Pólvora y olvido: el asesinato de Eduardo Dato
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Pólvora y olvido: el asesinato de Eduardo Dato

Se cumple el centenario del asesinato del presidente conservador a cargo de tres anarquistas espoleados por la represión en Barcelona del Gobernador Civil Martínez Anido

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Recreación del asesinato del primer ministro Eduardo Dato en la prensa de la época'

“Yo no he matado a Eduardo Dato, a quién siquiera conocía, sino a un presidente que autorizó la más cruel y sanguinaria de las leyes: la ley de fugas.” En su 'Dietario de Madrid' (Libros del K.O.), Josep Pla explica cómo, durante todos los días posteriores al 8 de marzo de 1921, fecha del asesinato del primer ministro, cualquier individuo con acento catalán resultaba sospechoso de haber atentado contra el líder del Partido Conservador. El escritor, cauto, optó por abrir la boca lo mínimo indispensable. Tras la confesión de Pedro Mateu, uno de los ejecutores del plan anarquista, recobró el habla.

Dato fue un conservador anómalo, con claras querencias hacia políticas sociales: impulsó la Ley del Seguro del Trabajo y la del Descanso Dominical


La frase inicial de este artículo contiene una pregunta previa. Eduardo Dato, nacido A Coruña en 1856, había sido un conservador anómalo, con claras querencias hacia políticas sociales. En 1900, siendo ministro de Gobernación, lanzó la Ley de Seguros de Trabajo, la primera de su género en nuestro país. Asimismo, impulsó varias medidas para limitar la edad laboral de los menores y proteger a las mujeres embarazadas. Más tarde, durante su cargo en el ministerio de Gracia y Justicia, sacó adelante la Ley de Descanso Dominical. En esa época se erigió en artífice del Instituto de Reformas Sociales; en su tercera y última etapa como máxima autoridad civil creó el Ministerio de Trabajo, insuficiente para los conspiradores de la CNT, quienes sabían de pe a pa la firmeza de Dato, pues una cosa era defender avances para la ciudadanía y otra tolerar manifestaciones, huelgas o el pistolerismo barcelonés, causa de su muerte por querer someterlo con demasiadas manos duras, las de Severiano Martínez Anido, gobernador civil de Barcelona desde noviembre de 1920, y el Inspector General de Seguridad Miguel Arlegui, socios represivos desde las alturas.

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El presidente del Gobierno Eduardo Dato fotografiado por Kaulak

Dato siempre fue un mecanismo fiable para Alfonso XIII, quizá convencido de su valor por su desempeño a la cabeza del Consejo de Ministros. Entre octubre de 1913 y diciembre de 1915 puso freno a la Crisis del segundo ciclo de la Restauración, en caída libre tras el magnicidio del primer ministro José Canalejas el 12 de noviembre de 1912 en la Puerta del Sol, cuando miraba un mapa de la Primera Guerra Balcánica en el escaparate de la librería San Martín. El anarquista Manuel Pardiñas le disparó a traición tres balazos de su Browning, suicidándose segundos después, aunque algunas fuentes lo ponen en tela de juicio.

Debió capear con la triple crisis de las Juntas Militares, la Asamblea de Parlamentarios y la Huelga General Revolucionaria de agosto


El primer gobierno Dato destacó por conceder un ligero, aunque muy bien aprovechado, autogobierno a Cataluña mediante la Mancomunitat de 1914, año en que España proclamó su inmediata neutralidad tras estallar la Primera Guerra Mundial. Esta postura derivó en un espectacular crecimiento económico, propicio sólo para los patrones. La bonanza duró hasta la entrada de Estados Unidos en la contienda, casi en coincidencia con el segundo ejecutivo capitaneado por el gallego, una esperanza de éxito ante contextos repletos de aristas. De junio a noviembre de 1917 debió capear con el peor temporal de siglo: la triple crisis de las Juntas Militares, la Asamblea de Parlamentarios y la Huelga General Revolucionaria de agosto. En otoño, la conflictividad no disminuía en ningún frente, sucediéndole en la poltrona el liberal García Prieto, en la pirámide de un gobierno de concentración nacional donde se incorporó por vez primera a un miembro de la Lliga Regionalista, Joan Ventosa i Calvell.

