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El libro italiano sobre la masculinidad que nadie ha querido traducir al español
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entrevista con Francesco Piccolo

El libro italiano sobre la masculinidad que nadie ha querido traducir al español

Piccolo describe lo que le pasa y lo eleva a categoría. Tiene un monstruo dentro y lo da a conocer. Sabe cómo explicarlo porque lo lleva sufriendo toda su vida y le tiene cogidas las medidas

Foto: El escritor italiano Francesco Piccolo en 2015. (Getty/Leonardo Cendamo)
El escritor italiano Francesco Piccolo en 2015. (Getty/Leonardo Cendamo)

Francesco Piccolo (Caserta, 1964) tiene varios libros traducidos al español. Pero su obra más impactante, ‘L’animale che mi porto dentro’ (Einaudi, 2018), no ha querido editarla nadie en España. Se trata de una novela autobiográfica en la que saca de las tinieblas la parte más salvaje de su masculinidad de italiano meridional y la pone encima de la mesa para diseccionarla. Lo que aparece es una bestia que sigue enganchada en sus entrañas por más que él trate de mantenerla escondida.

El gran mérito del libro es que irrumpe a gritos en uno de los debates más corrosivos del momento sin darle la razón a nadie. Piccolo describe lo que le pasa y lo eleva a categoría. Tiene un monstruo dentro y lo da a conocer. Sabe cómo explicarlo porque es una de las tensiones más importantes de su vida y le tiene cogidas las medidas. Convierte ese conflicto en literatura, pero no trata de justificarse, ni de condenarse a la hoguera. Es una historia de convivencia con el animal que lleva dentro.

"Si estoy hablando con una colega, con la madre de un compañero de escuela de mi hijo, con la camarera que me tiene que poner el café, con la amiga que me confiesa algún secreto, consigo tener separada la parte compleja de la simple. Sé respetar el grado profesional y de competencia de mi colega, concentrarme en el trabajo (...) Pero dentro de mi, siempre, tenga o no tenga ganas, trabaja un pensamiento que está por debajo de todos estos: me la follaría, cómo será cuando está desnuda, qué culo tiene, vaya tetas, parece que tiene ganas, parece rígida, a lo mejor yo le gusto".

PREGUNTA. El libro está lleno de reflexiones como esta que podrían pronunciarse en un bar, pero que no se suelen escribir en un libro. Dices que el animal que llevas dentro está ahí agazapado, susurrándote cosas, cada vez que tienes una relación profesional o una amistad civilizada con una mujer de tu entorno.

RESPUESTA. Es verdad que son cosas que no se suelen poner por escrito, pero mi libro es una operación de autodenuncia de la propia masculinidad. Yo creo que tenemos más necesidad de esto que de ponernos inmediatamente de la parte correcta y tomar distancia. Es más importante admitir cómo somos que decir que nosotros no somos así, que todo esto no va conmigo. Todos los hombres, también los más progresistas, llevan dentro una cultura de la cual cuesta muchísimo liberarse. Y, aunque se liberen, el camino que hacen es un camino gigantesco, costosísimo. Y esto hay que contarlo. La respuesta a las peticiones de cambio parte de admitir quiénes somos, no de presentarnos como nos gustaría que nos vieran.

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P. El libro está titulado con una estrofa de Franco Battiato, pero el íncipit es una frase de Simone de Beauvoir. “Un hombre no se pondría nunca a escribir un libro sobre la situación particular de su masculinidad”. Es justo lo que has hecho.

R. Exacto. Ese es el punto de partida. Simone de Beauvoir decía que eran las mujeres las que sabían explicarse, mientras que los hombres se retraían, quizá porque no tenían necesidad, quizá porque tenían ya una fuerza y no lo necesitaban. Yo tenía ganas de desafiar esa frase de Simone de Beauvoir para decir que no es verdad. Me gusta hablar de 'macho' más que de 'hombre' porque creo que refleja mejor que nos estamos refiriendo a la parte más animal. El macho debe y puede explicarse. Y eso he intentado hacer yo. Se trata de explicar la parte peor de uno mismo, si le queremos dar una referencia ética. Pero esto es lo que debe hacer la literatura, contar lo peor de uno mismo. Y, haciendo eso, quizá se puede comprender por qué sucede.

