Los toros no son cultura, son… contracultura
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Los toros no son cultura, son… contracultura

El acoso gubernamental y el sesgo prevaricador del bono sanchista pueden terminar beneficiando a la tauromaquia en la originalidad y clandestinidad

Foto: Morante de La Puebla sale por la puerta principal tras haber cortado dos orejas a su segundo toro en la corrida de la Feria de San Miguel, celebrada el 1 de octubre en la Maestranza de Sevilla. (EFE)
Morante de La Puebla sale por la puerta principal tras haber cortado dos orejas a su segundo toro en la corrida de la Feria de San Miguel, celebrada el 1 de octubre en la Maestranza de Sevilla. (EFE)

Cada vez me resulta más atractiva la idea de disociar la tauromaquia de la cultura. Y no por subestimar el acoso del Gobierno ni la complicidad de la progresía mojigata, sino porque la trivialización del concepto de cultura ofende la profundidad y transgresión estética de los toros.

Es el problema de la democratización como dogma. Y del valor igualitario con que se homologan las cosas. Todo es cultura. Y, por la misma razón, nada es cultura. La abolición de la jerarquía ha repercutido en un relativismo cultural que discrimina precisamente uno de los fenómenos más culturales que puedan concebirse en la acepción originaria: la tauromaquia.

Foto: Plaza de toros de las ventas. (EFE)

No ya por el espesor litúrgico, por la hondura ritual, por la dimensión popular, por el hedonismo, sino por su definición civilizadora y por su abrumador significado estético. No puede haber —ni hay— una experiencia más creativa que aquella que proviene del abismo de la muerte. El torero danza con ella. Eros seduce a Tánatos a las cinco en punto de la tarde.

El torero pertenece a la misma estirpe de los antiguos héroes, provistos de un camino de perfección que los oponía al desafío de la muerte

Reviste interés la alegoría porque arraiga la tauromaquia contemporánea en los orígenes mismos de la civilización grecolatina. El torero pertenece a la misma estirpe de los antiguos héroes, provistos de una misión y de un camino de perfección que los oponía al desafío consciente de la muerte.

Es muy sencillo depauperar la reputación de la tauromaquia al pareado que propaga el neopuritanismo de izquierdas “la tortura no es cultura”—, pero los clichés que caricaturizan el prodigio estético y plástico de una verónica de Morante —irrepetible, inmaterial— se resienten de un dogmatismo ciego con que la Administración sanchista promueve la restricción de libertades.

Un espejo fascinante

Los toros pueden gustar o desagradar, apasionar o molestar, pero no se los puede despojar de su dimensión cultural polifacética. Están en el lenguaje y en la idiosincrasia. Están en las fiestas y en las aldeas, en la España más rural y en la más urbanita. Y representan un espejo fascinante al que se asoman muchas otras manifestaciones artísticas. Porque la tauromaquia es el arte extremo y transgresor al que aspiran todas las demás artes.

La tauromaquia es cultura en sí misma y en todas sus terminales (el flamenco, la gastronomía, el folklore, el ecologismo…), del mismo modo que el toro bravo es el tótem que mejor describe la narrativa de la civilización mediterránea, desde el rapto de Europa y la remota devoción a Mitra hasta la eucaristía 'contemporánea' que traslada el rito de la corrida.

Foto: El ministro de Cultura, Miquel Iceta. (EFE)

Y los toros son cultura en su definición ortodoxa e institucional. No resultan glamurosas estas burocracias, pero conviene recordar que están reconocidos como Patrimonio Histórico Artístico y como Bien de Interés Cultural, de tal manera que la decisión de discriminarlos sobrentiende la prevaricación ideológica y hasta técnica en que incurre el Gobierno.

Puede convenirle a la tauromaquia semejante acoso. Tanto se trivializa la definición de la cultura y se desquician sus fronteras, mejor se diferencia la originalidad de los toros como fenómeno incomparable e inimitable.

Los toros no serían cultura, sino contracultura. Un rango superior. Una manera de reivindicar y hasta de celebrar las razones por las que resultan incómodos. La tauromaquia expone el tabú de la muerte a los ojos de una sociedad infantilizada. Reivindica al héroe verdadero entre la medianía de los héroes impostores. Convoca el rito y la liturgia frente al dominio de secularización. Enfatiza al varón y la virilidad. Premia la jerarquía y el mérito. No humaniza al animal, lo mitifica. Y traslada un ceremonial felizmente irracional y dionisiaco. Más se vulgariza la noción de la cultura, más a los toros les conviene diferenciarse de ella. E instalarse en el lugar que la cultura ha abandonado: la provocación, la transgresión, la emoción extrema.

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