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La verdadera patria es odiar a tu jefe (no te preocupes, ellos también se odian)
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'TRINCHERA CULTURAL'

La verdadera patria es odiar a tu jefe (no te preocupes, ellos también se odian)

La gente se ríe cuando oye hablar de falsa meritocracia, de la empresa como familia y del empresario como papá. La gente se ríe porque el trabajo es un tabú

Foto: Imagen: EC Diseño/CSA.
Imagen: EC Diseño/CSA.

Hacía mucho tiempo que no oía a tanta gente riéndose al mismo tiempo, pero 'El buen patrón' lo ha conseguido. Resumamos: 'El buen patrón' es otro drama de Fernando León de Aranoa que en este caso es comedia por no llorar, una deconstrucción de vicios y tontunas de la empresa española que se le podría haber ocurrido a Rafael Azcona. No es que el público que me rodeaba pareciese especialmente favorable a la abolición del trabajo o la socialización de los medios de producción. Escena: cines de versión original en Pamplona. Es decir, señores y señoras de clase media, o media-alta, y algún otro cuarentón que bajaba la media de edad. Y navarros.

¿De qué se reían entonces? Pues de lo que suele reírse de la gente los sábados: de lo que les pasó el viernes, pero proyectado en una pantalla de cine. Es decir, de sus tragedias, en tercera persona.

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Si quieres saber qué piensa una sociedad, está bien fijarse en qué le hace reír. Así que hagamos una lista de los momentos más celebrados.

La gente se ríe con ese segurata humillado que debería dimitir pero nunca lo hace

Se ríen con ese segurata al que le toca lidiar con el campamento que ha instalado frente a la empresa un trabajador despedido de Básculas Blanco, y que parece estar siempre a punto de unirse a las reivindicaciones de su antiguo compañero, pero nunca lo termina de hacer. Un tipo humillado y enmarronado que debería coger la puerta e irse, pero no lo hace. La gente se ríe porque son ellos.

Se ríen con aquella escena en la que el presidente de Básculas Blanco, un Javier Bardem 'florentinoperizado' presume de que nunca le han regalado nada y su esposa le recuerda que, bueno, la empresa la heredó de su padre. La gente se ríe porque apenas unos días antes Marta Ortega había heredado el imperio Inditex. La gente se ríe porque si la ficción te cuenta lo que acaba de ocurrir en la realidad es que es verdad a la fuerza.

placeholder Marta Ortega, hija de Amancio Ortega. (Reuters/Eloy Alonso)
Marta Ortega, hija de Amancio Ortega. (Reuters/Eloy Alonso)

Se ríen con todos los discursos de ese presidente paternalista y campechano sobre lo importantes que son sus trabajadores, que son como sus hijos, y la empresa una familia, y todos vamos en el mismo barco. La gente se ríe porque ya lo ha oído antes, y muchas veces, y seguramente por parte de jefes tan paternalistas, campechanos y en el fondo, cabrones, como el Bardem 'florentinoperizado'.

"Ay, es que es tal cual", se le llegaba a escapar entre risa y risa a alguna espectadora. Ese "tal cual" nunca es exactamente un "tal cual", porque en el cine todo está lo suficientemente deformado para que nos parezca "tal cual", pero suele significar que el director ha tocado una melodía que el público ya ha escuchado con anterioridad. El "tal cual" de darse cuenta de que la caricatura de Aranoa no es caricatura, es "así". La parodia es otro piso más en la torre del realismo.

El jefe es la encarnación humana de toda la verborrea empresarial vacua

El coro de risas es una buena demostración que, ricos o pobres (bueno, si eres pobre, más), todos odiamos a nuestro jefe. Entendamos el jefe aquí en su acepción más amplia, como representante de Lo Laboral en la tierra. Como una encarnación humana de todos los discursos vacuos, las exigencias desmedidas y las injusticias asumidas; de las broncas, de las horas extra y de las peticiones a deshoras. El jefe es un concepto que sintetiza al dueño, al mando intermedio, incluso al compañero que querría trepar para ser jefe o el que nunca va a llegar a nada pero nos cae mal. El jefe es todo lo que no nos gusta del trabajo (y eso es mucho).