"Me gusta hablar de 'macho' más que de 'hombre' porque creo que refleja mejor que nos estamos refiriendo a la parte más animal"

P. El libro describe con detalle las referencias culturales de tu infancia. Vas explicando cómics, películas, canciones, libros que marcaron tu masculinidad. Y luego desarrollas el impacto que tuvieron sobre ti. Como la película 'Malizia', donde un niño compite con su padre para tener relaciones con la criada. O ese personaje de cómic, Lando, que leíais de adolescentes. Tenía tres testículos, un pene gigantesco y todas las mujeres querían irse con él.

R. La cuestión fundamental es decir enseguida que estamos ante un hecho cultural. Un hecho cultural que parte de una cultura milenaria y que desde que somos pequeños se combate de alguna manera. Se combate en todas las direcciones. También la conquista de la homosexualidad es un combate que tiene que atravesar toda la historia de esos niños que han crecido educándose en ser machos. Educados en ser feroces, en afirmar la virilidad, en ir detrás de las mujeres. Toda esta construcción que está hecha de muchas maneras y no se refiere solo al sexo, sino también al poder, a la arrogancia, a la violencia, a la convicción de tener razón incluso cuando no la tienes… Se construye una fuerza que después se desarrolla de muchas maneras.

placeholder El escritor italiano Francesco Piccolo en 2017. (Getty/Rosdiana Ciaravolo)
El escritor italiano Francesco Piccolo en 2017. (Getty/Rosdiana Ciaravolo)

P. Y es complicado deshacerse de ella.

R. Para deshacerse de esa fuerza, que es de lo que trata el libro, hay una búsqueda de la sensibilidad, de la civilización, de cosas que para un escritor deberían ser sus características principales. Yo he intentado decir: miradme, soy una persona sensible, pero llevo dentro una bestia feroz que me acompaña desde que era niño. Y este camino creo que lo hacemos todos los hombres. Es muy interesante, y muy divertido, que casi todas las mujeres que han leído el libro me han dicho que reconocen al macho en sus páginas, pero luego dicen que su marido, su novio, su compañero, no es así. Y yo me quedo pensando, ¿cómo es posible que todos los novios de todas las mujeres que han leído el libro sean excepciones? Si fuese así, estaríamos hablando de un asunto anecdótico y no habría un problema. Y, evidentemente, hay un problema. Creo que en realidad mi libro encuentra un modo de expresar todo esto que ellas no están viendo, porque nosotros no lo mostramos o porque ellas no lo quieren ver.

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P. Creo que esto lo explica muy bien y tiene que ver con la doble realidad de la masculinidad. La que se produce en público y la que se produce en grupos reducidos con otros hombres. La de las cervezas después de hacer deporte o la de los grupos de WhatsApp.

R. Cuando más se debilita el rol tradicional del macho, cuanto más se le ataca, más bestial es la reacción. El macho, de alguna manera, ya no sabe cómo concebir su propia existencia. Porque esa bestia que se mantiene controlada, esa bestia que se detesta, es parte de uno mismo, y por eso acaba aflorando con unas cervezas después de un partido de futbol. Lo cierto es que, cuando salió el libro, muchos hombres, muchos amigos, me reprocharon haber contado cosas que no tenía que haber contado. Porque hay una 'omertá'. Se pueden hablar estas cosas entre nosotros, pero no se pueden decir fuera. Por eso hay un intento se autodenuncia, pero sin condenarse. Porque esto es algo de lo que me han acusado, querían sangre, querían una condena. Querían que me autoprocesase y saliese derrotado y me pusiese cadena perpetua. Pero son dos tiempos diferentes. La literatura está para contar quién eres. No para dar respuestas, sino para hacer preguntas, como decía Kundera. Luego el lector juzga y condena si quiere.

