La mejor novela para celebrar el Día del Libro
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La mejor novela para celebrar el Día del Libro

'Moby Dick' es la más idónea para celebrar el 23-A porque representa la novela en sentido absoluto y porque reúne todos los géneros y todas las inquietudes humanas (y divinas)

placeholder Foto: Detalle de la portada de 'Moby Dick' de Alianza Editorial.
Detalle de la portada de 'Moby Dick' de Alianza Editorial.

Peor que no haber leído un libro es haber leído uno 'sólo'. Tengo entendido que el aforismo es de Unamuno. Y procede más que nunca remarcar la tilde del adverbio, aunque las autoridades lingüísticas la hayan proscrito. Se equivocan la RAE y la Fundéu. No es lo mismo leer un libro solo, en soledad, solitariamente, que leer solamente un libro, aunque Unamuno se refería más bien a la cuestión conceptual. Leer acaso un solo libro implica el peligro de una concepción unilateral y fundamentalista de las cosas, como si 'sólo' hubiera unas tablas de la ley.

Es la razón por la que el fanatismo islámico, por ejemplo, abjura de todas las lecturas ajenas al Corán. Y el motivo por el que el remoto califa Omar prendió fuego a la biblioteca de Alejandría o la dejó arder en un pasaje oscurantista del siglo VII. Puede que se trate de una leyenda, pero el epitafio adquiere bastante sentido en el contexto unamuniano: “Si esos libros están de acuerdo con el Corán, no tenemos necesidad de ellos; y si se oponen al Corán, destrúyelos”.

Celebramos hoy el Día del 'Libro', en sentido abstracto, pero el 23-A resulta un buen pretexto para preguntarse cuál es el libro de todos los libros sin que leerlo suponga un ejercicio de fundamentalismo ni conlleve una percepción microscópica del universo. No reviste algún peligro convertir la ' Odisea' en el único libro. Ni el 'Quijote'. Ni tampoco ' Guerra y paz'. Porque haber leído un solo libro no contradice que puede leerse muchas veces. Y es entonces cuando emerge del mar la criatura milagrosa y pavorosa de ' Moby Dick'.

Melville involucra a los lectores. Los desquicia, los emociona, los aburre

El libro de todos los libros apareció en 1851. Lo escribió Herman Melville. Y fue percibido como un extraño engendro literario. Parecía un tratado de biología sobre los cetáceos. Porque lo es. Y se resentía de una opacidad y de un hermetismo que reclamaban la concentración del lector, no digamos cuando intervienen los pasajes de tedio y de sopor en la soledad del océano. Melville involucra a los lectores. Los alista en el barco. Los desquicia, los emociona, los aburre. No quiere decirse que 'Moby Dick' sea una novela aburrida. Quiere decirse que el aburrimiento forma parte de los estados de ánimo que sacuden las rutinas de la tripulación del Pequod, sobrenombre de la embarcación ballenera que el capitán Ahab convierte en la proa de su existencia y de su locura.

Un libro de viajes

'Moby Dick' es el libro de todos los libros porque puede leerse como una novela de aventuras o como un tratado existencial. Porque es un libro de viajes. Porque es un alegato sin moralismo del compañerismo y de la compasión. Porque contiene la mejor poesía en prosa. Porque se pasa miedo y hasta terror leyéndola. Porque divierte y hace reír (“es mejor dormir con un caníbal sobrio que con un cristiano borracho”). Porque es un tratado de historia. Y un manual religioso (“Si obedecemos a Dios nos desobedecemos a nosotros mismos”). Y un ensayo del nihilismo. Porque la novela se transforma entre las manos a medida que se vuelve a leer o a descubrir. No hace falta ser un erudito para disfrutarla, pero el entretenimiento, la audacia narrativa, los pasajes favoritos de las versiones cinematográficas representan la superficie del mar, el oleaje. Porque la novela yace y crece en las corrientes submarinas. En el viaje de la ballena escrutando el lecho del universo. Y en la ferocidad con que escarmienta la vanidad de los hombres en su endiosamiento y en el naufragio de sus desafíos megalómanos. 'Moby Dick' es la historia de una obsesión y de una locura “que solo se calma para comprenderse a sí misma”, como describe Ahab escrutando el horizonte y esperando avistar un chorro vertical de agua marina que reanime sus latidos.

Foto: Detalle de la portada de 'Moby Dick' de Alianza Editorial

'Moby Dick' forma parte de los poquísimos libros que sabemos cómo empiezan. Llamadme Ismael. No parecía una fórmula revolucionaria. Llamadme Ismael. Pero lo ha sido. Un verbo en modo imperativo y un nombre propio de resonancias bíblicas identifican desde el principio la crónica de un superviviente. Y precipitan un viaje hacia los últimos límites de la humanidad.

No hace falta ser un erudito para disfrutarla, pero el entretenimiento representa la superficie del mar, el oleaje

No sé cuántos ejemplares de 'Moby Dick' se han vendido y leído en España gracias a la apología del grumete Fernando Savater. Podrían reconocérsele los derechos de autor de tanto que ha sabido recomendarlo y prescribirlo, como la Biblia de un misionero descendido del Mayflower y como las lecturas coránicas del califa Omar entre las llamas de Alejandría.

El propio Savater lo ubica en la cima de la jerarquía universal, como si fuera un libro sagrado, el libro de todos los libros, hasta el extremo de recomendar su lectura todos los años. 'Moby Dick' sería un camino de perfección y un antídoto contra el narcisismo y la venganza. Y un manual de supervivencia. Porque la ballena es inmortal. Y porque Ismael alcanza a contarnos la historia como un personaje de Homero o como un hijo de Abraham, pero también resignado a la impotencia que malogra este libro y todos los libros cuando se trata de buscar la respuesta de las palabras. Lo dice el capitán Ahab: “Hasta ahora nunca se ha vertido en las palabras o en los libros lo que realmente hay en el hombre, de maravilloso y de terrible”.

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