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La plaga del urbanita rural: lo que más nos gusta en la ciudad es ser de pueblo
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'TRINCHERA CULTURAL'

La plaga del urbanita rural: lo que más nos gusta en la ciudad es ser de pueblo

La España rural no es un lugar, sino un estado mental que se genera por oposición: es todo aquello que no es la ciudad. Ternura, relax, comunidad idílica. Una caricatura para turistas

Foto: Dos mujeres se hacen un 'selfie' durante la Fiesta de la Trashumancia que se celebra anualmente en Madrid. (Reuters/Susana Vera)
Dos mujeres se hacen un 'selfie' durante la Fiesta de la Trashumancia que se celebra anualmente en Madrid. (Reuters/Susana Vera)

El otro día me sorprendí explicándole a la alcaldesa de una pequeña localidad aragonesa de poco más de 300 habitantes que aunque camine como una persona de ciudad, hable como una persona de ciudad y piense como una persona de ciudad, yo también soy de pueblo. (Esto quiere decir que paso algún que otro fin de semana en el norte de España por vínculos conyugales).

Mi estúpida insistencia en intentar convencer a una persona que lleva más de 70 años viviendo en un pueblo de que sabía exactamente de lo que me hablaba cuando me contaba cómo era su día a día, y a pesar de que mi vida ha transcurrido entre Móstoles, Lavapiés y Carabanchel, era un burdo intento de decir: yo no soy uno de esos ridículos urbanitas que comen contaminación y cenan centralismo, esos que se piensan que en los pueblos solo hay cabras y huertos, no se confunda. Yo soy como usted. Periferia.

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Quizá habría sido más provechoso contarle que últimamente en las ciudades estamos locos con los pueblos. Especialmente desde la pandemia, pero incluso antes. Estamos locos porque en las ciudades ni nos aguantamos a nosotros mismos. Nos encanta teorizar sobre lo rural, quejarnos de lo mal que están, escribir artículos, presentar libros y montar mesas redondas. Amamos teorizarlos y, en algún momento, desvelar que nos encantaría vivir en uno de ellos. Los metemos en campañas publicitarias, los hemos convertido en nuestro patio de recreo: ¿ir a un 'resort' con pulserita teniendo la posibilidad auténtica de alquilar una casa rural a 40 kilómetros de la capital? Venga, hombre. Ya lo cuenta el anuncio de Correos: el Pueblo, así con mayúscula, es un lugar donde te van a recibir con los brazos abiertos, donde todo es idílico, lento y comprensivo. Un decorado preparado para el visitante urbanita. Pueblo en mayúscula porque es un ente abstracto, donde el Pueblo es básicamente todo lo que tenga menos de 50.000 habitantes que se encuentre al otro lado de la M-50.

Tal vez haya comprobado el lector que al contrario de lo que cualquier observación razonablemente objetiva podría sugerir, las ciudades se están reduciendo hasta su mínima expresión y el rural se lo está comiendo todo, siempre y cuando se observe desde la ciudad. Uno hoy ya puede ser un cronista de la España vaciada desde Mirasierra, un avezado agricultor de tomates en su balcón de Sants, un pastor de carlinos salvajes en el barrio de Salamanca. Antes todo era campo, ahora todo es susceptible de ser España vacía.

Uno hoy ya puede ser un cronista de la España vaciada desde Mirasierra o un avezado agricultor de tomates en su balcón de Sants

La España rural no tiene nada que ver con el campo. Es más bien un estado mental que se genera por oposición: la España vaciada es lo que no es la ciudad. Hoy, la ciudad es mala calidad de vida, estrés, individualismo y elitismo. Seguimos sin saber muy bien qué es la España rural, porque es demasiadas cosas a la vez, así que le atribuimos todo aquello que la ciudad no es: buena calidad de vida, relajación, comunidad y democracia horizontal. Tópicos 'ad hoc' para marcar diferencias con una existencia urbana que detestamos, pero que también sirven para crear una imagen idílica, exenta de problemáticas sociales y de historia. Una idea absoluta, inmutable y platónica.

Así, los pequeños municipios, las capitales de provincia, incluso los barrios pueden ser España rural, ese saco que sirve para nombrar "todo lo que no es la capital", asociado a determinados valores positivos, que llegan al extremo de lo moralizante ("en la ciudad podrás ponerte máscaras, pero al final aquí la máscara va a caer", explica amenazante el spot de Correos) y turísticos: antes uno se iba a la India a sumergirse en el estilo de vida oriental, ahora se va al Pueblo a vivir la vida 'slow'. La inautenticidad de la ciudad frente a la autenticidad del Pueblo, esa dicotomía maniquea que denunciaba Raymond Williams en 'El campo y la ciudad'.

Foto: 'Today is gonna be the day that they're gonna throw it back to you...' (iStock) Opinión

Ahora repentinamente todo el mundo tiene pueblo, incluso los que no lo hemos tenido nunca. Especialmente los que renegaron de él y lo ocultaban bajo la alfombra de sus biografías. Porque tener pueblo al final es tener raíces, y tener raíces es ser auténtico, tener un relato. Hoy ya no existe el urbanita 100%, el de los ocho apellidos gatos: el hombre de ciudad está desclasado. ¿Hay cosa más triste que no tener a un sitio donde volver? Cuando mueras, ¿te van a enterrar debajo del Primark de Gran Vía? Así que soñamos con el Pueblo absoluto, olvidándonos de los pueblos reales.

