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Mi Erasmus en un pueblo maño de 321 habitantes: 1.000 €, casa pagada y mimos
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DOCUMENTALISTA EN MORÉS

Mi Erasmus en un pueblo maño de 321 habitantes: 1.000 €, casa pagada y mimos

Olvídate de los viajes por Europa, el futuro está en el Erasmus rural, con sueldo, alojamiento y posibilidades de quedarse... en un pueblo de menos de 5.000 habitantes

Foto: El estudiante Rubén Escusol posa en su antiguo piso de Morés, en Zaragoza. (S. B.)
El estudiante Rubén Escusol posa en su antiguo piso de Morés, en Zaragoza. (S. B.)

A primera hora de la tarde, cuando el sol ajusticia el castillo de Morés, el enclave donde la leyenda cuenta que Almanzor buscó refugio, un forastero trepa por las escaleras que conducen al mirador que reina sobre el valle de la comarca de Calatayud. Se sienta, saca un libro, ‘thriller’ o ciencia ficción, y lee bajo la respiración de los pinos. Así, todo el verano.

El visitante responde al nombre de Rubén Escusol, estudiante de 30 años del Grado de Información y Documentación en la Universidad de Zaragoza y el primer Erasmus rural del pueblo. Nada de fiesta, desfase y ‘orgasmus’. Lo que ha llevado durante los últimos años a decenas de aragoneses a pasar varios meses en pequeños pueblos de toda la comunidad haciendo sus prácticas es más bien lo opuesto. Una inmersión de cabeza en el mundo rural de mano del Programa Desafío Rural, promovido por la Universidad de Zaragoza y la Diputación, que comenzó con 13 alumnos en 2018 y hoy ya tiene 86.

"Estábamos una compañera, 70 habitantes y ovejas y cerdos y yo"

“No quiero ofender, pero es que a mí las ciudades muy grandes no me gustan”, confiesa en la estancia donde pasó el verano trabajando. El ayuntamiento de la localidad, donde ha pasado horas y horas buceando en su patrimonio fotográfico. “No tengo tanto problema con Zaragoza, que no es tan grande, pero yo en Madrid no estoy a gusto, me pierdo, me resulta enorme. No puedo estar en París. La posibilidad de ir a vivir a un pueblo me atraía bastante, porque me gusta subirme a la montaña, dar un paseo, hacer deporte”. Dicho y hecho. ¿Italia? Nada, de Erasmus a Morés.

El día a día que describe suena envidiable. Según la edad de cada cual, probablemente más que meses noctámbulos de fiesta en fiesta. Escusol abría los ojos en el alojamiento que el ayuntamiento le proporcionó, una casa de varias plantas, tres dormitorios y un gimnasio en el centro del pueblo. Abría la ventana, que daba a una pequeña plaza. Un paseo matinal hacia las piscinas que, en un gesto de generosidad, el ayuntamiento abría una hora antes solo para él, como presume la alcaldesa, la popular Esther Serrano. Más tarde, jornada laboral en el ayuntamiento.

Y, por la tarde y la noche, mucho tiempo libre para pasear por el monte, leer, relajarse y, sobre todo, trabajar en el Trabajo Final de Grado. “Es que las distracciones en Zaragoza son muchas: que si una cerveza, que si tal, que si cual”, gesticula el documentalista. “A mí es que no me importa estar solo, me gusta la soledad”. Morés es un lugar perfecto para perderse si a uno le buscan. Como nos recuerda la alcaldesa, aún mantiene varias industrias, principalmente de calzado, y el desempleo es virtualmente cero. El último censo ronda los 321 vecinos, pero probablemente haya alguno más, tímido del padrón.

Escusol es un repetidor de los Erasmus rurales. Les ha cogido el gusto. El primero lo hizo en el Archivo Municipal de Cubel, localidad zaragozana al pie de la Sierra de Santa Cruz. Estuvo cuatro meses y le gustó tanto la experiencia que quiso repetir. “La primera vez fue en pleno covid: quería salir de Zaragoza”, reconoce entre risas. “La experiencia fue muy fácil: estábamos una compañera, los 70 habitantes y ovejas y cerdos y yo, no tenía más. Eso sí, ovejas y cerdos, para dar y tomar”.