Los meses del delirio

Otra medalla recurrente en el currículum de Eduardo Dato era su virtuosismo al equilibrar las distintas sensibilidades del Partido Conservador tras el cisma entre idóneos y mauristas. Comandó su formación hasta su deceso, combinándola con la presidencia del Consejo desde mayo de 1920, donde también ocupaba la cartera de Marina.

Esos meses fueron el delirio hacia la catástrofe. Aún no había llegado el Desastre de Annual, pero el ruido de sables y la mayor preponderancia de los militares era siempre más evidente, radicalizados ante proyectos autonomistas catalanes, inestabilidad gubernamental, una economía abocada al precipicio y el pistolerismo de Barcelona, si se quiere el padre, el hijo y el espíritu santo de este colapso en forma de mosaico. En marzo de 1919, la victoria de la CNT en la Huelga de la Canadiense provocó la reacción de la patronal, hasta convertir, con la connivencia de las fuerzas del orden, la capital catalana en el reino de las Mauser y las Browning, con más de cuatrocientas víctimas entre 1917 y 1923, Chicago antes de Chicago sin el posterior foco hollywoodiense.

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Huelga en la Canadiense en Barcelona

En 'Apóstoles y Asesinos' (Galaxia Gutenberg), Antonio Soler describe con excelencia el pistolerismo y su apogeo. Los empresarios no podían transigir con la supremacía del Sindicato Único, contrapunteándolo con uno propio, el Libre, pequeña punta de lanza de una serie de grupos agitadores de esta guerra civil entre obreros y capitalistas. Dato era paciente. Analizaba, emitía para sus adentros cálculos y si estos no funcionaban no dudaba en regalar a la gran burguesía catalana sus peticiones de orden; este se personificó, como mencionamos con anterioridad, en Martínez Anido y Arlegui, dúo del terror mayúsculo para aplicar lo que Miguel Primo de Rivera definió en una carta de 1920 al primer ministro: “Entiendo que el instinto de defensa busque medios extralegales. Una redada, un traslado, un intento de fuga y unos disparos resolverán el problema.”

Martínez Anido, ministro de Orden Público de los sublevados durante la Guerra Civil, y Arlegui irrumpieron en Barcelona como bestias desatadas. La ley de Fugas les allanó el terreno para asesinar con absoluta impunidad a anarquistas, exiliar a opositores políticos, entre ellos Salvador Seguí y Lluís Companys, a la fortaleza de La Mola, en Mahón, y descuidar la persecución de los asesinos del republicano Francesc Layret, acribillado el martes 30 de noviembre de 1920 en el portal de su casa, sita en la céntrica calle Balmes.

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Martínez Anido fue el represor en el época de Rato, en el directorio de Primo de Rivera y en el gobierno de los sublevados de Franco

Todo esto acaeció durante el primer mes de la cooperación entre Martínez Anido y Arlegui. Dato no tenía nada a objetar. El invierno avivó más si cabe la represión, y si bien algunos dicen que la ejecución de un miedo constante amilana al contrincante, en este caso los anarquistas partidarios de la violencia armada quisieron perpetrar un golpe maestro, y ante la imposibilidad de atentar contra el gobernador civil, un militar de carrera, movieron ficha hasta Madrid.

El crimen y el olvido

La CNT de principios de los años veinte se dividía en dos sectores. El más cabal era reacio a las pistolas y seguía en sus postulados tradicionales de culturizar al proletariado como sistema para combatir al enemigo. Esta postura, victoriosa como la acción sindical en tiempos menos agitados, sucumbía ante los favorables a un continuo e inútil ojo por ojo con los matones de la Patronal y adláteres. Su hegemonía era un retroceso al pasado de la Propaganda por el Hecho, sólo erradicada con la fundación de la CNT en 1910. La rueda gira y repite eternos retornos y errores.

