historia, Teorías y Geografía políticas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, y director del Máster de Teoría política y cultura democrática en dicha universidad. Publicó en 2002 una biografía de José Ortega y Gasset y coordinó la nueva edición de las 'Obras completas' del filósofo en la Fundación José Ortega y Gasset - Gregorio Marañón, de la que fue director. Su último libro es 'Ortega y Gasset: la aventura de la verdad' (Shackleton books, 2022).

Con esta famosa frase definía el filósofo José Ortega y Gasset lo que para él era uno de los aspectos principales de toda nación: “un proyecto sugestivo de vida en común”. Lo hacía en uno de sus libros más famosos, 'España invertebrada', del que justo en este mes de mayo se cumple su centenario. Era un momento convulso de la historia, tanto a nivel nacional como internacional. La Primera Guerra Mundial había removido los pilares de la política y de los valores sociales; en Rusia, habían triunfado los soviets en 1917; y pronto, a finales de octubre de 1922, marcharían sobre Roma los fascistas de Mussolini. La democracia liberal, aparentemente triunfante en el Tratado de Versalles, se tambaleaba en toda Europa. En España, el régimen de la Restauración atravesaba una profunda crisis desde el verano de 1917, con constantes revueltas sociales, una enorme inestabilidad política y un ejército que quería asumir una función directora que no le correspondía en el sistema constitucional.

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