"Cuando salió el libro, muchos hombres me reprocharon haber contado cosas que no tenía que haber contado. Porque hay una 'omertá'"

P. Para mí, ese es el principal mérito del libro. Toca uno de los temas más polémicos del momento, pero no hace una narración moral, sino descriptiva. Y eso lo hace mucho más interesante.

R. Además es que yo este libro empecé a pensarlo y a concebirlo mucho antes de el 'Me Too' y de que impactase este tema en nuestra realidad. Los libros se piensan y se escriben durante años. Y yo ya había escrito otro libro llamado 'La separación del macho', donde hablaba de un hombre felizmente polígamo que era al mismo tiempo un buen padre. Insisto en que todo esto era antes del 'Me Too'. Siempre he tenido dentro este intento de explicar qué es el macho. No creo en absoluto en que la literatura tenga que hacer proposiciones morales. Eso lo introducen si quieren los lectores después. Yo trato de sacar a la superficie algo que está en las tinieblas: el animal que llevo dentro. Cuando sale fuera, nos da miedo a nosotros mismos, porque somos personas que hemos construido una vida sobre el hecho de ser civilizados y cultos. Nos da miedo a nosotros antes que al resto. Pero al mismo tiempo reconocemos perfectamente a esta bestia.

P. Hay una escena muy cinematográfica en el libro, la del 'villaggio svedese', la ciudad de vacaciones para suecos que había cerca de la residencia de verano de tus padres. Cuentas cómo los hombres de todas las edades iban todos los días a ver a las suecas e intentar ligar con ellas. Tu tío, tu padre, todos juntos, ibais allí a ver a las suecas sin que se enteren las mujeres de la familia. Era un momento de complicidad que a ti te emocionaba incluso antes de tener impulsos sexuales.

R. El ejemplo del 'villaggio svedese' es un ejemplo perfecto de cómo se forma todo esto. Ir todos juntos, un grupo de hombres, a ver las suecas, significaba formar parte de algo y sentirse feliz de formar parte de eso. Cuando has recibido esa impronta y te han dicho que eres feliz rodeado de todos estos hombres porque habláis de tetas y de culos se convierte en una parte importante de la infancia y la adolescencia que luego te quedas para toda la vida. Te das cuenta de que todo eso con lo que hemos tenido que luchar toda la vida se fundó mucho antes.

P. Antes había una única masculinidad compartida, ahora los patrones de comportamiento se han dividido. Se ha abierto la brecha.

R. Creo que el enfoque del macho de izquierdas, que se parece mucho a su actitud en la política, pasa por la autoabsolución, partiendo de que ellos son sensibles y comprensivos. Ellos sostienen que han matado al animal, que lo han matado hace mucho tiempo, cuando decidieron ser personas progresistas. Pero, de manera más o menos sutil, la bestia está también dentro de las personas de izquierdas, a veces incluso más que cuando hay un comportamiento viril, donde se acepta todo con naturalidad. La bestia se incrusta de manera más sutil en la cabeza de un hombre que se siente liberado. Uno de los errores de un hombre de izquierdas en estos años es el de meterse en el banco de los acusadores, cuando en realidad un macho tiene que estar siempre en el banco de los acusados. Lo que yo hago en el libro es decir que yo quiero estar en el banco de los acusados también por violación, aunque yo no sea un violador. La violencia contra las mujeres nace de una cultura específica, que es en la que yo he sido educado. Esa violencia la ejercitamos de muchas pequeñas maneras, pero la ejercitamos igualmente. Y es evidente que en esta cultura yo estoy en el banco de los acusados, no en el de los acusadores. Creo que los hombres de izquierda se meten en el banco de los acusadores y así tienen el problema resuelto.