La gente se ríe también cuando por fin puede reírse de algo de lo que generalmente no puede reírse. De los pequeños tabús. La risita culpable que se te escapa cuando un jefe dice algo y cruzas una mirada accidental con un compañero. No hay mayor tabú en España que la empresa española, que ha desaparecido milagrosamente de todas las recomendaciones sanitarias sobre la pandemia, como si al cruzar la puerta de la oficina la soberanía desapareciese. Eso lo sabe bien Julio Blanco: de puertas adentro, manda él.

placeholder Patrón con 'segurata' al fondo. (Foto: Reposado Producciones)
Patrón con 'segurata' al fondo. (Foto: Reposado Producciones)

Meterse con la empresa, con el jefe o con el concepto mismo de trabajo, en una sociedad que cree en el mito meritocrático, es tan tabú como cagarse en Dios ante el tribunal de la Inquisición porque atenta contra sus principios fundacionales. Por eso 'El buen patrón', con sus defectos como la necesidad de resultar redonda o la trama de la becaria pre 'me too' hace gracia: porque se desliza por debajo del tabú y muestra, sin maquillaje, que la tontería empresarial no se la cree nadie.

Decía Shakespeare que todo el mundo es un escenario, pero aún diría yo más: la oficina es un escenario y lo que se representa es un sainete de Carlos Arniches. Por eso las risas del público no apuntan necesariamente a la lucha de clases. Los jefes son los primeros que un buen día se despiertan en la cama y descubren, como Gregorio Samsa, que se han convertido en jefes sin ser ellos nada de eso. Como el adolescente que se promete no caer en los errores de sus padres y 20 años más tarde repite sus mismas frases: todos terminando siendo nuestros padres, todos terminamos siendo nuestros antiguos jefes.

Los jefes tienen que odiarse un poco para que esto no se convierta en lucha de clases

Así que también se odian un poco para que el odio sea transversal, para desactivar la posibilidad de que esto se convierta en una batalla de los de abajo contra los de arriba. Yo también fui uno de los tuyos. Es importante, por eso, que los jefes se lleven mal con otros jefes, para desviar la atención. Ironizar con uno mismo es una manera de decir: bueno, yo soy el jefe, pero tú también lo podrías ser, tan solo ha sido la casualidad lo que nos ha llevado a que yo mande y tú ordenes, en otro universo alternativo tú estarías abroncándome a mí y no al revés. Eso seguramente también lo piense Julio Blanco.

Debajo de las risas no hay una Gran Renuncia. Hay, más bien, una Gran Resignación, la del que se ríe porque no puede hacer más. La empresa familiar que Aranoa retrata en su película es eterna: el retrato podría ser el mismo en los años 50 del siglo pasado y, seguramente, dentro de varias décadas. El paternalismo condescendiente, la corrupción en zapatillas de andar por casa, la doble moral entre lo que se dice y lo que se hace y ese poder blando ejercido en asadores o visitas amedrentadoras al familiar de turno son lugares comunes de la empresa española de hoy y de siempre, que esto es así, fue así y será así para siempre porque es la estructura misma del país.

Foto: Un trabajador cualquiera en un mercado laboral conocido. (Reuters/Vincent West) Opinión

La gente se ríe por eso, porque es lo que les queda. 'El buen patrón' es una película un poco vieja porque podría rodarse siempre. Y podría rodarse siempre porque probablemente Julio Blanco sería el que más se reiría con ella, porque es, en el fondo, el que más se odia a sí mismo: es que soy yo, literal.

Hacía mucho tiempo que no oía a tanta gente riéndose al mismo tiempo, pero 'El buen patrón' lo ha conseguido. Resumamos: 'El buen patrón' es otro drama de Fernando León de Aranoa que en este caso es comedia por no llorar, una deconstrucción de vicios y tontunas de la empresa española que se le podría haber ocurrido a Rafael Azcona. No es que el público que me rodeaba pareciese especialmente favorable a la abolición del trabajo o la socialización de los medios de producción. Escena: cines de versión original en Pamplona. Es decir, señores y señoras de clase media, o media-alta, y algún otro cuarentón que bajaba la media de edad. Y navarros.

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