Juana de Arco: Dios te pide que salves tu patria
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conversos de la historia II

Juana de Arco: Dios te pide que salves tu patria

'La doncella' fue condenada a la hoguera seis años después de su revelación divina y su heroico carácter continúa siendo elogiado en Francia

placeholder Foto: Juana en la hoguera. (Ann Ronan Picture Library)
Juana en la hoguera. (Ann Ronan Picture Library)

Juana de Arco fue, en muchos sentidos, una conversa: tras su particular caída del caballo, su vida estuvo motivada por una pasión al mismo tiempo religiosa y política, cuyo objetivo fue liberar a su patria de los invasores. Emprendió su cruzada con un enorme celo; pocos líderes han tenido una resolución y un carisma parecidos. Más aún cuando ella luchó incansablemente no para ser reina, sino para que lo fuera otro, y a sabiendas de que su aventura podía significar su muerte, como así sucedió.

Sin embargo, fue una conversa especial, porque apenas tuvo vida antes de la conversión. Según ella misma confesó poco antes de morir, tenía trece años cuando experimentó la visión que le cambió la existencia. Ocurrió en 1425, en un contexto histórico complicado: una guerra que había durado casi cien años. Francia estaba dividida entre dos facciones nobles que se disputaban el trono: en el norte, la de Borgoña; en el sur, la de Armagnac. El rey Enrique V de Inglaterra había aprovechado la fragmentación del país para invadirlo. Shakespeare contaría una de las batallas decisivas de esa conquista, la de Agincourt, en su drama Enrique V, en el que el rey pronuncia uno de los mejores discursos políticos de la historia: “Los viejos olvidan, todo será olvidado”, pero quien participe en esa batalla “recordará con satisfacción las proezas de este día… Porque quien hoy derrame su sangre conmigo/ será mi hermano…”.

placeholder 'La mañana de la batalla de Agincourt', por John Gilbert.
'La mañana de la batalla de Agincourt', por John Gilbert.

A pesar de su clara inferioridad respecto a las tropas francesas, los ingleses ganaron la batalla. Muchos franceses consideraron esto una señal de que Dios les había abandonado y quería, efectivamente, que les gobernara el invasor. Enrique, además, recibió el apoyo de la facción de los borgoñones, y la fractura del país se ahondó. La mitad francesa, la del Sur, donde se hospedaba Carlos VII, el rey aspirante, se sintió humillada además de invadida. Carlos prometía recuperar el trono, pero nadie parecía creerle. El empate entre las dos facciones era absoluto.

Guiada por la revelación

Fue entonces cuando Juana tuvo su visión. Era una adolescente analfabeta que vivía con sus padres en Domrémy, una zona de los Armagnac rodeada por los borgoñones, que la habían atacado en varias ocasiones. Según la declaración dada durante su juicio, Juana se encontraba en el jardín de la casa familiar cuando una luz procedente de la iglesia se le acercó por el lado derecho. Después oyó la voz, que la asustó. Pero cuando esta volvió a hablar, comprendió que era un ángel enviado por Dios, que le dijo que debía ser buena chica, ir a la iglesia, y luego le contó su misión: ponerse al lado de Carlos VII y expulsar a los ingleses de Francia. (Juana dio varias versiones de su revelación; en una ocasión dijo que se trataba de una voz; en otra, de las voces del arcángel Miguel, santa Margarita y Catalina de Alejandría). Se quedó asombrada: una chica pobre que no sabía nada de la guerra, ni leer ni escribir, ¿cómo iba ella a hacer algo semejante?

"No era fácil ver la diferencia entre las revelaciones del cielo y las trampas enviadas por el infierno"

Aun así, llevada por la rotundidad de la visión y las voces, emprendió su camino. Se presentó vestida de niño en Chinon, donde estaba Carlos VII, con seis hombres armados que accedieron a acompañarla, a pesar de haberla recibido con desdén y sarcasmos. Su presencia en la corte parecía aberrante. El monarca mostró “la mayor de las cautelas”, algo esencial “ante cualquiera que afirmaba tener una visión profética o una revelación especial de la voluntad de Dios, puesto que no era fácil ver la diferencia entre las verdaderas revelaciones del cielo y las trampas enviadas por el infierno”, dice Helen Castor, cuya biografía de Juana acaba de publicar la editorial Ático. Además, era una mujer, y el demonio muchas veces se presentaba bajo su apariencia: el fervor femenino, escribió un autor de la época, era “excesivo, ansioso, mudable, desatado y por lo tanto no debía confiarse en él”. Menos aún en el de Juana, una niña analfabeta y sin experiencia en el mundo. La sometieron a interrogatorios teológicos y pruebas físicas para probar su virginidad. Pero su mensaje fue calando: si le daba un ejército, le dijo a Carlos, expulsaría a los ingleses y le llevaría a Reims para ser coronado. “Preferiría seguir hilando al lado de mi madre […] pero esto es lo que debo hacer, porque es lo que el Señor quiere que haga”.

placeholder 'Juana de Arco en la coronación de Carlos VII', por Ingres (1854).
'Juana de Arco en la coronación de Carlos VII', por Ingres (1854).