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P. Su libro es la experiencia de un italiano del sur. Si lo hubiese escrito un noruego, sería muy distinto.

R. Sí, sí, habría matices importantes. Igual que hay diferencias entre unos países y otros, hay diferencias en el tiempo. Generación tras generación, vamos perdiendo trozos de esa bestialidad. Pero no ha desaparecido. El diario 'La Repubblica' hizo un sondeo en la universidad preguntando cuánto machismo había entre los estudiantes y el porcentaje era altísimo. Esto está todavía vivo y la pelea que hay sobre este tema no está equivocada. Otra cosa es la manera en la que se está haciendo, que creo que es muy discutible. Es un proceso lento y los machos ponemos mucha resistencia para no perder el poder. Decimos hipócritamente que estamos deseando perder el poder, pero en realidad no tenemos ningunas ganas de perderlo.

P. El libro también reflexiona sobre la incapacidad para gestionar los sentimientos. Empieza con una escena de tu más tierna adolescencia. Eras un chaval acostumbrado a que tu padre te pegase, a pelearse en clase, a ser cruel y violento. Pero ninguna de esas cosas te hizo tanto daño y te dejó tan desconcertado como cuando te deja tu primera novia, con la que ni siquiera te habías dado un beso. La conclusión es que estamos más preparados para afrontar la violencia que los problemas afectivos.

R. Está claro que estamos más preparados a comportarnos de manera bestial. Es la cultura en la que nos hemos educado. Espero que mi hijo tenga una cultura distinta, pero, incluso creciendo en una casa muy diferente a la que tuve yo, mi hijo tiene comportamientos de macho. Los veo todos los días y a veces pienso que no debería tener ninguna razón para ser así. La bestialidad materializa mucho mejor que la capacidad de gestionar los propios sentimientos. Esta impreparación y este dolor llega en la vida de un hombre de muchas partes. Puede ser porque te deja una chica, o por cualquier otra cosa, pero el dolor en una cultura masculina es insoportable. Si la cultura es la de la conquista, la fuerza, la violencia, la arrogancia..., no estamos preparados para la derrota. Y creo que esto está relacionado con la violencia sobre las mujeres, al menos en su versión más extrema. La manera de reaccionar de la cultura masculina ante sentimientos que no sabe gestionar puede acabar siendo bestial.

P. Muchas de las cosas que hemos aprendido de pequeños ahora están criminalizadas. Eso provoca una reacción que vemos todos los días. La identidad masculina en un momento muy frágil.

R. Delante de esta fragilidad, los hombres aún no saben bien cómo comportarse. De una parte, la fuerza de este cambio que exigen las mujeres es totalmente legítima. Pero las formas de esta lucha, en muchas partes del mundo, tienen la connotación de las revoluciones del pasado, cuando morían culpables y también inocentes, sin que eso tuviese importancia porque lo importante era sacar la revolución adelante. Yo creo que estamos en una etapa de la historia en la que esto se podría hacer de otra manera y tendríamos que estar más atentos a proteger a los inocentes. Es un problema que estamos afrontando en estos años. Con todo, la postura del macho que tiene miedo y se siente frágil es la postura de quien no tiene todavía los instrumentos para aceptar que no se puede comportar como él quiere. Porque esta ha sido la característica de los machos en las culturas pasadas. El macho podía atreverse a hacer lo que quisiera sin asumir consecuencias. En el trabajo, en casa, donde quisiesen. Ahora que sí hay consecuencias, nos estamos asustando.

Foto: Imagen: L. Martín.

P. Las mujeres en tu libro no están tampoco idealizadas. No hay exaltación de lo femenino como contraposición al macho. Son personas con defectos y problemas.