Quién no va a querer tener Pueblo, porque tenerlo es poder decir que venimos de algún sitio. Aún más: que somos el pueblo, que se han olvidado de nosotros, que somos parte de los perdedores de buen corazón, que estamos en el bando bueno de la historia. Cuando se habla de "España vaciada" desde la ciudad, a menudo no se habla de la urbe y el campo, sino del centro y la periferia, de los de arriba y de los de abajo, de los ganadores y los perdedores. La España rural se ha convertido en una metonimia de la periferia.

Por eso la España rural está en boca de todos, pero no le importa a nadie. Porque no se trata de mejorar las condiciones de la vida de la gente que vive allí, sino de crear un refugio para urbanista rurales. ¿Y un relato políticamente rentable?

Todo esto pronto será campo

Hace un par de semanas hubo muchas risas con el tuit que Isabel Díaz Ayuso publicó sobre este tema. "La España vaciada es una España olvidada, despoblada", escribía. La trampa se encontraba en que esa España olvidada era Colmenar Viejo, un municipio de 50.000 habitantes a media hora de Madrid. Una vez más, la misteriosa contracción del territorio español: la polémica de aquel viernes por la tarde acusaba a Ayuso de haber acercado la España vaciada a apenas unos kilómetros de la capital.

La trampa se encontraba en que esa España olvidada era Colmenar Viejo, un municipio de 50.000 habitantes a media hora de Madrid

Pero Ayuso tenía razón. La España vaciada hace tiempo que dejó de ser únicamente una categoría geográfica para convertirse en una categoría política. No me refiero a los partidos como Teruel Existe o la plataforma España Vaciada, sino a que se trata del término utilizado desde el mundo urbano de manera vaga para referirse a todo aquello que ha sido despreciado u olvidado. Por eso todo el mundo puede sentirse España vaciada; porque, engrasado políticamente, puede convertirse en la categoría que identifique a todas las periferias, no solo las geográficas.

En su ya célebre 'No Society', Christophe Guilluy realiza un interesante análisis y una muy discutible generalización sobre las periferias, a las que identifica ya no solo como el mundo rural en decadencia, ni siquiera como las ciudades desindustrializadas, sino como un término que engloba a la clase media en retroceso cultural y material, también la urbana. "Categorías que ayer eran opuestas, obreros, campesinos, empleados, autónomos, se reúnen poco a poco en una misma oposición, unidas por el mismo sentimiento de relegación cultural y geográfica", escribe.

Usted podría ser periferia, así que usted podría ser España vaciada, aunque viva en el kilómetro 0. Lo que deja entrever ese mensaje es el intento de conformar grandes mayorías a partir de una cualidad común que ya no es la clase social o el lugar de procedencia, sino el sentimiento de derrota, algo con lo que resulta fácil identificarse. ¿Quién no se siente relegado? Desde Trump hasta el Brexit, insiste el francés, las periferias se rebelan. Tal vez se puede dar la vuelta al argumento, siguiendo la lógica opuesta al francés: quizá no sean las periferias las que se estén rebelando sino que sea la política emergente las que las crea, a través de un discurso que proporciona coherencia a lo que no la tiene, donde entran clases trabajadoras y medias, rurales o urbanas en un eje arriba-abajo que es también centro-periferia.

El tuit de Ayuso hacía referencia a una "izquierda progre" que es el mismo término que emplea Guilluy en su libro, y que se convierte en el Otro de esa España vaciada, olvidada y periférica: "Ahora ya no nos hemos de enfrentar a un mundo de arriba que defiende el orden tradicional, la autoridad, el orden establecido, sino a una nueva burguesía progre que ha elegido la secesión". Ese es el discurso susurrado en gran parte de las intervenciones de la derecha, que por arte de magia desaparece de las críticas del francés: ha sido la izquierda la que ha traicionado a quien debería proteger, al convertirse en la promotora de los intereses de la clase dominante mientras da la espalda a los trabajadores y las clases medias, que han visto cómo su calidad de vida empeora día tras día.

¿Es la derecha rural y periférica, de abajo, y la izquierda urbana y central, de arriba? Obviamente, no: el PP es un partido con gran raigambre en capitales y ciudades y, especialmente, en el centro económico de Madrid, el centro más centro que nadie podría denominar periferia. Por eso es muy rentable alargar la sombra de la sospecha hacia la izquierda urbanita, que cuando la derecha dice que se ha olvidado de lo rural quiere decir que se ha olvidado de ti. Esa es la gran cuadratura del círculo que sugiere el tuit: conquistar la periferia desde el centro. Y, por eso, todos vamos a ser España vacía tarde o temprano.

El otro día me sorprendí explicándole a la alcaldesa de una pequeña localidad aragonesa de poco más de 300 habitantes que aunque camine como una persona de ciudad, hable como una persona de ciudad y piense como una persona de ciudad, yo también soy de pueblo. (Esto quiere decir que paso algún que otro fin de semana en el norte de España por vínculos conyugales).

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