La insana tendencia patria de asesinar presidentes se conoció como el vicio español. Prim 1870. Cánovas del Castillo 1897. Canalejas 1912.


Esta corriente de plomo y pólvora, fiel a las señas de identidad de esta vertiente ácrata, apuntaría a un objetivo apetitoso. Durante el primer tercio del siglo XX la insana tendencia patria de asesinar presidentes se conoció como el vicio español. Prim 1870. Cánovas del Castillo 1897. Canalejas 1912.

Dato 1920, el último de una trilogía tiroteada por anarquistas. Angiolillo con Cánovas había sido el desquite por los fusilamientos de Montjuic en la Barcelona de las bombas. Pardiñas mató a Canalejas casi como un hecho anacrónico. Lo de Dato fue una demostración de fuerza y una declaración de intenciones: el poder podía poner toda la carne en el asador, pero ellos podían replicar el envite y aumentar la apuesta.

El plan, digno de novela o producción cinematográfica, implicó a tres predecesores de la FAI. Se trasladaron a Madrid en enero y, anticipándose en más de medio siglo a Las Brigadas Rojas en el Caso Moro, siguieron la rutina del primer ministro, de un lado a otro en su coche oficial. Esto refinó su estrategia. Compraron un Sidecar, con bastantes percances en su trayecto hacia la Villa, lo depositaron en un almacén de Ciudad Lineal, hicieron un ensayo de prueba y fijaron el 8 de marzo de 1921 como fecha para asesinar a Eduardo Dato, quien ese martes acudió a la sesión del Senado saliendo sobre las ocho de la tarde. El Marmon 34 viajaba sin escolta, sólo con el chofer y un lacayo.

placeholder Así quedó el Marmon 34 de Dato. Hoy el coche está en el Museo del Ejército de Toledo
Así quedó el Marmon 34 de Dato. Hoy el coche está en el Museo del Ejército de Toledo

A las ocho y catorce minutos el vehículo disminuyó su velocidad y los tres del Indian dispararon más de veinte veces contra su parte posterior. El cuerpo de Dato recibió ocho balas, tres de ellas mortales. Pedro Mateu y Luis Nicolau vaciaron sus cargadores y Ramón Casanellas aceleró desde la Puerta de Alcalá hacia la fuga.

La policía, criticada por su inoperancia pese a las amenazas recibidas a lo largo de los meses previos, detuvo a Pedro Mateu al cabo de cinco días en la calle de Alcalá. Nicolau fue arrestado en Berlín, mientras Casanellas logró huir a Moscú, donde devino comunista junto a Andreu Nin, un personaje secundario en toda esta trama.

Los tres anarquistas fueron condenados a cadena perpetua, pero fueron amnistiados después por la República


Dato fue poco llorado. Las circunstancias históricas lo sumieron en una espiral amnésica. El juicio de sus asesinos, hasta entonces irrelevantes en el escalafón anarquista, casi como si fueron unos jornaleros de las armas, fue usado por Miguel Primo de Rivera al celebrarse poco antes de su primer mes como dictador de Alfonso XIII. Las penas de cadena perpetua a Mateu, Nicolau y Casanellas, en rebeldía exhibían dureza e insinuaban magnanimidad, exculpándose a diecinueve encausados. Los tres del 8 de marzo fueron amnistiados por la República. Mateu murió en Valls en 1982. Exiliado en Toulouse, donde trabajó como calderero, nunca renegó de los hechos, vanagloriándose. Nicolau fue fusilado en pleno éxodo republicano. Casanellas, quien se creyó un dios al retornar de su decenio soviético, falleció el 24 de octubre de 1933 al chocar contra un camión mientras iba en motocicleta hacia Madrid junto a un compañero. El círculo se cerraba.

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