R. Yo creo que la literatura nunca puede ser maniqueísta. De lo contrario, es mala literatura. Tenemos un instinto de prejuicio muy extraño que se sintetiza cuando los telediarios van a casa de un homicida y los vecinos dicen que parecía una buena persona. Tendemos a pensar que solo las malas personas pueden hacer cosas terribles, y que las buenas personas solo hacen cosas buenas. Esta es la sustancia del maniqueísmo prejudicial. La realidad es mucho más diversa y las personas son mucho más complejas. Una persona que parece perfecta puede ocultar defectos espantosos. Y una persona que hace algo espantoso puede tener grandes cualidades. Pero eso no tiene nada que ver con las cosas que suceden. Así que los personajes femeninos pueden ser respetados sin ser perfectos. Yo en el libro parto de mi propia imperfección. Puedo estar intentando distanciarme de esa imperfección cultural, pero de alguna manera tengo también que convivir con ella, porque el animal que llevo dentro es exactamente esto. Hay que aprender a convivir con ello y a gestionarlo, y esto hace que la cosa sea bastante más complicada que una explicación sencilla. El mundo está formado por personas complejas y no creo que la literatura tenga por qué simplificar esto.

"Creo que hay una diferencia de sustancia porque los hombres, por cuestiones culturales, atraviesan esa vida adolescente como si estuviesen en la guerra. Es incomprensible"

P. Hay una parte de libro que me recuerda mucho a los relatos de mujeres que explican situaciones que han vivido, como pasear de noche por una calle y sentir el peligro. Tú narras cosas parecidas desde el punto de vista de los chicos. Como la brutalidad y la crueldad de la adolescencia, que describes como vivir una guerra.

R. Tengo dos hijos, una chica y un chico. La chica es más mayor. Ha atravesado su adolescencia como si fuese un ser evolutivamente superior. Como si Darwin dijese: tu hija está ocho pasos por delante en el camino de la evolución. Como si esa persona, a pesar de las dificultades de la adolescencia, fuese más sensata. Luego he tenido un hijo varón y en la adolescencia parecía un troglodita, una bestia. Obviamente, creo que hay una diferencia de sustancia porque los hombres, por cuestiones culturales, atraviesan esa vida adolescente como si estuviesen en la guerra. Es incomprensible. No están físicamente preparados, pero se enfrentan a todo, combaten, gritan, se enfadan. Esta cultura atormenta a los padres que les transmiten una educación progresista. Es incomprensible para las chicas que les rodean y es incomprensible para las mujeres cuando crecen. Porque no entienden que esta bestia está dentro de nosotros y que para desterrarla hará falta que pase mucho mucho tiempo.

P. ¿No lo entienden?

R. Las mujeres combaten a los hombres, pero no los terminan de entender. Es como cuando nosotros nos colocamos delante de un animal e intentamos entender qué reacción va a tener. Podemos conocer bien a ese animal, pero de pronto nos salta al cuello. En el caso de los hombres, creo que está arraigado en la cultura, no creo que sea un instinto, sino algo formado durante siglos. Erradicarlo es muy difícil, por eso hay que contar estas cosas. Nos conocen como alguien sensato, culto, que lee libros, que va al cine, que entiende a los hijos, que sabe cómo ser cariñoso…, pero hace falta que se sepa que esa persona en su pasado ha saltado una verja para huir o para perseguir, se ha pegado, le han pegado, ha odiado, ha sido agresivo, inflexible, violento. Ese camino es casi prodigioso y he intentado contar el esfuerzo que he hecho a lo largo de la vida, aunque no he conseguido deshacerme de esto. Pero he hecho un esfuerzo muy grande.

Francesco Piccolo (Caserta, 1964) tiene varios libros traducidos al español. Pero su obra más impactante, ‘L’animale che mi porto dentro’ (Einaudi, 2018), no ha querido editarla nadie en España. Se trata de una novela autobiográfica en la que saca de las tinieblas la parte más salvaje de su masculinidad de italiano meridional y la pone encima de la mesa para diseccionarla. Lo que aparece es una bestia que sigue enganchada en sus entrañas por más que él trate de mantenerla escondida.