Museo del Traje: ¿por qué desapareció el hombre de la moda en el siglo XIX?
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Museo del Traje: ¿por qué desapareció el hombre de la moda en el siglo XIX?

Es uno de los museos más desconocidos y más interesantes para conocer nuestra historia. Ahora acaba de reabrir sus puertas tras una reforma y una reordenación de su colección

Foto: Una exposición en el Museo del Traje.
Una exposición en el Museo del Traje.

“La moda no es algo que solo exista en los vestidos. La moda está en el cielo, en las calles. La moda tiene que ver con las ideas, con la forma en que vivimos, con lo que está sucediendo”. La frase pertenece a Coco Chanel, que algo de este tema sabía. Y un ejemplo paradigmático es lo que sucedió con los hombres, que desaparecieron de la moda a mediados del siglo XIX. Hasta entonces, la vestimenta masculina había compartido el mismo espacio que la femenina. Cambiaba y admitía todo tipo de innovaciones según los tiempos. De chupas a casacas, chalecos, trajes de tres piezas, pantalón corto, largo, abombado e incluso faldas. Más coloridos o menos. Hasta que llegaron la camisa, el pantalón y la levita del Romanticismo, que han marcado el uniforme masculino en los dos últimos siglos. Durante 200 años, los hombres siempre han vestido igual. Prácticamente hasta ahora con los nuevos diseños vanguardistas de algunos creadores como Palomo Spain o David Delfín, que introducen faldas y vestidos en la indumentaria masculina. ¿Es, por tanto, la ropa un elemento que explica sociológicamente el descoloque masculino ante los nuevos cambios?

"A mediados del XIX llega lo que se conoce como ‘la gran renuncia masculina’, porque el hombre cambia sus prioridades en cuanto al prestigio"

“A mediados del XIX llega lo que se conoce como ‘la gran renuncia masculina’, porque el hombre cambia sus prioridades en cuanto al prestigio. Si antes también lo daba la vestimenta, ahora serán los avances científicos, técnicos. La ropa deja de interesar al hombre, que se centra en otras cosas, y ya se relacionará solo con el mundo femenino”, explica Juan Gutiérrez, comisario de la exposición permanente del Museo del Traje que se acaba de reinaugurar en Madrid después de algunos cambios en el edificio —cubierta y plantas bajas— y en la propia disposición de toda la muestra, en que ahora se pueden ver más de 1.000 piezas (casi todas donadas) desde el siglo XVIII hasta la actualidad y que son todo un estudio sociológico de estos tres últimos siglos en nuestro país. Quizá se echa en falta una mayor explicación de cada traje, un espacio algo más luminoso y a algunos diseñadores, sobre todo al final del recorrido, pero este museo, uno de los más desconocidos, pero más interesantes, es un buen plan para ver cómo hemos cambiado.

El 'boom' de la moda afrancesada

Efectivamente, una de las cosas que más llaman la atención nada más entrar es que la presencia de la indumentaria masculina tiene el mismo espacio que la femenina antes de esta gran renuncia. El siglo XVIII se inicia con la llegada de los Borbones Felipe V empezó a reinar en 1700— y, por tanto, con el desembarco de toda la moda francesa. El vestido negro austero cerrado desde el tobillo hasta las amígdalas de los Austrias se guarda en el cajón y aparece toda una explosión de color de lo que se conoce como la primera gran moda internacional de la historia.

placeholder Traje a la francesa de hombre de entre 1770 y 1780.
Traje a la francesa de hombre de entre 1770 y 1780.

El paseo del Prado de Madrid se convierte en una gran pasarela. Allí es donde uno iba a ver y a dejarse ver con falda-pantalón (hombres), sombreros, chupas, trajes a la francesa y chalecos largos (hasta la rodilla: con el tiempo se irían acortando hasta llegar al chaleco actual). Y tanto los trajes de los hombres como los de las mujeres tenían bastantes elementos decorativos (dibujos, bordados, botones, etc.). Por supuesto, aquí lo que daba estatus era el tipo de tejido. Seda para la clase alta, paño para los demás. Y el resto, puro trapo.

Además de la presencia masculina en asuntos textiles, otro asunto que revela esta exposición son las transformaciones y conflictos político-sociales. Y se cumple la teoría de que la Historia no sigue siempre una línea de progreso, sobre todo en lo que tiene que ver con la vestimenta femenina.