"Una persona de 20 años no valora vivir en el pueblo tanto como una de 30"

Su principal motivación fue el archivo fotográfico de Morés. Los erasmus rurales coinciden en que encuentran en el ámbito rural oportunidades y pequeños tesoros con los que no se habrían podido topar en una ciudad. “No es una cosa que suelas tocar en la carrera, así que, cuando vi el archivo, que no es algo bastante común, dije: ‘Adelante”. Su tarea, implementar los metadatos de las fotografías que la alcaldesa ha recopilado en el archivo de la Diputación. Una labor mastodóntica que necesitaba de manos expertas, tiempo por delante y, sobre todo, algo que no es tan fácil de encontrar: entusiasmo y cariño.

¿No llegó a aburrirse? No, reconoce. Es la vida que estaba buscando, aunque admite que haber cumplido ya la treintena es un factor importante. El propio Escusol hizo ya su Erasmus en Oporto y, cuando se le pregunta si prefiere Morés a Oporto, es diplomático: “Bueno, es que Oporto es mucho Oporto…”. La alcaldesa sale al paso: “No hay tanta voluntad. Una persona de 20 años no valora vivir en el pueblo tanto como una de 30, que sales aquí y hueles al tomillo… Se han dicho muchas tonterías de los pueblos, pero la gente más interesante que he conocido vive aquí”.

Y tú, ¿de quién eres?

—¡Pero vente a vivir, hijo, si aquí estás en la gloria! ¡Y lo bien que te hemos tratado!

Rubén asiente. Hay química de telecomedia entre el documentalista y la alcaldesa, que han trabajado codo con codo durante meses. “Anda que no te hemos mimado”, le dice Serrano, y Rubén no puede más que admitirlo: “Sí, sí, me han tratado de lujo”. Nos encontramos con el fontanero del pueblo (“el mejor fontanero del mundo”, la alcaldesa 'dixit') y le preguntamos si es así: “Le hemos tratado bien, ¿verdad?”. A pesar de los 'shocks' iniciales, como las canciones de La Ronda de Boltaña que suenan por la megafonía del pueblo para avisar de los bandos, que al principio pensaba que se trataba de la visita del pescadero.

“En los pueblos hay otros valores”, insiste Serrano. “Aquí preguntaban quién era, claro, pero para saber si necesitaba algo”. No decía exactamente lo de Erasmus rural, sino que era alguien que había venido a echar una mano en el ayuntamiento, y los vecinos cogían rápidamente la idea.

placeholder Alberto (i), José Antonio (c) y José en la entrada del bar del pueblo. (S. B.)
Alberto (i), José Antonio (c) y José en la entrada del bar del pueblo. (S. B.)

Desde el punto de vista de alguien que ha llegado a Morés desde el convulso mercado inmobiliario de la gran ciudad, lo que uno observa con sus ojos es un pequeño oasis: un edificio de varios pisos con una sala llena de máquinas para el gimnasio, tres dormitorios donde podía invitar a quien quisiera, tele, sofá y sábanas y colchón nuevo. “Todo se lo compramos nuevecito”, presume la alcaldesa, que lamenta que no es tan habitual encontrar a un joven que quiera mudarse a un pueblo en el que no conoce a nadie.

Ese es uno de los compromisos del programa, proporcionar alojamiento a todos los visitantes, que por su parte deben comprometerse a pernoctar en el pueblo para que la inmersión sea real. Además, los erasmus reciben un sueldo que ronda los 1.000 euros, cofinanciado entre Diputación y Universidad de Zaragoza, más manutención. Algo bastante suculento en un entorno en el que las prácticas mal pagadas o directamente no remuneradas abundan, a lo que hay que unir la posibilidad de encontrar trabajo y quedarse.

En la última convocatoria recibieron alrededor de 400 solicitudes para 49 puestos

“Pretendemos que sea algo transversal a todas las titulaciones, no permitimos que se concentren muchas prácticas en unas pocas titulaciones como ingenieros agrónomos o veterinarios”, explica Nieves García Casarejos, directora del Servicio de Orientación y Empleo de la Universidad de Zaragoza. Ha pasado casi de tener que perseguir a los estudiantes a recibir más de 400 solicitudes solo en la provincia de Zaragoza. Son prácticas generosas: “Nos sale un mes por 1.600 o 1.700 euros, pagamos alojamiento, manutención, una bolsa de ayuda, les damos de alta en la seguridad social…”.

El objetivo no es fijar población, como ocurre con el proyecto Arraigo, sino abrir las puertas del mundo laboral rural. “Lo que se pretende es que la experiencia sea un punto de inflexión para que puedan plantearse vivir en el mundo rural si les sale un trabajo ahí, porque ya lo conocen y uno solo puede amar lo que conoce”, explica Casarejos. “Los ayuntamientos y la empresa privada quedan muy contentos, porque tienen muchas virtudes y llegan con la chispa y la virtud de la juventud”.