Con el apoyo de Carlos, dictó una carta para el rey invasor: “Rey de Inglaterra, si no haces esto [abandonar el país] seré líder militar, y allí donde encuentre a tus hombres en Francia, los expulsaré, quieran o no, y si no obedecen, los mataré a todos. Me ha mandado aquí Dios, el rey de los cielos, para mirarte cara a cara y expulsarte de Francia.” No estaba mal para una campesina vestida y peinada como un niño. Era la furia del converso la que la impulsaba.

La victoria podía ser una señal de que habían recuperado el favor divino y de que Francia volvería a estar regida por un francés

Luego todo salió rodado. Carlos permitió que Juana acompañara al ejército que debía acabar con el asedio a la ciudad de Orleans. No se sabe qué papel jugó en la batalla, pero su presencia allí se convirtió en un motivo de esperanza para los soldados y los mandos, que creían que sus consejos procedían directamente de Dios y se inspiraban en su carisma. La victoria podía ser una señal de que habían recuperado el favor divino y de que Francia volvería a estar regida por un francés. Pero a esas alturas, Juana había convertido esa guerra en una contienda religiosa. Luego cayó Reims —donde Carlos VII fue coronado como era la tradición— y más tarde se inició el asalto de París.

Tras una breve tregua, Juana fue capturada por los borgoñones. A pesar de varios intentos de fuga, fue finalmente entregada a los ingleses, que la juzgaron por herejía. El proceso fue irregular y estuvo lleno de trampas, pero ella mostró una habilidad impropia de una niña de su edad. Si Dios hubiera querido salvar Francia, preguntaban los experimentados religiosos, ¿qué necesidad tenía de soldados? “En el nombre de Dios los soldados lucharán y Dios les dará la victoria”, respondió ella. ¿En qué idioma le había hablado Dios? “En uno mejor que el tuyo”, contestó al fraile que le había interpelado en dialecto lemosín. ¿Creía en Dios? “Mejor que tú”.

Condenada a la hoguera

El tribunal la declaró culpable de travestismo y fue quemada en una plaza de Ruan el 30 de mayo de 1431, apenas seis años después de haber oído las voces. Durante su breve vida pública, Juana de Arco fue conocida como 'Jeanne la Pucelle', Juana la Doncella. Según quienes la conocieron, era buena y devota, simple y humilde, y la suya sin duda había sido una obra divina. Por eso, cuatrocientos años después se puso en marcha su santificación, que llegó finalmente en 1920. Su caso era especial, porque “no muchos santos han muerto a manos de la misma Iglesia a la que luego se le pediría reconocer su santidad”, dice Castor. Su canonización, por tanto, era el reconocimiento de que su martirio se había debido a razones políticas, no religiosas. Sin embargo, ella no había diferenciado demasiado entre una cosa y la otra.

Su caso era especial, porque "no muchos santos han muerto a manos de la misma Iglesia a la que luego se le pediría reconocer su santidad"

Como tantos conversos, más tarde su figura sería reivindicada por casi todo el mundo. Según Castor, en Francia la considerarían una heroína “los nacionalistas, los monárquicos, los liberales, los socialistas, la derecha, la izquierda, los católicos, los protestantes, los tradicionalistas, las feministas, Vichy y la resistencia”. En 2016, cuando era ministro de Economía y se preparaba para la campaña electoral que le llevó a la presidencia, Emmanuel Macron viajó a Orleans y pronunció un discurso “lleno de alusiones a su trayectoria” política como alguien de fuera del establishment tradicional, dijo el periódico 'Le Monde'. Juana había “roto el sistema”, dijo Macron, que era lo mismo que él pretendía hacer.

Es uno de los muchos destinos de los conversos: que la posteridad los convierta, una vez más, en lo que más conviene a sus protagonistas. Un riesgo que se asume si dejas de hilar al lado de tu madre, convertida por unas voces, para transformarte en un soldado de Dios y la patria.

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