La caza del Leviatán: Durero y la ballena que acabó con él
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La caza del Leviatán: Durero y la ballena que acabó con él

Philip Hoare cuenta en su último ensayo cómo el pintor alemán emprendió la búsqueda de un enorme cetáceo y cómo el arte ha cambiado nuestra manera de ver a los animales

Foto: Durante siglos las ballenas fueron animales terroríficos
Durante siglos las ballenas fueron animales terroríficos

En el siglo XVI, el Leviatán del Génesis encarnaba uno de los mayores temores de la humanidad. La Iglesia, con sus imágenes de terribles monstruos marinos en los templos, se encargaba de propagar este terror que, de alguna manera, era una forma de control de la población. En la Corte, sin embargo, la imagen de la naturaleza comenzaba a cambiar. Al fin y al cabo suelen ser las élites las que propulsan las transformaciones sociales. Y los artistas contratados por príncipes, emperadores y duques, como el pintor alemán Albrecht Dürer -más conocido en España como Alberto Durero por esa antigua costumbre de españolizar los nombres-, tuvieron buena parte de culpa. A finales del XV, Durero, que tenía menos de 30 años, se convirtió en uno de los pintores europeos más importantes gracias a sus cuadros de liebres, búhos y rinocerontes. ¿Cuál fue la razón de su éxito? Era extraordinariamente moderno: los animales no daban miedo sino que podrían ser casi fotografías del siglo XXI.

placeholder 'Alberto y la ballena'
'Alberto y la ballena'

Hacia 1520, Durero, sin embargo, lo estaba pasando mal. Había muerto el emperador del Sacro Imperio Germánico, Maximiliano I, que era su principal mecenas y se había quedado sin ingresos (así eran las subvenciones entonces). Estaba falto de ganas para pintar. Hasta que escuchó la historia de una ballena enorme varada en una de las playas de Zelanda -provincia costera de los Países Bajos- y no se lo pensó. Además, sabía que Carlos, el sobrino de Maximiliano y su sucesor -a la postre Carlos I- iba a viajar a Aquisgrán para ser coronado. Una ocasión perfecta para ver aquel animal y para conseguir algún favor real.

Durero no ofrece una representación emotiva, alegórica o mítica como en el arte medieval sino que representa al animal como es

Este viaje es el que el cuenta ahora el británico Philip Hoare en su último libro ‘Alberto y la ballena’ (Ático de los Libros) llenándolo de épica y de múltiples historias sobre otros cetáceos y sobre cómo el arte se ha relacionado con estos animales y qué poder tiene para cambiarnos nuestra visión de las cosas. Durero emprendió aquel viaje obsesionado con la ballena, quería plasmarla tal y como había hecho con otros animales. Sabemos que nunca llegó a verla. Fue una dura travesía y cayó enfermo, posiblemente de malaria, pero Hoare se pregunta si un cuadro del pintor no hubiera cambiado mucho antes nuestra visión de las ballenas. “Durero no ofrece una representación emotiva, no es alegórica o mítica como la que encontramos en el arte medieval sino que representa al animal tal y como es y con vividez hasta el más mínimo detalle”, explica en un hotel madrileño donde se presenta con pantalón corto, chanclas y calcetines (todo muy british). La épica del libro casi le viene dada sola: “Fue una búsqueda de la ballena que finalmente acabó con él. Tiene un componente que nos recuerda a Moby Dick, y que dice que la curiosidad puede acabar contigo y un exceso de ambición puede ser fatal”.

placeholder El británico Philip Hoare (EFE)
El británico Philip Hoare (EFE)

El alemán no pintó aquel cetáceo y durante siglos estos mamíferos siguieron siendo animales imponentes. En muchas ocasiones terroríficos. Era el monstruo enfrentado al arponero. De hecho, cuenta el británico, que sabe bastante de ballenas tras libros como ‘Leviatán o la ballena’ y ‘El mar interior’ (todos en Ático de los Libros), no fue hasta los años sesenta del siglo XX cuando comenzaron a convertirse en seres encantadores y atractivos. “Fue gracias a las grabaciones del canto de las ballenas jorobadas. En realidad, no fue la ciencia sino la cultura la que nos hizo verlas diferentes. El canto nos parece un lamento, como diciendo, qué habéis hecho con nosotras, y eso provoca cierto sentimiento de culpa”, comenta Hoare.

placeholder La famosa Liebre de Durero, pintada en 1502
La famosa Liebre de Durero, pintada en 1502