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Rubén en una de las calles de Morés. (S. B.)

Este último año, el programa ha llevado 86 prácticas a todo Aragón. 49 en Zaragoza, 12 en Teruel y 25 en Huesca. Además, se ha convertido en una de las inspiraciones para Campus Rural, el proyecto de Erasmus rurales que el Ministerio de Universidades lanzará a nivel nacional con el hombre de Programa Campus Rural, que enviará a sus estudiantes en prácticas a pueblos de 5.000 habitantes de otras comunidades autónomas a razón de 1.000 euros brutos al mes. Cientos de Rubén Escusol por toda España.

Walden en prácticas

Todos los erasmus coinciden: la tranquila vida del campo quizá no sea trepidante, pero resulta útil si uno quiere apartarse de la locura urbana y cada segundo que pasa es un segundo menos para entregar un Trabajo de Final de Grado. “Este año sí que he estado solica, pero no me he aburrido un segundo porque tenía que entregar el TFM”, cuenta Sarai Salvo, historiadora del arte que, como ocurría con Escusol, también ha repetido Erasmus. Primero en Tobed, y este año en San Mateo de Gállego, trabajando en ambos casos para Territorio Mudéjar, aprendiendo sobre gestión patrimonial en el mundo rural y formando parte del proyecto El Viajero que crea rutas de autor por el Aragón Mudéjar.

"Lo que no te suelen decir en la carrera es que en el campo sí hay trabajo"

La motivación para meterse en un Erasmus rural en un pueblo de 225 habitantes fue triple: “Poder vivir sola por primera vez, poder vivir en un pueblo y poder adquirir experiencia”. Un cóctel ventajoso para todos: es relativamente normal que los trabajadores se queden después de hacer las prácticas, entre otras cosas, porque uno de los problemas que se encuentran en Aragón es que, a pesar de que hay multitud de pequeños municipios, las nuevas generaciones han perdido la vinculación con los pueblos que si tenían sus padres, lo que dificulta ese intercambio entre el campo y la ciudad.

“Te da otra visión porque, antes de meterme a estas prácticas, no me había planteado trabajar en un pueblo, pero es que Aragón es todo rural, así que es más probable que termine en un pueblo que en la ciudad en sí”, explica. “Era justo después del confinamiento y no encontraba trabajo de lo mío, así que empecé a buscar prácticas y me encontré estas”. Allí conoció a su actual jefe.

placeholder Vista de una de las esquinas de Morés. (S. B.)
Vista de una de las esquinas de Morés. (S. B.)

Algo parecido le ha ocurrido a Eugenia Gallego, otra historiadora del arte con la que coincidió en Tobed. También ha repetido. Primero en Villarreal de Huerva, muy cerca de Daroca, el pueblo de su familia, más tarde en Tobed. Dos meses en cada destino. Primero sola, luego con otros amigos. “En Historia del Arte siempre te dicen que no hay trabajo de esto y que todo está muy mal, pero lo que no te dicen es que en el ámbito rural sí que hay trabajo”, explica.

No es siempre fácil integrarse en un pequeño pueblo, y la historiadora reconoce que no fue fácil pasar el invierno de la pandemia en un pueblo de apenas tres centenas de vecinos. “Me cundió mucho y la acogida fue maravillosa, porque la poca gente joven que había estaba muy interesada en que me integrase, pero el 'shock' de pasar de una ciudad a un pueblo en invierno fue duro”.

"Este año nos hemos ido cinco, ha sido un Erasmus en miniatura"

Su segunda experiencia en Tobed sí ha sido más parecida a la del Erasmus tradicional. “Este año estuvimos cinco personas en agosto y en septiembre, o sea, que sí, ha sido un Erasmus en miniatura”, confiesa. “La sensación era la misma que estar en Erasmus, pero hemos trabajado mucho y nos ha cundido”. Todos coinciden: el verano, cuando los pueblos explotan con vida, es el momento idóneo para convertirse en Erasmus rural.

placeholder Rubén posa en su antiguo piso de Morés. (Sergio Beleña)
Rubén posa en su antiguo piso de Morés. (Sergio Beleña)

“Estoy viviendo en Daroca y trabajando en patrimonio rural; no podía haber tomado mejor decisión”. Ahí está el corazón del Erasmus rural. Dejarse de teoría e ir a la práctica. No es que Morés pretenda ser Oporto; es que teniendo las piscinas municipales bajo el sol aragonés, el bar de la avenida Francisco Gil y el mirador del pinar, ¿quién necesita Oporto?

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