El triunfo del majismo (conservador)

Con Carlos III, ya en la segunda mitad del XVIII, la moda femenina se vuelve más relajada. Se produce la aparición de los vestidos camisa de colores claros. Era ropa confortable y cómoda sin muchos abalorios ni corsés ni estructuras para sostener nada. Los hombres, por su parte, se decantaban por el traje tres piezas francés. Sin embargo, frente a esta moda afrancesada, comenzará a haber una reacción que se hará mucho más estentórea durante el reinado de Carlos IV y el motín de Esquilache y que traerá consigo la recuperación de las capas negras embozadas y, con la duquesa de Alba Teresa Cayetana Álvarez de Toledo al frente —como se ve en el cuadro que le pintó Goya en 1795—, un nuevo regusto por la vestimenta castiza y popular de los majos que se da principalmente en Madrid, Sevilla y Valencia. La ropa como ejemplo de los movimientos reaccionarios (si bien la clase alta siguió importando vestidos de París).

placeholder El vestido camisa que se puso de moda a finales del XVIII y principios del XIX, mucho más cómodo para las mujeres.
El vestido camisa que se puso de moda a finales del XVIII y principios del XIX, mucho más cómodo para las mujeres.

Lo que sucedió con este país hoy ya lo sabemos. España ganó la guerra frente a los franceses, regresaron Fernando VII, el absolutismo… y la ropa incómoda para las mujeres. Del vestido camisa se pasó a otros de faldas amplias y mangas anchas. Mientras, el traje de los hombres se fue haciendo más desahogado. Y si hasta entonces la moda de la aristocracia había sido principalmente afrancesada, ya no eran buenos tiempos para este tipo de indumentaria, por lo que se adapta la española, la castiza, la del pueblo, la del majo y la maja. Mueren los intentos liberales y cosmopolitas y se produce una exaltación de lo popular y lo español, las cofias, las mantillas y el traje de torero que sufre en estos años su gran transformación. Es el esplendor de la iconografía del toreo y de los toreros, que incluso llegaron a dictar la moda con el tipo de zapatos, la montera y el traje de luces. Eso sí, como se demuestra en estas vitrinas, los ricos vestían al modo de los pobres, pero no con los tejidos ni la calidad de los pobres. La España de Fernando VII.

placeholder Traje de majo de entre 1780 y 1795. (Museo del Traje)
Traje de majo de entre 1780 y 1795. (Museo del Traje)

Vuelve el gusto francés (y el hombre desaparece)

Hacia 1833, con la muerte de este rey, hay nuevos intentos de mirar hacia Francia y hacia el progreso. Será también una aristócrata la que traiga nuevos vientos en la moda: Eugenia de Montijo, que llegó a casarse con Napoleón III. Se impondrá otra vez el gusto francés, los miriñaques —estructura con forma de jaula para sujetar las faldas— serán menos pesados y se mantendrá el corsé. La burguesía se va haciendo hueco a expensas de los nobles para marcar las nuevas tendencias y comenzará una mayor producción en serie y no tan artesanal, puesto que ya no será la clase ultra adinerada la que tenga la hegemonía en el vestir. De ahí que sea la época en que surgen las grandes galerías de ropa. Una de las primeras será el Pasaje de San Felipe Neri en Madrid, a partir de 1839. Una galería a la que solían acudir las mujeres puesto que los hombres desaparecen de la escena de la vestimenta.

placeholder Traje de Madame Roger, de 1870. (Francisco Javier Maza Domingo)
Traje de Madame Roger, de 1870. (Francisco Javier Maza Domingo)

A partir de 1870 comienza en Europa lo que se ha denominado la Belle Époque, que durará hasta el estallido de la I Guerra Mundial en 1914. Casi cuatro décadas sin guerras con un gran desarrollo industrial al que querrá sumarse España. Francia vuelve a ser el referente a través de Barcelona, que se convierte en la gran ciudad cosmopolita española gracias a la exposición de 1888 y al modernismo. Del país vecino llegan la idea de la autoría, el etiquetaje, la alta costura, las novedades de temporada y los desfiles con modelos vivas. La gente comenzaba a tener vestidos de autor. Y, en España, una vez más la introductora de esta idea fue Eugenia de Montijo. Sin embargo, la ropa todavía seguía siendo bastante incómoda para las mujeres.

Siglo XX: liberación de la mujer

El nuevo siglo se inicia con importantes cambios para la mujer —las sufragistas comienzan a hacer ruido— que se notan en su indumentaria. Una de sus propulsoras fue, precisamente, Coco Chanel. Es el fin de los miriñaques, los corsés y toda la estética recargada, con esas faldas y mangas voluminosas. Se readapta el vestido camisa que había tenido éxito en el siglo XVIII y se pone de moda el traje sastre (chaqueta y la falda, y algún tiempo después el pantalón para las mujeres). La mujer vuelve a tener (cierta) presencia, surgen escritoras con un importante nivel de ventas como Colette en Francia… y se vuelve a vestir con comodidad.