Por supuesto que no tiene nada que ver con la ciencia. Es un pensamiento completamente antropomórfico, puesto que el canto no es ninguna queja hacia los humanos sino que tiene que ver con el apareamiento. Es una cosa suya. Hoare es muy consciente de la mala comparación: “Pero es que es muy humano. Como seres humanos necesitamos describir los seres que nos rodean desde la comparación y la metáfora. Si tú no supieras cómo es un coche posiblemente te diría que es como un caballo, pero con ruedas”. Lo mismo ocurrió, aunque hoy no lo parezca, con los delfines. “Sí, durante siglos fueron animales monstruosos. Hoy nos parecen criaturas hermosas y a las que hay que proteger, pero eso lo ha cambiado, sobre todo, nuestra representación de ellos”.

Vemos a las ballenas diferentes gracias a las grabaciones del canto de las ballenas jorobadas. En realidad, no fue la ciencia sino la cultura

Le digo que hay animales que han corrido peor suerte. El tiburón o el león, por ejemplo. Siguen dando mucho más miedo que una ballena. “Quizá con ellas haya algo de querer pedirles perdón, porque somos conscientes de los abusos. Cuando estás delante de un animal tan inteligente lo sabes, las ballenas no son estúpidas, son animales muy tranquilos, muy plácidos, no tienen enemigos, no necesitan tener miedo, en parte les damos un poco igual cuando estamos en el agua”, intenta explicar Hoare. Es un animal imponente, pero hace ya tiempo que dejó de ser nuestro Leviatán.

Antropomorfismo

De hecho, lo que está sucediendo en la era actual es todo lo contrario. La tendencia discurre hacia el antropomorfismo. Hacia la romantización incluso de un escarabajo. Una vez más no es la ciencia, sino que es la cultura la que marca el paso. Las múltiples imágenes en redes sociales -por supuesto, todo lo que lleva décadas haciendo Disney- de animales están detrás de nuestra relación con la naturaleza. “Ahí aparecen divertidos, haciendo trucos, a veces parecen tristes… y esto es una visión muy antropomórfica de la naturaleza. Lo curioso es que estamos más alejados de ellos que en la época de Durero, ya que entonces te podías encontrar de todo por las calles y hoy como mucho un perro, un gato y un pájaro. Y, sin embargo, vemos animales mucho más a menudo por las redes sociales”, afirma Hoare.

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La ballenita feliz de los dibujos infantiles

Este asunto tiene una derivada que al británico no le acaba de entusiasmar y es la excesiva preocupación por los animales. Lo dice él que lleva media vida conviviendo -y, sobre todo, nadando- con ellos. “Les otorgamos sentimientos que no tienen. Tenemos una relación muy extraña con las mascotas. Los gatos, por ejemplo, son animales salvajes, no están hechos para vivir en las casas, cazan, y aun así los queremos”, apostilla añadiendo que eso no es malo de por sí, solo que si personas como Durero llegaran desde el pasado a nuestros días posiblemente les diera una conmoción. “No entenderían nuestra extraña relación con la naturaleza. Es un mundo lleno de coches, trenes, tecnología y la naturaleza en realidad es una imagen de fondo de pantalla”. Y un gato durmiendo en el sofá.

"Otorgamos a los animales sentimientos que no tienen. Los gatos son animales salvajes, no están hechos para vivir en las casas, pero les queremos"

Philip Hoare es posiblemente una de las personas que más conozca hoy a los animales marinos. Sus libros se han convertido en bestsellers y ganan premios entre los mejores ensayos. Pese a ello, él afirma que le queda mucho por aprender y por seguir escribiendo. Cree que es una forma de ayudarles. “Hay una ballena en el Atlántico del Norte que se llamaba la ballena de Vizcaya que cuando empecé a escribir quedaban unos 500 ejemplares y ahora quedan unos 350. En muy pocos años han desaparecido muchas. En el caso de las ballenas jorobadas la situación es buena, otras están fatal. Y es algo que nunca recuperaremos, una vez que desaparezcan nunca volverán a nosotros”, explica.

¿Cuál es para él la solución? Emocionarnos. “La ciencia no puede emocionar con el mensaje que intentan hacer llegar, y eso les frustra porque saben que al dar un mensaje frío, quizá no llegan al interlocutor. Pero eso sí lo consigue una película, una imagen, un libro o una canción”, afirma. Las orcas saben algo de esto (otro antropomorfismo): hay quien recuerda todavía 'Liberad a Willy'.

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