placeholder Abrigo de Mariano Fortuny (1910-1945). (Fco Javier Maza Domingo)
Abrigo de Mariano Fortuny (1910-1945). (Fco Javier Maza Domingo)

Estas tendencias también llegaron a España en esos años, como se muestra en el museo con las vitrinas dedicadas a la ropa de noche. Se pone de moda aquello de vestirse para salir (al teatro, principalmente), ya que hasta entonces era un concepto que no existía. Hacia 1920, se produce un nuevo cambio que tiene que ver con el acortamiento de la ropa: se empiezan a ver las piernas y los hombros de las mujeres, y la industria de la ropa de baño sufre un salto espectacular. Sobre los años treinta, la exposición muestra vestidos que podrían ser de hoy. De hecho, casi lo son, como explica el comisario Juan Gutiérrez: “Utilizamos maniquíes de ahora, es decir, no a medida. Es un cuerpo más atlético”. Después, también sabemos lo que ocurrió: el gran apagón.

La dictadura y la flamenca

Con la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial, la industria de la moda se frenó en seco en Europa. Los muertos, la destrucción de las fábricas, la carestía y el hambre. En España, sin embargo, explica Gutiérrez, durante los primeros años de la dictadura se mantuvieron las sastrerías, como González, y las modisterías, como Tamar, ambas en Madrid, que empezaron a trabajar con diseños de creadores como Balenciaga o Elio Bernhayer.

Junto a esta cuestión más de alta costura artesanal (y solo accesible a unos pocos), España vuelve a desarrollar su regusto por lo tradicional. El turismo extranjero pone de moda el traje de flamenca y el sombrero cordobés y las propias políticas públicas lo exacerbarán con todo tipo de 'merchandising' para colocar encima del televisor.

placeholder Chaqueta, Elsa Schiaparelli; falda y bolso, hacia 1950. (Francisco Javier Maza Domingo)
Chaqueta, Elsa Schiaparelli; falda y bolso, hacia 1950. (Francisco Javier Maza Domingo)

Uno de los hitos de la moda española de estos años, asegura Juan Gutiérrez, son los uniformes de Iberia. Había sido Air France la primera compañía en introducir un traje de alta costura para sus azafatas e Iberia copiará la estrategia con el diseñador Pedro Gutiérrez, que crea el primer uniforme, aunque el verdadero éxito llegará con la colección Rosa Real de Manuel Pertegaz, en 1968 (en la exposición, solo se puede ver un sombrero), cuando volar estaba a la misma altura que la vestimenta de alta costura y se lo podía permitir la misma clase social.

De Galerías Preciados a El Corte Inglés

Los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia están marcados en el terreno de la moda por el éxito de grandes almacenes como Galerías Preciados y El Corte Inglés, que se expanden por todo el territorio. “La difusión de las novedades marcaba el ritmo de vida de los españoles, y se establece el modelo de ropa seriada. La alta costura convivirá con el 'prêt-à-porter”, comenta Gutiérrez. La moda se populariza y van desapareciendo los diseñadores de la alta costura para dar lugar a nuevas generaciones como Francis Montesinos, Sybilla o Raúl del Pozo. También comienza a tener su influencia la moda juvenil.

placeholder Abrigo-vestido de Sybilla de 1986. (Francisco Javier Maza Domingo)
Abrigo-vestido de Sybilla de 1986. (Francisco Javier Maza Domingo)

En esta última parte del recorrido, se echan en falta algunos grandes diseñadores como Ágata Ruiz de la Prada, si bien sí está muy representado Manuel Piña, considerado el gran diseñador de la Movida. Y la exposición se cierra con una vitrina dedicada a David Delfín, al que consideran en el museo el último gran diseñador vanguardista, también en su ropa masculina. “No es una exposición totalmente permanente sino que irá cambiando, porque tenemos mucho material”, aseguran, no obstante, desde el museo.

placeholder Museo del Traje, construido en 1969 como sede del Museo Nacional de Arte Contemporáneo.
Museo del Traje, construido en 1969 como sede del Museo Nacional de Arte Contemporáneo.

La bola extra está dedicada a la ropa masculina más novedosa. Es un intento de devolver la presencia del hombre en la moda que tuvo hasta el siglo XIX. “Es que este es un museo en el que para equilibrar tenemos que esforzarnos en el otro sentido”, reconoce Gutiérrez. En cualquier caso, una visita al edificio, creado en 1969 por los arquitectos Jaime López de Asiaín y Ángel Díaz Domínguez, y que consiguió el Premio Nacional de Arquitectura aquel año (se hizo para alojar el Museo Nacional de Arte Contemporáneo en aquellos terrenos yermos de Ciudad Universitaria), merece la pena.

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